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Escuelas Superiores/Juana Manso, 1867

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Los diarios «República» y «Nacional» han anunciado que el Departamento de Escuelas lleva adelante su pensamiento del año pasado—crear Escuelas Superiores.

Combatir el error es un deber cuando se conoce la verdad; apuntar el escollo es un deber también, aunque la verdad quede postergada, y el faro que señaló el peligro despreciado.

Sin escuelas primarias, que tal clasificación merezcan, ¿cómo se piensa en instrucción superior? ¿Y cómo se pretende crear la instrucción superior haciendo puente la secundaria?

¿Es permitida la duda, cuando los Anales han publicado los reglamentos que dividen los grados en las Escuelas de Boston, las mejores del mundo?

Pero crear la instrucción superior donde no HAY, NO EXISTE la instrucción primaria, sino apenas una pésima enseñanza de los elementos primitivos; es lo mismo que añadir un cuerpo de edificio sobre cimientos de barro.

El estado de nuestras escuelas no puede ser más lamentable, y hacer elogios a su atraso es el mayor mal que puede hacerse.

Porque, de dos cosas una: o se hacen los elogios de buena fe, ignorando la materia de que se trata, lo que es una ligereza, o se sabe lo contrario de lo que se afirma y se sacrifica el bien público a las afecciones particulares, lo que no es justo.

Sin saber pronunciar perfectamente, no se puede aprender a leer, y en nuestras escuelas no se enseña a pronunciar: y si alguna lo hace es superficialmente, o si alguna lo hace por excepción no es sobre tan frágil base que se puede plantear la instrucción superior. ¿Sin saber leer, qué instrucción superior puede caber?

En nuestras escuelas no solo no se enseña a pronunciar, como llevo dicho, ni a leer, porque no es posible sin expedita y correcta pronunciación, elaborada desde muy temprano; pero ni se enseña a escribir, sino a hacer planas, y jamás podrá imaginar uno de nuestros muchachos que la escritura, supliendo la palabra, es el vehículo del pensamiento.

La idea fundamental que preside la instrucción, es, primero que todo, el desarrollo de la triple unidad del niño—física—moral—intelectual.

La escuela de párvulos sirve a tal propósito—viene luego la escuela primaria o elemental, donde a la vez que se prosigue el desarrollo, se inocula el germen de todas las nociones que constituyen el saber generalizado.            

Sigue la escuela secundaria o 2° grado de la instrucción, donde el niño hace aplicación de los elementos recibidos: lectura, escritura, aritmética, esa aplicación en la enseñanza por objetos lo habilita ya a entrar al estudio de las materias superiores, como la Gramática, Geometría, Física, Geografía, Historia etc.

La instrucción pues, va eslabonándose sin esfuerzo, hasta la Universidad, con oportunidad para todos y sin restricciones para nadie, y por su intermedio madurando la razón del niño que tiene conciencia de lo que aprende.

Si hay un servicio reclamado con urgencia por el país es el de mejorar los actuales métodos, ya que no hay dinero con que uniformar un sistema eficaz y general de escuelas.

Pero lejos de eso, veo por ejemplo en el programa de las de Ambos Sexos, suprimida la Aritmética elemental de Perkins reemplazándola por la Aritmética práctica de Legout.

Ese libro, bueno ahora diez años, hoy es perfectamente inútil, y estoy por decir nocivo. Desde que se confeccionó en 1859 en que tuvo su boga, hasta la fecha, se han inventado cosas mejores, sobre todo el modo de enseñar la Aritmética ha progresado mucho; el mismo Perkins ha sido aventajado por Quackenbos. Sin embargo, entre la Aritmética de Perkins y la de Legout, hay un abismo en la enseñanza o los beneficios que ella puede reportar de ambos.

Perkins, es la noción clara, concreta, precisa del guarismo. Se auxilia de los dedos, de los objetos visibles, del Contador.

La Aritmética práctica consta de una colección de ejercicios en números abstractos que el niño copia sin comprender, porque el guarismo no puede ser comprendido por el niño sino en su entidad concreta.

Lo más que puede hacerse es admitir la Aritmética Legout, como auxiliar manual para aprender la escrituración aritmética.

