New York Daily Tribune, 29 de Abril de 1846. Breve biografía de Francisco De Sá Norhona en la voz de una joven Juana Paula. Prof. Karina Belletti – Dr. Barry Velleman

Noronha en 1861, dibujo de Emilio dos Santos da Rosa e Costa

Mucho antes de emprender la defensa de las mujeres y algunas vidas antes de los Anales, Ambas Américas, los jardines, las escuelas y las conferencias públicas, hubo una joven Juana Paula que escribió ficciones para acompañar los sueños musicales de un talentoso, autodidacta y catártico violinista y compositor portugués. Francisco de Sá Noronha fue su gran amor, su esposo y el compañero de aventuras con quien se casó en 1845 y el hombre que, además, la abandonó años después (Luísa Cymbron, Francisco de Sá Noronha (1820-1881): um músico português no espaço atlântico [Lisboa: Ediçoes Húmus, 2019], págs. 51, 60-62).

El camino más fácil sería servir en bandeja la interpretación obvia: la joven que ama, deja todo, padece penurias y hambre y es, más tarde, abandonada a su propia suerte y talentos con dos hijas. Hay un problema: nada en Juana Manso debería ser tan lineal. Es por eso que este artículo dejará las puertas abiertas y aportará la palabra de la protagonista. Quizás, nuestro mayor mérito resida en eso: haber encontrado la fuente original.

Adjuntamos la versión al español  de la breve biografía que el New York Daily Tribune decidió traducir al inglés y publicar sobre el violinista Francisco de Sá Noronha el 29 de abril de 1846 con motivo de la agenda del músico en la gran ciudad y su estadía junto a su esposa encinta. El artículo periodístico, plagado de detalles, es un dibujo estilizado, romántico y perfecto que solamente podría venir de la pluma de quien lo amaba profundamente.  Lleva la siguiente firma. J.P.M. de N. (Juana Paula Manso de Noronha). Por primera vez, en español, compartimos el retrato de su marido.

Los hechos son innegables. Algunos años después de los viajes del matrimonio por Nueva York, Filadelfia, Cuba, los Noronha regresaron a Brasil. En 1853, después de la caída de Rosas, Juana y las dos hijas se establecieron en Buenos Aires, mientras que Noronha partió para Pernambuco, pasando luego a Inglaterra y Portugal (Cymbron, págs. 73-74). El violinista regresó a la familia varias veces antes de la separación final en 1859, colaborando con Juana y sus hijas en producciones musicales originales. Al final, Juana eligió seguir amándolo, transformarse, reinventarse y convertirse en la heroína feminista que conocimos después.

En las palabras de Héctor Nicolás Santomauro:

Juana Paula, la mujer, espiritualmente madura; asume el fraternal sentimiento de humanidad como razón decisiva para encauzar su vida hacia nuevos destinos. Las horas de amargura en patria extranjera [los Estados Unidos, entre 1846 y 1848] no habían pasado en vano. En la porfía . . . registra una visión conmovedora de las pasiones del hombre: la envidia, el egoísmo, la miseria, la opresión, el autoritarismo de los poderosos, la dura condición social de la mujer, la lucha por la libertad. Se promete entonces, poner sus experiencias y conocimientos al servicio de la civilización, a la causa del Abecedario. (Juana Manso y las luchas por la educación pública en la Argentina [Buenos Aires: Corregidor, 1994], pág. 62)

Estas son, también, las palabras de Juana a la vuelta del camino: “He sido fiel a mi amor, no a Noronha. Nunca olvidaré sus amores conmigo; tampoco sus desamores. Él abandonó mi amor; yo no”.

