EL RAMITO DE ROMERO. Á MI HIJO DANIEL. EDUARDA MANSILLA DE GARCÍA.

Ed altro disse ma non lo ho in mente

Acabábamos  de separamos frente al café Procope y  embebido en mis pensamientos, seguía maquinalmente el camino que conduce á la Escuela de Medicina.  No sé por qué, en vez de continuar desarrollando mentalmente, la tesis que acababa de sostener, segun creo, valientemente, sobre el triunfo de la materia, sobre ese no sé qué, que tú llamas alma, dí en pensar en mi prima Luisa, á quien había visto esa misma tarde. Tú no conoces á mi prima; imagina un cuerpo diminuto, con movimientos inquietos, que recuerdan los de la ardilla; pon              sobre un cuello blanco, muy blanco y que creo suavísimo, una cabecita coronada de rizos rubios; evoca una fisonomía, en la cual campean alternativamente, la dulzura y la malicia, agrega una manecita preciosa, que siempre despierta en mí el antojo de chuparla como alfeñique, cuando me amenaza intrépida con cómica gravedad, diciendo:

“Vas por mal camino, Raimundo; esto causará la perdición de tu alma.”  Y sin permitirme siquiera darle un beso fraternal, con propósito de enmienda, me vuelve majestuosamente la espalda.

¡Pobrecilla! Cuán ridícula me parece en esos momentos! Ya conoces tú mi opinión sobre la mujer, ó sea el elemento femenino en la creación; contribuir al desarrollo vital y nada más; lo contrario no es sino sentimentalismo enfermizo que pasará.

Los Orientales han comprendido siempre con exactitud el destino de la mujer en las sociedades y no se han preocupado con innovaciones. Mala plaga para ellos, si, con la civilización de nuestros dias, aceptan y adoptan el absurdo de la igualdad de los sexos.

Te diré que esta tarde, la chiquitina habia dejado sus aires de Minerva; por eso, á no dudarlo, la hallé tan bonita, tan mujer ; y ya sabes que en mi boca esa palabra encierra mucho. Vino hácia mí caminando lentamente con los ojos bajos y el rostro esmaltado por un delicadísimo rubor. Díme que soy ilógico, lo acepto; pero, nada hay que me encante como esa timidez respetuosa de la mujer, en presencia del hombre, homenaje tácito del débil ante el fuerte, fenómeno misterioso, al cual soñadores de tu especie han atribuido causas que yo no reconozco.

“ Hoy hace un mes que no te veíamos,”  dijo suavemente ; “sin duda vienes recordando qué dia es hoy !”

“Que me emplumen si lo sé! ” respondí brutalmente.

El macho es naturalmente brutal, sobre todo cuando siente falsa su posición.

“ Toma este, ramito de romero,” agregó, “no lo pierdas, no te burles, que él ha de darte la felicidad.”

Tomélo maquinalmente, y como la palabra felicidad habia despertado en mí un torbellino de ideas, permanecí silencioso algún tiempo.

“La felicidad, hija mía,” respondí luego, “es una combinación de fuerzas . . . . ”

No acabé la frase; la chiquitina se habia marchado en silencio, sin que yo lo advirtiera. Metí  el ramito de romero en el bolsillo del chaleco, y tan exento de pesar como de alegría, salí de casa de mi prima Luisa, lo mismo que había venido, sin pensar un instante más en la felicidad.

Habian trascurrido algunas horas, cuando nos abocamos frente al Café, en el cual con algunos compañeros, como lo recordarás, habíamos ofrecido á Baco en aquella tarde, más libaciones de las que nuestros cerebros podían resistir.

Ya sabes cómo nos separamos, y cuál era mi intento al dirigirme á la Escuela de Medicina.

Al llegar, pregunté á la portera si el profesor Durand me había precedido, y como aquélla con su mal humor crónico, me respondiera entre dientes, seguí mi camino silbando, sin hacer mayor caso del femenil cancerbero.

