DISCURSO PRONUNCIADO EN CÓRDOBA POR EL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, EN EL MOMENTO DE LA APERTURA DE LA EXPOSICION NACIONAL. Anales. 1871.

Señoras y Señores:

Al dirigiros la palabra desde el centro de este palacio rodeado de los bellos jardines que el arte ha improvisado a su alrededor, entre la multitud de máquinas e instrumentos de la industria moderna, y de tan variados objetos como de todas partes de la República se han acumulado aquí, tengo que refrescar el recuerdo de la pampa que acabo de atravesar, y de los momentos que decoran esta ciudad, para no olvidar que estamos en la Córdoba Americana, y no creerme transportado a otros países u otras ciudades, cuyas exposiciones he presenciado. Tal como es La Exposición de los Productos del suelo e Industria Argentina, que hoy se inaugura, puedo deciros, con la experiencia del viajero, que llena y excede los objetos del Congreso y el Ejecutivo se propusieron al decretarla.

En ella está dignamente representada la parte de la industria extranjera que ha de ayudarnos en nuestros trabajos. Estando los productos espontáneos de nuestro suelo, los artefactos e industrias de nuestras manos; estando, debo decirlo con satisfacción, el buen gusto y el celo de los ciudadanos que han consagrado sus desvelos a realizar con el pensamiento; estanlo, en fin, el pueblo argentino de varias provincias; y la fisionomía complacida que veo en todas direcciones, completan este cuadro halagüeño, el primero de su género entre nosotros, acaso el precursor de uno más perfecto en época más adelantada.

Cuando contemplaba desde lejos hace un año, en medio de alarmas que traían los perturbados ánimos, a los obreros que hoy me rodean, llevando adelante la obra confiada a sus manos, no podía apartar de mi memoria aquel hecho simbólico con que la tradición ha honrado el genio de Arquímedes. Parecíame que si los bárbaros hubiesen penetrado hasta este recinto, la «Comisión» les habría pedido como aquel, una tregua para terminar el trazo de un cuadro de flores o el remate de alguna de esas molduras. El bien por sí mismo, la civilización y la ciencia excitan hoy fanatismos que como los de Livingstone en el seno de África, o de los experimentadores en el gabinete de Química, suelen tener por termino hasta el martirio.

De intento evoco el recuerdo penoso de perturbaciones que acaba de conmover la tranquilidad pública. La revuelta de los caudillos y la Exposición de los productos del trabajo, se tocan y se confunden como el día y la noche, y nunca podrá decirse mejor que en la ocasión presente: esto matará a aquellos.

Agrupamos aquí por la primera vez los elementos que revelan nuestro modo de ser presente, y los que mediante el trabajo prometen medios de subsistencia para millones de habitantes en lo futuro. ¡Lección instructiva para todos! Instructiva por las riquezas que el suelo encierra y aun no han recibido forma y valor por el trabajo: instructiva por los artefactos en que se ensaya nuestra tímida industria: instructiva en fin, por su diferencia misma. ¡Cuántas veces el silencio es más elocuente, la oscuridad más ilustrativa, el vacío más repleto, que las afirmaciones que aquellas no existencias niegan!

Una obra provechosa y muy digna de alabanza hará el espectador extraño, que nos hiciese la descripción, no ya de lo que aquí vea expuesto, sino de lo que eche de menos, y se sorprenda de no encontrar.

Señores Comisionados de la Exposición: ¿Hay en alguno de esos compartimentos muestras del papel producido por nuestros molinos? ¡Cómo! El papel que es el pan de la civilización; el papel que mide la cantidad de ideas que gasta diariamente un pueblo; el papel que es el Fénix moderno, que después de haber servido a cubrir y engalanar el cuerpo, resucita para hacerse intérprete y heraldo del alma, ¿el papel no se fabrica en nuestro país!

Recorro en la imaginación los pueblos aun medio civilizados que no lo fabriquen y no encuentro ninguno!