Para terminar, los invitamos a escuchar al violinista Gian Paolo Peloso, que subió el canal de Pedro Camacho, en enero de 2020, la fantasía de Noronha del “Trovatore” de Verni. La música, como la vida, acepta múltiples interpretaciones. Cerremos los ojos: una joven Paula, embelesada, tararea la música de su amor mientras imagina letras, guiones y personajes que acompañen tanta pasión y ego en el escenario. No sabe, aún, que la esperan muchos conciertos en soledad,  ante una sociedad, prensa y autoridades a quienes dará noble y feroz batalla.

https://www.youtube.com/watch?v=thMSe83wIXI

TRADUCCIÓN

THE NEW YORK DAILY TRIBUNE, 29 de abril de 1846

Nota biográfica del artista Noronha

Traducido para The Tribune

S. NORONHA nació en Portugal en Guimaraes, la antigua residencia de los reyes de Portugal. Destinado al claustro desde la cuna, su educación siguió, en consecuencia, el curso esperado. El tutor era músico y sacerdote, al mismo tiempo que un hombre de marcada integridad y nobleza; sentimientos que, desde el principio, quiso instaurar en el corazón de su discípulo.

Se le prohibió el estudio de toda disciplina, a excepción del latín y la teología. En definitiva, todo aquello que no fuera de la esfera monástica le fue negado. Sin embargo, soñador y poético como era, se despertó en él el deseo de tocar el violín al escuchar a su tutor.

Creyendo que la música no interferiría con el destino ya asignado al pupilo, el maestro le dio las primeras lecciones que, a pesar de la dificultad material y el cansancio, tuvieron pronto avance y fueron, para él, menos tediosas que el latín. Al año, la dedicación fue absoluta. Al segundo año, el pequeño Francisco había alcanzado al maestro y se había ganado la admiración del pueblo de Guimaraes.

A partir del momento en que la música dejó su condición material y en el instante en que se develó la vaga y encantadora poesía de la armonía, la vocación llegó a él; tocar bien el violín fue el único deseo, con la negación y abandono de cualquier otro estudio.

La llegada de Don Pedro I, también conocido como el duque de Braganza, trajo libertad a Portugal, apertura de los monasterios y la consecuente salvación del niño de un horrendo destino.

A los 16, su talento se hizo conocido entre muchos, quienes en lugar de fomentarlo, pretendían apaciguarlo. Se vio sometido a las burlas en su patria natal que, para su mala fortuna, eran moneda corriente en un país con ingratitud al genio.

En búsqueda de algo más allá de esta inmerecida y sorda persecución, con la primera confianza herida y el espíritu lacerado por una patria indiferente y egoísta, se embarcó a Brasil.

¿Pero qué haría en esas tierras tan lejanas y desconocidas? Sin nada saber, a los dieciséis, educado como niña, era noble y leal. Creía que los americanos, los habitantes de este nuevo mundo, serían inocentes, como lo era él.

Para el joven, esta bella región, tierra virgen desconocida que el genio del hombre, en otros tiempos, había usado como juguete ante los pies de la reina, era el sueño dorado de la más dulce ilusión.

El azar lo hizo detener en la isla de Madeira al comenzar su viaje a América. Los jóvenes del lugar lo convencieron de tocar en el pequeño teatro “des dillettanti” [sic] donde lo aguardaba el primer triunfo con entusiasta aplauso, lluvia de flores que las damas arrojaron de sus cabezas y vestidos y una considerable suma en reconocimiento. Retomó luego su travesía a Brasil.

Brasil es una de las naciones del mundo que el creador ha envestido con incontables riquezas y la naturaleza dotada de tal inmensidad poética que se despliega ante el alma más prosaica. Pero, ¡ay! ¿Por qué, bajo un cielo tan azul y brillante, sólo se encuentra el positivismo en la sociedad, la corrupción en las formas y la indiferencia en cada ser? ¿Por qué en una tierra tan llena de poesía y tan majestuosa, se nos condena a toparnos solo con los autómatas? ¡Ni un solo espíritu poético! ¡Ni una sola alma!