Empezaba ó oscurecer; pero el tio Miguel, siempre perezoso, no había tenido á bien encender las luces del patio; asi fué que, casi á tientas, gracias al gran conocimiento de las localidades, di con la maciza puerta de la sala de los profesores, y me entré por ella. A la luz de un cerillo en el cual , encendí mi cigarro, observé qué me hallaba allí solo. Hacia frió, y como de costumbre, el fuego de la raquítica estufa agonizaba.

Comencé á pasearme con los manos en los bolsillos y el inseparable compañero en la boca. Caprichosos juegos de luz dibujaban sombras fantásticas en las paredes, el eco repetía con monótona fidelidad mis pisadas en la desierta sala, único ruido perceptible dentro de aquellas gruesas paredes. Nadie hubiera podido soñar, á ignorarlo, que á dos pasos de allí, París el ruidoso se agitaba. Saqué mi reloj, que hallé parado como siempre, sin sorpresa alguna, pues, ¿cómo tenerla si casi nunca le doy cuerda ? y volviéndolo filosóficamente al bolsillo del chaleco:

“ Vaya!” exclamé en voz alta, « el ramito de Luisa en tan buena compañía!» y avancé hacia el anfiteatro que, como sabes está siempre iluminado.

Acerquéme á la lamparilla que arde allí dia y noche, y merced á su luz amarillenta examiné  aquel ramito. Cosa insignificante: tres multas de un verde oscuro, cubiertas de florecillas cenicientas, descoloridas y sin relieve.

Sonreí sin quererlo y no pude ménos de criticar los alcances estéticos de la primita. Observé no obstante que las florecillas olían agradablemente y que su fragancia era muy penetrante, las puntas de unas boj illas erizadas de ásperas púas, me produjeron cierta comezón desagradable, al ponerse en contacto con mis narices: estuve á punto de arrojarlas; no lo hice, pasado ese primer movimiento, no sé por qué: ¿recuerdas que Fichte llama á la espontaneidad acto sin conciencia ? Olí de nuevo las picantes ramitas y les di nuevamente asilo en el bolsillo del chaleco, junto al reloj sin cuerda.

Fué entónces menester hacer algo una vez concluida esa operación, simple en verdad, pero que habia empleado alguna parte de mi tiempo,

Ya sabes miteoría sobre el tiempo, al cual no puedo, ni creo racional, asignar una medida fija. Filosóficamente hablando, el tiempo no tiene otra extensión que aquella que cada uno le señala. ¿Qué me importa que una hora en la denominacion oficial tenga sesenta minutos y tres mil seiscientos terceros?  ¿Cuál es la medida propia de cada individuo ? Si  son las pulsaciones de la sangre, si son los latidos del corazón, ¿quién está seguro de medir el tiempo lo mismo que otro sér viviente en un momento dado ? Cada hombre es un microcosmo y en su organismo, se producen todos los fenómenos físicos, de una manera absoluta y de ningún modo relativa á los demas séres.

Siguiendo así mi raciocinio, te diré, para servirme del modo vulgar de medir el tiempo, Odi profanum vulgus et arceo, que entre el momento en que penetré en el anfiteatro y aquel en que volví el ramito de Luisa al bolsillo del chaleco, debieron trascurrir lo ménos dos horas largas. Tal fué mi convicción. ¿Por qué? No me ocupo de averiguarlo.

Á mi derecha estaba la gran mesa de mármol en la cual se colocan los cadáveres, para la diseccion del siguiente dia.

Fijé alli lo mirada, y vi un brazo de una forma perfecta. Yo adoro la forma, como tú sabes, aunque vosotros, en vuestros teorías linfáticas, creáis que hay falta de lógica en mi idolatría por la forma, en menoscabo del color. Es un hecho irrecusable que, la belleza es primero forma y no color.

Aquel brazo modelado, como debieran serlo los para siempre perdidos de la Vénus de Milo, me atrajo con irresistible fuerza. Toquélo con ambas manos. Tersura, pureza de líneas y ese frió penetrante, que se siente al tocar un objeto de piedra ó un cuerpo sin vida, completaban la ilusión.

