Simón y Miguel. Capítulo de Guerras Civiles del Río de la Plata de Juana Manso. 1867

Relevados los dos centinelas, y habiendo cesado la lluvia, Simón y Miguel se apartaron siguiendo maquinalmente y a la ventura lejos de las casas.

Lejanos relámpagos iluminaban de su luz rojiza el horizonte y la voz monótona de los sapos y las ranas interrumpía el silencio desde los charcos y entre los recientes pantanos. Otros insectos susurraban entre el pasto y en retazos huían las nubes o brillaban al través de ellas lejanos astros perdidos en la inmensidad del espacio.

Los dos hombres por rumbos opuestos, llegaron todavía al mismo punto y se sentaron sobre el tronco de un ombú, comenzando por encender Simón su cigarro y tomó la palabra: -Qué le parece el preso mi amigo? – Miguel titubeó en responder, tan habituado estaba a concentrar en sí mismo sus impresiones; pero por otra parte el tumulto de sus sensaciones se despertaba sin querer y venía los labios falto de elocuencia. —Hable sin recelo, prosiguió Simón, yo soy de los viejos de la independencia; no le parece que ha sido una iniquidad prender a este hombre que iba tranquilo a otra parte y no se metía con naides? -Dice bien repuso el cabo. El gobernador debe estar mal informado. –Mal informado, cómo? -Le habrán dicho que este hombre venía por algo malo, lo habrá creído… -Pero amigo, el General Rosas ha muerto mucha gente, y otra se ha ido dende que subió al sillón del gobierno. -Pero no es culpa suya. –Y cómo no ha de ser? –Tenía más que haber respetado el convenio del año 29? -Yo no sé de esas cosas; V. ve que soy un triste chasque ignorante; no conozco la política. -Yo sí, amigo, estoy en todo y me preceo de conocer tuito lo que se ha hecho en mi tierra dende el año seis que era yo muchacho y pelié a pedradas con el inglés. Vé, aquellos eran los tiempos lindos de los patricios… y el año diez que había mozada como una flor. Entonces los criollos, como nos llamaban los godos no teníamos más partido que la patria. Ah! si hubiera conocido a Belgrano! y a tuita la oficialidá de aquel tiempo! Yo conocí desde Liniers hasta San Martín. Oí hablar a don Mariano Moreno, daba fiebre, mire, cuando hablaba de la libertad! ¿Y Don Feliciano Chiclana, qué hombre caliente para hablar al soldado! ¡Ah! En es plaza de la Victoria, mire que he oyido cosas yo! Y solo la patria, amigo. La patria solamente! Así salimos para las provincias, y para Chile y el Perú y peliábamos como liones contra los godos!- Miguel oía en silencio aquel rudo lenguaje de fuego que estremecía en su corazón una fibra entumecida: patria. No sin razón ha dicho Mármol:

Patria! Patria! palabra divina

Que en el cáliz del alma se esconde

Y a los sueños del alma responde

Con promesas sublimes de amor…

Después de la iniciación del amor de la familia, aquel cuadro de lágrimas y de besos que se obstinaba en permanecer ante los ojos de Miguel, venía la palabra mágica – patria- a sacudir su alma indolente, o antes que la falta de enseñanza hacía que se ignorase a sí misma. Pero era una masa de hielo destinada a fundirse a los rayos del sol del amor. Por eso con una especie de ímpetu extraño a su carácter dijo a Simón:- Hábleme de la patria! -Le hablaré, si, porque ha sido el amor de toda mi vida, y al verla tan desgraciada, hay ocasiones que se me hace pedazos el corazón! – Y el viejo prorrumpió en un torrente de lágrimas entrecortadas de hondos sollozos que como una descarga eléctrica hicieron crispar los nervios de Miguel, y después de aquel espasmo doloroso el corazón se le hinchó en el seno, un nudo le apretó las fauces, hizo esfuerzos por respirar y sólo lo consiguió cuando advirtió que de sus ojos brotaban unas gotas hirientes que le quemaban el rostro y le dilataban el pecho. Miguel lloraba por la vez primera de su vida. Lloraba espontáneamente, como se llora al nacer, acaso porque en aquella hora nacía a la vida de la sensación tan largo tiempo embotada en la orfandad y el abandono. Lágrimas puras brotando de un corazón silvestre, pero no endurecido a la palabra rústica pero sincera de un noble viejo, como un día de la roca viva, saltaban raudales cristalinos al golpe de la varita de Moisés. Era aquella tempestad humana, más silenciosa pero no menos elocuente que la que acababa de agitar las selvas agrestes del Paraná y la soledad de los campos.

