JUANA MANSO, EL ÚNICO HOMBRE por Liliana Zucotti

JUANA MANSO, EL ÚNICO HOMBRE  por Liliana Zucotti

Al escribir una sucinta biografía de Juana Manso, en su “diccionario personal” de “Los emigrados”, Sarmiento termina: “Es una de las pocas mujeres argentinas que han tomado parte de la vida pública” . Y en una carta comenta (OC, vol. 49, 294): “La Manso, a quien apenas conocí fue el único hombre en tres o cuatro millones de habitantes en Chile y la Argentina que comprendiese mi obra de educación…”, [la bastardilla es mía]

Si la tertulia y la velada literaria se inscriben como espacios intermedios entre lo doméstico y lo público, Juana Manso inaugura con mucha dificultad un espacio decididamente ajeno a la casa: la conferencia. Su hogar, en las afueras de Buenos Aires, queda excluido del juego.

Manso relata un recuerdo emblemático en el periódico El Inválido Argentina, su padre la llevaba al Café de las Victorias y le pagaba el chocolate en vaso con tostada pequeñuela, a cambio de una declamación u oda patriótica. De algún modo es a partir de esa escena que Manso genera toda una serie que vinculará la palabra con el espectáculo público.

La conferencia, no adquiere aquí el sentido de disertación o divulgación de un saber, sino el de dos prácticas: por un lado, la serie de conferencias que da en Chivilcoy, en Quilmes, en Catedral al Norte, se vinculan a la militancia política y religiosa: por el otro, las llamadas conferencias de maestras, con un objetivo claro: la profesionalización de la enseñanza.

Las reacciones que genera son de una violencia y una irritación inéditas. En su tercer conferencia en Chivilcoy, organizada con el objeto de juntar fondos para construir una biblioteca, cuando comenzaba a leer su drama “Rosas”, apedrean la escuela a cascotazos, y al salir, le lanzan asafétida en la ropa. Antes de comenzar una conferencia sobre “La reforma religiosa en Europa”, en la escuela de Catedral al Norte, recibe una carta en la que se le suplica silencio sobre materias religiosas, amenazándola con la aparición de un sacerdote para coartarle la palabra y delatarla al Obispo por hereje. Un “populacho grosero” (cuenta en los Anales de la educación común, 1867 ) se apiñaba en las ventanas del salón en que estaba hablando para gritar obsenidades a las damas que acudían a las conferencias.

Las llamadas «conferencias de maestras», constituidas por clases, lecturas y ejercicios previstos para instruir a las maestras en diversas materias (desde el deletreo correcto de las palabras hasta la eliminación de los castigos en la escuela) no sufren mejor suerte. Terminan con un petitorio elevado al Departamento de Escuelas en el que se solicita la suspensión de las conferencias acusando incluso de inmorales las clases de gimnasia que Manso quiere introducir.

La injuria, (“saca la cadera/Da. Baldomera/saca el espinazo/ Da. Juana Manso”), los apelativos, (“madama Juana”, “ña Juana”), la forma en que su nombre circula en la correspondencia privada (Juana la loca, en la correspondencia de Frias) denuncian que un límite ha sido quebrado, que una regla no ha sido acatada. Pero ¿Cuál?

No vengo en mi nombre: soy nadie

Juana Manso se apropia de un género que requiere/reviste de autoridad al que está hablando. Una autoridad que, si es ajena a la palabra femenina en el siglo XIX, mucho más lo es cuando se trata de llevar adelante (aún veladamente) una práctica política, como la campaña electoral de Sarmiento para la presidencia de la República.

