SOLDADO, FRAGMENTO DEL CAPÍTULO VI DE PABLO O LA VIDA EN LAS PAMPAS DE EDUARDA MANSILLA DE GARCÍA

Dócil y atento a las órdenes de su jefe como el mejor soldado, el joven gaucho parecía limitarse a expresar su repudio con una absoluta reserva.

— Decí algo, Pablo — le pidió el sargento una tarde, sentados al píe de la carpa que compartían desde la llegada al cuartel general— ; contame tus penas, m’hijo, que el silencio no le hace ningún bien al hombre.

A la luz del fogón, Pablo, sombrío y silencioso, el ceño fruncido, los labios apretados, parecía la personificación del odio mudo.

— Soy viejo, m’hijo; conozco el dolor — agregó el paciente Benítez— ; sé que la vida es dura para el gaucho… ¿Te creés que sos el único hombre que sufre, Pablito?

Por toda respuesta, el joven tuvo un gesto de impaciencia.

— Vivís perdiendo la paciencia… ¿De qué te sirve…? Haceme caso —prosiguió el viejo gaucho— , empezá por el final que vas a ganar tiempo… ¡Qué diablos!, al final, mi amigo, te habrás consolado, como les pasa a todos…

—Nunca… — dijo Pablo con voz sombría.

—Nunca es mucho tiempo, m’hijo —respondió el sargento.

Pablo, sin escucharlo, exclamó fogoso:

—Nunca me voy a olvidar de sus injusticias… de sus cobardías… de sus falsas promesas… Me hablan de la Patria. ¿Qué tengo que ver con la Patria de ellos, con la libertad de ellos…? Yo también quiero la libertad… mi libertad… ¿Entonces, por qué me la quitan…? ¿Por qué me arrancan del pago, de mi madre, de la mujer que quiero…? ¡No!, no les creo nada. Unitarios y federales son todos iguales. Los odio, como ellos nos odian a nosotros, pobres gauchos…

—No se trata de eso, m’hijo —respondió tímidamente el sargento— ; hacés mal en enojarte… A tu edad yo también quería a mi pago, y, sin embargo, nunca volví… Lo que pasa es que para nosotros, los gauchos, la libertad es algo muy difícil de entender.

Pablo hizo un gesto de desprecio.

— Te confieso que yo mismo no tengo demasiado en claro a qué se refieren ellos con su libertad —prosiguió el sargento— . A mí me gusta terriblemente la mía, la nuestra, eso de ir y venir a mis anchas en un buen parejero, sobre todo cuando tengo unos pesos para gastarme con un amigo.

El viejo gaucho suspiró y miró las estrellas en silencio.

—No importa — agregó después— , dicen que la Patria nos necesita y que tenemos que defenderla…; y que está acá, está allá… está un poco en todos lados…

— Sargento Benítez, ¡y usted les cree…! —replicó Pablo, despreciativo— ¿Por qué tengo que defender algo que no conozco,..? Y ellos, ¿qué hacen por mí…? ¿Harán algo por mí algún día…? Y yo por ellos, a los que no conozco y que no me conocen… dejo lo que más quiero en la vida… y a los que me quieren… Ya ve, sargento — agregó con énfasis— , un buen gaucho no tiene por qué aguantárselas.

— Hay algo de verdad en los que decís, m ‘hijo — continuó el sargento— Así y todo se te podría responder, pero yo no sé cómo, te lo confieso… Es igual, Pablito, un militar debe obedecer a sus superiores, y creo…

— Pero yo no soy militar, sargento… ¿Qué está diciendo? —dijo Pablo, interrumpiéndolo— . ¿Se cree que porque me pusieron esta chaqueta y este quepis ridículos me hicieron soldado…? ¡No, sargento, no…! Acaso no les bastó con que mis hermanos, obedeciendo al tata, hayan dado la vida lejos de nosotros, como unos pobres desgraciados… Yo, yo… — y, con otro tono, murmuró estas palabras, casi al oído de su compañero— me voy a ir uno de estos días sin hacer ruido, como llegué.

