VIDA DE HORACIO MANN Por D. F. Sarmiento

CAPÍTULO I

SU EDUCACION Y SUS PRIMEROS AÑOS

 Horacio Mann nació en el pueblo de Franklin, condado de Norfolk, Estado de Massachusetts, el 4 de Mayo de 1795. Su padre, Mr Tomás Mann, sostenia su familia con el producto de una pequeña chacra, (farm), y murió cuando el niño Horacio entraba en los trece años de edad, dejéndole solo en herencia el ejemplo de una vida sin tacha, y una sed ardiente por el saber. La única hermana que le sobrevive, corona hoy una existencia de virtudes, consagrándose, punto menos que gratuitamente, á la educacion de los niños pobres de color en una escuela de Providencia, en Rhode Island, de la cual es directora.

Los escasos recursos del padre no bastaban á proporcionar una educacion competente á sus hijos. Estos obtuvieron asi la muy limitada que se podia procurar en la escuela pública del distrito, que su mala estrella quiso fuese este uno de los mas reducidos, y la mas pobre en edificio y maestros; pues que la pobreza y lo esparso del lugar no permitian mas. Es bien sabido, cuánto interés é importancia daba á la arquitectura de estas casas de la educacion, cuando en años posteriores este oscuro alumno de aquella oscura escuela, llegó á ser el Secretario del Consejo de Educacion de Massachusetts; y con qué pinceladas ha dejado trazadas las condiciones de comodidad, economia, salubridad y ornato que deben estar dotadas estas estructuras, tal cual nunca habian existido en realidad. Sin duda alguna, estas pinturas le eran sujeridas, menos por la imajinacion, que por el recuerdo de aquella vetusta escuela dilapidada por la intemperie y con sus mamparas rotas, sin vidrios ni celosías; y aun á veces no teniendo siquiera ventanas ni otra especie de ventilacion, que la que podríamos llamar preternatural.

“Los toscos y encumbrados asientos, que hacian literalmente activo el verbo sentarse.” “ La chimenea de holgado caño, que daba una intensidad tropical al calor en torno del hogar, mientras á diez piés de distancia estaba conjelado el aire, suministrando con esto una esplicacion muy gráfica de las diversas temperaturas del globo; pues con andar siete pasos se recorrian las cinco zonas”. El hecho de conjelarse la pluma en el invierno, le trajo el recuerdo del niño que se disculpaba de no presentar su composicion, porque aunque sus ideas corrian, la tinta no. En el verano la escuela de aldea era para él la cueva del hermitaño, colocada fuera del alcance ú oido de los mismos árboles entre sí.

Otras veces ha descrito una escuela “con techo á guisa de arteza, en cuyos lados inclinados se divisaba un anchuroso agujero, cual si fuera un embudo para verter dentro el agua, y hacer un depósito ó aljibe de la escuela. Al principio creí que seria un pluviómetro en grande escala. Llamé á la preceptora, y la pregunté si no se habian ahogado allí algunos chicuelos -Bien fácil habria sido, me contestó, si no fuera que el suelo absorve ó chupa tanta agua como el techo de que se surje “.

Su padre gozó de poca salud, y murió últimamente tísico. Horacio heredó sus débiles pulmones, y desde los veinte á treinta años anduvo orillando las fatales riberas de aquella misma enfermedad. Con esta iba aparejado un temperamento nervioso, que una imperfecta educacion – no hizo mas que agravar, imprimiéndole una tal sensibilidad é impaciencia, que solo su gran fuerza moral logró dominar. Como buen apóstol de la educacion, él sabia disimular á los maestros una debilidad que él mismo habia esperimentado. Por aquel tiempo, pocas eran las familias educadas conforme á los modernos principios de la Fisiolojía. Si habia algunos que observasen las leyes de la naturaleza y de la Hijiene, esto seria mas bien la obra de una feliz casualidad que de la aplicacion de la ciencia. Las terribles consecuencias de esta universal ignorancia han quedado estampadas hasta hoy en la fisonomía jeneral de la sociedad. El censo nacional podria solo revelarnos el número de sus victimas. Tanto ha menoscabado esta mala educacion las condiciones sanitarias, que se ha hecho una rareza dar con una persona que disfrute de una robusta salud.