Por más esfuerzos que hice, por doblar aquel brazo de diosa sobre el busto á que pertenecía, me fué imposible; con mayor rudeza, tal vez lo habría conseguido; dejélo pendiente, como lo hallara. Tú conoces la repugnancia con que maltrato en las disecciones, eso á que vosotros llamáis cubierta mortal y que yo, materialista rabioso, según vosotros, llamo el triunfo de la materia organizada.

Envuelta apenas en un lienzo azul, último resto del hospital, tenía ante mis ojos la hermosura más acabada, que puede soñar el estatuario.

Contrájeme especialmente á examinar el pecho, semi-velado por una abundante cabellera negra, con reflejos azulados. Habia allí juegos de luz, que hubieran encantado á Rembrandt. La tez de un blanco amarfilado, contrastaba duramente con el tinte sombrío de los cabellos: aquel contraste era hermoso y no lo era. Fijé apenas la mirada en aquel rostro, en el cual á una severa regularidad de líneas se unía una inmovilidad de Esfinje.

Pero no era esa la atracción principal de aquella hermosura perfecta, cuyo porte de diosa se modelaba  al través de los pliegues de la cubierta. Recordé á Virgilio, y con un ligero esfuerzo de imaginación vi de pié y andando, aquella sobrehumana belleza.

El brazo que atrajo mi atención desde el principio, era sin duda alguna la parte más perfecta de ese conjunto de perfecciones. La ondulación de la línea del cuello, después de perderse suavemente, según las reglas de la estatuaria, para marcar el arranque del brazo, iba poco á poco elevándose en la curva más deliciosa y ondeada. Recordé era ese el sitio que los discípulos de Hipócrates escogen, para introducir con la lanceta el antídoto profiláctico de la viruela y me horroricé.

Destesto á los médicos y, sin embargo, estudio la medicina.

Aquel brazo sin vida me produjo un enternecimiento irresistible.  ¡Cuán hermoso, cuán terso era, cuán provocante! El deseo es la voluntad. Rápida como la electricidad, mi acción se produjo á la par que mi deseo: mis labios se posaron amorosos sobre aquel brazo divino y perdí la conciencia de mi existencia normal.

Dos brazos se enlazaron blanda mente á mi cuello y la muerta, incorporándose repentinamente,  murmuró en mi oído estas palabras:

“Vente conmigo á la región innota, donde se elabora la naturaleza inorgánica.”

Sentí que una fuerza extraña me levantaba suavemente,  desprendiéndome de la tierra. No era, eso volar, sino flotar en el espacio; los brazos amorosos continuaban asidos á mi cuello.

“Tu alma me importuna,” oí que murmuraba en  mi oído la misma voz, “y como sé que no tienes especial interes en conservarla, vamos á dejarla aquí .”

Extraño me pareció, que aún en aquellas regiones sidéreas existiera la misma preocupación que en la tierra; pero nada dije, verdad es que no lo intenté, la ascencion era rápida y la sensación no del todo grata.

“Ya dejamos tu alma,” agregó la voz; “ pero, aún te queda algo, que está de más. ¿Quiéres deshacerte del ramito de romero ? ”

No sé qué, en mí, contestó no, con la indolencia de un cuerpo sin alma, y seguimos ascendiendo en silencio. Nubes y nubes sólo hallábamos en el camino ; sentia que la temperatura se iba enfriando demasiado, aunque de esto no estoy seguro, pues mis sensaciones no eran ya definidas. Mi compañera, que parecía adivinar mi pensamiento, me dijo:

“Ahora tienes que servirte de otro método; ese poco de alma que te queda, vinculada á esas ramitas olorosas te dejan una luz que puede cegarte ó darte mayor lucidez. Ya lo sabrás.”

