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Inspección General de Escuelas. Juana Manso, La Tribuna, 1867.

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Continuación del análisis del informe del Departamento de Escuelas.

    La inspección de Escuelas figura con tres notas. La primera sobre la Escuela de Sordo-Mudos, la segunda sobre los exámenes y la tercera es la descripción pintoresca del viaje del inspector a las escuelas de la campaña al Norte de la provincia. No voy a analizar minuciosamente más que la nota 29 de Diciembre próximo pasado, en que a pretexto de exámenes el joven Inspector se presenta como el campeón de ideas retrógradas unas, erradas otras y en su totalidad desautorizadas, puesto que 18 meses del ejercicio de un empleo para el que no se estaba preparado, es aprendizaje insuficiente a habilitarlo a emitir su opinión que no tiene peso alguno en la balanza del criterio educacionista. Tan circunspecto ha procedido el doctor Obligado en su puesto de Secretario, eleccionado por pasadas derrotas, cuanto indiscreto y presuntuoso se expresa el señor Inspector en sus notas, tocaré ligeramente la primera.

   La Escuela de Sordo-Mudos tiene cuatro alumnos y goza de la subvención de mil pesos moneda corriente al mes.

   Para un ensayo es suficiente, un instituto requeriría fondos especiales. Visité el de Pensilvania con cerca de 600 alumnos de ambos sexos en 1847 y puedo hablar sobre la materia. El señor inspector pide al gobierno que aumente la subvención en educación, no se trata de favorecer los individuos sino la idea. 250 pesos mensuales por cada alumno, o sea, 3.000 anuales por cada uno. Cuando solo se trata de ensayar, es suficiente, repito. Confieso que es esta la tercera vez que tomo la pluma para rehacer el análisis de la nota del Inspector fecha 29 de diciembre. El hastío de su lectura, el deseo de criticar sin ofender, la monstruosidad de las sinrazones allí estampadas, me ha obligado a recomenzar esta ingrata tarea perdiendo ¡tiempo y papel!

    Pero la indiferencia de los pueblos y las condescendencias de los gobiernos cuando de la educación se trata, son males que sólo se curan trayendo a la luz la insuficiencia de aquellos en cuyas manos se deposita, sin la prescripción de la ley, el destino de las generaciones.

     En Estados Unidos la ley ha hecho de los mandatarios y de los empleados los simples instrumentos o rodajes que hacen marchar la cosa pública.

     Por eso exige la ley que para optar al empleo de superintendente o inspector de escuelas, el sujeto llene los requisitos siguientes. 1° Que tenga completos estudios literarios, no de amena literatura, sino lo que se entiende por educación clásica, que haya ejercido el arte de enseñar, porque la pericia es hija de la experiencia y finalmente sólo dura en su empleo tres años.

    Nosotros señalamos término a los gobernadores, a los representantes, pero la educación del pueblo es una cosa sin forma ni color. De eso resulta que un Inspector avaro escribe libros y convierte las escuelas en librerías, ejerce 10 años una autoridad sin control, lo empujan de su lugar a fuerza de estrujones y nombran otro que sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué, viene a ser el ¡¡generalísimo del ejército infantil!! Maestro de maestros.

  ¿Cuál es el resultado? El extravío del joven que se infatúa y dice mi opinión es esto, es aquello. ¿Y dónde ha formado esa opinión? La ciencia no crece como la barriga.

   La nota a la que me refiero es, como he dicho, pasada por causa de los exámenes de las escuelas donde ha presidido el señor Inspector, pero no se crea que de dar cuenta de lo actuado en dichos exámenes se ocupa.

  El secretario a lo menos precisa el número de escuelas que le han tocado examinar. Son 13 y en ellas se han presentado exámenes 1.600 niños. Tenemos placer en reconocer progreso en las ideas del Dr. Obligado. Nada dice de los métodos y de los textos lo que hace bien, pues aunque con cerca de cuatro años de departamento no es maestro y es mejor callar. Nada dice de los medios disciplinarios, ni de la inscripción de los alumnos, ni de la asistencia media. Estas son deficiencias perdonables en él, visto que sus jefes tampoco se ocupan de ello.

     El señor Inspector calla todo, absolutamente todo lo relativo al objeto esencial de la nota, y se contrae de preferencia al papel de consejero entrando a discurrir con su jefe.

      El secretario dice en su nota, “Hallase desvirtuada la institución de escuelas de párvulos, porque son verdaderas escuelas de mujeres con un corto número de varones pequeños.“

     El Inspector dice en la suya que está plenamente satisfecho porque  “la mujer ha sido dotada con el instinto de la maestra inspirada, etc.”

    He aquí dos opiniones encontradas sobre un mismo punto que el Sr. Jefe del Departamento ha debido poner de acuerdo antes de presentarlas en su informe.