La madre de Mr. Mann estaba dotada de una fuerza de carácter é intelijencia superiores á la jeneralidad. La intuicion se habia anticipado en ella al raciocinio; y los resultados iban en armonía con sus predicciones. Era una verdadera madre. En el órden de los deberes, sus hijos ocupaban el primer lugar: el mundo y ella misma venian en seguida. Escaso era el saber que podia comunicar; pero ejecutó una obra mas grande, al inculcar a sus hijos los principios que guian á todos los conocimientos. Los primeros años del jóven Mann se pasaron en un distrito rural, en una oscura aldea, sin movimiento ni objetos ú ocasiones de distraccion. En una carta escrita mas tarde á un amigo, le decia: “Considero como una irreparable desgracia no haber disfrutrado durante mi niñez. Dotado naturalmente de un jenio espansivo y vivaracho, la pobreza de mis padres no me permitió desahogo ni diversiones. Convengo que el trabajo sea la nodriza del hombre; pero á mí me nutrió demasiado con su amarga leche. En el invierno, mis quehaceres dentro de la casa eran de un jénero tan sedentario, que me condenaban á la inmovilidad; mientras que en el verano, las labores del campo eran tan recias, que muchas veces no alcanzaba aun á satisfacer el sueño. Ni memoria conservo del tiempo que comenzé á trabajar. Los dias de recreo (no dias, que jamás disfruté uno, sino horas de recreo) me costaban una redolada tarea, á fin de darme un rato de ocio en que jugar con mis compañeros. Mis padres pecaban por ignorancia; mas Dios castiga con mano pareja tanto al que viola sus leyes premeditamente, como al pecador ignorante. La única distincion viene del remordimiento que sufre el infractor advertido.”

“Permitid ahora, añadia, daros un consejo gratuito, aunque me costó mas que todos los diamantes el adquirirlo. Acostumbrad á vuestros hijos al trabajo, pero que este no sea duro; y á menos que sean linfáticos, dejadlos dormir cuanto gusten. El rigor de mi suerte ha sido compensado en parte con los hábitos de actividad y de trabajo, que han llegado á ser en mí una segunda naturaleza; y á tal grado que apuraria el celetre de un fisiolojista, para discernir su punto de contacto. Merced á ello, el trabajo es para mi como el agua para el pescado. Mil veces me ha sorprendido oir decir á algunos: « Este negocio no me agrada, y quisiera cambiarlo por otro. » En cuanto á mí, cuando tenía algo que hacer, acometi á la obra como un fatalista, sin detenerme á considerar su peso; y de seguro que antes de ponerse el sol estaba concluida.”