He aquí un grande hecho histórico. Yo he visto en la humilde habitación del pobre en la última y más apartada aldea de la América del Norte, en el rincón más oculto de la casa, un cajón o una cesta en que la familia deposita con prolijidad todo desecho o recorte de tejidos, y mediante algunos céntimos, el trapero hace de ellos su colecta; y de los andrajos de una aldea se llena un carro; y cien carros se dirigen de todos rumbos hacia un molino, de donde a poco se ve salir un río nítido, blanco, en una hoja continua de papel que cortada de distancia en distancia por tijeras mecánicas, se acumula en resmas que vuelan a recibir la impresión de la palabra escrita, la que arrojada a todos los vientos, en forma de cartas, libros, diarios, ilumina el mundo, convirtiéndose en una antorcha de luz, de poder y de civilización!

Y nosotros somos, sin embargo, los inventores del papel o sus introductores en Europa. Yo he alcanzado a ver todavía en España, patria de nuestros antecesores, el taller del obrero que a mano y en pequeña forma, vacía su hoja de papel florete, tal como lo practicaron nuestros padres en Andalucía, Valencia, Córdoba y Granada cuatro o cinco siglos ha! Somos nosotros, los españoles, los que hemos dotado al mundo moderno de esta preciosa plancha de reflejar las ideas, reteniéndolas con más tenacidad que el bronce y el mármol. ¿Y cómo es que hoy tenemos que introducir este artículo de lo que a otros sobra, y hasta exonerarlo de derechos fiscales, tal es la necesidad que de él sentimos?

He aquí por que pudiera ser esta Exposición de nuestra industria, el comienzo de una regeneración que muestre a la presente y a la próxima generación, el camino por donde hemos venido extraviados, a fin de que lo eviten cuidadosamente. Si no veis papel, ni vidrio, ni azulejos, ni terciopelos de seda, obra de nuestras manos, como lo fueron de las de nuestros padres, en otro clima y otro tiempo, es porque ellos cometieron en España un crimen que Dios ha castigado más allá de la cuarta generación, y del cual sus hijos somos víctimas expiatorias, – a dos mil leguas de distancias y cuatro siglos más tarde. – La expulsión de moros y de judíos.

¡No eran moros los expulsos! Eran españoles que de padres a hijos venían habitando durante ocho siglos, el rico suelo de la Bética, como eran descendientes de Cántabros, de Celtiberos y Godos los otros españoles que los expulsaron. La historia consigna a veces epítetos calumniosos con que se disfrazan las iniquidades de una época, y son conservados por las generaciones cómplices o simpáticas al delito. Mendigos hubo en Holanda, descamisados en Francia y salvajes unitarios entre nosotros, como en España moros y judaizantes ¿Sabéis lo que estos réprobos eran? La parte más adelantada de la sociedad, en su país y en su época.

El fanatismo es la ignorancia armada y asustadiza, pretendiendo detener el progreso, que es el soplo divino, el espíritu de Dios que marcha sobre las aguas.

De aquí nuestro atraso. Sin el obrero que lo desierto el taller y muerta la industria, y la perdida de la industria comprometió el porvenir de la raza entera en España y en América, quedando así destituida del poder fabril que asegura el bienestar a los que no merecen tierra o capital.

Desde el Cabo de Hornos hasta Méjico, hay menos fábricas de papel y de vidrio que las que encierra la ciudad de Pittsburg en Pensilvania, con menos de cien años de existencia y a doscientas leguas de la costa.

California era hace veinte años carne de nuestra carne y huesos de nuestro hueso. Allí la tierra estaba, como aquí, dividida en estancias, y el habitante a caballo se llamaba ranchero. El año pasado produjo treinta y tres millones en máquinas y tejidos de lana y seda y sus productos agrícolas valieron mucho más, sin hablar de sus minas que proveen de oro, plata y azogue al mundo. Sus frazadas solamente han bastado para expulsar del mercado americano nuestras lanas.

La industria ha hecho aquella transformación; y veinte años han bastado para que en aquel extremo de América, se haga lo que en tres siglos no fue parte a realizar la colonización sin artes industriales, en el resto del continente que fue español.

