Recuerdos de Cuba. Juana Manso

 

Si alguna vez os da la fantasía de visitar la célebre isla de Cuba, conocer la Habana, cuyos cigarros son el distintivo del leonismo, cuyo azúcar no tiene rival en el mundo, y cuyos bosques no encierran ni un solo reptil venenoso; visitad también todos los pueblos de esa linda isla, Matanzas, Cárdenas, Cienfuegos, Trinidad, Santiago de Cuba, San Juan de los Remedios, etc., sobre todo no olvidéis a Neuritas del Príncipe; tomad allí el ferrocarril hasta el Paradero de O’Donnell, y allí los ómnibus hasta San Juan de Puerto Príncipe, en todas partes seréis bien recibidos, y hallaréis la franca alegría española, rancia, si así lo queréis, pero cordial y amistosa, y que tiene el privilegio de transformaros a vos, pobre advenedizo de ayer, en antiguo amigo, en miembro de la familia si lo queréis. ¡Viva pues, la jovialidad española y su chiste sin igual!

Por una bella mañana del mes de abril de 1848, subíamos a bordo de la goleta “La Antilla”. Era éste un elegante barquito construido en Cádiz, veloz como un clipper y gracioso como sus coterráneas las gaditanas. El mareo es un mal que se apodera de nuestro ser físico y moral; pero en el cual hay incluida no pequeña dosis de aprensión; sin embargo, a veces, hasta esa falla. Mal grado el recelo y la casi certidumbre que tenia de marearme, no pude conseguirlo. El buque era tan bonito, estaba tan limpia su cámara de aceitillo con sobrepuestos de Jacarandá, sus camas de esterilla fina, tenía todo una fisonomía tan alegre, se columpiaba tan leve, tan graciosa sobre un mar azulado y cuyas olas dormían murmurando en su seno, esperando que las despertase la voz sorda y fatídica de la tempestad, que yo en lugar de ir tropezando y aturdida a acostarme en mi camarote, me dejé estar arriba de la cubierta, en pie, apoyado el codo en la borda, mirando alternativamente, ya para la ciudad de la Habana, que aun dormía, ya para la risueña población de Regla, o el pintoresco Guanabacoa y los diseminados caseríos de La Casa Blanca; después echaba una ojeada distraída por la rada, en torno a esa multitud de embarcaciones que inclinaban sus masteleros, donde principiaban a izar banderas de todas las naciones, y para cerrar el cuadro, allá lejos en la barra, como celosos centinelas del poder colonial, los castillos del Morro y la Cabaña, sobre cuyas almenas se reflejaban los rayos del sol naciente, y donde ondulaba al soplo de la brisa matutina, el estandarte español.

Es una extraña sensación del viajero cuando se aleja o llega a una tierra donde nadie lo espera, donde no deja recuerdos, donde llega sin emoción, de donde se ausenta sin pesar. Con todo, de mis ojos brotaba una lágrima de origen indefinible, todo cuanto yo amaba más en el mundo fuera de mis padres y mi hermana que residían en el Brasil, estaba allí conmigo, mi marido y mis dos hijitas; pero una de ellas casi la había perdido en la Habana, y llevaba otra que allí había nacido y aun no tenía un mes… a esos dolores de madre y a esas alegrías de madre que acompañaron esos momentos supremos de esa época que ya quedaba tras de mi, era sin duda ofrecida esa lágrima.

También dejábamos en la Habana algunos amigos, entusiastas por el artista errante y esos artistas nos habían tejido coronas, y nos habían llevado en triunfo hasta el seno de su sociedad.

