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El Compendio de la Historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata por Liliana Zucotti

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El Compendio de la Historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuya primera edición aparece en 1862. Este texto, «Destinado para el uso de las Escuelas de la República Argentina» es aprobado (no sin innumerables dificultades) por el Consejo de Profesores del Colegio Nacional de Buenos Aires en 1863 y por el Consejo de Instrucción Pública de la Pcia. de Buenos Aires en 1869.
En una carta a Sarmiento Manso relata:
«La publicación del Compendio, me ha conquistado el odio del Sr. Inspector, y el departamento se halla en serios embarazos para dictaminar en el expediente de adopción; esto a pesar de la carta del General Mitre, y de haberse suscripto el gobierno por quinientos ejemplares. Es que en materia de literatura el departamento es algo difícil; no sabían que remontar un río es navegar contra la corriente, y a pesar de invocar yo en mi abono el diccionario de la Academia, el inspector dice que remontar es cosa de barriletes (…) que lleve mi queja al Gobierno del insólito proceder de ese Sr. que no quiere que nadie viva sino él» ( Velasco y Arias, p. 315)

Este texto, que no es bienvenido, como casi todo lo que escribe o hace Juana Manso, es formalmente objetado por la corrección de su léxico. La autora deja entrever que su escritura está vinculada a la necesidad económica, problema que sufren a lo largo del siglo XIX muchas mujeres de familias más o menos acomodadas, que por un lado quedan desamparadas por las guerras de la independencia o las guerras civiles, pero por otro no tienen un trabajo concreto para ganarse la vida. Si Mariquita Sánchez refería, en sus penurias económicas a «los que podían trabajar», y sólo atina a reiterar en cada una de las cartas a Florencia (su hija) que «le pusiera unos billetitos en la lotería»; Juana Manuela Gorriti vincula su escritura con la profesionalizaron de la literatura y Juana Manso vincula la suya, finalmente, a la profesionalización de la enseñanza.

El Compendio tiene varias reediciones, y entre la de 1862 y la de 1874 se producen modificaciones considerables en el texto. La de 1862 se detiene en el 9 de julio de 1816, fecha emblemática en que se cierra con mucha dificultad el compendio. La de 1874 incluye unos capítulos precediendo al cap. I de la edición de 1862 y otros posteriores. Nos detendremos sobre todo en los prólogos que acompañan estas ediciones y en el capítulo final de la edición de 1862 y su modificación para la edición de 1874.

Aunque parezca extraño, este Compendio de historia tiene muchas dificultades para situarse en un «género»; dificultades fácilmente comprensibles si consideramos que este es un texto precursor, no sólo porque es uno de los primeros manuales de historia argentina, sino además porque es uno de los primeros intentos por parte de una mujer de acercarse a escrituras más «científicas». Por un lado, el Compendio se propone como «primer libro de lectura»; por el otro, en la medida en que en las sucesivas ediciones se organizan los párrafos a través de un
sistema de preguntas (567) y respuestas podríamos vincularlo al catecismo.

En la edición de 1874 se mantiene la numeración de los párrafos pero desaparecen las preguntas, abriendo según se manifiesta en el prólogo, el texto a una doble entrada de la que deberá hacerse cargo el maestro: «la lección oral» o la «lectura explicada». Sin embargo, esta doble entrada se cancela en tanto se impugna la memorización o la recitación dialogada como método pedagógico y se propone en su lugar el resumen escrito.

En las ambigüedades del género sin embargo, el texto se descarta a sí mismo como «historia», inscribiéndose sí como narración. «No abrigo la pretensión de haber escrito la historia de mi país» -aclara Manso- en la edición de 1874.