Otro legado de raza es la carencia del sentimiento que llamare económico; somos raza de poetas; asistimos todavía a los tiempos heroicos; fueron nuestros pueblos fundados por héroes al servicio de una idea, la conquista de un nuevo mundo. Clavose el pendón castellano o la cruz donde hubo arrimo para un fuerte: al torno del fuerte se agrupó una población, que dos siglos después fue ciudad, y se encontró al tiempo de emanciparse de la madre patria, sin vía de comunicación hacia las costas, con pueblos diseminados, donde para otros fines que el bienestar de sus habitantes, se habían echado a los primeros planteles.

La América del Norte fue poblada por emigrantes espontáneos, que eligieron libremente el suelo propicio para la industria propia. Las trece Colonias se establecieron a orillas del mar, y casi no conocieron caminos de tierra por inútiles al principio, pues se guardaban de extenderse hacia el interior del continente. Con la revolución de la Independencia, con el vapor por los ríos navegables y el ferro-carril por los montes y los valles, se lanzaron al interior, no obstante las admoniciones de Washington; y han agregado a su escudo veinticuatro estrellas más que representan los nuevos Estados. Nosotros ni con la Independencia nos hemos curado de la enfermedad colonial de abarcar tierras sin poblarlas, por falta de industria y agricultura. Los ferro-carriles tienen que atravesar los centenares de leguas que separa las poblaciones, para inyectarles nueva sangre, y servir de arterias para que esta anime y vivifique el cuerpo social.

Tan hereditaria es en nosotros esta carencia de sentido económico, que el doctor Francia aíslo al Paraguay, cerrándolo al comercio del mundo, precisamente cuando el comercio golpeaba con la Independencia a la puerta de estos países, como Bolívar constituía una nación de su nombre, prescindiendo de puertos y vías de comunicación.

Las convulsiones que desde medio siglo aun no cesan, son la expiación de aquellas anomalías con que hemos venido a la existencia. Reparar estos errores, buscar los elementos que nos faltan, ensanchar la esfera de acción, utilizar las materias de que el trabajo puede sacar ventaja, introducir instrumentos auxiliares del esfuerzo humano, he aquí lo que con esta Exposición, puede y habrá de conseguirse en parte.

No os detendré por más tiempo en consideraciones generales. Los productos están ahí, y cada uno los apreciara según su importancia. Están distribuidos por provincias, según su procedencia, aunque otra colocación exigiera un orden clásico de las materias. Veréis las pieles y las lanas que representan la industria pastoril, llevada en nuestro país a un alto grado de perfección que el comercio y las fábricas europeas reconocen y estiman. En la Exposición Universal de París ambas obtuvieron el primer premio; pero hay un nuevo desarrollo en esta industria, que la Exposición exhibe en germen. A las lanas americanas y rambouillet que nos vienen de la oveja europea, se agregan ahora el vellón de las cabras de Angora que el Asia suministra, el de las llamas del Perú, las alpacas de Bolivia, y la vicuña y el guanaco de nuestras montañas: ricas variaciones de materias textiles, con que podemos proveer al lujo europeo.

Los metales preciosos de esta Provincia, de la Rioja, Catamarca, San Juan, Mendoza y San Luis, que se ostentan en trece mil muestras, encierran promesas para lo futuro, que podrían atraer y crear enormes capitales con su explotación, como sucedió en Chile, California y Australia, que deben su población y bienestar a la riqueza de sus minas.

Nada diré de las diversas materias aplicables a la industria, de que hay profusa abundancia; de los mármoles y alabastros; de las piedras de sillería y semi-metales, ni de las sales aplicables a los usos de la vida. Dios ha derramado sobre la faz de la tierra, a veces con profusión, caudales que la industria humana recoge y hace servir a todas las necesidades. Un bosque es un campo cultivado por la acción fecundante del sol y de la lluvia, campo que el hombre explota y cosecha, convirtiéndolo con el hacha en maderas, en carbón o leña. El carbón de piedra es fuerza depositada para el futuro hombre culto desde los tiempos primitivos de la creación. Nuestra tarea y nuestro beneficio están hoy en convertir en riqueza propia aquellos dones naturales, poniendo en actividad esas fuerzas vivas que duermen esperando que la voz de la industria les diga como a Lázaro: «¡levántate!»

