Manuscrito de la madre- 3 de abril 1846 (Viaje a Estados Unidos)-Juana Manso

Hay días en la vida de una criatura que sería necesario señalar con piedra negra, y el que figura a la cabeza de este capítulo es uno de ellos. Serían las ocho de la noche del día 3 de Abril de 1846 cuando el ruido de las cadenas y del ancla nos anunciaron que el Bergantín Goleta Cumberland, daba fondo en la margen del Delaware donde se asienta la ciudad de Philadelphia. El aire era frío y penetrante como lo es por lo general en la primavera en estos Países, veníamos también habituados al clima cálido de la Costa del Norte del Brasil y el frío se nos hacía doble haciéndonos temblar de pies a cabeza.

El Capitán del Cumberland había partido en uno de los innumerables vapores que cruzan el Delaware en todas direcciones dejándonos fondeados por falta de viento dentro del río: ni N… ni yo hablábamos una palabra de inglés, de manera que al llegar a Philadelphia de noche no sabíamos ni como poder desembarcar: el Piloto y los marineros se aprontaban a saltar a tierra mientras que nosotros molidos de un viaje de cuarenta días al que se agregaba la falta total de comodidades del buque; temblando de frío y mudos por necesidad, estábamos sentados sobre nuestros baúles mirándonos y sin saber qué decir uno al otro; bien resignados a la verdad a pasar la noche allí si nos lo permitía el Piloto y esperar la luz del día para entonces tomar un partido. Ya comenzábamos a sentir la falta del idioma y más aún la falta de un amigo o a lo menos de gentes a quienes nos ligasen algunas conexiones…¡ alguna simpatía…!

En aquel momento bajó a la cámara el Práctico del Río (que tengo mis razones para pensar que no era americano), y haciéndose entender como pudo por señas y algunas palabras que yo entendía en inglés se ofreció a conducirnos a un hotel: nosotros veníamos con destino al United States Hotel, de modo que saltamos en tierra y seguimos a nuestro guía que echó a andar delante de nosotros queriendo ya instruirnos en las calles y lugares más notables de la ciudad sin calcular que en primer lugar no nos era dado comprender lo que decía sino fugitivamente y en segundo lugar que casi yertos de frío nos apretábamos uno contra el otro y aminábamos ansiosos de llegar a lugar abrigado.

La noche como ya lo he dicho estaba fría y casi toda la gente que encontrábamos corría por las calles; los hombres envueltos en sus redingotes, las mujeres en sus capotillos.

En fin, nuestro guía paró a la puerta de una grande casa que tenía cinco pisos y nosotros fuimos introducidos en la sala de las señoras del United States Hotel. Ardía un buen fuego en la chimenea, una buena taza de té nos hizo volver al calor y después de algunos minutos una blanda y mullida cama de plumas en el cuarto 113 nos daba el reposo de que tanto habíamos menester. En cuanto a nuestro guía, así nos vio establecidos en el Hotel nos dio las buenas noches y quedamos nosotros solos en medio a aquel mundo desconocido.

Nosotros veníamos a los Estados Unidos impulsados por los consejos perniciosos de un hombre que no tuvo más objeto sin duda que agarrarnos el dinero del pasaje; y nosotros, con esa confiada imprudencia de la mocedad inexperta, nos arrojamos con escasos medios a probar fortuna en país tan extraño y distante.

Sin embargo no dejábamos de conocer que nuestra posición era peligrosa y que el más leve contratiempo podía acarrearnos graves consecuencias: y nunca la criatura piensa más y reflexiona en su vida que cuando da un paso falso o comete una imprudencia; pero esta cordura sólo viene después del disparate consumado.

Así nosotros ahora que ya estábamos en una tierra extraña cuyo idioma no comprendíamos y con tan poco dinero en el bolsillo, sentíamos una especie de malestar que los fatalistas suelen llamar presentimiento.

Yo principalmente me sentía triste acordándome de lo que generalmente se decía del carácter frío e interesado de los americanos y de la repugnancia que sentía al venir a este país: con todo, tu padre y yo nos mecíamos con suaves y brillantes quimeras y hacíamos mil castillos en el aire, hijos de los embustes con que el Cónsul americano en Pernambuco nos había trastornado el juicio.

Costumbre pésima de exagerar todas las cosas del país natal que no es patriotismo sino fanatismo ciego que nos induce al error; pues cada tierra tiene sus buenas y malas calidades.