No supe darme cuenta del tiempo, que empleamos en aquella evolución aérea, pero repentinamente descendimos á una especie de caverna, cuyo interior era luminoso; los brazos abandonaron mi cuello y me pareció quedar tendido. Multitud de sombras comenzaron á pasar ante mis ojos; pero sin que me fuera posible percibir sus formas. Oí la voz de mi compañera:

“ Mira delante de tí el arquetipo de la forma en su más pura manifestación; escucha esa melodía típica, formada por la voz de la naturaleza inorgánica,  los colores del prisma tienen aquí una armonía rítmica, los sonidos describen melodiosas curvas en el espacio; y en su curso modifican la materia inerte : aprovecha de esta ocasión para arrebatar sus secretos á la region del infinito. ”

Estas palabras llegaron claramente á mi oido pero nada más oí, ni vi. “¿Será,” me dije, “que me falta realmente algo, una vez desprendida de mí esa alma, puesto que para desprenderse ha debido existir ? ¿Acaso la existencia del sér inteligente es la identificación del objeto y el sujeto? “

“Te hallas en un Edén oloroso, en donde el tipo de la naturaleza vegetal está refundido. ¿ Qué son las frutas de la tierra, comparadas con esas que acercan á tus labios esos séres superiores que te rodean ? ¡Feliz tú, mil veces feliz !”

Llegaban á mis oídos las palabras, pero mis demas sentidos permanecian como muertos ó no existentes. “ ¿ Acaso, “ me ocurrió,” lo dulce, lo amargo, lo agradable, como gusto, como olores, como tacto, no significan sino lo que despierta en nosotros esta ó aquella sensación, y faltándome algo me falta todo ?”

La voz agregó.

“Escucha la elocuencia de aquellos, que después de pasar por una serie de trasmutaciones ascendentes, van á revelarte el arcano de la razón y de la vida. Hé aquí á Platón, á Aristóteles y á sus pares.”

Decir que no oí un murmullo de confusas voces, fuera inexacto. Era aquello, como el sonido producido por un enjambre de alados insectos; nada de humano llegó á mis oídos, nada comprendí, nada filtró en mí, nada halló éco en mi sér : sólo alcancé que la conciencia de la sensación simultánea con la de la existencia, va acompañada de otra conciencia, y que eso me faltaba. Era el alma. Con la rapidez de la luz, así que ese pensamiento brotó en mí, me sentí de nuevo integralmente poseedor de mi sér. El sentimiento envuelve la idea; pero mi la constituye; puede más bien decirse, que la idea arrastra el sentimiento.

De improviso, pareció descorrerse un velo y ensancharse el horizonte, una luz azulada penetró por doquier; semejante á una nube de mariposas blancas, comenzaron á agitarse en ritmo cadencioso, formass indecisas, aún más sutiles que trasparente gasa. Poco á poco, vi eran cabezas sin cuerpo con bella fisonomía y dos alas en el nacimiento del cuello, tales cuales representaban las Persas sus  Cherubs; vi caras amigas de séres muertos.

Reconocí vagamente esos rostros desconocidos, que todos hemos visto y amado, durante el sueño, éinstintivamente comprendí, eran séres arómales, que después de haberse encarnado una ó más veces, iban ascendiendo ó esferas superiores. Aquellos semblantes no revelaban sombra de placer ó dolor: sólo una calma perfecta. Observé que algunos de esos séres tenían cuatro alas en vez de dos, y parecían elevarse más rápidamente como si pesaran ménos;  una voz interior me dijo : “Son almas perfectas desde su origen, fruto de dos séres verdaderamente amantes, que al acercarse desprendieron de su esencia la chispa inmortal que poseían latente en su organismo: esas almas privilegiadas fruto del amor, son escasas, su encarnación no es duradera; y nunca tardan en ascender á las regiones superiores.”  Una melodía perfumada, no puedo explicarme de otra manera, envolvía aquellos séres en nubes cerúleas.