       Principia el Sr. Inspector con su conocida manía. “Los Norte-Americanos ya habían resuelto con el problema de la enseñanza popular esta cuestión, dando a la mujer una parte importante en la educación de la mujer. “

      Dios sabe qué esfuerzos y qué sacrificios le costó a Emma Villar la preparación científica de la mujer en su país. Ya se ve que el Inspector ha constatado que aquí, sin preparación, la mujer hace tan bien como allá, pasando por escuelas superiores y normales. La ventaja es toda nuestra. ¡La mujer aquí nace maestra!

     La profesión de maestro, como la de maestra, no es en el linaje español de las más distinguidas., solo cuando una familia está muy pobre recurre a ella. Yo he sido la única argentina que la ha ejercido con el solo objeto de ennoblecer la carrera en vida de mi padre y rodeada de comodidades, y arrostrando a la edad de 19 años el desvío de la sociedad en Montevideo.

     El magisterio es un recurso entre nosotros, no es una profesión, y por lo que hace a nacer maestra no basta ser mujer.

     Pero vamos adelante pasando por entre una multitud de vaciedades para llegar a los puntos culminantes.

     Tratando de vencer la indiferencia, aconseja el impuesto, así que pague el pueblo, será otra cosa.

      Pobre pueblo, bastante paga, los colegios particulares son carísimos, en las escuelas públicas pagan todos, lo ha dicho la municipalidad, y yo tengo datos fidedignos, la educación gratuita solo existe en el nombre.

Pero los resortes del espíritu público, las fibras de la acción popular, no residen en el bolsillo. Cuando los pueblos se apasionan por una idea, ellos gastan espontáneamente, como sucede en Norteamérica, donde las poblaciones se imponen contribuciones de escuelas a sí mismas y donde los ricos fundan institutos y bibliotecas a su costa. El secreto de inocular la pasión no es el impuesto, es convencer a las masas de las ventajas de la educación de sus hijos, tocarles el corazón haciéndoles amar la instrucción. El amor es el agente universal de todo lo grande que ejecuta la humanidad. Y para alcanzar esos objetos necesitase -iniciativa del gobierno, iniciativa de la prensa, iniciativa por Asociaciones. Acción, acción, acción.

  Dice el inspector:

   “El cura y el maestro son las dos potencias capaces de formar por sí solas la índole de un pueblo.”

   La índole de un pueblo republicano jamás podrán formarla los curas. La dirección espiritual, como lo observa el historiador Brancroff, encadena la libertad paralizando la conciencia.

   En los países cuya sociedad vive en sectas disidentes, donde el Evangelio se usa como instructor religioso, podrá admitirse la participación de los clérigos para ayudar a formar la índole de la juventud, pero donde, como entre nosotros, se prefiera a la noble simplicidad del Evangelio, el abrumador catecismo de Mazo y al chavacano Astete, llamar los curas es preparar la monarquía en vez de nutrir las generaciones con la sabia robusta de la democracia.

  De la libertad religiosa a la libertad política no hay sino un paso, así como de la sumisión espiritual a la esclavitud política no hay sino un paso también.

   El Inspector que ha tenido la deferencia de inspeccionar las iglesias de campaña del paso, siente la necesidad de curas del país y dice que ellos proveerán el Seminario Conciliar. En cuanto a los maestros, a esos atenderá inmediatamente nuestra pobre Escuela Normal. Una pobre escuela nunca dará sino pobres alumnos, porque cada árbol da su fruto, y el olmo nunca dio peras. La pretensión graciosa del Inspector es la de nacionalizar nuestra educación, con la que confiesa ser una pobre escuela normal.

   La obra de nacionalizar la educación en la República Argentina, como en toda parte del mundo, tócale al Departamento Nacional de Instrucción Pública; sería esa la misión de Escuelas Normales creada siquiera por el Gobierno Nacional y no por el Inspector de escuela de una provincia, aún siendo la de Buenos Aires. ¡Válganos, Dios! ¡cuánto desvarío!

   Más adelante escribe estas textuales palabras, hablando de la nacionalidad.

   “Formemos una nacionalidad robusta, capaz de bastarse a sí misma, sin necesidad de buscar en el extranjero el menor de los elementos necesarios para su progreso.“

   ¡He ahí la doctrina del aislamiento!¡ lo que ha dejado España a retaguardia de la Europa!

   No, señor Inspector, no son esas las ideas dominantes en este país ni en sus gobiernos y si usted confiesa fermentan entre nosotros tendencias yankees, recuerde que es el elemento extranjero al que los Estados Unidos son deudores del asombroso recrecimiento de su población y de su fuerza. Pero yo creo que otro es el busilis; Sarmiento está martillando hace dos años porque se traigan maestros bostonianos, puritanos probablemente, porque en toda la nueva Inglaterra los católicos no abundan, y el señor Inspector en su celo católico suda solo de pensar que puede venir también un Superintendente de escuelas, ¡como si por eso había de quedar sin colocación! No lo digo por ofenderlo, pero es lo general entre nosotros que los hijos de familias pudientes sean los más favorecidos.

