MARIQUITA SANCHEZ: EL CUERPO DE LA MEMORIA Liliana Zuccotti

 

Cuando a principios de siglo Ricardo Rojas inicia la elaboración de la primera Historia de la Literatura Argentina  trabaja con un concepto amplio de lo que puede ser leído como  tal.

La literatura argentina -inexistente para muchos intelectuales- surge en la medida en que se desliga de un concepto riguroso de ficción. Rojas, más que una historia literaria, está organizando una historia de la escritura que le permite pensar una identidad nacional. Entran entonces en sus tomos una serie de textos que piden ser leídos en un complejo entramado que reúne en forma inseparable la ficción a la escritura política o al ensayo histórico y económico.

La escritura de mujeres, sin embargo, no ha sido vista en este sentido. Antologizada más por su carácter exótico o como una curiosidad, se la ha desprendido de una producción concreta, legible desde la constitución misma de la literatura nacional.

Sintetizando mucho: durante las guerras de la independencia o durante el conflictivo período rosista la forma de vida de muchas mujeres se modifica notablemente. El destierro político o la ruina económica las saca del ámbito más convencional del hogar. Exiliadas, viudas o huérfanas de soldados de la independencia o partidarios políticos, no pueden sustraerse a las consecuencias a que las coyunturas políticas las someten.

Aunque las mujeres no unen su escritura a una práctica política concreta (con escasas excepciones, como algunos trabajos de Juana Manso), sus textos tematizan permanentemente los avatares políticos y los acontecimientos históricos en otro sentido.

En medio del desamparo económico y muchas veces sin una familia que las respalde, las mujeres de familias anteriormente más o menos acomodadas deben encontrar un modo de ganarse la vida. Por un lado, entonces, la “Historia” y la política serán el marco que condicione una serie de experiencias que viven estas mujeres, experiencias que entrarán a la ficción en relatos en que la escritura de la historia se vinculará definitivamente a la profesionalización de la literatura. Por el otro, la Historia se inscribirá vinculada a la necesidad de profesionalizar la enseñanza, en textos como el Compendio de Historia de Juana Manso.

Este trabajo propone algunas hipótesis para un caso previo, el de Mariquita Sánchez, en que Historia y política entran de un modo más episódico a la escritura de mujeres del siglo XIX. A modo de prólogo, quizás, de otras escrituras, de otras mujeres.

La correspondencia de Mariquita Sánchez delata una incómoda discontinuidad entre aquello que se sabe y aquello que se puede hacer; entre el exceso de acontecimientos y la consiguiente imposibilidad de narrarlos. Por un lado, su particular posición social la coloca en el centro de un complejo entramado de conspiraciones, noticias, rumores y secretos; por el otro, el hecho de ser mujer la aleja de intervenciones políticas concretas que escapen al ámbito de las palabras.

En sus cartas, Mariquita se excusa constantemente de no poder dar cuenta de todos los acontecimientos, de todos los pactos políticos, de todas las traiciones. Imposibilidad que vincula siempre a los límites que le impone el género epistolar. La escritura de la carta funciona entonces corno síntoma de la necesidad de otra escritura, la del libro. Pero éste se aplaza en forma indefinida, entre otras cosas, porque la época coloca a Mariquita ante otro compromiso: el de practicar una escritura ocasional, intrascendente si se quiere (frente al plan del libro y su voluntad de perduración), pero eficaz en otro sentido. ” … cuando pienso que esta carta puede perderse -se queja Mariquita-, se me cae la pluma y no sé lo que debo escribir”‘. El desaliento cerca esta escritura: en constante riesgo,que desespera de encontrar sus destinatarios. Las cartas apelan entonces a un lector incierto, a sabiendas de que el pacto tácito de privacidad es precario y de que la escritura familiar bien puede ser leída corno afirmación política al hacerse pública en La Gaceta. Así, una amplia zona del epistolario trabaja en el límite de lo público y lo privado, previendo tanto al destinatario explícito corno al intruso. Aún el sello de individualización por excelencia, la firma, se empaña, se vuelve sospechoso y se abre un juego por el cual todo lo escrito puede ser atribuido a cualquiera según la contingencia de los rumores.

La voz de Mariquita se retrae y adopta claves, insinuaciones, guiños. Relatar desde el exilio  obliga a un complejo ejercicio que se plasma en una escritura en clave: Brian ocultará el nombre de Juan María Gutiérrez, Wilson el de Carmen Belgrano, Petiso el de Juan Thornpson, incluso la propia firma será ocasionalmente condensada, concentrada en la inicial M. El apellido inglés (Thornpson por Mendeville), junto con los seudónimos ingleses, adquieren entonces un plus de significación al funcionar simultáneamente corno velo, nombre  alternativo y salvoconducto.

Leer completo en:

http://anuarioiehs.unicen.edu.ar/Files/1993/012%20-%20Mariquita%20Sanchez,%20el%20cuerpo%20de%20la%20memoria..pdf

~Este trabajo forma parte del proyecto Mujeres y escntura en el siglo XIX, coordinado por la profesora Cristina Iglesia.

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