Simón fue el primero que rompió el silencio. -Ah! amigo, cuando se ha peliao tantos años y se han visto tantas glorias a la par de tantas desgracias, no puede uno conformarse con esta cinta colorada, y Simón machucaba su sombrero que se había sacado, mientras los bucles plateados de su canosa melena le caían en desorden sobre los hombros. —Mire, amigo, los argentinos que han puesto el pecho a las balas de la España, no ha sido para esto. Qué quiere decir la división entre hermanos? Quiere decir la ruina, y me acuerdo del padre Santos Vega cuando una vez en Arrecifes le oiba cantar unas décimas de las que sólo me acuerdo el pie:

Los pueblos en desunión

Unos con otros están

Y a pasos contados van

Formando su destrucción.

Esto fue el año 25 cuando Rivadavia estaba en el gobierno. Aquel era tiempo lindo y todos teníamos esperanzas en la patria y su grandeza. Rivadavia abrió escuelas para los pobres: las escuelas de la patria, ni aunque uno sea grande ya para aprender pero los hijos creen que el paisano es carne e perro, que sólo tenemos obligación de dir a la guerra, a la frontera, mire yo después de veinte años de campaña, tuavía me friegan con mandarme al desierto cuando fue don Juan Manuel. ¿A dónde está la libertad por la que tanto hemos peliao? Digo hemos, nosotros los del año diez, que hemos recorrido todas las secciones de América. ¿Qué libertad hay ahora? Si la opinión es un delito dónde está la libertad? -Así debe ser, contestó Miguel que seguía aquella plática sin hilación, (sic) donde las premisas y las conclusiones tenían el cuño movedizo e incongruente del que tampoco sabía raciocinar ni menos expresarse. Prosiguió: -Los hombres libres no se ponen librea, y este cintajo qué es, sino una librea? En mi tiempo era galones lo que se usaba, y el color celeste, el color de la patria, no estaba desterrado. Pero cuál es la bandera de los argentinos V sabe cuál es? –No me he fijado, contestó sencillamente Miguel. Y por qué había de fijarse él si aún hoy muchos ignoran la Constitución de su país! Ni se enseña la religión de la patria! – La bandera de la patria es una faja blanca en el medio y dos azules a los lados, azul claro, color de cielo. Nosotros los criollos no conocíamos más bandera que los “huevos revueltos”, la amarilla y punzó de la España con los Castillos y los Liones de la Corona de Castilla. La primera vez que vi yo la bandera de la patria fue en la batalla de Salta. Ya íbamos a entrar en la pelea cuando vimos a general en Jefe aparecer a caballo con un estandarte enrollao en la mano. Era Belgrano y paréceme verlo tuavía! hombre lindo! Vestía calzón color ante y bota granadera encima, casaca de general con vueltas color grana; esa mañana estaba pálido, cuando en esto desenrrolló la bandera y nos dijo que en adelante, aonde peliase aquel pabellón, allí estaría la patria Argentina! Y desenvainó la espada y juró defender aquella bandera, y tuitos juramos, y quiere creer que los soldados lloraban, y entonces el general gritó: ¿Viva la patria, y a la carga, muchachos! Como liones peliamos ese día en contra de los godos! Y qué se ha hecho esa bandera?…No sé, hoy que es delito usar color celeste que es el de la patria? De onde el color punzó ha de ser el color de la patria. –Es la divisa federal!- Y ni aunque sea, la federación no es la patria, ni yo sé lo que es tampoco.-Tampoco sé lo que es, ni como voy a saber dende no sé lér. –Ni yo sé lér, a pesar que el General Belgrano nos hacía enseñar a los más muchachos, aprendimos poco a gatas deletriando. Hablan de unitarios y federales. Rivadavia era unitario. Rosas es federal. Pero Rivadavia no mataba ni desterraba a naides, ni se remachaban grillos, como velay este infeliz, afligiendo las pobres mujeres y las criaturas chicas que da lástima. -Dicen que es para salvar la patria. -Ese es un sarcasmo! No ve, amigo, que la patria no tiene nada que ver con las mujeres y los niños si no es para ampararlos? Lo que necesita la patria es la unión de tuitos sus hijos para que el pobre gaucho descanse también y tenga su rancho y su majadita o sus vacas y pueda trabajar sin que naides se lo estorbe. Matando y persiguiendo cuando ya somos tan pocos, menos seremos cada día. Bastante, sangre argentina ha corrido hasta hoy.-Yo quisiera preguntarle dos cosas, ño Simón. —Hable, amigo, que no sé por qué lo quiero dende que lo vi, que ni que juese V. mi hijo, aunque nunca fui casado.-Quisiera preguntarle si hablándole al gobernador soltará al preso. – Simón meneó la cabeza:- V. lo habla compadecido lo fusila a V. en el acto. —Cree V. eso? —Sí lo creo… el general Rosas no oye a naides. —A mi siempre me ha distinguió. —No lo dudo; V. nunca le ha contrarrestao en opinión; pero si va decirle que este hombre es un inocente y que V. se ha compadecido de su mujercita y de su hijo, el gobernador lo va a hacer fusilar a V.-Y qué hacemos entonces? —Qué hemos de hacer si tenemos los brazos atados? —Pero entonces, yo no güervo a la ciudad ni veo más al gobernador. —En eso hará bien. —Y por la patria, qué se puede hacer para aliviarla? — No hay sino un medio… Voltear a Rosas. —Y se puede? —Quién sabe, nada hay eterno en este mundo. Ni Francia en el Paraguay, pues cuando no sea más que la muerte, todo ha de tener un fin. —Pero qué hacemos en este caso? —Ay! En eso está la desdicha, en que nada puede hacerse? Tenemos que dejar el preso seguir su destino y solo podemos irnos nosotros por ahí. —A dónde? —Vamonos para el Sud. Un señor Castelli, hijo de aquel Castelli del año diez, me ha hecho decir que vaya por su estancia que me dará trabajo, véngase conmigo y si quiere no nos separaremos más ya que V. tiene un corazón que no sabe ser indiferente a la desgracia. .-Ni sé, como haiga quien vea llorar una mujer o un niño y no se le dé gana de hacerse matar por ella… Y será cierto, por Dios, que en San Nicolás de los Arroyos fusilaron un niño de doce años, como decía hace poco el hijito del preso? -Es verdad, por esta Cruz! y Simón besó la cruz hecha con los índices de ambas manos, gesto vulgar desde la infancia entre nosotros. -Entonces, amigo, dende hoy lo sigo donde vaya V- —Iremos al Sud, a la estancia de Castelli, no es a humo de paja que muchos compañeros se retiran a Dolores. -Y cómo le parece que nos vayamos? -Esta noche, amigo; ahora mismo, porque mañana se embarcan para Buenos Aires, y nosotros no seguimos, es decir, tal vez V. aunque el Juez de Paz ha de llevar por lo menos cuatro hombres consigo, es más flojo que una gallina clueca, tal vez me tocaría a mí, quién sabe. -Y si dejamos al preso y lo matan? No se acuerda lo que casi sucedió el otro día? -No, no tenga recelo; aquellas fueron balacas; conozco a Julián, es un maula. No le han de hacer nada por ue el Juez de Paz sabe muy bien cuándo es asunto de degüello y cuándo no. —Oh! por esa parte el gobernador dijo delante de mí que no quería le tocasen un cabello al preso. —Y haber – sido V. el emisario de semejante picardía! —Y yo qué sabía, amigo? El hombre que no sabe es como un ciego! Dende que le sirvo de chasque, cuántos pliegos injustos habré llevado!… Ay! pero cuando he visto las lágrimas de ese muchachito, hijo del preso, y su mujer, ella no llora pero se conoce lo que sufre! Y el preso, qué hombre sereno y paciente!… Dios ha querido que viese esto para no servir más a los gobiernos. -Tiene razón, Dios se acordó de V. amigo, basta ser un pobre huérfano! Реro vamos a ensillar y busquemos otros pagos.