En la primera edición de 1862 Manso, a la vez que dedica el texto a Mitre y le agradece su «bienestar moral», utiliza la carta escueta y poco entusiasta que éste le remite para legitimar el pedido de adopción del Compendio en las escuelas y para señalar a la vez su acatamiento al Ensayo histórico del Deán Funes y a la Biografía de Belgrano. Sumisión problemática en la medida en que no se trata de una obediencia fácil, ya que el Ensayo y la
Biografía no proponen historias equivalentes o intercambiables. Sin embargo, aunque el Compendio desestime su eficacia científica, apuesta a una trascendencia de otro tipo, en la medida en que pretende ubicarse como texto intermedio, mediador entre el «filósofo de la historia» y un público más extenso. La edición de 1862 alude
como público a «centenares de generaciones», en un gesto por lo menos desmedido, mientras en la edición del año 74 el público se diversifica según los diferentes usos que puede hacerse del texto: «libro de lectura» para la escuela primaria, «vademécum» para los estudiantes de enseñanza superior, el texto se propone también a los padres, en la medida en que puede funcionar como «mentor del hogar».

La edición de 1874 exacerba el aspecto organizativo del Compendio, en la medida en que acentúa la organización de lo general a lo particular y de una periodización más explícita que remonta la historia, no a la llegada de Solís, sino al «descubridor» Cristóbal Colón. La ubicación geográfica entonces, que en la edición de 1862 se relegaba a la parte final del texto, se muda a los comienzos del Compendio, proponiendo una suerte de instrucción de lectura por la que la República Argentina debe ubicarse en América y también en el planeta, en lugar de la lectura directa de lo que ocurre en el Río de la Plata.

El Compendio, adscribiéndose al «texto de lectura», toma prestados de la novela de aventura los recursos narrativos que ésta utiliza, aunque este carácter se atenúe en la edición del año 74, haciendo desaparecer indicadores de simultaneidad como los «entretanto».
Así, por ejemplo, a partir de la construcción de un nosotros activo un narrador omnisciente propone:
«Dejémosle atravesar con un puñado de valientes (…) y veamos lo que hacían durante su ausencia Irala y Galán» (Compendio, p. 13/22, 23).
En este mismo sentido, la narración va eligiendo a lo largo de la historia, «los héroes» y los «antihéroes», en un gesto que, por un lado tiende a mantener el interés de la peripecia, mientras por el otro aprovecha esta antítesis hacia un discurso moralizante que, quizás siguiendo el modelo de exposición de las «vidas de santos», comienza a construir una suerte de santoral laico, en «parábolas de la patria». Así, sobre el hecho histórico se produce una doble operación: primero se lo transforma en novela de aventura para volcarla luego a su clave moralizante.
«Sin afirmar la peregrinación de Colón de Corte en Corte, lo que eso quiere decir, es que la perseverancia es rasgo característico de los hombres de genio» (Compendio, 1S74, p. 10)
Como vemos, se elude la discusión histórica (si Colón fue o no de Corte en Corte) para afirmar otro tipo de disquisición que planteará, en una suerte de sistema de tesis y demostración, que a toda vivencia necesariamente, le sigue su recompensa. Leemos en la página siguiente:
«…su perseverancia fue recompensada» (Compendio, 1874, p. 11)

Del mismo modo en que el Compendio media entre un público más extenso y el «tratado histórico», también media y funciona como puente entre la actualidad del lector y el pasado, a través de analogías pedagógicas que a la vez que superponen lo conocido a lo desconocido, ideologizan los enunciados históricos:
«La ñuta era una especie de conscripción anual, por la que un crecido número de hombres libres eran forzados al violento trabajo de las minas» (Compendio, p.40, 61).