Cambió la escena. Comencé á ver desarrollarse poco á poco, algo como una inmensa tela trasparente, que no acababa nunca, cubierta, según me pareció al principio, de geroglíficos extraños, de colores vistosos los unos y sombríos los otros. Á medida que la tela se extendía, cubriendo una superficie, que mi vista en su estado natural no hubiera podido jamas abarcar, iba comprendiendo el significado misterioso de aquellos dibujos informes, torcidos, en caprichoso laberinto. Así como aprendemos la geografía del globo terrestre en mapas, que nos enseñan á medir y darnos cuenta de la forma exacta del espacio de tierra y agua que contiene el mundo conocido, comprendí, que tenía delante de mis ojos una carta pragmatogrófica de los hechos en el tiempo, y que gracias al estado de permeabilidad en que me hallaba, me revelaba la existencia de los acontecimientos en el tiempo, que existen sin que nadie lo sospeche, tales cuales en el espacio, los continentes y los mares ántes de ser conocidos por aquellos que ignoran la geografía.

Desde la marcha de los imperios más poderosos, hasta la del más oscuro individuo, todo estaba allí indicado sin pasado ni presente, diferencias puramente humanas.

Como en los atlas de Lessage, veíase allí de un modo sincrónico, el camino de la humanidad, en espirales ascendentes, obedeciendo á leyes tan inmutables, como lo son las de atracción y gravitación en el mundo físico, retrocediendo en apariencia durante siglos, pero avanzando siempre. Vi la ley del progreso humano, reducida á ecuación algebráica, vi el surco que dejaron tras de sí los pueblos esclavos, desde el origen del mundo conocido, marchando cual rebaño de ovejas al matadero sin murmurar ni esperar. Vi el despotismo, triunfante un día, convertirse luego bajo otra forma, en otro despotismo. Vi las santas aspiraciones de los creyentes, naufragar en mares do sangre y lágrimas, vi aparecer la era de la fraternidad y la igualdad; pero vi también esa fraternidad, esa igualdad combatidas, sofocadas por aquellos mismos á quienes incumbía la misión de redimir. Vi á los enviados de paz y humildad, pactar con los soberbios poderosos, para oprimir al desvalido y quitarle hasta la esperanza, invocando una doctrina santa. Vi la incredulidad y el ateismo triunfantes olvidarlo todo, para no acariciar otra idea, otra esperanza, que el amor al dinero; vi la destrucción de la familia, tal cual hoy la conocemos; vi surgir nuevas leyes, nuevos derechos, y como el tiempo no existía para mí, vi la llegada triunfante de la humanidad á una zona luminosa y armónica, y la visión cambió.

Una llama atornasolada, seguida de muchas otras, que, como fuegos fatuos subían y se agitaban en una atmósfera cargada de electricidad, me hizo fijar la vista en un punto lejano y vago, que parecía alejarse á medida que las llamas se multiplicaban. Poco á poco creció aquel punto tornándose luminoso y esférico, hasta convertirse en un globo colosal y trasparente, del cual filtraba una luz semejante á la del sol que alumbra nuestro planeta. Las llamas se encendian y se apagaban alternativamente, y á veces crecian hasta tocar el globo luminoso, que oscilante se mecia airoso en el éter, pintándose en sus paredes tersas y trasparentes como las de una gigantesca farola chinesca, imágenes várias de sobrehumana belleza.

Veianse allí misteriosos ensueños de casta doncella,  ilusiones maternas, aspiraciones de poeta, ambiciones de gloria, esperanzas de pobres y oprimidos, y hasta ese extraño no sé qué, que agita á los humanos desde que nacen. “ Las llamas son las aspiraciones dé la humanidad,”  oí una voz que murmuraba suavemente en mi corazón, “ las imágenes promesas. “  Recordé entónces las palabras del poeta:

Promesas son de amante providencia

Lo que el necio mortal llama ilusiones,

Los cálculos sublimes de la ciencia

Del arte las miríficas visiones.

El globo se elevaba siempre: las imágenes se animaban, vivian, asi que una llama las tocaba: ¡pero, cuántas de esas llamas se apagaban! Era una lucha tenaz: él globo ascendía siempre, las llamas le seguían estirándose algunas hasta quebrarse, mientras que otras, que parecían ya próximas á tocarlo, se apagaban de improviso al contacto de unas gotas cristalinas que caían lentas y sin ruido: “ Son lágrimas,”  dijo mi alma; y las tinieblas lo envolvieron todo en denso manto.