  Si se tratase de un cargamento de jesuitas de ambos sexos, Hermanas de la Caridad y Hermanos de la Doctrina Cristiana, entonces esos santos varones y esas vírgenes, esos ángeles con patente y uniforme, serían los bienvenidos y dejarían de ser extranjeros a los ojos del señor Inspector.

   ¡Maestras protestantes, qué herejía! Pero vamos a cuentas. Para formar una nacionalidad robusta requierese población, participación del inmigrante a la vida pública, franquicias, derechos y deberes. El extranjerismo es un fantasma. Todos los habitantes de un país deben ser ciudadanos de él. Todo hombre que llegue a nuestras playas y solicite carta de ciudadanía puede ser electo hasta para el puesto más elevado en la nación. No preguntemos a los hombres dónde nacieron, sino lo que saben para saber lo que vale.

  Luego, el menor de los elementos necesarios al progreso de la instrucción son los útiles, los libros. Querer cerrarles la puerta porque son fabricados en otra parte sería volver a la época de la Inquisición.

   En otro párrafo dice el inspector: “Tengamos el santo egoísmo”. Canonizar el egoísmo es lo mismo que santificar el vicio, ¡qué lógica!

  Desconociendo los luminosos precedentes de Rivadavia, el primero que importó a su país los elementos de progreso del extranjero, pretendiendo oponer sus desautorizadas opiniones a la autoridad de Sarmiento, vuelve a insistir sobre el asunto de la importación de maestros, aduciendo que somos capaces de enseñar a leer y escribir.

  No es de eso de lo que se trata, y el señor Inspector no comprende la idea de Sarmiento de la que yo me he declarado sostenedora, porque sin adorar ciegamente el pasado, respeto a Rivadavia, y sin prosternarme delante de Sarmiento, aspiro a la modesta gloria de llamarme su discípula.

  Nuestro país, pedazo de creación inacabada, como le llama Sarmiento, que lo ha estudiado en su geología y en su topografía, desde la margen del Plata hasta la falda de la Cordillera, nuestro país solo necesita educarse para ser el primero de Sudamérica y realizar la segunda fase de la revolución que le dio ser político en el mundo. Dicen que pronosticar en políticas ha arriesgado. Creo que prever no está en ese caso. La segunda faz de la revolución será, pues, la confederación del Sur y la formación de la República Americana, que absorbiendo nacionalidades microscópicas, presente un gran todo y opera el verdadero equilibrio del mundo.

  La anarquía hoy, el despotismo mañana, la desgracia siempre, nos han de aproximar y el milagro se operará un día en los siglos porque la ola del progreso del Septentrion nos empuja.

  Sarmiento, que ama mucho su país, quiere un sistema general de instrucción que haga de la República una realidad, de la soberanía popular una autoridad palpable. Es preciso hacer hombres para hacer naciones, así como el artesano toma la materia prima y la elabora creando algo con ella, es preciso tomar la niñez masa maleable de que se forman las naciones y pulirla, educarla. Lo que no comprende sólo enseñar a leer y escribir, lo que más que maestros necesita educadores. Sin embargo, a Scull, débese de 10 años a esta parte la notable mejora de la letra, y el señor Inspector debe recordar la impresión del mismo Sarmiento al oír el premio de lectura en Harvard College, llegando su noble sinceridad a exclamar yo que soy albeitar de mi regimiento no sé leer.

 De modo que nuestra desnudez intelectual es tal que aún eso mismo no estaría de más, pero no es esa su idea, sino organizar un sistema general de educación común. Para comprender lo que él quiere es preciso saber la que son escuelas, haber visto algo más que lo que aquí conocemos por ese nombre. Por eso es también que en la obra de la educación se requieren sabios, hombres de gran inteligencia, porque de sus manos es que salen esas generaciones que mañana representarán al país su carácter, su riqueza, el honor en la banqueta de las naciones.

  El resto de las elucubraciones de la inexperiencia del señor Inspector no merece rebatirse, así como no me dignaré responder a las indirectas que me dirige, ni las merezco ni son propias de un documento de esta categoría.

  En fin, después de echarla de consejero, de maestro y de exponer su autoridad a un contraste, termina por confesar que vale poco y que sólo tiene buena voluntad. En ese caso, si el señor inspector está convencido de lo que dice, lo más prudente habría sido callar. Si vale poco, quédese en su casa y no gravite con todo el peso de su buena voluntad incompetente sobre el destino de toda en una generación. Ad majorem gloriae Dei.

Juana Manso

La Tribuna, viernes 22 de marzo de 1867, N° 3945.

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