Yo jamás hacía copiar cuentas en la pizarra como ordenaba el horario, mis alumnos escribían al dictado, nunca habría podido enseñar a sumar sin preceder la conciencia del valor neto como del valor relativo del guarismo. Sin esta noción no hay enseñanza posible de la aritmética.

Mejorar, como he dicho, los métodos, dotar las escuelas de libros buenos, y de aparatos necesarios, derogar el Horario Sastre, adoptad la enseñanza por objetos, conservar la higiene, cambiar mucha parte del personal de maestros y maestras: apercibirse netamente, que no podemos sin grave delito preferir el interés de unos cuantos al bien de una generación entera.

Las Escuelas Superiores no van a ser más que el pretexto de abandonar a su destino las escuelas de los pobres; reservando las Superiores a los hijos de los decentes. Los gastos que demandará la planteación de esas escuelas, traerá nuevas economías sobre los Colegios Municipales y las de Ambos Sexos, y ¿cómo para plantear buena? Escuelas Superiores, son necesarias mayores erogaciones, resultará lo de siempre, que no haremos ni una cosa ni otra.

Si se pensase en llevar a cabo las Escuelas Parroquiales, si reviviesen los tiempos de las Catedral Sud y Norte, entonces tendríamos ocasión de aplaudir; pero trátase de remiendos, y lo que va a hacerse es más reprensible que loable.

¿Sabese por ventura lo que es una Escuela Superior? Sabese todo lo que es necesario para plantearlas, comenzando por el edificio? ¿O vamos á alquilar casujas de mil pesos para encajonar en ellas nuestras Escuelas Superiores?

¿Y los profesores, los aparatos, las librerías dónde están?

No hay otros medios de comenzar la instrucción que los que Sarmiento señaló con la planteación de las escuelas Sud y Norte de la Catedral. Perseverar en ese camino era lo único que podía y debía hacerse. Optar por otros medios no dará otra cosecha que nuevos errores que pagarán centenares de criaturas.

Estamos viendo una epidemia, cuya causa misteriosa escapa; a la percepción humana, diezmar nuestras poblaciones. Las malas pasiones endurecidas por la ignorancia, fermentan y amenazan el país de una ruina total, ¿por qué no hemos de recapacitar un poco sobre nuestros errores, y ser un poquito menos presuntuosos? ¿Sabemos nosotros si el flagelo que nos azota, es de todo punto extraño a este largo y doloroso sacrificio de las jóvenes generaciones que dejamos crecer y endurecerse en la barbarie? La educación del pueblo, una cosa tan seria, tan grave, ¿por qué la tratamos con tanta ligereza?

¿Y si las causas latentes del cólera, que nada ni nadie puede conjurar estuviesen destinadas a despoblar estas regiones extirpando una raza impropia al destino de la vida, qué es el progreso de la inteligencia? ¡Acaso lo habríamos merecido!

¿Escuelas Superiores sin remediar los males de la instrucción primaria! ¡Sin construir escuelas capaces de esa misión!   

En la campaña las Escuelas Superiores no tendrían otra misión que criar circulitos de eruditos para anular más y más a la masa ignorante. Recuerdo la oposición que el inolvidable Villarino estaba resuelto a hacer a la Escuela Superior en Chivilcoy, si se trataba de plantearla antes de generalizar la instrucción primaria en los cuarteles. Toda persona que como Villarino piense con rectitud, o reflexione un poco siquiera, ve que el paso previo es generalizar la instrucción primaria en buenas condiciones. Por ejemplo, ¿sabese a lo menos con exactitud en esta ciudad, si cada parroquia tiene el número de escuelas públicas que necesita su población? No se sabe— Las calles están repletas de niños vagos que no cursan escuela alguna, ¿y cómo se piensa en instrucción superior?

No seré oída, no lo he sido hasta hoy, no importa; he de salir al paso siempre que vea el error extraviar la opinión.

La obra meritoria que hay por hacer es: saber cuántos niños tiene esta provincia (no por cálculo) sino a punto fijo; mejorar los métodos o antes adoptar métodos racionales. Construir edificios apropiados al objeto de escuelas y dotarlos convenientemente. Tener buenos maestros y maestras, eso primero que todo. Después viene la clasificación de los grados y de las escuelas.

Pero tratar de Escuelas Superiores, cuando las que hoy tenemos son incompetentes a enseñar los ramos rudimentales, no será más que un error aglomerado a otros muchos.

