Las antiguas por María Teresa Andruetto. Deodoro, Gaceta de Crítica y Cultura, Revista de la Universidad de Córdoba, octubre 2011.

Una reciente colección titulada Las Antiguas, de la editorial cordobesa Buena Vista, edita libros de mujeres argentinas del siglo XIX y comienzos del XX con prólogos de contemporáneas. Entre las rescatadas se encuentran las escritoras del Ochenta, la generación que heredó el país después de la caída de Rosas y que alentada por su fe en el progreso y su mirada eurocéntrica comenzó un programa de organización nacional cuya impronta tiene todavía fuerte presencia entre nosotros. Hasta no hace mucho, las antologías e historias sobre el Ochenta daban la impresión de que sólo había escritores, aunque una lectura más atenta revela libros de poesía, novelas y ensayos escritos por mujeres y referencias en los periódicos a obras y acciones culturales realizadas por ellas. En la mayoría de los aspectos, las escritoras del Ochenta no eran muy diferentes de sus colegas varones, creían en el programa positivista del progreso y compartían con ellos el afán de viajar y conocer otras culturas, en particular la francesa.

Pero la condición de género las colocaba en un lugar distinto, porque aunque casi todas eran adineradas y pertenecían a la clase que dirigía los destinos de la nación, llevaban vidas diferentes de las de los hombres y eso produjo en sus escrituras preocupaciones también diferentes. Observar esas escrituras permite ver ciertos grados de desvío de la tradición literaria ejercida por los varones y de lo esperable en una mujer. Para ir tras esa voz que pudiera hablar de un modo propio acerca de las propias cosas debieron sortear (en los momentos felices) o soportar (las más de las veces) los tabúes que definían la respetabilidad femenina y las condicionaban en sus vidas privadas y públicas y en sus desarrollos literarios. Escribían siendo muy jóvenes y se silenciaban al casarse o al ser madres o escribían siendo ya mayores, en la relativa libertad de la vejez. Buscaron modelos en el joven pasado de la patria y se vieron inspiradas por Juana Manuela Gorriti, Clorinda Matto, Juana Manso quienes tuvieron roles claves (escribieron, debatieron ideas, fundaron revistas, organizaron tertulias) en la defensa de la causa femenina. En ese ambiente fue sin duda una gran ventaja pertenecer a la elite política y cultural y tener la familia y las conexiones necesarias. La mayoría de ellas las tuvieron: Agustina Andrade, era hija de Olegario Andrade, Edelina Soto y Calvo estaba emparentada con los Obligado, Eduarda Mansilla era sobrina de Rosas y hermana de Lucio V. Mansilla, Elvira Aldao era hija del político y colonizador Camilo Aldao, Lola Larrosa pertenecía a una familia patricia, aunque en su caso (uno de los pocos) empobrecida. Tuvieron, en general, una vida por todo lo alto y trato habitual con las personalidades más destacadas de su tiempo. Sin embargo, pese a todos los beneficios que su condición les proporcionaba, no pudieron evitar que algún hermano descontento destruyera los ejemplares de su libro (Elvira Aldao), silenciarse por matrimonio (Agustina Andrade), verse severamente juzgada por el Anuario Bibliográfico Argentino (Lola Larrosa) o pugnando diez años por abrirse las puertas… para entrar como cualquier cronista o reportero en el cielo reservado a los escogidos machos, tal como dijo de Eduarda Mansilla el virulento Sarmiento. Eso vincula sus destinos con otras artistas del siglo diecinueve y primeras décadas del veinte amordazadas por hermanos, padres o maridos por pasarse de la línea. Escritoras del Ochenta. La cuestión central fue para ellas, como para los varones, la fe en el progreso tecnológico. Pero interpretaron que ese progreso tenía que bregar por la educación y el trabajo fuera de la casa, tal vez sin advertir que eso iba a beneficiar alguna vez a las hijas y las nietas de sus sirvientes. Llevaron adelante sus reclamos sin sospechar cuánto iba a modificarse, a partir de esos cambios, la sociedad de la que formaban parte y de cuyos privilegios disfrutaban. A veces renovadoras y en algunas ocasiones de avanzada en lo que hace a los derechos civiles, fueron en su mayoría conservadoras en lo que respecta a los derechos económicos y sociales de la clase a la que pertenecían. Cambiar la dinámica en el seno de la vida doméstica, implicó –quizás más de lo que pensaron– el cambio en otras relaciones de poder. Hoy, a más de un siglo de distancia, sus ficciones y reflexiones nos dicen que algunas de sus preocupaciones vitales y sus batallas son todavía nuestras, a la vez que los privilegios materiales de la vida que vivieron están tan lejos de nosotras como los personajes de un cuento de hadas.

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