EL ESTILO DEMOCRÁTICO: ÚLTIMO GRITO DE LA MODA por Cristina Iglesia/Liliana Zucotti

En 1837, luego del cierre del Salón Literario, comienza a editarse en Buenos Aires el periódico La Moda* que, entre noviembre del 37 y hasta abril del 38, alcanzó las veintitrés entregas. Sus redactores – Juan Bautista Alberdi, sobre todo, pero también Juan María Gutiérrez, Jacinto y Demetrio Peña, Vicente López, Carlos Tejedor- ampliaban, así, el círculo del Salón Literario, cuyas producciones sólo eran leídas, escuchadas y debatidas en el ámbito semipúblico de la librería de Marcos Sastre.

A través de este nuevo medio se proponían actuar en la esfera pública, ofreciendo un material que incidiera sobre la dinámica social y la rutina de lectura del reducido público de la “buena sociedad porteña”.

El periódico aparecía los sábados y -si tenemos en cuenta el espectro de materiales que ofrecía (desde partituras musicales hasta traducciones filosóficas, desde cielitos hasta comentarios bibliográficos) y el tono zumbón que caracterizó sobre todo a sus primeros números- se puede inferir un público integrado por hombres y mujeres jóvenes y cultos con capacidad de participación en el juego irónico de sus páginas.

Sin duda, presiona sobre esta nueva propuesta periodística la experiencia de Alberdi con la recepción de su Fragmento preliminar al estudio del derecho, publicado el mismo año -1837. Este texto sintetiza una idea que compartieron muchos de los integrantes del Salón Literario: la búsqueda, en la filosofía, de un diagnóstico que permitiera elaborar un programa cuyo núcleo pudiera resumirse en la necesidad de combinar o ajustar adecuadamente “las leyes generales del espíritu humano” con las “individuales de nuestra condición nacional”. Sin esta adecuación tanto el proceso de emancipación iniciado por los revolucionarios de mayo como la instalación de un modelo republicano liberal, permanecerían inconclusos. Sin embargo, el tono doctrinario y el vocabulario de este texto y de su disertación en el Salón Literario (bajo el título Doble armonía entre el objeto de esta institución con una exigencia de nuestro desarrollo social y de esta exigencia con otra general del espíritu humano) provoca reacciones críticas no sólo entre los miembros de la generación anterior como Florencio Varela sino también entre algunos jóvenes como Florencio Balcarce. Lo que importa subrayar es que el carácter “ininteligible” que los críticos coetáneos le atribuyen al discurso de Alberdi podría estar en el origen de la elección de un proyecto tan opuesto como La Moda.

La relativa estabilidad política de estos años hacía pensar a Alberdi en la culminación de un diseño de Estado como una república liberal y democrática. Desde su perspectiva la emancipación política, librada durante las guerras de la independencia, no había sido acompañada por un movimiento cultural también emancipador. Esta asimetría obstaculizaba, cuando no hacía retroceder, el movimiento progresivo de independencia nacional. Las costumbres coloniales -y su signo monárquico- permanecían aún inalterables y su prestigio se prolongaba bajo el tercer gobierno de Rosas. Era esta cotidiana resistencia de la población al cambio, la ausencia de un movimiento ilustrado que guiara las acciones guerreras de militares y caudillos, la desconfianza ante el pensamiento político francés o los modelos de constitución norteamericana lo que impedía la concreción de una nación democrática -aun cuando se tratara de una democracia restringida donde el alcance del sufragio fuera limitado y la concepción de pueblo sufriera las torsiones de una representatividad que no admitía para la masa el carácter de ciudadanos.

La Moda. Gacetín de música, literatura y costumbres proponía un paseo por todas las ramas del arte, la moda y otras actividades sociales que era necesario reformar divirtiendo en una ciudad donde la prensa se ocupaba diariamente de novedades comerciales y políticas.

Romper con la costumbre a través de la moda, es decir, instalar lo novedoso; poner en circulación la moda (francesa, no española), todavía no difundida socialmente: se trata de enunciados que insinúan el proceso de cambio, aunque el cambio se verifique en una parte ínfima, en el atuendo de damas o caballeros. En ellos se sintetiza la gama de intereses y preocupaciones que, de modo provisorio, podríamos definir -también- como objetivo del semanario.

El prospecto del periódico propone noticias continuas sobre el estado y movimiento de la moda en vestimenta y peinados; las costumbres, por su lado, se convertirán en el objeto de indicaciones críticas sobre prácticas sociales en uso, como el baile, la mesa, las visitas, los espectáculos, la concurrencia a los templos; finalmente, estas indicaciones se refuerzan con la propuesta de nociones simples y sanas de urbanidad democrática. En el artículo Baile, por ejemplo, se lee: …desde la democracia [nuestros bailes] parecen haber caminado en el sentido de ella; hoy casi todos nuestros bailes son colectivos, democráticos, pudiéramos decirlo, porque, como la ley, son desempeñados por una mayoría de la asamblea (LM, Nº 18, 7).

En los artículos del semanario porteño la sociabilidad urbana se somete a la mirada escrudiñadora de la sátira que intenta desacralizar prácticas y convenciones sociales, literarias, económicas y políticas, volviéndolas inadecuadas para el gusto que se trata de imponer, penalizándolas a través del ridículo. Así, en el caso de la literatura el poema “Por si algun periodista quisiere aprovecharlos”, desgranará consejos articulados con la negatividad de la ironía: Sepan primeramente,/ Que el público ilustrado/ No gusta escritos chicos/ Sino escritazos largos./ Se encuadernan en folio, /Con cerrojo y candado,/ Pasadores de bronce/ Pues medio asegurado (LM, Nº 12, 2).

La propuesta tiende a reemplazar la costumbre para instalar en su lugar nuevos hábitos que, a su vez, deberán convertirse en costumbre. La estrategia de La Moda consiste en presentar el ataque a la persistencia de la tradición como si se tratara de una corrección benefactora y amena.

La “cultura” se ofrece como una mercancía más que aumenta su valor en función de las leyes de adquisición y uso del mercado: la cultura cubre de prestigio y gracia la educación de una persona joven, es de inteligencia fácil, puede ser breve, implica una pequeña inversión con un rédito considerable a corto plazo, es práctica porque puede se puede aplicar en diversas situaciones de la vida. Los productos culturales ofrecidos se instalan en un catálogo que reune objetos heterogéneos: trajes, géneros, peinados, muebles, calzados. Y aún más, el periódico sugiere un modo sencillo de circulación de la cultura como mercancía, esto es, señala a “la conversación general” como el canal más adecuado y eficaz para que el intercambio se produzca.1 Al adoptar un nuevo peinado, un nuevo vestido, un nuevo mueble, una nueva lectura el usuario adquiere, junto con el objeto mismo, los signos de acumulación de un capital simbólico que no pertenecen sólo al objeto sino a su uso.

LEER TEXTO COMPLETO AQUÍ 

Cristina Iglesia y Liliana Zucotti