Search

Juana Manso / Víctor Mercante (Fragmento)

Comparte en:

Uno de mis anhelos era incluir en “Maestros y Educadores” a Juana Manso.  Desde que un día, desde la cátedra de la Facultad de Ciencias de la Educación comenté con mis alumnos el espíritu atribulado por la preocupación de la educación popular de esta mujer en el ambiente apático que tuvo que actuar, sentí la necesidad punzante de sacarla del injusto olvido en que yacía, porque, prototipo de la maestra, su gran carácter comenzaba en la cuna, casi para realizar una obra leonesca; los obstáculos la hubieran vencido si su amor al país, en el que no veía sino una causa, la de la escuela, para redimirle de su vida colonial, no la hubiera templado para resistir las contrariedades.

Fue, en una de las épocas más críticas de la cultura popular, el clarín que les reaccionarios no pudieron reducir a silencio, dictando a gobernantes, legisladores y maestros el pensamiento fundamental que debía guiarlos.

Tuvo la visión clara de nuestra democracia. La sentía en su corazón; con el corazón adivinaba un estado no vislumbrado, en otros, por el raciocinio. Con un acierto que sorprende, trazó las grandes líneas de la nueva escuela, esa que parece ventilarse del otro lado del Atlántico, adquiriendo así, el derecho legítimo de precursora de la escuela argentina.

En esta vida fecunda, al legitimar el instinto con que se nace para afrontar sin miedo los obstáculos, se ve cuánto puede el estudio realizado con fe, pues ni entonces ni hoy, si exceptuamos a Sarmiento, nadie estaba tan penetrado del espíritu escolar norteamericano como Juana Manso, ni nadie comprendió como ella, la trascendencia que tenía, de identificarnos con él.  

Creía que los Anales no se leían y que predicaba en el desierto; sin embargo, no era así. La revista llegaba a manos de los hombres conspicuos del país; conservadores y progresistas encontraban en ella el informe, la experiencia y los conceptos para corregir y orientar su criterio. Los “Anales” prepararon el terreno para la siembra que se produjo después del 70 elaborando, con la tenacidad del apóstol, esa convicción sin la que la idea no fructifica. Después de haber lamentado diez años la indiferencia de sus conciudadanos, ella misma en su carta a Sarmiento advierte en el país un gran deseo: la educación.

Un ansia, el ansia de los grandes civilizadores, la inquietaba: la de ver modernizada su patria sumergida aún, después de Caseros, en el espíritu colonial. Ansia que a veces llega a la desesperación. No se avenía a los procesos lentos, quería el milagro, No toleraba la oposición a las cosas evidentes creía que todos debían poseer el criterio para comprender los valores de la grandeza.

Alma femenina, al brotar las ideas soñaba en los hechos. Su instinto materno, al desdoblarse, irradiaba sobre la escuela en la que veía crecer, unida y feliz, la familia argentina arrancada a la ignorancia que, envileciéndola malograría los ideales de la revolución de Mayo.

“Siento que soy algo: pero estoy sola”. ¡Oh, como atribula Ja impotencia! Pero llegó un momento en que aceptamos jubilosos las doctrinas y las cincuenta profesoras de la patria de Horacio Mann, en las que el mismo Torres rectificó sus procedimientos, incorporando una táctica pedagógica de la que obtuvimos incalculables beneficios contra el desorden endémico de las aulas que afectaba todas las actividades, especialmente las políticas.

Revista de Educación nº 13 del año 1930.

Te gusto:

Últimas entradas

Categorías

Etiquetas

Últimos Artículos