SARMIENTO. el gran educador de América por Michael Scully

 

La devoción de un rapaz argentino por los libros hizo de él una de las grandes figuras de América e ilustre ejemplo del hombre dinámico

Con el trascurso de los años cada día resalta más la memoria de uno de los más beneméritos americanos y la importancia vital que tuvo, para el porvenir de la democracia en este continente, la simiente que él sembró. El argentino Domingo Faustino Sarmiento fue un gran hombre de estado y de empresa, uno de los educadores más ilustres de la historia. Fue también un profeta asombroso que tuvo la visión de lo que serían la radiotelefonía, la Carretera Panamericana y una era en que América encarnase la esperanza del mundo. Predijo que los pueblos llegarían a necesitar tanto unos de otros que su única salvación consistiría en formar un gobierno mundial.

Por sí solo fomentó la política de <buena vecindad> 70 años antes de que se acuñase el término en Washington. Y llegó a ser el primer puente duradero entre las Américas, el primer panamericano.

Sarmiento fue un niño sorprendente. En San Juan, la pequeña población andina que fue su cuna (1811), contadas personas sabían leer. Su padre era arriero y su madre tejía ponchos para aumentar los magros ingresos de una numerosa familia de nueve personas. Y ambos eran semianalfabetos, en el mejor de los casos; pero a los cuatro años este niño ya leía sentado en las rodillas de su tío, ilustrado religioso, párrafos de libros serios y a los cinco sabía de memoria páginas enteras. Sus padres impresionados, se propusieron cultivar ese don, pero la escuelita sanjuanina sólo tenía los cinco grados primarios y la universidad de la lejana Buenos Aires era sólo para los ricos.

José Clemente Sarmiento llevó a su hijo a Córdoba, más próxima a su pueblo, con la esperanza de que podría ingresar en el seminario y seguir la carrera eclesiástica, pero fue rechazado. Fue a trabajar como dependiente en una tienda de aldea, pero le seguía mordiendo un hambre de conocimiento que le llevaba a echar mano de cuanto libro pudiera encontrar. Descubrió y se leyó toda una enciclopedia, lo cual fue nuevo motivo de desesperación; había tanto que aprender y ¡las fuentes del saber estaban cerradas para él!

Tenía 16 años cuando de pronto tropezó con una breve biografía de Franklin, otro muchacho que había dejado la escuela a los 10 años; pero este había llegado a aprender cinco idiomas sin maestro, a ganar fama como hombre de ciencia, estadista y pensador, y a ocupar un lugar entre las personalidades más cultas de su época.

Domingo Faustino Sarmiento había encontrado su destino. Lo que un muchacho había podido hacer, otro podría hacerlo también. Por una extraña casualidad, conocía al que probablemente era el único tocayo del inventor del pararrayos en la Argentina: Franklin Rawson, hijo de un farmacéutico yanqui amigo de las aventuras, que había luchado por la independencia argentina y contraído luego matrimonio con una niña de San Juan. Ahora comprendía el significado del extraño nombre. Cultivó la amistad de los Rawson y escuchó absorto lo que contaba el boticario sobre la vida de su héroe, el viejo Benjamín Franklin, y sobre las ideas que este había logrado hacer triunfar en la joven nación norteamericana. De ellas, la que más agitó la mente del adolescente fue la de que la democracia sólo puede florecer en los pueblos que dan a todos sus hijos iguales oportunidades para llegar a ser ciudadanos informados y capaces de pensar por sí mismos.

El jovencito miraba a su patria, donde se había proclamado la democracia pero en realidad imperaba la anarquía. Era un país que se desangraba en incesantes guerras civiles, sin dar a sus habitantes el tiempo ni los medios para que aprendieran el significado y los deberes de la ciudadanía. Fue entonces cuando tuvo como una revelación de la que debía ser su misión: él podía iniciar la única revolución que salvaría a su pueblo, con libros, con ideas y con su pluma. La historia ofrece pocos ejemplos de hombres que hayan luchado tan  infatigablemente y superado tantos obstáculos para realizar su sueño.