Por eso cuando por vanidad queramos pintar perfecto aquello que nos pertenece y juzgamos que de ello podemos engreírnos, sacrificamos no sólo el testimonio de la conciencia que nos avisa que mentimos, como también nos exponemos a sacrificar el destino y aun la vida entera de los que oyéndonos y respetando nuestra palabra, se guían por lo que dijéremos.

 

UN PRIMER AMIGO EN EL PAÍS

A la mañana siguiente de nuestro arribo a Philadelphia, N… fue a desembarcar el equipaje y yo temblando de frío en mi cuarto donde por economía no habíamos hecho encender lumbre, bajé a la sala de las señoras por haber allí un buen fuego.

Los primeros momentos que se pasan en la tierra extranjera son todos de admiración y aturdimiento; después de eso, cuanto más opuestas son las fisonomías populares del país que dejamos y aquel a que llegamos, más fuertes son las sensaciones y extrañeza que nos asaltan.

Salir del Brasil, callado, cerrado, donde las mujeres viven casi presas, salir de sus callejuelas sucias y angostas, llenas de negros medio desnudos, y encontrarse después de un largo viaje de mar en medio de una población bulliciosa, donde las mujeres van al par de los hombres, donde una animación extraordinaria reinan, son fases tan opuestas que por fuerza chocan la mente del viajero.

Yo me senté, pues; junto a una ventana y escasos eran mis ojos para verlo todo y observar hombres, niños y mujeres.

Una persona que me dirigió la palabra en español en la sala donde yo estaba, me sacó de mi distracción y con esa emoción inexplicable que se siente en país extraño cuyo idioma nos es extraño también, al oír la lengua patria, di vuelta la cabeza con premura y me encontré con un hombre que veía por primera vez de mi vida. Mi interlocutor se sentó y me dirigió la palabra en estos términos:

-Señora, he visto en el libro del Hotel el nombre de N… y su mujer; creo que V. será la mujer del individuo en cuestión a quien deseo ver por parecerme que su nombre es español o portugués.

-Es portugués —le contesté yo.

-Pues me alegro en el alma —dijo él— porque yo también soy portugués y ahora mismo voy a ver dos amigos míos y paisanos, para que lo vengan a ver.

Hablamos más algunos minutos y él me dio su dirección, diciendo que vivía en el hotel y que a la hora de comer volvería y comería con nosotros.

En los hoteles de la América del Norte hay dos mesas, una llamada de los caballeros, y otra, la segunda, de las damas.

Todo extranjero es forzado desde el instante que llega, a vivir en familia y someterse al yugo de las costumbres nacionales.

Mas volviendo a nuestro compatriota bien bailado, su nombre era Figueira. Era natural de la Isla de la Madera: su estatura era más alta que baja, excesivamente flaco; su color de aceituna marchita y pecoso; el cabello amulatado y medio rubio; los ojos verde claros y el resto de sus facciones vulgares, antipáticas y marcadas no sé de qué viso de reprobación y maldad; tal era el nuevo conocido en cuanto a la parte física, reuniendo que sin venir al caso en los pocos momentos que conmigo habló me contó que tenía un caballo, un coche, y pagaba cuarenta pesos del hotel, pero que le salía por más de cien con los vinos y convites, etc., etc.

Después de algunas horas volvió Noronha de sus diligencias con el equipaje; venía molido y triste, en la Aduana había pagado un peso por cada baúl; (eran cuatro) el consignatario del buque para quien traíamos una carta de recomendación en obsequio nuestro nos había hecho pagarle cinco pesos por haber llegado en salud y salvos de no haber quedado en medio del mar, pues sabrás, hija mía, que la sola vista del buque era un naufragio; pero nosotros, fiados del cónsul americano todo lo dejamos a su disposición. Hoy, si Dios fuese americano, ni siendo Dios nos fiaríamos de él, porque americano del Norte es sinónimo de “trampa”, “embuste”, “dolo”, “interés” y cuanta baja y vil pasión puede inspirar una sórdida e ilimitada codicia. N… estaba pensativo, disgustado, me decía: “-Mucha gente he visto, todos van bien vestidos, hombres y mujeres; pero tienen unas caras tan estúpidas que me parece imposible que esta sea gente de conciertos”.

Yo no estaba más serena que N… A pesar del lujo que generalmente se usa, parecíame toda gente común. ¡Tu padre y yo no nos equivocábamos, por desgracia! Es totalmente imposible una ordinariez más general que la de los habitantes de estos almacenes llamados Estados Unidos! Es una ordinariez que proviene yo creo de la organización esencialmente norteamericana.