Pero este genio de la industria es la inteligencia del pueblo. El Asia, el África y la América, están con nuestro suelo, preñados de riquezas naturales en eterno reposo; porque falta el espíritu que las evoca. En las exposiciones europeas se ha demostrado que los productos de cada país están en relación con el grado de desarrollo de la inteligencia; y vosotros tendréis ocasión de verificar este hecho aun en la nuestra.

Yo solo quiero señalaros algunos puntos culminantes que os sirvan de guía para juzgar en esta materia.

De las exposiciones europeas puede decirse que han sido un fiel espejo del trabajo y de la inteligencia del pueblo.

¿Creéis que en esta Exposición están representados los productos del trabajo de cada uno de los dos millones de habitantes que pueblan la República?

Quisiera haceros sensible lo que no está aquí presente; y son un millón por lo menos de brazos cristianos que poco o nada producen; un cuarto millón de indios que viven de lo que ellos elaboran; algunos miles de cristianos peores que indios, que desearían vivir de la destrucción de lo que el trabajo honrado ha acumulado en muchos años de fatiga. Este es un rasgo característico de la ignorancia, de la destitución, del aislamiento y de todas las concausas que abraza una sola palabra: la Barbarie.

Cuándo he oído ( y hace cuarenta años que lo vengo oyendo), el grito siniestro de ¡mueran los salvajes unitarios!, o el estrépito de caballos en la Pampa, o el clamor de los que quedan arruinados, o el gemido de las víctimas, me ha parecido oír en esos desahogos de las pasiones, en esos lamentos de las desgracias, un grito más noble más justo: dadnos educación y dejaremos de ser el azote de la civilización; dadnos un hogar y dejaremos de vagar en la inculta Pampa; dadnos una industria cualquiera y nos veréis a vuestro lado creando riqueza en lugar de destruirla!…

¿Por qué no he de tender, antes de concluir, una mirada de complacencia sobre el local de la Exposición sobre esta ciudad y provincia de Córdoba que contra muy buenas razones fue elegida para ser teatro de esta reunión de los productos argentinos?

El Ferro-carril y los telégrafos lo tendrán luego por centro de muchas líneas; la Universidad con la profusa dotación de profesores de ciencias naturales y exactas justificará en pocos años su título. Sus sierras con el estudio de su geología y de su flora se alzarán de cien codos más, pues serán vistas y apreciadas por el mundo científico.

Su Observatorio Astronómico añadirá algunas conquistas en los cielos, sometidos al dominio del hombre; y cuando los palacios de Buenos Aires y del Rosario sean construidos con los mármoles de Córdoba; cuando su cal y su yeso sirvan de cimiento a las obras hidráulicas de todo el Litoral y su campaña, Córdoba será menos docta quizá; pero en cambio será más rica, más prospera y más generalmente civilizada.

Señoras y señores:

Debo mi última palabra a la Comisión Directiva de la Exposición que inauguramos; a esta Comisión que a través de todos los obstáculos y resistencias, ha conseguido levantar esta obra monumental en el presente y en el porvenir, y siendo digna de la gratitud del Gobierno y mereciendo bien de la patria: débola, en fin, a los expositores todos que han concurrido con su ciencia, con su industria y con su patriotismo a honrar al país, dando la prueba que somos capaces de acometer con éxito estas grandes y fecundas obras de la civilización.

Que este ensayo sea el precursor de nuevas manifestaciones más perfectas de nuestra cultura, y que la Exposición de 1871, abra la serie de las exhibiciones con que nos presentaremos al mundo reclamando, un puesto honroso entre las naciones civilizadas.

Señoras y Señores:

Queda abierta la Exposición Nacional de la Industria y productos Argentinos.

F. SARMIENT0.

Anales de la Educación Común. Vol. X, Octubre de 1871, Núm.3.