Poco después de cumplir los 19 años, y debido a sus actividades políticas, fue desterrado a Chile. Allí se dedicó febrilmente a ilustrarse, trabajando como escribiente, como minero y como maestro de aldea, levantándose a menudo a las dos de la madrugada para estudiar antes de que comenzara su jornada de labor.

Aprendió el inglés a fuerza de tenacidad, concentrando la atención en las palabras nuevas hasta que comprendía bien su significado. Convino con un francés en enseñarle el español a cambio de que él le diese lecciones de su idioma. Leía un libro cada día, de ciencias, de filosofía, de cualquier cosa que le cayera en la mano, y casi nunca olvidaba una sola línea.

Llegó un momento en que el pensamiento liberal que prevalecía en Chile reconoció el genio de Sarmiento. Su pluma hizo de él una potencia en el periodismo y sus artículos y sus libros se filtraban a través de la Cordillera para estimular la resistencia al tirano Rosas. Sus ideas educativas le valieron el encargo de organizar la primera escuela normal, donde introdujo un método de enseñanza de la lectura por sílabas en vez de letras. Para los grados primarios, en que los niños apenas aprendían rudimentariamente a leer, escribir y contar, simplificó los voluminosos libros de texto, a fin de que aquellos pudieran tener desde la tierna infancia nociones de historia, de geografía y de otras materias que hasta entonces ignoraban. Tenía poco más de 30 años cuando su obra dinámica elevó las escuelas chilenas al primer puesto entre las de la América Latina.

En 1845, Chile le encargó la misión de estudiar las escuelas extrajeras y, después de un viaje por Europa, se puso en busca de Horace Mann, el ardoroso apóstol que estaba predicando a través de los Estados Unidos su doctrina de instrucción pública y gratuita para todos. También Mann se había levantado de la pobreza y trabajado varios años como jornalero; y declaraba que había adquirido sus primeros conocimientos en la biblioteca pública fundada por Franklin en el pueblo natal de Mann: Franklin, Massachusetts. El hecho que dos hombres que vivían en los extremos opuestos del continente se inspirasen en una misma fuente, compartieran unas mismas ideas y siguieran rutas tan paralelas hacia una meta común, se presentó a la mística mentalidad de  Sarmiento como algo mas que mero accidente. Entabló con Mann una de las amistades mas fecundas en los anales de las relaciones interamericanas y regresó a Chile con una nueva visión.

Tanto la América del Norte como la del Sur miraban hacia Europa y estaban separadas entre si como por un abismo. La mayoría de las comunicaciones se realizaban por Liverpool. Pocos neuyorquinos  conocían al existencia de Buenos Aires. Las dos Américas se hallaban divididas por la diferencia de sus antecedentes raciales, religiosos y culturales. Sarmiento había contemplado a Europa, agotando su vitalidad en odios de raza y en delirios napoleónicos y después había visto llegar los inmigrantes, europeos a los Estados Unidos y despojarse allí de sus hostilidades y temores en un país que ofrecía igualdad de oportunidades para todos. Este hecho nuevo en la historia que representaban los Estados Unidos había probado que podían los estados mancomunar intereses por el bien colectivo, y estaba demostrando que todos los hombres podían vivir juntos en Paz y prosperidad. Si podía aplicarse esa formula de <igualdad de oportunidades> al vasto continente de Colón, quizás tocara a las Américas el papel de señalar al mundo entero el camino hacia un futuro mejor.

Pero antes tenían que conocerse. Sarmiento inició el cumplimiento de una obra que solo abandonaría con la vida: la de propagar el interamericanismo, con una larga carta de cien páginas a un amigo de Buenos Aires, con la que se hizo el primer libro sobre los Estados Unidos escrito por un argentino.

Habrían de pasar 18 años antes de que Sarmiento volviera a visitar los Estados Unidos. En ese período contrajo matrimonio en Chile, desde donde contribuyó con sus escritos a promover en la Argentina el levantamiento que iba a aniquilar a Rosas y volvió a su patria como uno de los jefes del ejército revolucionario. A los 41 años entró por vez primera en Buenos Aires, centro de su mundo, y con su amigo Bartolomé Mitre. trabajó sin descanso durante varios años caóticos para llegar en 1862 a la Organización Nacional de la República Argentina, con Mitre como su primer presidente.

