LA COMMEDIA ARGENTINA por Ernesto Romano

“Sarmiento! Sarmiento! Y viejos, mujeres, niños salían a ver á este mito que encarnaba tantos
recuerdos. – Detúvose Sarmiento a contemplar el conmovedor espectáculo, diciendo: – `Es el Dante
que ha estado en los infiernos para las buenas gentes de Florencia; y no son menos infiernos los
que he atravesado en mi vida…!´”1

Todo cabe en Sarmiento. Por qué no, una Divina Commedia Argentina, un criollo juicio universal. Si Mitre, “el calmoso”, traduce al Dante, es Sarmiento quien desciende a los infiernos; y aunque Vélez, su amigo, haya volcado algunos cantos de la Eneida, es él nuestro prófugo Eneas.

Dante y Sarmiento se hacen por mandato propio jueces de su pueblo. Desterrados y humillados, asumen gracias a la tramoya literaria la potestad del juez. ¿Cuál es el valor de su dictamen? En la interminable y caprichosa casuística de salvos y condenados ¿quiénes hallan justicia y quiénes son rencorosamente ajusticiados? Juez y parte, su juicio carecería de validez si una razón única no lo avalara, la amplitud del genio; la inconsciente virtud de juzgarse a sí mismo y militar también en la recua de los condenados. Ambos escritores, como todo hombre que sentencie su propia época, suben al banquillo.

Dante contempla a sus enemigos en urnas de fuego y se duele de algún condenado que le es afín; Sarmiento ante el sepulcro de Quiroga confiesa que los corpúsculos rojos de sus sangres corren unidos en las venas de sus
descendientes.

Ambos sufren el destierro como imposibilidad de ser, “cuando he logrado surgir para mi patria, ella se hunde bajo mis pies, se me evapora, se me convierte en un espectro horrible!”,2 escribe el nuestro, y Dante se define: “peregrino, casi mendicante”.3

La literatura sirve de atajo al héroe, es su posible señorío. “Soldado, con la pluma o la espada, combato para poder escribir, que escribir es pensar; escribo como medio y arma de combate, que combatir es realizar el pensamiento (…)”.4

La Divina Commedia Argentina es pues un juicio viciado, pero genial. Los virtuales cien volúmenes de la Suma Sarmientina, le doy este nombre para diferenciarla de los cincuenta y dos de las incompletas Obras Completas, que el apremio del tiempo y el decreto de Roca permitieron publicar, constituyen el más elevado punto desde donde contemplar la patria.

Rivadavia o Rosas son próceres, están ya dichos. Sarmiento es un trauma, es algo vivo que debe resolverse, un extraño, un entrometido; tiene aún una promiscuidad ajena al bronce, sigue en lo oscuro repitiendo: “argentino es anagrama de ignorante”.5

Los argentinos descendemos hoy comunitariamente al infierno en busca de identidad, quién sino él, puede ser nuestro guía, nuestro fabbro amato. Él nos ha precedido en el abismo, en busca de su origen y su patria ha enfrentado y resuelto el enigma. Prócer viril sobre una nación de eunucos, Sarmiento es insoportable
porque supera a su país.

Desterrados, ególatras, irascibles, jueces de su pueblo y fundadores de su literatura, el florentino y el de San Juan presentan similitudes que parecen desvanecerse ante la inevitable pregunta: ¿cuál es la distancia entre la sublime y meditada arquitectura de la épica dantesca y la informe masa de belleza salpicada de vulgaridad de las miles de páginas de la suma sarmientina? ¿Cuál es la escala entonces? Y bien, la que media entre la Italia imperecedera y la Argentina en el umbral de su desaparición.

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