Un soplo de viento, me trasportó suavemente á una región luminosa. Halléme en una campiña de color de esmeralda, esmaltada de flores silvestres; veíanse allí margaritas blancas de corola pintada, contrastando con el sedoso botón de oro y la rubicunda amapola, favorita de la infancia; los jacintos azules esbeltos y desdeñosos, sobre su desnudo tallo, parecían ignorar la existencia de la violeta del bosque, que tanto se les asemeja como color, y multitud de florecidas desconocidas, de matices varios, rompian la uniformidad del verde tapiz.

De improviso, vi convertirse, las flores en séres animados y reconocí entre ellas, esas creaciones del poeta que ya se llamen, Margarita, de Goethe; ya Lucía ó Edgardo, de Walter Scott; ya Edmée, de Jorge Sand, empiezan á vivir de una vida que aún no tiene nombre en las lenguas humanas, desde el momento en que el poeta les da la luz.

Tomados por las manos en danza rítmica y armoniosa, vi a esos séres, hijos de la Fantasía y de la Inspiración, formando grupos, al son de una melodía celestial,  sobre sus frentes descendía una luz sideral. Les saludé silencioso con una inclinacion de cabeza y me detuve en actitud respetuosa. De trecho en trecho, veíase el césped alfombrado de multitud de corolas dispersas, cálices marchitos y aún flores secas: eran esas las imágenes de creaciones incompletas é informes, pues en el mundo de la Fantasía hay también esferas infinitas, y ántes de completarse un ser, ha menester á veces, de más de una encarnación mental, si puede así llamarse al reflejo luminoso que da el poeta, al tipo ya existente en la naturaleza.

¡Oh misterio! Sentí mi cuerpo volverse diáfano y elevarse en el éter. En tanto cuanto puede darse idea en el lenguaje humano de lo que por mí pasó, comprendí que mi sér se fundía en el gran todo y que el infinito me poseía. Lo indefinido no es el infinito …. la luz me penetró por todas partes: sentí luz dentro y fuera de mí, luz que deslumbra, que devora, que aniquila !

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Cuando volví á tener conciencia de mi sér, todo habia cambiado, ya no flotaba ligero en el éter: reinaba absoluto silencio, la luz no me deslumbraba y todo callaba dentro y fuera de mí. Me parecía despertar de un sueño de siglos, mi cuerpo aletargado era una masa inerte y mi cerebro se hallaba comprimido como por la presión de un doble casco de bronce. Esta es la muerte, me ocurrió, pero mi pensamiento persiste; me asaltó extraña, irresistible curiosidad, y ésta fué tan viva, que bastó á galvanizar mis miembros, disipando el sopor en que me hallaba sumido; mis brazos se agitaron convulsos; pero dos manecitas me obligaron blandamente á permanecer inmóvil. ¡Estaba vivo! ¿Pero en dónde estaba?

Así como Cuvier reconstruía todo un animal con sólo un hueso, y de ahí resultaba toda una creación, mi cerebro, no obstante hallarse debilitado, creó un pequeño mundo con un solo dato. Mis ojos se fijaron en la almohada en la cual descansaba mi cabeza, y un profundo suspiro se escapó de mi pecho.

Extraña cosa; aquella almohada me trasportó de improviso á la patria, á la casa paterna, evocando en mi corazón recuerdos infantiles.

Tú no has estado en Normandía, la tierra de las almohadas colosales. La ilusión era completa: delante de mi cama, pues me hallaba en cama, estaba in propria persona, mi tía Juana, con su cofia piramidal, su delantal blanco y su manojo de llaves. Fijó en ella la vista un instante y como la buena matrona llevase el dedo á los labios, intimándome callara; cerró los ojos y traté de dormir.

¡Imposible I

Al abrirlos de nuevo, tuvo la feliz ocurrencia de volverlos al lado opuesto, y desde ese momento renuncié al sueño.

