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Libros de enseñanza primaria, Juana Manso. 1854

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Hemos condenado los libros que sirven a la enseñanza primaria, como absurdos y ajenos de su misión.
En otro tiempo, no se necesitaba más que esa decisión para ser condenada por hereje, y aun hoy mismo, ¿quien sabe si a pesar de estar libre de la hoguera y de las torturas, puedo eximirme de la tacha de hereje?
¡Es verdad! Así es el mundo. Esos libros que yo repruebo se llaman Catón cristiano, El catecismo de la doctrina cristiana, Las obligaciones del Hombre. El nombre de esos libros es un escudo magnífico, pero su contenido no está en armonía con los títulos.
Por la experiencia que da el estudio, afirmamos que la educación primaria debe ser absolutamente práctica; importa allí, el ejemplo de los padres o del profesor encargado, teorías sí convertidas en acción, pocas palabras, fáciles a pronunciar, fáciles a concebir, y fáciles a grabarse en la memoria y en el corazón de los niños.
Decidle a un niño, sé caritativo sino lo acostumbráis a serlo, sino le hacéis practicar la caridad, será lo mismo que sino le dijeseis nada.
Decidle, amad a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo. Bien; pero el niño repite esas palabras maquinalmente, y entretanto que sabe el catón del principio al fin de memoria, y que sabe sin errar una sílaba las cuatro partes del catecismo, y que ha leído tres veces las obligaciones del hombre, el niño va creciendo, vanidoso, pendenciero, inobediente, mentiroso, y en fin, con todos los vicios que más tarde harán con que suponga que el oír misa todos los domingos, y dar dos reales de limosna al pobre cuando otros lo están mirando, ya ha cumplido con sus deberes.
No, ese no es el camino. Decid a los profesores: hablad poco con las palabras y dad siempre el buen ejemplo. La enseñanza moral, la educación del alma, es fácil como yo la comprendo.
¿Lo que deseáis?
¿Que sea el niño religioso?
¿Bien, enseñadlo a practicar la caridad; cómo?
El primer medio, hacerle sentir con la palabra y con la práctica, este precepto tan simple:
Trata a los otros como tú quisieras ser tratado.
De aquí, la indulgencia con las faltas ajenas.
De aquí, el perdón de las ofensas y de los males que se nos causa.
De aquí, repartir de lo que poseemos con aquel más necesitado.
De aquí, llorar con los que lloran.

De aquí, no abandonar a los que sufren, ni volverles las espaldas cuando ellos nos piden el pan que mitiga el hambre; y el pan del consuelo que mitiga el dolor!
De aquí, en fin, toda cuanta virtud puede adornar el corazón del hombre. Porque cuando el niño se habitúa a esta reflexión tan fácil, que está bien a su alcance.
Si me hicieran este mal, de cierto yo no gustaría, luego a los otros no puede agradarles! E insensiblemente el niño que se habitúe a pensar así, habrá atesorado para la edad viril una riqueza incalculable, habrá formado su conciencia, y será un cristiano digno del aprendizaje de los preceptos de Jesús.
Yo desterraría la cartilla de las escuelas, y la reemplazaría por grandes tablas de lectura, que dan una noción más clara y que tienen la ventaja de llamar mejor la atención del discípulo, que en semicírculos de a diez o de a doce, habrá tomado tantas lecciones, cuantas veces se haya, repetido la lección contenida en la tabla.

Álbum de Señoritas, Buenos Aires, Febrero 5 de 1854, N°6.

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