Aceptó por dos años la gobernación de su provincia natal de San Juan, y una vez que Mitre hubo establecido relaciones diplomáticas, le nombró ministro plenipotenciario de la Argentina en los Estados Unidos.

El Sarmiento que desembarcó en Nueva York tenía 54 años y era el diplomático más extraño que jamás haya visto esa tierra. No tenía la figura de tal. Era un hombre rechoncho, grueso y corpulento como un oso, cuya cabeza hacía recordar un peñasco de sus Andes nativos y en cuyas venas se mezclaba su sangre india, árabe y española, descuidado en el vestir, con un andar ondulante de un gaucho a pie. Y no actuaba como diplomático. Sarmiento estableció legación (o su taller como la llamaba) en Nueva York y pocas veces fue a la capital, explicando que había sido enviado  “ante el pueblo norteamericano”,

Contados norteamericanos llegaron a conocer su propio país como lo conoció este argentino. Pasaba la mitad de su tiempo en los trenes o en las calles desde Boston hasta Chicago y hacia el Sur. Hablaba con todos, visitando hogares, fábricas, escuelas, granjas y municipalidades, reuniendo semillas. máquinas, ilustraciones e ideas para enviarlas a Buenos Aires. Fundó una revista “Ambas Américas”, para convencer a las dos partes del continente de que sus objetivos eran los mismos; llevó los primeros libros sudamericanos a las bibliotecas de los Estados Unidos, y logró que se enseñara el español en varias escuelas. Mann había muerto, pero Sarmiento contrajo amistad con Emerson. con Longfellow, con el naturalista Agassiz, y con otros que dirigían el movimiento de ideas en el país, y convenció a la Editorial Appleton de que publicara en español las mejores producciones de los escritores norteamericanos. Sus propios libros, que llegaron a un total de 52, salían ahora del norte en dirección al sur. Sus biografías de Lincoln, de Mann y de otros hombres eminentes de los Estados Unidos fueron publicadas en Buenos Aires, mientras la viuda de Mann traducía al inglés su Facundo y presentaba por primera vez a los norteamericanos la Argentina como una realidad que debía ser tenida en cuenta.

Con su actividad, Sarmiento dio a las Américas en tres años la comprensión mutua que no habían tenido en tres siglos. Su obra más grande,  por la influencia americanista que tuvo, fue un sencillo informe a su gobierno titulado “Las escuelas, base de la prosperidad de los Estados Unidos. En ese país, decía, se había destruido el antiguo concepto de que la educación es un privilegio de los ricos, remplazándolo por el principio de la enseñanza gratuita y universal como la mejor contribución del Estado al porvenir del pueblo. La consecuencia de ello era que la sociedad estática de antaño, compuesta por un grupo gobernante y una masa ignorante y explotable, estaba cediendo el paso a una organización política activa y dinámica que, al dar a cada futuro ciudadano la oportunidad de educarse, formaba dirigentes notables en todos los campos, con hombres y mujeres procedentes de las clases económicas más modestas. La industria, la agricultura y el comercio de los Estados Unidos avanzaban a pasos gigantescos, porque las escuelas estaban preparando gente tan capaz de valerse tanto de la inteligencia como de las manos. Además, el sistema de enseñanza actuaba como un enorme crisol en que se fundían los hijos de millones de inmigrantes europeos y, enseñándoles la historia. el idioma y los principios cívicos del país, los convertía pronto en ciudadanos útiles, cosa imposible de lograr donde se negaba a los pobres el acceso a la educación.-

Al mismo tiempo se estaba produciendo en la Argentina algo así como un milagro. La obra realizada por Sarmiento en Chile, el papel fundamental desempeñado por él en la organización nacional, su prédica en favor de la igualdad de oportunidades para todos y su prestigio en el exterior fueron presentados por unos pocos amigos suyos a la consideración de sus conciudadanos, para proponer la candidatura de Sarmiento a la presidencia de la República.