Si bien en su carácter de representante intenta “desdibujarse” (“no vengo a hablaros en mi nombre, soy nadie” dice al comenzar su conferencia en Chivilcoy), es el género mismo el que excluye a la mujer, aún en su caracter de mediadora, porque ese género posee una historia, y tiene, si se quiere, una condición previa de existencia. Sarmiento lo ve claramente cuando le escribe:

Son las lecturas las que irritan. Es la primera vez que se introduce la práctica de hablar al público sobre cualquier materia. Sólo el púlpito estuvo en posesión de esta prerrogativa. Hoy lo está el pensamiento. Aquí (se refiere a los Estados Unidos) es la libertad misma, toda la libertad; pero aquí la libertad lleva (no lo diga allá) un garrote en la mano y un revolver en el bolsillo para asomer á los que pretenden estorbar á otros el uso de la libertad propia. La libertad así armada se llama Policimen, y no hay reunión pública en que no se halle presente este guardián de las libertades del pueblo (Anales de la Educación Común, octubre, 1867).

Sarmiento insinúa aquí una filiación: la conferencia es el género laico que sucede al sermón religioso. Si el púlpito fue vedado durante siglos a la mujer, no es de extrañar la virulencia que provoca una maestra que pretende simultáneamente poseer un saber, capturar la atención, provocar el silencio de hombres y mujeres, sostener un fin económico (recaudar fondos) y tener una motivación política (hacerlo en nombre de Sarmiento).

La conferencia se asocia a la fuerza y al Estado, como dice Sarmiento y hace público Manso, pese a la advertencia “no lo diga allá” de la carta. La carta de Juana Manso que motiva esta respuesta lo advertía claramente:

No hay sino un modo de ir adelante, la iniciativa de la autoridad. No necesito señalar a su penetración cuáles son los obstáculos á la difusión de la enseñanza; se quiere el país sumido en la ignorancia para dominarlo mejor (…)son ceros para disfrazar el escándalo de los 500 votantes en una ciudad de 200.000 almas (Anales de la Educación Común, tomo III).

El género de la conferencia, el fin que Manso se propone con  ellas, el carácter político de sus opiniones están en ese momento vedados a una mujer. La palabra femenina en el siglo XIX, si por algo se caracteriza, además de por su peligrosidad, es por la falta de autoridad de que está envestida. La agresión, el desconocimiento, la desautorización, son las reacciones previsibles. Juana Manso lo tematiza permanentemente: “Yo prefiero traducir porque mis propias ideas tal vez no tengan autoridad…” (Anales de la Educación Común, 1869); “Tal vez no soy mas que la repercusión de un eco…»”(Anales de la Educación Común, tomo VII – VIII).

Esconderse, colocar su voz tras la de otro, pedir prestada autoridad, parecería ser el gesto inevitable. Sarmiento así lo explícita: “Mis cartas, que ella publica, la revisten de autoridad…” le dice en una carta a Mary Mann.

Baje usted la voz

Entre las violencias de que es objeto Juana Manso, ninguna quizá tan agraviante como la carta que se publica el 29 de agosto de 1866, firmada por Enrique M. de Santa Olalla (maestro español que ha ejercido diferentes cargos en el Departamento de Escuelas.)

Como muestra, el primer párrafo de esta carta pública dará una idea del tono.

A la Sra. Juana Manso, Da. Juana

Hace algún tiempo que inspiran temores entre sus amigos las muestras visibles de desorganización celebral que tan gravemente afectan sus facultades intelectuales, y parece que ha llegado el caso de poner algún remedio a tan triste dolencia. Créame, Da. Juanita, sería muy sensible para las personas que la estiman el ver un día en la Residencia á la «mas preciosa joya» de la Nación Argentina -Tome señora, tome por Dios algunos calmantes….

Sin abundar por ahora en este texto, es interesante detenerse en un aspecto. Si en Lo íntimo de Juana Manuela podemos leer una pedagogía del decir, y en el libro de lecturas para niñas podemos leer un temor reiterado por todo tipo de palabra femenina, es interesante verificar cómo lo que más escandaliza a Santa Olalla en su carta, es la variedad de acciones verbales que ejerce Manso en su vida pública, o quizás, la cantidad de verbos y sustantivos que necesita él para intentar apresar la palabra de Manso. Disparatar, anatematizar, elucubrar, vapulear considerar, calificar, declarar, denigrar, insultar, lastimar, charlar, manifestar, declamar; junto con algunos sustantivos: desatinos, charlatanería, cacareo.