Mi prima Luisa, con las manos juntas y los ojos elevados hacía el cielo, murmuraba quedito estas palabras:

“ ¡Bendita seas, Virgen santa! ¡Ya no se muere!”

Nadie me hizo señas para que callara, voluntariamente guardé silencio; pero continué mirando á la chiquitina.

“¡Qué sucede!” me dije; “esta muchacha está cambiada, la hallo pálida, delgada; pero siempre bonita!”

Hubieron de fijarse muy expresivos mis ojos en su semblante, para que como quien adivina el pensamiento ajeno, brotasen de aquellos ojos azules dos lágrimas, que, después de detenerse un instante, rodaron por las mejillas hasta perderse entre los tules de un fichú esponjoso y blanco como la nieve. Mi pensamiento siguió aquellas lágrimas!

Nada más monótono, para ser narrado, que la convalescencia de un enfermo, el cual, durante muchos dias, ha sido presa de un ataque cerebral; sólo te diré de paso, que aquella convalescencia nada tuvo para mi de disgustosa.

Entre la tia y la prima, compartían solícitas la tarea, creo grata, de cuidarme, y más de una vez tuve ocasión de alabar la feliz casualidad que llevó al doctor Durand, normando, como toda mi familia, al anfiteatro de la Escuela de Medicina, en aquella noche, que hoy me parece ya tan lejana.

Á no ser por la presencia del buen doctor, en vez de las manecitas de la chiquitina, una indiferente enfermera del hospital, hubiera sido la encargada de humedecer los paños de agua helada, que humeantes y resecos, se desprendían de mi frente abrasada por la calentura.

Ríe. Carlos; pero nó, tú no reirás, al contrario, me parece ya, ver dibujarse en tu frente aquella vena traicionera, reveladora de todas tus fuertes emociones. No, tú no reirás de mis inconsecuencias; así, al escribir esta narración para tí solo, como si hablara conmigo mismo; voluntariamente he dejado en la primera parte, ciertas frases, ciertas ideas bien contrarias á tu modo de pensar. Como te digo, lo he hecho voluntariamente, á sabiendas, deseoso de hacer resaltar con mayor fuerza el hombre nuevo que hay hoy en mí.

Cierto que si la excursión vertiginosa en brazos de aquel sér extraño, que aquí para entre nos, era una pobre actriz del Vaudeville, cuya historia es terrible y grotesca á la vez ….

* i Ah! n’insultez jamáis une femme qui tombe!” digamos con Hugo y pasemos de largo.

Vuelvo á repetir, si bien aquella revelación inaudita, semi febril, semi . . . me faltan las palabras abrió un surco inllenable en mi sér, aquella convalescencia vino á revelarme verdades que ni siquiera sospechaba. Es forzoso ser mujer, Cárlos mío, para poseer esa fuerza de resistencia, eminentemente activa, de que ha menester aquel que cuida de un enfermo grave.

El afecto, el deber, la caridad, son otra forma del amor y el deber reunidos; parecen tener el poder mágico do convertir á criaturas débiles é irresistentes-, en séres sobrehumanos, ajenos á toda exigencia física. Semejantes á los soldados de la ceñuda Esparta, vemos á las mujeres más delicadas desdeñar el sueño, olvidar el hambre y sobreponerse. de un momento a otro, al cansancio y á las privaciones; máquinas en cuanto concierne á la resistencia física, sin perder un ápice de sus facultades intelectuales; blandas en sus maneras y despóticas en sus acciones, ¿quién se atreve á resistirles en el ejercicio do su santo ministerio, poseyendo como poseen en esos momentos, el don rarísimo de hacerse obedecer sin resistencia aparente ni real?

Mi tia Juana es una robusta matrona, con más de ciucuenta otoños. ¡Cuántas veces mis ojos debilitados siguieron distraídos y curiosos sus movimientos! Aquel traje de lanilla negro, parecía moverse de un lado á otro del aposento, con pres cindencia del cuerpo sólido y macizo que cubría. Las tazas de varios tamaños y formas, las botellas, frascos y redomas agrupadas en confusión y estrechez, sobre la mesa de mi aposento, obedecen mudas y complacidas, la más ligera insinuación de su parte sin mayor resistencia ni ruido, que las gruesas cuentas de su rosario al correr bajo la presión de sus dedos.  Extraño fenómeno que no explicará ninguna ley física.