¿Era este el país apropiado para un artista; para un poeta que anhelaba intoxicarse de toda esta inspiración virginal y sublime? ¡Oh, no! Perdido en medio de este mundo desconocido, sin consuelo alguno, sin siquiera un amigo que se le presentara en ocasiones como un artista. En ese momento, el arte era algo desconocido en Brasil. El joven era bien parecido, tocaba con una expresión melancólica y fue bien recibido en cada lugar. Sin embargo, permaneció en la incomprensión y en la soledad de este desierto poblado.

Luego de comenzar a componer en Río, viajó bastante al interior del país y fue el primero en hacer conocer el vaudeville en Brasil. Pero la composición de los vaudevilles (de los que no solo hacía la música sino también la letra) fue nada más que la máscara del artista. Mientras le proveían un medio de vida honesto, continuó con sus estudios del violín, compuso piezas para el instrumento y mejoró su técnica cada día más.

Continuar la práctica del instrumento fue la respuesta a una necesidad ya que ninguna ganancia para él dejó. El violín sirvió para la protección de viudas, huérfanos y esclavos en búsqueda de la compra de la libertad. Jamás tocó en beneficio propio.

La emulación fue lo único que lo podría impulsar y el momento por fin llegó. Apareció un joven italiano en Río que se creía que había sido discípulo de Paganini. Dio dos conciertos y fue muy aplaudido.

Noronha lo escuchó. En un evento benéfico de un cantante, solicitó permiso para tocar ya que sabía que el italiano también había sido convocado. El italiano declinó el desafío y la prensa le reprochó su excesiva modestia, tan poco común en estos casos. Por lo tanto, el joven portugués de tan solo 19 años, se terminó presentando solo al evento. No solamente tocó sus propias composiciones sino que también un waltz al estilo de Strauss, a quien los brasileños llamaron “el Jesús de La bemol”. Además, llevado por uno de esos raptos de genio producto de la emulación y una abrasante sed de gloria, tocó de una manera enteramente nueva, desarmando el arco y pasando el violín entre las cerdas y la vara para simular una pequeña orquesta y así ejecutar la overture a l´italliene en La natural y una marcha con una armonía como si fuera un clarín, acercándose así a la imposibilidad.

Existía, ahora, una percepción de que había algo más en este joven además de simple talento. Un joven que era efusivamente aplaudido y cubierto de elogios en la prensa pero que se replegaba en el silencio y la oscuridad luego de haber causado la mortificada despedida de su rival del momento. No obstante la natural modestia de Noronha, sentía que era merecedor de la corona del público, que se la había ganado, su deseo se había cumplido y se sentía satisfecho.

En cada ocasión que era convocado para acompañar a alguien, su progreso resultaba sorprendente, aunque desafortunadamente, él era el único que no lo notaba.

Transcurrían los años en esta uniformidad con la negligencia de siempre y la misma soledad del alma. Más triste se volvía cada día, sobrepasado por un cansancio mortal y un carácter naturalmente melancólico en él. Eran su tierna y adorable alma y su corazón desierto desde la cuna los que sentían la necesidad de ser comprendido, realmente amado y acogido por otra alma, que fuera capaz de comprenderlo y lo aferrara a la esperanza y al futuro.

En este mundo, existía otra alma huérfana como la suya, otro corazón que se sentía ignoto y solitario. Se encontraron en el mismo sendero y como dos hermanas separadas hace tiempo, se acercaron, se reconocieron y se volvieron uno solo. Desde ese instante, el joven artista vislumbró el futuro y en su pecho, revivió el deseo de gloria. La suerte hizo el resto.

Luego de la boda, se preparó para dejar Brasil y comenzar una carrera como artista en cualquier otro lugar y justo en ese momento, apareció otro italiano que no solo se decía el discípulo de Paganini sino que también había heredado su violín. En resumen, un charlatán.