La campaña electoral que se desarrolló entonces es única en la historia de la América Latina: Sarmiento la dirigía por correspondencia desde Nueva York; sus partidarios, que al principio no eran más que un puñado de idealistas, difundían la palabra del candidato en cartas, en la prensa, en carteles y en las esquinas, hasta que ese reducido núcleo creció y se trasformó en un movimiento colectivo. Cuando se hallaba todavía a mas de diez mil kilómetros de su patria, este hombre que no tenía partido ni apoyo oficial del gobierno, del ejército, del clero o de fuerza política tradicional alguna, fue elegido presidente de la Argentina

Solo había prometido una cosa: educar al “soberano”, como decía él, a un pueblo cuya propia capital tenía gran proporción de analfabetos, y educarlo para que pudiera encontrar la senda de la paz, la estabilidad política y el progreso económico y social.

No ha habido una cruzada que encontrase más obstáculos imprevisibles. La Argentina se vio de pronto azotada por una serie de desastres: una epidemia de fiebre amarilla que arrebató 13.500 vidas en Buenos Aires solamente; destructoras inundaciones que alternaron con una sequía que se llevó dos millones de animales vacunos, la principal fuente de recursos del país; sangrientas sublevaciones de indios en el oeste y rebeliones esporádicas de caudillos ansiosos de reconquistar su poder feudal.

Pero Sarmiento cumplió su palabra. Luchó con éxito por la escuela pública y a la vez autónoma, libre de intromisiones políticas, del dominio de la Iglesia, de la influencia de ninguna clase social y de ningún grupo económico. Abrió más de mil escuelas elementales a lo largo y ancho del país, elevando a más del triple la matrícula primaria. Se crearon colegios secundarios y escuelas normales en lugares estratégicos del territorio. Para el personal docente de estas contrató maestras en los Estados Unidos, casi todas jóvenes, a las que hizo aprender el español en cuatro meses. (De un total de 64, la mayoría se quedaron en la Argentina, donde se casaron y adquirieron la ciudadanía. Todavía en la tercera década de este siglo, por lo menos una de ellas estaba aún dando clase).

Su visión iba, empero, mucho mas allá de las escuelas comunes. Contemplaba la enseñanza como el instrumento que podría modernizar todos los aspectos de la vida argentina.

Para mejorar la agricultura y la ganadería se instituyeron facultades de agronomía y se crearon granjas experimentales. Hasta entonces, las universidades sólo habían tenido facultades de derecho, de medicina y de letras; Sarmiento estableció la Escuela de Minería e implantó cursos de ingeniería y de ciencias para acelerar la explotación de las riquezas naturales. Se organizaron clases públicas de taquigrafía, contabilidad y telegrafía para impulsar el comercio y las comunicaciones. Fueron fundados el Colegio Militar y la Escuela Naval y, aunque Sarmiento era contrario a que el clero tuviese influencia en la enseñanza, inauguró nuevos seminarios para que preparasen sacerdotes a fin de que sirvieran de maestros espirituales del pueblo.

Creía que el hombre no debe terminar nunca de instruirse y así empezaron a surgir bibliotecas populares en las capitales de provincias y a crearse museos. Se abrieron las primeras escuelas nocturnas para adultos de Sudamérica. Hasta trató Sarmiento de llevar su lucha contra el analfabetismo a los hombres de campo, con maestros viajeros que recorrían las estancias. Hizo trazar el primer mapa exacto del país y levantar el primer censo nacional, contrató naturalistas europeos para que estudiaran la geología, la flora y la fauna de la Argentina y publicó libros de texto en español con los resultados de dichos trabajos. Hecho todo esto, los argentinos empezaron a formarse una imagen clara de su país como entidad física, nació una conciencia nacional y el localismo comenzó a desaparecer.