LA HABANA

Otros corazones nobles y generosos también nos habían tributado cariño y consideración. Virtuosa y modesta Condesa do O’Reli tú eras del número de esos de quien yo me despedía en silencio por quien vertía una lágrima silenciosa! Una vez todos los pasajeros a bordo lévase el ancla y aprovechando la brisa terral, nuestra coqueta sirena, con todas las velas al viento, salió del puerto no sin dejar atrás de sí, multitud de otros buques que como nosotros, partían de la Habana ese día; mas la “Antilla” semejante a un joven pájaro lleno de brío y contento, volaba rápida sobre la azulada y movediza superficie del océano. De La Habana hasta Nuevitas por mar hay 450 millas y como en esa estación los vientos no eran favorables, estábamos sentenciados a quince o veinte días de viaje. Todos los cálculos humanos son falibles; al anochecer del día de nuestra partida (fue un domingo), estábamos a la entrada del canal que circunda la Isla, entre la costa y anchos arrecifes de piedra. El capitán no quiso entrar de noche en el canal y quedarnos de vuelta y vuelta hasta el amanecer. El viento era óptimo, la mar serena y el cielo de un azul purísimo, por eso el martes a las cinco de la tarde fondeábamos en el puerto del Guincho: estábamos en Nuevitas. El miércoles tomamos, el ferrocarril hasta el paradero de O’Donnell, allí el ómnibus y a las tres de la tarde entrábamos en el pueblo de San Juan de Puerto Príncipe.

Todas las ciudades de la isla tienen un aspecto triste, las casas son sumamente antiguas, jamás una fachada a la inglesa, ni ventanas modernas, ni persianas. Las casas por logeneral, tienen una sala con una inmensa puerta cochera a la calle y una ventana colosal también con una reja de barrotes negros de una madera dura como el hierro y gruesa como el brazo de un hombre: la sala tiene un grande arco interior que da al comedor, o como llaman allí, a la baranda; y sobre la sala dan otras puertitas pequeñas, pintadas de negro o de punzó que dan a los cuartos interiores: después de la baranda está el patio, y distribuidos en él otros departamentos de la casa.

Los techos son de tejas y el piso es de una argamasa oscura y fría, dura como la piedra e imita el asfalto. Las calles no están empedradas y apenas hay unas estrechas veredas de ladrillo: en Puerto Príncipe no hay alumbrado público: en las noches oscuras cada vecino cuelga un farol en el arco de la puerta de la calle donde se reúne la sociedad y se conversa hasta las diez. A esa hora los faroles bajan de su puesto de honra, donde se columpiaban a guisa del viento; las puertas se cierran, la ciudad queda en profundas tinieblas, y apenas brillan como exhalaciones errantes, las linternas amarillentas de los serenos con su capote de hule negro, su lanza en la mano, y su par de pistolas al cinto.

Llevaba Noronha algunas cincuenta cartas de recomendación; sin ese motivo la llegada de un artista eminente es siempre notable; así es que a los ocho días conocíamos medio pueblo.

La Isla de Cuba sujeta al dominio español, gobernada por el más absoluto y adusto despotismo militar, abriga empero germenes generosos en el seno de su sociedad y existen teorías de su civilización que allí son verdades recibidas y de uso establecido.

Con tales antecedentes nuestros lectores no deben admirarse que personas de posición, señoras de la alta aristocracia de aquellos lugares sean las primeras en cooperar y ayudar a un artista con sus talentos, presentándose en el teatro público a cantar. Y esa protección es dispensada con tanta gracia y amabilidad que no es posible olvidar el obsequio.

La fisonomía de Puerto Príncipe es monótona: por la mañana las señoras se esconden, por la tarde corren en sus “quitrines” (calesas) la ciudad entera: a la noche visitan las tiendas y se reúnen en la plaza de Armas a oir la retreta. Hay una sociedad denominada filarmónica, que según organización general de las de su especie en la Isla da cuatro funciones al mes, a saber: un baile, un concierto u ópera, una representación dramática y una tertulia.