Las mujeres todas son coquetas, remilgadas y sin sentimientos; su amor lo reparten entre el dinero y el tocador; son fanáticas y metidizas en la iglesia porque de ese modo encubren su ociosa pereza y se dan tono. Una americana oye llorar un semejante suyo pensando cómo hará mañana para que su querido le regale un sombrero o cualquier otra zarandaja! porque el vestido y el lujo es el pensamiento fijo de toda americana y después de eso las pretensiones literarias, porque todas son lo que llaman los franceses “Bas-Bleues!”

Los americanos… yo no encuentro otro animal con quien compararlos que el cerdo…! con la diferencia que la suciedad e inmundicia exterior del cerdo la tienen ellos en el alma, dado caso que los americanos tengan alma. El americano es el viviente excepcional, nada le interesa fuera de la órbita “bussines”… nada ama fuera del dinero!, nada le hiere fuera de la pérdida de éste. Pierde un hombre a su padre, el deudo más allegado, es un acontecimiento que está en el orden natural, nadie lo llora… pero pierde uno un peso! ¡Oh! infortunio horrible! escándalo sin ejemplo!

Lo peor es que pasados los momentos de la compasión, general, el que quedó pobre, es un villano, un leproso de quien todos huyen y el ladrón es un “gentleman”! (1)

(1) “Caballero”. — Esta voz que en los idiomas denota un hombre de sentimientos nobles, honrados, elevados, etc. en los Estados Unidos se aplica exclusivamente a los hombres de dinero, aún cuando sean galeotes, falsificadores, banque-roteros», etc., etc

 

OTRO MADERENSE BIEN FELIZ

Otra vez el nuevo conocido. — Una mesa de grande hotel en los Estados Unidos.

Nuestro nuevo conocido volvió allí a poco que llegó N… porque la segunda mesa poco tardaría en servirse. Este hombre era más que vulgar, era ordinario y como es costumbre entre esa gente de nada que llega a elevarse un poco, sólo hablaba de sí exagerando su influencia y dando a entender que tenía una brillante posición: para disfrazar en su corto entendimiento, la insuficiencia que naturalmente en el fondo de su conciencia él sentía.

Repetir sus sandeces sería perder tiempo, lo que merece notarse son los retratos que nos hizo de sus otros dos compatriotas, me reservo hacerlos por mí misma más adelante y como la grande vatica (sic) del hotel llamaba a la mesa, el nuevo conocido me dio el brazo y pasamos al comedor, contiguo a la sala donde nos hallábamos.

El traje de N… y el mío eran bastante sencillos y contrastaban con el lujo general, de manera que en un instante fuimos el blanco de todos los ojos y un cuchicheo general nos anunció que dábamos materia a los comentarios y aliciente a la murmuración; a esto se agrega que N… tenía su hermosa y negra barba crecida y las mujeres le rendían pública y manifiesta aprobación de la belleza varonil e interesante de N… y los hombres que en holocausto de la industria nacional “rasors” se afeitan las más veces que pueden al día sus pelos colorados y duros como cerda, se burlaban por su parte del rostro poético sombreado de la rizada barba del que parecía el rey y no el huésped de aquella mesa.

Pobres americanos, la repulsión que les causa un hombre distinguido, bello y elegante, es la única buena calidad que les he conocido!

La primera cosa que nos chocó fue la falta de vino en una tan rica mesa, cuando éste es la regla en las fondas más comunes de la América del Sur; entonces F… nos explicó cómo a consecuencia de los excesos de bebida a que se entregaba el pueblo americano, el S. Gobierno había tenido por conveniente levantar extraordinariamente los derechos del vino; por otra parte la Sociedad de la Temperancia (o ex borrachos) poco consumo hacía de vino porque el Porter y el Brandy o común whisky suplían muy bien su falta y uno podía emborracharse a “plus bon marché”! Con todo F… como negociante de vinos de la Madera (su país natal) tenía su botella de uso y nos brindó con ella; en cuanto a nosotros no nos hubiéramos atrevido a pedir licor tan caro a pesar de gustarnos mucho sazonar con él las comidas.