Pronto esa obra dinámica cruzó las fronteras del país. Chile, que seguía considerando a Sarmiento su hijo adoptivo, implantó muchas de las iniciativas que él concibiera en la Argentina. Educadores de otros países comenzaron a llegar a Buenos Aires y a salir luego como propagadores de sus ideas. El joven uruguayo José Pedro Varela introdujo en su patria reformas que habían de hacer de su sistema de enseñanza uno de los más democráticos del globo. El informe de Sarmiento sobre las escuelas norteamericanas fue publicado en forma de libro y se convirtió en el evangelio de esos apóstoles. En la lejana Costa Rica, Mauro Fernández lo leyó al Congreso y así logro apoyo para sus propias y revolucionarias reformas. El general Terreros lo utilizó en  Venezuela. En el curso de una generación, contribuyó al progreso de la educación en una docena de países sudamericanos.

En verdad no es exagerado llamar a Sarmiento “el padre de la Argentina moderna” Le sucedió en la presidencia Nicolás Avellaneda. su ministro de Instrucción Pública, y en los 12 años de ambos períodos, de 1868 a 1880, la República Argentina hizo mas progresos que en los cien años anteriores. Se construyeron caminos, ferrocarriles y líneas telegráficas a través de la pampa y la primera gran masa de inmigrantes – 563.000 almas – les siguió. El aumento de la producción agropecuaria favoreció la intensificación del comercio con el exterior y Buenos Aires, una ciudad de 180.000 habitantes tendida en la cenagosa ribera del Plata abrió la etapa que haría de ella la metrópoli del hemisferio sur.

La fuerza motriz de toda esa evolución fue el empleo que hizo Sarmiento de la educación como instrumento de progreso material. Pero su aporte al adelanto de América fue mucho más que eso. Inició la destrucción del régimen feudal de dos clases sociales. Al ofrecer igualdad de oportunidades a los hijos de humilde cuna dio esperanzas a las masas. Empezaron a surgir jóvenes ambiciosos, salidos de los ranchos

campesinos, las calles urbanas y los barcos de inmigrantes, inyectando un espíritu de nueva vitalidad y de sana competencia en la vida nacional. Las clases modestas no estaban condenadas ya a la ignorancia y la miseria. El aristócrata no podía considerarse ya seguro en el monopolio de la riqueza y del poder político.

Había aparecido un nuevo conglomerado social, instruido y consciente tanto de sus derecho, como de sus posibilidades económicas. Sarmiento fue el padre de la clase media, que representaba la esperanza de la democracia en la América Latina.

Algunas de sus obras en la Argentina han sido deshechas, pero sus escuelas han hecho de ese país uno de los que tienen menor porcentaje de analfabetos y han contribuido a que figure entre los más ricos del

mundo. El y sus discípulos pusieron en práctica el principio de la igualdad de oportunidades para todos, que es una fuente imperecedera de inspiración para todos los demócratas de los pueblos americanos.

Si bien Bolívar había proclamado ese ideal antes que él, fue Sarmiento quien abrió una brecha en la muralla de indiferencia que aislaba a las Américas una de otra y marcó el camino de una cooperación práctica entre ellas. Antes de 1888, año en que murió, la Argentina y otras naciones sudamericanas habían propuesto el establecimiento de un sistema continental de consultas, pero los Estados Unidos estaban entonces volcando todas sus energías en la expansión interna y en su pujante comercio con Europa, y dejaron pasar la oportunidad que se les ofrecía.

Por fin patrocinaron las conferencias internacionales que dieron lugar en 1910 a la formación de la Unión Panamericana, pero se necesitó la Segunda Guerra Mundial para demostrarles lo que viera medio siglo

antes ese argentino que había formado a fuerza de golpes su educación. Si los Estados Unidos hubieran marchado por la ruta que él les señaló hace mucho tiempo, habrían sido innecesarios los frenéticos y costosos esfuerzos desarrollados durante la guerra para dar fuerza y unidad a las Américas: y si las preocupaciones internacionales de la actualidad hacen que descuiden nuevamente el ideal americanista, se mostrarán indignos del elevado concepto que de ese país tuvo Sarmiento.

Condensado de «La Prensa» de Nueva York

SELECCIONES DEL READER´S DIGEST      Nº 197  de  Abril de 1957

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