La palabra de Manso se escabulle muy lejos de los verbos que propone Gorriti: ocultar, callar, elogiar, halagar. Manso hace uso de su palabra sin restricciones, y, permanentemente, se tiene la sensación de que está avanzando contra todas las reglas tácitas y explícitas del “buen decir” .

En su correspondencia con Sarmiento encontramos el reclamo público: “Con todo, si no lo ha olvidado en el cúmulo de sus atenciones, debe recordar que mia fue la idea de las Escuelas Políglotas”.

El reto público: “Pues todos estos males, los conoce el Dr. Avellaneda que tan bellas teorías ha vertido en su memoria del año pasado y que Ud. transcribe“.

El consejo público: Hay un librito cuya traducción podría Ud. sugerir, es una traducción de….

Aunque Juana Manso señale permanentemente que el suyo es un lugar de reproducción y de mediación entre la palabra de los otros y el público que la escucha o la lee; que cita, traduce, asume, es eco, es ejecutora o lectora de la palabra de los otros, hay una retórica que no la deja a salvo. Es ella quien lee, quien pone la voz al servicio del texto, quien quiere persuadir. Y al hacerlo, desconoce abiertamente los mandatos de silencio que “el bello sexo” recibe y en mayor o menor medida acata. Manso apuesta a una retórica despojada de figuras, de circunloquios, de metáforas, de insinuaciones. En cierta forma, se sitúa en el otro extremo del decir cortés o de la mentira a la que aludía Gorriti. El modo en que ella señala su palabra es: “la verdad”. Una verdad que no la deja a salvo por ser la intérprete, la propagadora, la militante o la adicta de las ideas de los otros.

El otro triunfo, que desafía el sufrimiento y el tiempo, es haber tenido el coraje de decir la verdad, toda la verdad. A Sócrates lo recompensaron con la cicuta, a Jesús con el calvario, a Galileo, con la hoguera, pero ellos triunfaron por todos los siglos. Soy de esa escuela (La Tribuna, 1867).

“La verdad” descubre sin pudor las necesidades económicas, señala abiertamente a amigos y a enemigos, no disimula el fracaso de sus proyectos, se queja públicamente de la escasa repercusión que tiene su revista.

Mentir, decir la verdad son dos formas en que estas mujeres nombran una retórica. La de Gorriti, protegida en las nieblas del romanticismo; la de Manso, fascinada por la brusquedad y la fuerza de la palabra proselitista. Sin embargo, esa palabra dura, fuerte, sin ornatos, está -en boca de una mujer- condenada al fracaso.

Manso finalmente, se hace acreedora de una advertencia de su aliado, Sarmiento: “Baje U., pues la voz en sus discursos y en sus escritos a fin de que no llegue hasta aquí el sordo rumor de la displiciente turba” (Nueva York, 1867).

Juana Manso grita, su estilo grita, muy lejos del susurro, y del suspiro que, se supone, caracteriza a las mujeres. Podríamos sintetizar, si su palabra “trasgrede”, lo hace porque utiliza un género (la conferencia), asume una retórica (la de la “verdad”) y elige un tono de voz (el grito), que parecen ajenos a las damas del siglo XIX. Si la voz se “masculiniza”, la época se lo paga robándole el cuerpo, haciendo circular su figura como la de un Sarmiento dudosamente femenino, en una única fotografía que circula entre sus biógrafos. Juana Manso no logra como Gorriti tutelar su propia imagen pública. La síntesis más lograda la da quizá Sarmiento:

“Existe en Buenos Aires una institución para honrar a las mujeres.¿ Por qué no está la Manso en su seno? Porque es ocre” (Oc, Tomo 29, pág. 109). Ocre, es decir: gorda, vieja, fea, pobre, protestante.

Al decir de alguno, solamente le faltó ser mujer.

(Extracto de  “Gorriti, Manso: de las veladas literarias a las “conferencias de maestra.” por Liliana Zocotti en En Mujeres y escritura en la Argentina del siglo XIX. Ed. Lea Fletcher. Buenos Aires. Feminaria).