Diremos con énfasis: “ya tenemos Escuelas Superiores”. La realidad es, que nuestros chavacanos, sucios y desaliñados Colegios Municipales para nada sirven, y que los otros Colegios Superiores que vengan en pos, serán como las Escuelas Normales presentes: ocasión de gastos, desperdicio de dinero y de tiempo, que es lo peor.

Y no se diga que los males existentes no tienen remedio.

Si yo fuera Jefe del Departamento de Escuelas comenzaría por hacer venir para las escuelas de párvulos, pizarras de Holbrooks, cajas de Froebel; compraría por 45 pesos docena alfabetos con figuras en lo de Mackern, y haría hacer alfabetos de pared con letras de tres, cuatro, y cinco pulgadas. Reuniría las maestras los sábados, por ejemplo, para insinuarlas en los métodos prácticos. Dotaría todas las escuelas de un Contador; en la Carpintería Mecánica los harían por menos de nada, modelos hay en la Catedral al Sud, en la del Norte, y en la Escuela de ambos Sexos N ° 1, es la única que lo tiene, yo a lo menos le regalé uno.

Por 110 pesos docena hay Aritmética de Perkins, con 220 pesos moneda corriente se compran dos docenas, daría un ejemplar a cada escuela, o si hubiese más círculos que uno, daría a cada maestra tres ejemplares y apenas habría gastado cinco docenas en 20 escuelas o sean 1,200 pesos moneda corriente cantidad insignificante en salvar una inmensa cantidad de raciocinio extraviado que no puede comprender lo abstracto primero que lo concreto.

Además del alfabeto con figuras, haría adoptar Mendeville 1, 2 °, y 3° libro, objetos explicados.

Desterraría el uso del papel de todas las escuelas actuales, adoptando en las de varones las pizarras de Boston N° 2, y en las de ambos sexos las N° 1 o las de Holbrook.

Seguiría la aritmética de Perkins y Grand; el libro 3° de Mendeville. Tablas de silabeo letras grandes; palabras difíciles, técnicas, extranjeras—Enseñanza por objetos.

Crearía escuelas de 2 ° grado—En suma, tomaría el programa de las escuelas de Boston y con las modificaciones que fuesen oportunas, lo adoptaría, persuadida que por mucho que yo supiese, no podría nunca, saber más que un cuerpo científico de profesores, que en TREINTA AÑOS de tareas, recién empieza a contentarse de su obra, pulimentándola aún.

Yo encargaría a los Estados Unidos, un juego completo de los textos de Boston, otro de New-York, otro de Filadelfia y otro de Chicago, para tener a la vista esos faros de luz y de ciencia y conformarme con seguir su derrota, para tener la conciencia de trabajar en el bien de la juventud y de mi país: acaso para contribuir a mi propia gloria y más que todo a la íntima satisfacción de mi conciencia.

Yo, haría reuniones públicas de maestros y de maestras aunque se riesen de mí, y les exhibiría poco a poco los tesoros de ciencia acumulados en otra parte, donde la instrucción ha llegado a su apogeo.

Si yo fuese Jefe del Departamento de Escuelas, diría francamente al Gobierno, que la inspección científica en la enseñanza es indispensable, porque si el maestro es bueno lo comprende y ayuda, y si es poco apto le enseña y ayuda con doble razón; bajo tal supuesto insistiría en que el Inspector de Escuelas fuese de la profesión y no un particular sin habilitaciones para ello. Y si los empeños eran más fuertes que la razón y la justicia, me demitiría, dejando a otros la tremenda responsabilidad de sacrificar la infancia.

Yo, haría reglamentos para mi oficina, de modo que cada cual tuviese demarcadas sus atribuciones.

Pondría en vigencia las Memorias de las Municipalidades de Campaña, y dejaría todos mis cargos y ocupaciones para dedicarme en cuerpo y alma al movimiento de la instrucción, buscándome simpatías de los vecindarios; seguro que mi entusiasmo y mi dedicación encontrarían eco en los corazones de los padres y de las madres, que propenderían entonces a la mejora radical de las escuelas públicas, las que yo haría tan dignas y superiores en su modo de ser, que el público las preferiría a todos los colegios particulares. Esto y algo más haría—menos casas de altos con cimientos de barro.  

Juana Manso

Anales de la Educación Común Vol. V, Agosto de 1867.

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