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Carta de Juana Manso a su alumna Carmen V. Campero, 1874

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Belgrano, 11 de enero de 1874.

La resignación es una virtud, querida Carmencita, pero ella como toda virtud sólo se adquiere a costa del sacrificio, presupone un dolor vencido, una herida en curación (…) Sé siempre resignada porque en este mundo hay mucho que sufrir. Principalmente nosotras, las mujeres, que en esta raza latina somos cosas y no seres dotados por el Creador de un pensamiento, de una razón y de una voluntad propia sujeta sólo al control de la conciencia.

Destinadas por las bárbaras leyes que nos rigen a pasar de la potestad paterna al dominio marital y ser blanco de todas las injusticias y violencias.

Algún día cuando estudies la historia, yo te haré notar las diferencias que la legislación imprime en el carácter de las razas y verás que aprendiendo a resignarte has hecho una gran conquista moral, porque sólo un gran fondo de resignación nos ayuda a llevar el peso del sufrimiento en los eventos de la vida.

Ayer fui a la ciudad por asunto urgente; más tarde te relataré mis aventuras; ahora voy a lavarme y vestirme; después, al jardín…

Son las ocho y sigo escribiéndote. En un tranway de las siete y diez minutos subí. Pero, al querer partir el cochero, se encabritó unos de los caballos: animal nuevo y no adiestrado. Comenzó el castigo del noble e inteligente animal hasta que indiqué un cuarteador. Salimos a galope. Después de un rato sacaron la cuarta y volvió el caballo a rebelarse, a ejecutar lo que no le habían enseñado. Se tomó el expediente de empujar el carro, hasta que, en vista de la obstinación del caballo, un trabajador alzó un pico para descargarlo sobre el pobre animal.

“¡No haga es herejía, por el amor de Dios, con ese pobre animal señor!”, le grite afligida. El hombre largó el pico, y mis compañeros rieron de la importancia que daba yo a los lomos de un caballo, ¡aun con ser de carne y hueso!

Yo me quedé pensando que lo mismo que hacen con los caballos hacen con los hombres, no les enseñan a los animales con paciencia y luego a golpes les exigen un trabajo que no saben ejecutar. No enseñan a los niños por el ejemplo ni a temer a Dios y después a sablazos los quieren corregir cuando son hombres. Y mujeres.

¡Qué triste está nuestro barrio y mi casa! Estuve sola en el comedor donde tantas horas alegres hemos pasado juntas. Veía la mesita en que estudiabas, miraba la puerta de hierro donde tantas veces nos despedíamos. Se me venían las lágrimas, pero las tragaba para no empeorarme otra vez de los ojos.

Al fin, a las dos de la tarde salí y me fui al centro por el tranway de la calle Lima, a la diligencia que debía hacer. Terminada ésta, tomé el tranway de Cinco Esquinas y fui a lo de la señora Hopkins para avisarle que ya estoy en Belgrano. No la encontré y, esperando que volviera, me senté junto a la mesa de su marido y tomé el primer libro que me vino a la mano. ¿Qué lindo libro, mi China! Estaba en inglés es El genio de la soledad. Me venía a propósito.

Comencé por Beethoven, cuyas sonatas tanto deseo que aprendas. ¡Cuán desgraciado fue él! Hojeando el libro encontré “la soledad de la ausencia”, y leí esto también para ver cómo la encaraba el autor. ¡Cuán lindos pensamientos hallé, y que nos cuadran a nosotras, que tanto nos cuesta vivir separadas! Pasé una hora leyendo y contenta de que no volviese la señora Hopkins porque su conversación no podía reservarme las revelaciones del libro.

A las cuatro, sin embargo, me puse en camino y anduve cuatro cuadras hasta la calle Santa Fe, donde subí en el tranway de regreso a Belgrano. A donde llegué a las cinco. En este trayecto las únicas mujeres que veníamos éramos yo y una sirvienta con un niño de la edad de Martin. Pobre chiquito, quería dormir y ella no lo dejaba, pero hice que acostase la cabecita en sus faldas y yo le acomodé las piernitas sobre el banco. Nada más me sucedió.

La ciudad está animada, pero mucha gente se ha ido al campo. Belgrano está lleno. Los domingos hay música en la plaza. Felices los que se divierten, a mí nunca me ha gustado la bulla, la algazara, la risa; ¡me parece tan vulgar todo eso! ¡tan ajeno a los goces íntimos y serenos del espíritu! He traído conmigo a Victor Hugo, son libros que me convienen hoy más que nunca. Victor Hugo es un poeta muy suave y muy feliz en sus comparaciones. ¿Recuerdas cuántas veces les traducía yo sus versos, mientras la clase dibujaba?

Sin pretender asemejarme a Beethoven, que ha revelado al mundo las leyes de la melodía, hay puntos de contacto entre su vida y la mía. Como yo, y más que yo, él era pobre; vivía en la soledad más absoluta del espíritu. Era sordo, y cojo y mal entrazado. Al querer dirigir una de las óperas lo silbaron, como se reían de mí todas las mujeres de Buenos Aires. Después de esa afrenta no volvió a presentarse en público. Vivía en la soledad más absoluta del espíritu y lo llamaban “el Oso” por su larga cabellera. Él murió muy anciano arrastrando una vida de miserias y de indecibles dolores, pero reveló antes al mundo en notas inmortales los torrentes de armonía que estremecían las fibras de su alma gigantesca… A veces yo también creo que hay algo en mi frente que llevaré conmigo a la tumba porque no encuentro la palabra humana que pueda revelarlo. Enemiga de la rutina, y no puedo, sin embargo, realizar en la educación lo que Beethoven en la música. Dante y Camoens en la poesía.

Están tocando música en la plaza. Belgrano está lleno de gente.

Sólo yo tengo ganas de llorar.

                                                                                         Juana Manso

Velasco y Arias, María (1938). Cartas inéditas de Juana Manso, Buenos Aires, Boletín de Graduados de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), III, 23.

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