Y si mi tia, con cincuenta años y proporciones exhuberantes, parece sustraerse á las leyes de gravitación y sus dependentes, ¿qué diré de la chiquitina, con sus formas graciosas, casi infantiles y su semblante de rosas? Aquello era un paraíso terrestre y celeste á la vez, Cárlos, que reunia el verdadero arquetipo de la felicidad humana.

La convalescencia no se hizo esperar en aquel oásis.

En este desierto humano,

Que ciudades llama el hombre.

Do acechan males sin nombre

Á quien tierno osó latir:

Mira extenderse lozano

Un oásis de verdura,

Y él olvido del vivir.

Detén tu camino incierto,

Baña en paz tu pié llagado,

Que del Empíreo ha bajado

La dulce sonrisa acá.

Y este oásis en desierto

De la vida solo encanto,

Es el amor, nombre santo,

Que en la tierra lleva Alá.

¿Ves por el rayo encendida

La floresta tenebrosa,

Agua brotar el peñón ?

Amor la suprema vida

Funde candente la roca;

Si el dedo de Dios te toca,

Arderá tu corazón.

Estoy escribiendo bajo un tilo colosal, el cielo de Normandía me cubre con su manto de turquesas y …. no estoy soñando.

Aún me parece oir las campanas de la Abadía, que tocan á vuelo; veo una procesión de blancas figuras que van perdiéndose poco á poco en la vasta nave. Todas llevan la cofia normanda, que termina en punta; y debajo de la cofia aparecen semblantes risueños, ojos azules, mejillas encendidas y cabellos rubios. Pero en la procesión hay también figuras masculinas; esos robustos descendientes de los compañeros de Guillermo el Conquistador, no han conservado del traje normando sino el chaleco rojo y los zapatones férreos.

¿Qué hacen allí esos buenos normandos arrodillados delante del altar de la antigua Abadía, que encierra tantas reliquias de pasados tiempos?

Bien alto lo declaran los ramilletes, que ostentan en el ojal de sus casacas de corte añejo y grandes botones lustrosos: asisten á una boda.

Pero ya salen los novios y un murmullo de voces infantiles, les saluda en la puerta de la iglesia. El suelo está cubierto de oloroso hinojo y se oye repetir por todos lados: “ ¡Viva la novia!” Todos parecen olvidar al novio!! Qué importa; los latidos de mi corazón me recuerdan de continuo, quien es el dichoso mortal.

No levantemos aún el velo de blanca muselina que cubre el rostro de la novia; dejemos que su frente ruborosa, se refresque con la brisa que el mar nos trae.

Son las cinco de la tarde, y aún dura el festín, ó por mejor decir, va á empezar, que la gente formal empieza recien á comer de serio. Ya no circula la espumosa cidra, sino el vino de Francia, reservado para las grandes ocasiones. La mesa colocada entre dos frondosos castaños, cruje bajo el peso de las viandas. Reina la alegría. “¡Qué hermosa está la novia!” dicen unos en alta voz, y otros agregan por lo bajo: “Ella le ha convertido, amén!”

Yo no les oigo sino á medias, Cárlos mio, mis ojos y mis pensamientos siguen solícitos dos manecitas blancas, que ligan afanadas con seda color de rosa, unas pobres ramitas secas de un verde ceniciento; me parece que vuelvo á soñar . . . .

Una sonrisa hechicera, una lágrima en el azul de sus ojos! Magia, suprema, luz celestial me ilumina: reconozco el ramito de romero. Los labios pronuncian la palabra amor! y el corazón responde: ¡Inmortalidad !

 

De su libro Creaciones, Buenos Aires, Imprenta de Juan A. Alsina, 1883. página 59.