Estábamos casi a la sobremesa cuando un criado del Hotel trajo a F… una tarjeta y éste nos anunció que uno de sus compatriotas ya estaba allí, en cuanto al otro de que nos habló se hallaba actualmente en Washington (sic) y sólo llegaría al día siguiente. El sujeto fue mandado introducir. Un joven de veinticinco a veintisiete años se presentó. Estaba bien vestido, su rostro era pálido pero vulgar; y si la fisonomía fuese un indicio de la profesión del individuo, éste tenía cara de “mancebo de barbería”. ¡Oh, escarnio de las divagaciones del espíritu ¡Antes de casarse ejerció el oficio de pintor! Digo oficio porque para el arte es necesario poesía e inspiración. Si Savater en su obra inmortal no hubiese establecido tan científicamente la analogía del rostro humano con ciertos animales ya volátiles, ya acuáticos, ya mamíferos, este joven daría la idea de esta especie de relaciones fisiognomistas tan misteriosas como el resto de la creación. La mansa estupidez del asno estaba impresa en su rostro con los indelebles caracteres de una creada y que así morirá sin otro cambio que el que nos guarda la muda e inolvidable Eternidad!

Había este mozo casado “por amor” con una mujer de 70 años bien cumplidos, dueña de unos 100.000 duros y que lo había comprado (dotado, quiero decir) en $ 30.000.

Después de más de un año de Himeneo aun ardía voraz y constante su pasión y era el hombre más feliz de la tierra! En cuanto a la esposa era la vieja más fea, más ordinaria y asquerosa posible. La novia de los 64 años era una diosa a su lado. Él nos invitó a su casa, nosotros aceptamos.

PASEO A FAIRMOUNT

Un Teatro Americano Nacional— La casa del maderense feliz— Domingo en los Estados Unidos — Una iglesia católica— Té de despedida por el maderense.

 

Después de comer, nuestro nuevo conocido mandó traer un coche, o mejor dicho, montamos en uno de los infinitos que había a la puerta del Hotel aguardando flete.

Dirigieron el carruaje a Fairmount, un hermoso paseo a la margen del Schultril, donde los americanos han realizado una maravilla de mecanismo e industria en la construcción atrevidísima de sus máquinas del agua manejadas por el vapor, elemento indispensable de toda obra americana.

En el mes de abril, apenas si la vegetación empieza a reverdecer en estos helados climas, por eso Fairmount estaba desnudo de verdura y sus árboles de follaje; sólo pudimos admirar las máquinas y el receptáculo de las aguas, después de un corto paseo porque la tarde era fría y húmeda volvimos al coche para tornar al hotel y de allí al Teatro de Walnut, por convite especial de F… Este hombre que nos veía llegar del Brasil, suponía que traíamos mucho dinero y yo creo que allá en su mente ya le estaba dando destino; por eso se apuraba en hacemos la corte; más tarde se verá que tengo razón en mis aserciones. El maderense feliz nos había acompañado toda la tarde y F. nos repetía a cada momento, “él está triste porque está lejos de su señora”. Con efecto, muchos ruegos fueron necesarios para decidirle a acompañarnos al teatro. Era éste pequeño, como lo son generalmente en Norte América; no hay allí que buscar la

elegancia ni el lujo de las señoras, ni la comodidad del palco; no, el patio generalmente en los teatros nacionales lo ocupa la gente ordinaria, verdad es que yo no conozco otra clase en estos países donde en la mejor sociedad un hombre se acuesta en un sofá para conversar más cómodamente. En la primera galería es adonde van las señoras y los hombres mejor vestidos y los extranjeros. En la segunda orden están los parientes de los de la platea y en tercera se reúnen gente que es mejor no pensar que existen.

Yo me admiraba de que los músicos de la Bahía autorizados por el calor de aquella provincia ensayasen en mangas de camisa, ¿y qué diremos de los americanos que se sacan la casaca en el teatro, mascan tabaco, se dan de puñadas, se burlan de los extranjeros y silban un actor cuando lo quieren aplaudir? ¿Con qué plaza de toros por ordinaria que sea, se podrá comparar un teatro, nacional de Norte América?

Representaban esa noche “el peruviano Rolla” (sic) porque los americanos no están todavía cansados de ver los indios y los dramas de la conquista. Los actores estaban bien caracterizados, sabían sus roles como es necesario y no tenían el majadero y gritón apuntador de nuestros teatros que hace perder la ilusión del drama; la maquinaria era buena y uno de los actores a pesar de la escuela inglesa se caracterizaba de modo que nada dejaba desear, a la verdad, en su imitación; el resto de la tropa era vulgar.