Con la protección de los italianos de Río, que lo veían como a un genio europeo (aunque no era un compositor), fue invitado y adorado en todas partes, en virtud de sus poderosos protectores. El italiano dio un concierto. Noronha lo escuchó y al día siguiente, tomó medidas para realizar una actuación similar. Tuvo la gran mala suerte que tanto el director como el presidente del comité teatral eran portugueses. No lo rechazaron abiertamente ya que Noronha iba a alquilar el lugar, estaba dispuesto a pagar el monto acordado y tenía el mismo derecho que cualquiera. Sin embargo, lo humillaron y se burlaron de él de todas formas posibles hasta que transcurrido un mes de paciencia y tolerancia y luego de haberle otorgado el teatro a otros en dos oportunidades, le confirmaron que por doscientos piastres, le darían acceso al predio sin las luces para el concierto. No les importó los años de su estadía en el país. Por el contrario, parecía un factor más para mofarse de su  joven compatriota, al que deberían haber alentado y de quien deberían haberse enorgullecido por haber sido el primer violinista talentoso de Portugal.

Finalmente, al cabo de enormes gastos y dificultades y una semana de lluvias, el día llegó, tan húmedo y llovioso como los anteriores. A pesar de ello y contrario a las costumbres del lugar, el teatro estaba lleno. En honor a los nativos del Brasil, ninguno de ellos se mostró indiferente al éxito del artista.

Como última fase de la vida de Noronha en Brasil, les daré la historia completa de aquella tarde.  Al terminar la obertura habitual, se levantó el telón. El más profundo silencio se apoderó del lugar: las damas y extranjeros, con una sonrisa, estaban a la espera ya certera del triunfo que se había vaticinado. Al mismo tiempo, los brasileños, al aguardo y claramente identificados con el artista, parecían esperar la sentencia de aquellos para otorgar la gloria o el olvido. Noronha fue amado y tenido casi como un hijo de esta tierra. Solo los portugueses miraron con recelo y poco apostaron a su joven compatriota.

Se levantó el telón y Noronha hizo su entrada, calmo y pálido, después de haber estado enfermo algunos días. Resonó el afectuoso y comprensivo aplauso del público, al que le siguió el silencio y la expectativa.

Noronha no quiso regalar ni una sola entrada. Desde su percepción de artista, preferiría la ruina antes que prostituir su fama con la compra de inmerecidos aplausos.

Empezó con la pieza que se titula “Los últimos momentos de Tasso”. Desde la primera variación, se escuchó por todos lados ese suave sonido (la voz popular que siempre nos recuerda el grito de una tempestad). La pieza culminó en numerosos aplausos y con cada nueva interpretación, el entusiasmo iba en aumento. Fue en este preciso momento que Noronha tocó por primera vez la dulce y pequeña fantasía de uno de los temas de Thalberg que, para él, representan el ensueño musical más conmovedor, lleno de inspiración y tristeza.

Ni un corazón quedó ya sin ser apresado. La pieza con su simpleza y tristeza descendió a la audiencia como una descarga eléctrica, asegurándole un inmenso y brillante triunfo con uno de esos aplausos que retumban en el techo del teatro y retumban solemne y colosalmente. El artista fue llamado a escena y fervorosamente aclamado. A partir de ese instante, en cada aparición, el retumbe de los aplausos se repetía. Luego del “Trémolo de Bériot”, hizo el juego del arco que había descubierto y otra vez,[fue llamado a escena. Parecía que el público no quería verlo irse tras bastidores.

Al terminar la velada y terminado el evento programado, se levantó el público y la cortina comenzó a descender cuando sorpresivamente Noronha regresó y entonces, la cortina volvió a subir al tiempo que extendía su mano derecha a la gente que, curiosa y sorprendida, regresó a sus asientos. Entonces, el artista se acercó lo más que pudo, asumió una actitud diferente, con esa facilidad nata de los talentos y empezó una parodia del charlatán que días atrás se había presentado como el heredero de Paganini. La audiencia comprendió la lección y el buen gusto del artista, quien después de haber desplegado su arte con tal brillantez, se personificaba con ridiculez y charlatanería para distanciarse mejor de esa clase. Hizo dos apariciones más en dicho teatro durante esa semana, a beneficio de una joven actriz y de la hermandad de Santa Cecilia. A sala llena en cada oportunidad, se instaló así el artista como un personaje novel. Dos días después, dejó Rio de Janeiro; otra vida se desplegaba ante sí.