Los dos hombres con sigilo se dirigieron al corral. Miguel sacó su caballo que lo conocía en la voz, y Simón tomó también el suyo, que aunque pobre no le faltaba un buen parejero. Miguel también había criado el suyo, se lo dieron potrillo y era el compañero de su vida errante y solitaria. La noche iba adelantada a esa hora, y el alba indecisa acaso comenzaba a disipar las sombras del horizonte. El pueblito dormía aún y la gente del Juez de Paz con él. Los dos hombres se alejaban al paso primero, cortando campo de modo que no fuesen sentidos los pasos de los caballos. Cada cual sumido en sus pensamientos, tiraban a ganar terreno para contar con la seguridad del éxito. Ambos iban contentos de verse juntos; conocidos de la víspera, eran uno para el otro como dos viejos amigos. Y tales son los místenos de la simpatía porque las horas en que el corazón se abre al amor que, como una brisa perfumada lo envuelve y acaricia. Esos cariños súbitos, suelen, es verdad, evaporarse una hora después como el fugitivo aroma de la flor que una hora después de nacer se marchita y muere. Otras veces duran toda la vida y son la página más bella o más negra de la vida según acertamos o erramos en la elección del objeto de nuestras afecciones. Dicen que la amistad entre los hombres es más duradera que entre las mujeres. Como nunca fui hombre, o si lo fui en alguna otra existencia anterior no lo recuerdo, tampoco puedo afirmar que hasta en esto los hombres sean más perfectos que nosotras en su modo de sentir. Apenas en este caso puedo afirmar que Simón y Miguel, esos dos pobres hijos del desierto, sentían uno por el otro una amistad verdadera.

Capítulo de Guerras civiles del Río de la Plata. Primera parte. Una mujer heroica. Por Violeta. 1838, es la segunda versión de Misterios del Plata con algunas modificaciones, impresa en forma de folletín en El Inválido Argentino, desde el 29 de diciembre de 1867 hasta el 16 de marzo de 1868, cuando deja de salir el periódico. Tomado del Apéndice de Juana Paula Manso. Vida y acción por María Velasco y Arias, Bs.As., 1937.