Mesa del editor II. Juana Manso

El concurso de oposición para obtener el puesto de director de una Escuela, extensivo hoy a  las mujeres, lo conceptuamos uno de los adelantos reales en la educación de la mujer, señalando el comienzo de una época menos azarosa que aquella que tantas veces hemos combatido como perniciosa a la educación, cuando se obtenían las Escuelas por empeños, para cubrir las necesidades de una madre indigente, muy meritoria a veces, pero inhábil para desempeñar su cometido.

Hacer de las Escuelas, asilos de indigentes, en vez de talleres para fundir la estatua del porvenir, era un proceder no solo absurdo sino monstruoso.

Confiada la mujer en su apellido, en los empeños, en las relaciones, el profesorado jamás podía llegar a ser una carrera, sino un recurso para aliviar la desgracia. Sabiendo hoy que las escuelas requieren habilitaciones especiales, y que la época de los empeños caducó, la mujer se dignificará por una educación más esmerada que le promete otro porvenir.

Esta evolución, no importa entretanto un cambio radical, equivale tan solo a reconocer que la Escuela no es un recurso para aliviar la indigencia, sino una cátedra donde deben enseñarse metódicamente (a lo menos) los rudimentos que forman la base de la instrucción.

Este reconocimiento es algo, que cuando no reporte ventajas inmediatas a la educación, deja ileso por lo menos un principio de eterna justicia, que prohíbe sacrificar el porvenir de una sociedad entera a las necesidades transitorias de media docena de individuos, quedando así triunfante la conveniencia pública sobre la conveniencia privada.

Sin embargo, la Escuela es todavía considerada como un lugar donde los chiquillos van a aprender a leer, escribir, contar y la Doctrina, por Astete!

Es decir que hemos conseguido que se exija que las maestras sepan leer, escribir y contar, puesto que deben enseñarlo.

Fáltanos comprender lo delicado y lo difícil de la obra, el Gobierno de la Escuela, la formación del carácter, los mil requisitos que forman del institutor, un verdadero apóstol de la humanidad, un segundo artífice del corazón humano, un artista cuya delicada misión es pulimentar la estatua humanidad.

A medida que esas ideas de los conocimientos que el maestro debe poseer, vayan arraigándose en la conciencia pública, la dignidad del profesorado irá ensanchándose hasta hacer del maestro un hombre profesional. El aprecio o el desdén con que la sociedad mira los individuos tiene por origen la importancia científica de estos.

El abogado que defiende nuestros intereses, está considerado como un sabio porque ha estudiado las leyes que nos protegen, o cuya condenación queremos evitar.

En nuestras enfermedades, el médico es un Semi Dios; su salario nunca es caro, nuestra gratitud no reconoce límites. – El médico es un archi-sábio, de cuyas manos recibimos el más precioso de los dones del Altisimo, la salud!

El sastre que nos corta la ropa, la modista que confecciona la gorra; el zapatero que hace nuestros zapatos, todos gozan de cierta consideración profesional en la escala que utilizamos sus servicios; solo aquel, o aquella a quién entregamos lo más caro que tenemos sobre la tierra, nuestros hijos, solo esos, son mirados como simples asalariados, cuyo deber es soportar humildes las impertinencias de nuestros niños, porque no curamos que sean enseñados, sino soportados en cuanto alcancen las fuer zas de la paciencia humana.

Pero ¿cómo ha de hacerse profesional el Maestro que jamás ha tomado en sus manos un libro que trate de la profesión que ejerce?

Cuando no lee un solo periódico relativo a la Educación. En esta Provincia, donde los Anales cuentan cerca de siete años de su 2a Serie, está prohibida su lectura en las Escuelas tanto Municipales como de la Sociedad de Beneficencia, por la sola razón de no existir una ley de instrucción pública encontrándose ésta dominada por las simpatías o antipatías individuales de los que tienen a su cargo las Escuelas.

De modo que no llega hasta los Maestros ninguna influencia benéfica que los sacuda del sopor causado por el aislamiento en que viven.

Y con todo, debemos felicitamos que el concurso al preceptorado se haya hecho extensivo a las mujeres; aun al paso del Buey se va adelante.

Juana Manso. Anales de Educación Común. 1871

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