Tanto en la edición de 1862, como en la de 1874, el Compendio opera exaltando el carácter heroico de las naciones indígenas, y subrayando el carácter inmoral de la conquista. Elección interesante en un contexto histórico en el que se están gestando las últimas grandes matanzas de los indios. Este gesto, si bien tiene su correlato en las ficcionalizaciones de Juana Manuela Gorriti, posee el carácter excepcional de referirse a los indios en el Río de la Plata y no a las más fáciles y poéticas exaltaciones de los Incas y los Aztecas, únicos pueblos en los que se suele ir entonces a buscar «lo americano».
El Compendio, sin embargo, elude sistemáticamente, nombrar el papel que la Iglesia Católica juega en la conquista. Esta elusión se exacerba al punto de nombrar en una clave nada pedagógica a la Compañía de Jesús en la edición de 1874.»Aislado entre sus selvas con una población sumisa educada por las reglas de la C. de J….» (Compendio, 1874, p.263)
Las responsabilidades de esta «inmoralidad» se desplazan del encomendero, a los españoles, aunque señalan lateralmente el papel de la Iglesia. (los conquistadores)
«Por otra parte, para afianzar esa misma conquista y dar una vida consistente al Nuevo Mundo que intentaban fundar, á medida que catequizaban á los indios ó los sometían por las armas, se repartían éstos en compañías desde cuarenta hasta doscientas, las que eran entregadas a un jefe blanco que con el título de encomendero las gobernaba y las hacia trabajar en provecho del conquistador, sin salario ni beneficio equivalente, violando la ley natural que garantiza á cada hombre la libertad del trabajo, concedido por Dios para alcanzar con el sudor
de su frente el necesario sustento» (Compendio, p. 15/25, 26)
Aunque no se explícita el papel de la Iglesia en la conquista, en la medida en que el sometimiento por las armas se hace equivalente a la catequización de los indios (a través de la disyunción «o»); y en la medida en que se marca el proceso: después de la catequización, la encomienda, hay una suerte de sugerencia acerca del papel de la Iglesia. Sin embargo el párrafo se cierra, en 1862 diciendo:
«Así entendían los españoles la conversión de hombres salvajes…» (Compendio,15)
Y en 1874 diciendo:
«Así entendían los Españoles la conversión de los salvajes…» (Compendio, p.25,26)
Por un lado, vemos cómo, finalmente la responsabilidad queda condensada en los españoles, señalamiento más fácil si consideramos el antihispanismo propio del siglo XIX; por otro lado, vemos cómo de la edición de 1862 a la de 1874 pequeñas modificaciones (españoles pasa a escribirse en mayúsculas, los hombres salvajes se convierten directamente en salvajes) pueden leerse como síntomas de la dificultad que existe para mantener este discurso. Esta elusión de todo lo que tiene que ver con el catolicismo que hace Manso, es comprensible
desde su interés en que el texto se adopte oficialmente en las escuelas, y desde su carácter de «recién llegada» a Buenos Aires. Manso, que se convierte al anglicanismo y es duramente criticada -y amenazada- por sus conferencias sobre la reforma religiosa, (incluso cuando muere se la entierra en el cementerio de disidentes) trata de evitar una polémica que la obligue a enfrentarse con la Iglesia, y alude exclusivamente al cristianismo, como término conciliador.
La narración elude el lugar del historiador y no interviene ni toma partido entre diversas versiones.

«Las demás versiones que corren sobre el doble objeto de esta notable embajada, aunque de grande interés histórico no es de la competencia de este pequeño bosquejo» (Compendio, 1862, p. 126)
El Compendio, se limita a señalar la existencia de diferentes versiones, pero en ningún caso arbitra entre ellas. La adopción de una u otra versión corre a través de una adjetivación copiosa que adscribe al texto un carácter más proselitista que histórico en el sentido en que la Historia trabajaría más con un discurso argumentativo y objetivo.
En el Compendio, no hay trabajo sobre la objetividad, ni real ni fingida, el texto no elude señalar los lugares desde donde narra. Cuando refiere las invasiones inglesas y la semana de mayo utiliza una adjetivación exaltatoria que marca a los protagonistas como héroes, en una línea que quizás marque definitivamente el discurso pedagógico.
Pero cuando refiere la conquista en ambas ediciones, o el período de las guerras civiles (especialmente en la edición de 1862), la adjetivación se exaspera, marcando ideológicamente, políticamente el texto.
En la edición de 1874 se trabaja sin embargo con una adjetivación más neutra; la escritura intenta volverse más objetiva, marcando quizás, la transformación del texto escolar en un libro menos emocionante, en una aventura sin suspenso, en una sucesión de héroes que no despiertan el odio ni el amor, sino el mudo e impasible reconocimiento de virtudes.
El último capítulo de la edición de 1862 y la corrección que de él se hace en 1874, muestra este pasaje.
En la edición de 1862 la síntesis del proceso se refiere así:
«Las ambiciones individuales sobreponiéndose al interés general, suplantando el amor patrio deshonraron con indignos manejos el noble fin de los patriotas del año diez» (Compendio, 1862, p. 127)
Su reformulación en 1874, en cambio, sintetiza:
«comprometiéndola en su éxito, tanto más cuanto la guerra de la independencia requería el sacrificio de todas las aspiraciones individuales…» (Compendio, 1874, p.190)
La denuncia concreta, indignada y clara de la edición del año 62, se transforma en un enunciado abstracto, moralizador en la del año 74. El «imprudente Alvear», se transforma en el «Gral. Alvear», el «fascineroso Artigas», simplemente en Artigas, y la certeza sobre el intento de entregar a Inglaterra la independencia, se domestica en una «versión». «Tristes errores que no debo referir, mancharon el nombre Argentino con indeleble tinta de oprobio» (Compendio, 1862, p.127)

