Prólogo de Juana Manso a la traducción de Las lecturas sobre educación por Mr. Horacio Mann

EL TRADUCTOR

Las lecturas sobre educación por Mr. Horacio Mann constituyen un libro clásico sobre la materia educacionista, cuyo primer prionner ha sido indudablemente el propio Horacio Mann, como lo comprueban no solo los tópicos sobre los cuales esas lecturas han versado, sino más explícitamente la quinta Lectura, donde se constata la dignidad como la degradación de la educación.

Antes de Horacio Mann, han existido hombres más o menos benéficos que han fundado Colegios, Universidades y aun Escuelas. El mismo Rivadavia entre nosotros se esforzó en generalizar la instrucción primaria por el intermedio de escuelas gratuitas entre los pobres. Desparramadas en la superficie del continente europeo se encontraban también leyes, resoluciones y sistemas como en Prusia, Holanda y Suiza, la Noruega y la Escocia, pero a la vez, no existía la ciencia propiamente hablando.

No existía un cuerpo de doctrinas generales conteniendo en sí mismas los gérmenes organizadores de un arte y de una ciencia: son precisamente esos gérmenes los que se encuentran en las lecturas y los informes de Mr. Mann.

Las grandes teorías sobre la necesidad redoblada de educar los pueblos republicanos, la necesidad urgentísima de dar a cada hombre la interna fuerza que sirve de ante-mural a los desbordes de las pasiones y las malas propensiones. La consolidación del sistema, tornándolo uno de los primeros ramos de la administración pública, por medio de leyes que forman la renta y garanten en el tiempo ilimitado la siempre renaciente personalidad de la infancia; como la iniciación del arte de enseñar basado en la METODOLOGÍA, son principios indestructibles lanzados por Mr. Mann en cuerpo luminoso de doctrinas que han elevado por vez primera la educación a su rango de ciencia social. Nadie que lea sus profundos escritos puede abrigar dudas ni permanecer indiferente aquel fuego que ardía en su corazón por la humanidad, se comunica al lector, como penetra hasta el fondo del alma el sentimiento de la responsabilidad religiosa de nuestras acciones y la convicción que nos debemos en primer lugar a Dios antes que la transitoria satisfacción de los goces terrenos. Tanta unción y verdad hay en los escritos de este hombre que duplican la potencia observadora, como re doblan el amor a la verdad y centuplican aquella fuerza divina que nos mantiene serenos y templados en las horas de prueba de este mundo precario y lleno de amarguras y desencantos.

El alma de Horacio Mann esta estereotipada en sus lecturas, ella es como un astro esplendoroso que resplandecerá en los siglos cada día con más fulgor a medida que sus palabras se pesen en el criterio de otras generaciones más vigorosamente desarrolladas en su inteligencia y raciocinio.

Pocos libros se habrán escrito tan sustanciales como el conjunto que estas lecturas presentan, donde en eslabonada exposición, el autor ha desarrollado un plan tan vasto, que cada uno de sus tópicos podría ser materia de un volumen.

Campea sobre todo en sus lecturas la dignificación de la especie humana, llamada a  semejarse a su Creador para el acabamiento de su obra.

Profundo anatomista de la naturaleza moral del hombre, coloca siempre a éste entre el demonio de la tentación y el ángel del sacrificio, apuntándole alternativamente ya para el cielo ya para el infierno. Libre y dueño de sí mismo; libre y esclavo de sus apetitos ciegos.

Si hay un mortal que desde el pedestal de la tierra, haya tocado con su frente el cielo, ese mortal es Horacio Mann.

La idea remota pero inevitable de la inmortalidad está siempre en el horizonte de todas sus perspectivas. La razón política está en su mente subordinada al cielo.

Acaso los partidarios de la alegría, no lo serán de Mr. Mann, es decir, los que pasan una dócil esponja sobre todas sus imperfecciones para aturdirse entre la algazara de la risa; pero los que, comprenden la alegría del trabajo, del estudio, la alegría de una conciencia tranquila, esos han de deleitarse en la lectura de las obras de Mann y han de pagar a su memoria aquel tributo de respeto que es como la amistad póstuma que solo saben inspirar los grandes hombres.

Bástame decir una palabra sobre mi trabajo.

Al revés de muchos, me he esforzado, en traducir literalmente, apartándome si posible fuese de la propia índole del español, que ha dejado de ser una lengua viva en la civilización de este siglo volviéndose una especie de sonata empalagosa de frases retóricas por el abuso de las figuras y su poca naturalidad de sintaxis.

Pude haber hecho preparar una edición económica a poco costo: la convicción que el público no compraría, y la desconfianza que los gobiernos no le prestasen una franca y liberal protección, unido a la exigüidad de mis recursos ha reducido esta importante obra, que debería circular por millares, a 60 ejemplares entresacados de los Anales. Estos son hechos tan elocuentes que no necesitan comentarios. Principié en Mayo de 1868 terminando en Diciembre del mismo año una traducción de un volumen de 160 páginas que han dado el doble en español, a pesar de expresarme en el estilo más conciso. No me alentaba la perspectiva del lucro en tantas horas de labor, si no la esperarse de hacer un servicio a mi país, porque no desespero que más tarde este libro circule con más profusión que su limitado horizonte de hoy. Cuando el porvenir, aun ésta remota esperanza desvaneciese, siempre me restaría el consuelo de haber llevado a cabo una obra meritoria.

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