Digo a pesar de la escuela inglesa y debería decir, a pesar de esa escuela forzada que pretende dar reglas al llanto y límites a la inspiración; yo nunca he podido concebir eso que llaman reglas del Arte: el Arte para mí, es la inspiración, fantástica, fogosa, tiránica en toda la grandeza de su intimidad primitiva: indómita en su esencia, audaz en su objeto y libre como nos la diera Dios en la ejecución de su obra. El arte nunca ha podido ser para mí ese montón de reglas que hombres sistemáticos y calculistas meditaron, escribieron y pronunciaron (para) servir de base de freno al pensamiento, al don de Dios! Como si ellos fueran más perfectos que el Creador!

Absurdo que las sociedades respetan, funesto siempre al genio creador, que es imposible domeñar y que a despecho de su inspiración gigante cede el paso a la mediocridad que trabaja sobre las reglas como una máquina sobre sus ejes!

Busquemos el arte y lo encontraremos siempre dentro de la misma naturaleza… mejor dicho, el arte de la imitación de lo creado por el mismo Dios: dejémoslo pues en sus vastos límites perderse en el infinito transportado por ese misterio que se llama inspiración, incomprensible a los que no pueden gustarlo y que en alguna manera diviniza la criatura; pero no se quiera modelar lo que no tiene existencia sino en el ensueño de la mente del Artista, del Poeta! ¿Por qué en lugar de exigir de un actor que saque primero un pie que el otro, que extienda la mano hacia el Norte en tal pasaje, que ruja como un tigre en otro, etc., etc., no lo dejamos “libre” y le pedimos que estudie su rol dentro de los límites de la naturaleza, que se identifique con su héroe, y ya que sin manotear no hay drama, a lo menos que no lo haga por la voluntad de otro, sino por la propia. Que llore, que ría como los demás hombres y destiérrese por Dios lo que se llama “llanto de teatro”, maneras teatrales! Porque el drama no es otra cosa que la vida en acción pasada o presente y las maneras usadas en el teatro no debían ser otras que las ordinarias de la existencia del hombre conforme las circunstancias en que se encuentra y no forzarlo ridículamente.

El domingo llegó, triste y silencioso como lo es siempre en los Estados Unidos a imitación de Inglaterra, etc. El culto es libre en estos países y la inmensidad de sectas es tal que no ha habido ni hay en el globo terráqueo doctrina religiosa desde el Mahometismo hasta el Cristianismo que no encuentre sectarios en Norte América. Es este un obstáculo inmenso para la fraternidad social porque siempre la diferencia de creencia importa entre esta gente la diferencia casi de raza; el fanatismo más espantoso reina en estos países y el desorden más completo en las opiniones religiosas. Los americanos son hipócritas y se burlan de lo mismo que respetan ante la comunidad; entre ellos o un fanatismo ciego o el cinismo más resaltante. El domingo todo se cierra: teatros, tiendas, etc.; no es permitido ni bailar, ni tocar; sólo en la iglesia se canta; los americanos aturdidos el resto de la semana con sus “bussines” aprovechan del silencio y de la calma del domingo para calcular mejor una bancarrota, la falsificación de una letra de cambio, la colocación de unos fondos, o cómo se apropiarán los ajenos si se los dieran a manejar.

Nada más prosaico que las iglesias católicas; son unas grandes salas llenas de bancos cuyo alquiler anual pagan los fieles so pena de estar de pie durante el oficio que dura por la mañana tres horas y a la tarde una. Los poquísimos altares son pobres y despojados de adornos o flores; en fin, nada semeja a nuestras grandiosas y poéticas iglesias católicas de Europa y Sud América. Para dirigirnos a la iglesia éranos forzoso pasar por la casa del maderense feliz, quien nos había ofrecido un lugar en su “piú” así llaman los escaños de las iglesias. La casa era aseada como lo son todas en este país, pero estrecha y mal dispuesta; las dos salas que vi eran pequeñas y tan llenas de cuadros  y zarandajas que parecían una tienda de dorador; los muebles no pasaban de vulgares y la fisonomía de aquella casa correspondía admirablemente con el carácter y modo de ser de sus dueños. Esa misma noche del domingo, el maderense nos invitó a tomar una taza de té con él y su señora.

Volvimos en efecto y por lo enfadosa, por lo prosaico de aquella velada, entre una vieja fea y ordinaria, un joven vil que vendió su juventud y su libertad a precio de oro; por otra parte lleno de pretensiones de hombre erudito y de tono; el vulgar y tonto Figueira y otro americano todo rubicundo, hermano de un doctor (que tiene clientes porque en los Estados Unidos hasta los cocineros tienen el grado de doctores) soso, insípido y estúpido como buen “yankee”; renuncio pues, a describir aquella velada y dejo caer sobre ella el velo de un eterno olvido.