“Lo que se llama amor al saber, estaba limitado en mi tiempo á la pasion de los libros; pues no se conocia la instruccion oral. Muy pocos eran los libros destinados para la lectura de los niños, y los que habian, pobres de materia é inadecuados. Mis maestros eran muy buena jente, pero muy malos preceptores. De la escuela en que mis compañeros y yo aprendimos, no se podria decir como Virgilio: — O fortunatos nimium sua si bona morint. Niego aquello del bona. Rodeados del universo infinito, dispuesto para ser daguerrotipeado en nuestras almas, no se nos colocaba en el foco propio para recibir sus gloriosas imájenes. Yo estaba inspirado por una pasion natural á lo bello, ora estuviese espresado en la naturaleza, ora en las bellas artes. Si “ se perdió un poeta en Murray, “ como se dice, en mí se perdió al menos un aficionado á poeta, sino un artista. Cuántas veces, siendo niño, no me detuve, como el cervatillo de Akenside, para contemplar la caida del sol, ó me rescotaba de espalda por la noche á mirar las estrellas! Con todo, y á pesar de la avidez de nuestros sentidos y facultades retentivas, qué poco se nos enseñaba ó mejor dicho, cuánto embarazo no se interponia entre nosotros y las sublimes lecciones de la naturaleza No se acostumbraba á los ojos á distinguir las formas y los colores. Nuestros oidos quedaban estraños á la música. Lejos de enseñársenos el arte de dibujar, que es de por si un precioso idioma, me acuerdo muy bien que no pudiendo á veces contener el fuerte impulso de espresar por la pintura lo que no podia espresar con las palabras, de tal modo que me daba comezon en los dedos, como dice Cowper, el maestro me pegaba un reglazo por las coyunturas, ó con un diciplinazo convertia en real aquella comezon artificial. Nuestro único maestro de danza era aquella pueril vivacidad que ninguna severidad basta á reprimir. De entre las facultades, solo la memoria se creia digna de cultivo. Las jeneralizaciones abstractas, en vez de los hechos con que se forman, nos eran presentadas solamente. Todas las ideas que no estuvieran en el libro eran artículos de contra bando, que el preceptor confiscaba para sí, ó tal vez los echaba al agua. Oh! mientras no se dé grato y saludable empleo á aquella ardiente é intensa actividad de las facultades, nunca los padres podrán quejarse de la pretendida inclinacion del niño á la maldad. Hasta entonces los niños llevan el pleito perdido ante sus ojos.

“A despecho de estos contrastes, nada podia contener mi pasion por el estudio. Una voz interna alzábase en mi pecho, lamentándose siempre de no hallar algo mejor y mas noble; y si mis padres carecian de los medios de abrevar esta sed de conocimientos, estimulaban al menos su ardor. Constantemente estaban hablando de la sabiduría y de los sabios con entusiasmo y aun reverencia. Se me recomendaba el cuidado de los pocos libros que teníamos, como si hubiera algo de sagrado en ellos. Me acuerdo que, siendo muy niño todavia, vino á visitarnos una señorita, que se decia habia estudiado el latin. Yo la contemplaba como una especie de diosa. Algunos años despues, la idea de que yo pudiera tambien aprender el latin, vino á ajitarme con el asombro y aturdimiento de una revelacion, Hasta la edad de quince años, nunca habia estado en la escuela por mas de ocho á diez semanas en el año.

“ He dicho que solo tenia unos pocos libros. El pueblo era dueño, empero, de una pequeña biblioteca. Cuando se organizó ésta, se la bautizó con el nombre del Dr. Fanklin, cuya reputacion no solo habia llegado á su zénit por entonces, sino que, como el sol al mandato de Gedeon, se habia parado sobre él. En retorno de este honor, él ofreció al pueblo una campana para su iglesia; pero informado mas tarde de la índole de sus habitantes, dio que estos preferian mas bien el sentido al sonido, y les envió por tanto una biblioteca. Aunque ésta se componia de historias antiguas y tratados de teolojía, que eran probablemente muy del gusto de sus padres conscriptos, se adaptaban muy mal al de los niños proscriptos; y sin embargo, gasté mi ardor juvenil en sus marciales pájinas, aprendiendo en ellas á glorificar la guerra, que mi razon y mi conciencia me han enseñado mas tarde á mirar como un crimen en casi todos los casos Oh ¿cuándo aprenderán los hombres á redimir en su prole aquella niñez perdida para ellos? Vijilamos con ánsia la semilla sembrada en nuestros campos, y nos esforzamos en promover su crecimiento; pero descuidamos el alma hasta que viene el estio ó el otoño de la vida, y todo el actimismo del sol veranal de la juventud ha desaparecido. Me he esforzado por remediar en algo este defecto. Si estuviera en mí, derramaria libros por toda la tierra, como el labrador desparrama el trigo en los prados.”

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Comments

  • Hebe Caletti Marenco

    María de Giorgio, muchas gracias por compartir esta pequeña joya, que deberían conocer nuestros actuales docentes.

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