No hay nada en el mundo que se parezca a la Danza Cubana. La manera porque se ejecutan aquellas contradanzas, no está escrita; no hay términos en la música con que repetirlas, ni palabras que puedan explicarlas. Es una música ya arrebatadora y festiva, ya voluptuosa y ardiente, ya triste como un primer amor malogrado, ya llena de lágrimas de la pasión, ya risueña como la esperanza que nos halaga el corazón en la primera juventud, y a par de esa música que tan hábilmente pulsa todas las fibras del sentimiento, se ven ondular por el salón leves y graciosas formas, albas y veloces como las mariposas de la primavera son las jóvenes cubanas, enlazadas en los brazos de sus compañeros, ambos bailando al compás de aquella música arrebatadora.

Hay una época en el año en que Puerto Príncipe trueca el sosiego de su existencia por una especie de frenesí, el más original posible. Si desde los primeros días del mes de Junio, viéseis bailes improvisados en las casas de mañana o de tarde: si viéseis pandillas de jóvenes agrupadas en carros descubiertos, correr al galope por las calles de la ciudad, cantando a gritos, saludando y chanceándose a voces con los paseantes o los curiosos que se asoman a la bulla, brindando con cerveza o champagne, no os admiréis, todo eso se llama “Correr el San Juan”. Cuanto más os aproximéis al día 24, veréis entapizar las calles de verdosas hojas, despoblar los bosques de coqueros y palmeras para transportarlas a las calles o a las plazas, y así también transforman la “calle de la carrera” en largo caramanchón, techado de enredaderas, donde en los tres días solemnes, se colocan mesas y se hacen esos banquetes patriarcales de la edad llamada de oro. Durante el San Juan nadie piensa en dormir; de día y de noche se pasea, se baila, se viste de máscara: bailes, serenatas y chascos, todo es permitido: no hay noche ni día, ni las casas se cierran un instante. La tarde con todo, es consagrada al paseo exclusivamente, hay los que van a pie en orden de procesión con la música al frente, vienen luego los carros de alegorías con música también, y por fin las ninfas, los cupidos, los salvajes, las pastoras, después de satisfacer la curiosidad y avidez pública, bajar de sus carros a las casas donde las festejan, donde circula el café, los licores y los ricos dulces del Príncipe, y empieza entonces el remolino de los quitrines, y el tiroteo no interrumpido de las chufas, de los chistes, de las necedades, y a veces, de las groserías.

Nosotros también, cada uno con una chiquilla en las faldas, nos metimos en el remolino de los quitrines, y la música, apostada en la plaza de Armas, tocaba la Principeña y la Paula, contradanzas imitando las Cubanas, que Noronha había ofrecido a la sociedad filarmónica, cada vez que avistaban nuestro quitrín. No nos escasearon las chufas a que Noronha contestaba con saludos y yo con inclinaciones de cabeza amistosas, y eso nos valía mil aplausos y victores (sic) los más lisonjeros. Asistimos a todos los bailes, y recibimos serenatas todas las noches.

Dejamos el Príncipe con pena, teníamos tantas simpatías, que no salimos con ojos enjutos, y creemos haber dejado no allí solo buenos recuerdos como amigos sinceros y dedicados. Puerto Príncipe está situado en la costa septentrional de la Isla a 110 más o menos S. E. de la Habana y a 21 grados y 28 de N. N.

Las mujeres son las más bonitas de la Isla; pero los hombres son de tipo afeminado, y no alcanzaron ese brío gallardo, esas proporciones superiores, signo de fuerza y verdadera belleza en el hombre.

En la Isla de S. Domingo hay un puerto de igual nombre, Puerto Príncipe, y otra pequeña aldea en Colombia sobre el istmo de Panamá, en la embocadura del río Caimán. — J.P. de Noronha. — (Extractado de la “Prensa” de Río Grande y refundido por la autora)

Juana Manso

Apareció este artículo en “La Ilustración Argentina” – Número 2, de la “segunda

época”, el 18 de diciembre de 1853 y 1.° de enero de 1854, página 51, en Buenos Aires.

(Tomado del Apéndice del libro Velasco y Arias, María, Juana Paula Manso: vida y acción, Buenos Aires, Porter, 1937.)

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