Confiesa Manso en 1862, e insiste:
«Pasaremos en silencio los detalles íntimos de las disenciones domésticas que tan estrañamente comprometían el resultado (…) Apartemos los ojos de ese triste espectáculo…» (Compendio, 1862, p.l27)
Irrumpe entonces la opinión crítica:
«…paso que debió ser el primero en la senda de la revolución y el único….» (Compendio, 1862, p.130)
«…Que se habían declarado Provincias Federales bajo la protección de Artigas, y del Paraguay, que no derramó ni una gota de sangre en la lucha contra la España, que no gastó ni un real, y que goza hoy de existencia política, merced a los sacrificios que otras hicieron.» (Compendio, 1862, p. 130)

En tanto comienzan a tratarse cuestiones contemporáneas, el Compendio abandona su condición de apunte o resumen. La opinión irrumpe con violencia, y a la vez cierra la posibilidad de decir. El objetivo expresado en esta edición para el Compendio, señala el límite de lo que se puede y se debe narrar.
«…hemos ido siguiendo nuestra relación con la posible claridad, aunque procurando siempre no ampliarla con episodios estraños, y buscando solo haceros conocer aquellos rasgos del heroísmo de vuestros antepasados, con el objeto de educar vuestros corazones para la patria y para el honor» (Compendio, 1862, p.130)

En la edición de 1874 sólo queda como señalamiento de la molestia que la opinión sobre esos años merece un párrafo común a las dos ediciones: «Luchas estériles, que no es nuestra misión referir, errores que no queremos enumerar, dejando esa ingrata tarea al que escriba la historia general de la República» (Compendio, 129/193)
Cuando la edición de 1874 aborde el rosismo, lo hará tentando la objetividad: esbozará primero un «diccionario» que defina los términos dictadura, ley, ley de Dios, facultades extraordinarias, para poder permitirse luego definir a Rosas como tirano y a su gobierno como una dictadura.
Sin embargo, en un gesto nada objetivo, intensificará una forma de marcar subjetivamente la Historia de su patria: el apellido Manso, que en la edición de 1862 aparecía solamente una vez, unido sospechosamente al de Alvar Núñez e Irala, aparecerá en 1874 reiteradas veces, unido por ejemplo al de Rivadavia a través de su padre, en tanto ingeniero al que se le encargan los planos de una escuela pública.
Si Manso no goza de un hogar que archive biografías de personajes célebres como Juana Manuela Gorriti, ni goza de la amistad de personajes históricos, como Mariquita Sánchez, ni puede reconstruir la Historia a través del relato oral transmitido de generación en generación en una familia; Manso suple la voz de la tradición familiar a través de los textos históricos del Deán Funes y Mitre. Resume, opina, transforma estos textos para inscribir su propio apellido en la Historia patria, en un intento distinto de superponer la Historia a la historia propia.

Fragmento de Juana Manso Por Liliana Patricia Zucotti en La Historia escrita por mujeres: Mariquita Sánchez, Juana Manso, Juana Manuela Gorriti. II Jornadas de Historia de las Mujeres Historia y Género. Septiembre de 1992 UBA Facultad de Ciencias Sociales.

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