— ¡Infeliz! — exclamó el sargento— ¡Un desertor…! ¿Y pensás…?

— ¿Si lo pienso? Es lo único que hago desde que llegamos… Es que acá, acá es más fácil —agregó, mirando para todos lados, hay tanta gente, tanto barullo, tanto ir y venir… Vea, sargento…, tengo una idea: tirarme de cabeza en esa agüita clara que se ve por allá.

—Ni se te ocurra, m’hijo. El Paraná es profundo; no vas a tardar en hundirte… —y cambiando el tono— . El soldado que deserta la víspera del combate es un cobarde, Pablo, ¿no será que le tenés miedo a la muerte? —agregó.

— A lo mejor…—respondió el joven gaucho pensativo.

— ¿Y te vas a jugar a que te arresten por desertor?

— Pero si no me van a agarrar — respondió el joven muy seguro.

— ]Eh!, ¿y cómo vas a hacer para que no te agarren?

—La pampa es grande… y esta vez no me voy a fiar de sus papeles; me les voy a escapar siempre…

— ¡Mocito zonzo! — exclamó Benitez— , no sabes lo que decís…; conozco la vida errante… Desgraciadamente la conozco…y es triste… muy triste.

El sargento cayó en un ensueño que Pablo no interrumpió. Se quedaron así, sin hablar durante un largo rato.

La voz del clarín llamando a silencio les advirtió que había que apagar el fuego y entrar a la tienda a dormir…

Tres noches después, un oficial de servicio informaba a sus superiores que la ronda había capturado a un soldado que, aparentemente, quería fugarse.

El tránsfuga no era otro que Pablo.

Lo reprendieron severamente y lo castigaron a un mes de arresto.

El culpable no confesó su intención de huir; por toda respuesta a las preguntas que le hicieron, decía, lacónico y huraño: “Paseaba…”

Gracias a que lo descubrieron a plena luz del día le creyeron fácilmente, de suerte que sólo lo castigaron por infracción a la disciplina.

Ese mismo día la tropa se puso en marcha.

La estricta disciplina militar que se observa en los ejércitos europeos no tiene cabida en los nuestros, puesto -que, en su mayor parte, los integran elementos dispares y heterogéneos.

En la época en la que transcurre nuestra historia, la falta de homogeneidad era aún más notoria.

Qué diferencia entre esas masas informes, indisciplinadas, compuestas por hombres de toda condición, edades, tamaños, colores (porque en nuestros ejércitos abundan los negros y mulatos, que muchos jefes los prefieren a los blancos), y los ejércitos europeos… Sin embargo, cuántas veces esos hombres de variada condición, sin la más mínima formación militar, se enfrentaron con tropas enemigas, desconociendo los más elementales movimientos estratégicos que cualquier recluta francés realiza con precisión. Es cierto que, muy a menudo, las tropas enemigas también están muy fragmentadas por la indisciplina.

Desgraciadamente, las guerras civiles no fueron más indulgentes con nosotros que con aquellas pequeñas repúblicas italianas del medioevo. Como ellas, tuvimos nuestros condottieri, los caudillos, y su cortejo de males inevitables. Como ellas, tuvimos soldados improvisados que se avergonzaban de sus ridículos atavíos al enfrentarse con tropas regulares; como ellas, vimos poblaciones oprimidas inclinándose y temblando ante el liberador esperado y, en ocasiones, añorando al día siguiente la opresión de la víspera…

Tanto en el viejo como en el nuevo mundo, la fuerza-siempre fue la fuerza, y las ilusiones siempre las mismas…

Eduarda Mansilla de García.

Fragmento del capítulo VI Soldado  de Pablo o la vida en las pampas. Traducción Alicia Mercedes Chiesa, Editorial Confluencia, Bs.As., 1999.