Lo que comúnmente se denomina la escuela no es lo que he admirado en Noronha; es él el arte personificado, pero no el arte como se concibe vulgarmente, no una masa de reglas y fórmulas. Es únicamente esa grande y noble inspiración tan despótica en sus impulsos y en su ejecución, y tan incomprensible en su existencia que solamente puede comparársele con el aliento de la deidad y por ende, en el artista buscamos esa porción angélica, algo que lo eleve por encima de los mortales.

Como individuo, Noronha atravesó infancia y primera juventud bajo el velo del infortunio, oculto en esas primeras penas, amargas decepciones que más de una vez han apagado el talento desde la cuna.

Al contarme su historia, desde sus primeros recuerdos, con voz dulce y penosa, me dijo: “Amiga, es esta la pura confesión de todo mi existir, nada queda por decir a mi Dios que lo que ya te he dicho”.

La fuerza de su propio carácter y la filosofía con la que ha afrontado las más duras pruebas nada son al poner en consideración su progreso artístico. Es casi inconcebible, para mí, que este joven haya alcanzado semejante lugar en su carrera, después de haber sido puesto en medio de una sociedad retrógrada sin un círculo artístico que cultivara el arte, sin ambición alguna, únicamente para sí, sin pretensión ni presunción y con esa simpleza que forma la auténtica característica del genio.

Para aquellos que conocen a Noronha desde hace tiempo, es una convicción que, luego de una dedicación plena a una práctica tan difícil como es el violín, volverse un compositor ha sido la respuesta a una necesidad inherente a su ser. Toca el violín con la misma naturalidad con la que habla o realiza cualquier otra tarea en su vida.

Estos hechos de la vida de un artista se revelan solo ante quienes lo ven en su vida doméstica y pueden penetrar en los rasgos íntimos de la propia conciencia y poder adentrarse con una mirada casi maternal a las profundidades del yo de su ser amado. Es por ello que la tarea del biógrafo solo puede estar en las manos de una madre o una esposa. Es así como me he convencido que el Sr. Noronha ha nacido músico – toda su vida es música y creo que el violín no solamente es un intérprete de sus sentimientos sino casi como una porción de su ser.

A sus veinticinco años, Noronha raramente sale de su casa, bailes y lugares de esparcimiento no le atraen, pero disfruta de una buena compañía sin dejar su hogar. La vida diaria se divide en dos fases; una de composición y la otra, de la práctica del violín. Cuando no está absorto en alguna de ellas, está pensativo e insatisfecho. He notado que cuando se halla en medio de un ruidoso círculo y escucha varias conversaciones a la vez es cuando más fácilmente puede componer. Al tocar, es diferente. Jamás desea tocar por obligación cuando está acompañado, aunque no debemos confundir compañía con las interpretaciones en público. El público es, para él, un gran espejo de su alma donde pretende ver el reflejo de sus propias impresiones. Es por eso que lo escucho cuando se dice a sí mismo mientras compone: “les gustará “. Cuando le pregunto “¿a quién, mi amigo?”, me responde “a la gente”. Más de una vez, me ha venido esta singular idea: “se debe a que Noronha es uno de esos hombres que tiene una fuerte conciencia del buen sentido y la infalibilidad del pueblo y que para él, la música que a él le gusta debe ser del gusto de la gente también”. Hasta ahora, no ha fallado nunca en sus predicciones. Me gustaría mencionar una última característica peculiar: no hay una persona en el mundo más tímida que él y al mismo tiempo, no hay triunfo o éxito que pueda sorprenderlo o enorgullecerlo. Jamás conocí un corazón más puro que el suyo y la bondad natural de su alma es perfectamente angelical. J.P.M. de N.

 

 

Comments

  • Maria Eugenia Giussani

    ¡Muy bello y emotivo!

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