 

NUESTRAS CARTAS DE RECOMENDACIÓN

Tres eran las cartas que teníamos de Pernambuco para Filadelfia y una para New York. De las primeras, una era para el consignatario del buque y éste ya vimos con qué amable hospitalidad nos robó cinco pesos, porque después hemos sabido que no hay tal uso de pagar la salud que a uno le dispensa el Altísimo; las dos otras, una era para un negociante llamado John Dereseux, que más adelante figurará un momento en estas

páginas, estaba en posesión de la recomendación desde el siguiente día de nuestro arribo a Filadelfia, pero como en la carta no hubiese referencia a “bussines or money”, juzgó prudente no visitarnos. Faltaba entregar la del francés y como era casado y la introducción era para ambos, resolvimos ir juntos.

Serían entre diez y once de la mañana, cuando entramos en un vasto almacén, el mejor y más “fashionable” de Philadelphia; a la puerta estaba la dirección del dueño: “A. Fiot, Importer of music and musical Instruments”

Entramos. Enseñamos la carta al mozo que estaba en el mostrador y éste llamó a un hombre que escribía en el fondo de la tienda. Noron… preguntó: —”¿El señor Fiot?”

—Soy yo caballero- respondió el hombre que al llamado del mozo se nos había presentado.

Su estatura era mediana, su rostro regular y anunciando habitudes tranquilas y regulares, traía espejuelos y sus maneras eran frías, breves y un algo de austero en el todo del individuo que embarazaba al extranjero y al que se dirigía. Nos hizo una rápida inclinación de cabeza, tomó la carta y nos volvió la espalda retirándose al fondo del almacén. Unos segundos transcurrieron y cambiando enteramente de tono y modales nos introdujo donde él estaba con esa política graciosa y elegante peculiar a los franceses.

Madama bajó un momento después. Era esta señora gorda, fresca y bien conservada; los cuarenta no debían estar muy lejos, pero aparentaba apenas unos treinta y tres a treinta y cuatro.

Tenía su cabeza y rostro de la configuración del águila; pertenecía a la raza volátil. Su cara era regular pero sus ojos entre verdes y azules bastante claros tenían la mirada falsa y vidriosa, el pescuezo sumamente corto y los hombros altos la desfiguraban un poco: ella nos recibió con toda amabilidad y yo siempre expansiva en mi carácter y confiada en los otros, pronto estuve enteramente a “mon aire”, como dicen los franceses: Mme.

Fiot me llevó a su sala para mostrarme el retrato de un joven artista violonchelista cuya historia interesante tendrá más adelante un recuerdo en este diario. Hablamos de Arte, de literatura, de Eugéne Sué, de Dumas, de Jorge Sand: yo soy entusiasta por el Arte y puedo asegurar que mis impresiones siempre fueron profundas y vivísimas; pero en aquella ocasión Mme. Fiot me llevó grande ventaja; j cuántos suspiros no dio ella! ¡Cuántas veces no se llenaron de lágrimas sus ojos!… ¡Cuan religiosa se mostraba, pero de esa religión que se identifica por decirlo así, con el sentimiento poético! Sus ayes, sus palabras llenas de pura y santa unción, sus lágrimas acabaron de conquistarle mis simpatías; y cuando salí no pude menos de manifestar a N… cuán prendada estaba de aquella señora; ella parecía comprender verdaderamente la poesía del arte y del sentimiento y me lisonjeaba vaticinando por la fisonomía de N… el artista eminente y distinguido; ¿que mujer no es sensible a las alabanzas que se tributan al objeto de su amor? N… al contrario, sintió repugnancia por aquella mujer: lo que me prueba que él es mejor fisonomista que yo.

A nuestro regreso al hotel el tercer maderense que se hallaba en Washington, ya había vuelto y nos hacía el honor de venir con su señora a visitarnos. Llamábase este Abreu, y su elogio puede empezarse hacer, sabiendo que era miguelista. Es decir, partidario de la tiranía brutal del príncipe D. Miguel de Portugal: partidario del atraso, del fanatismo y de la esclavitud de una nación heroica que merecía otra suerte, de un pueblo siempre en lucha por su libertad, y siempre encadenado por tiranos. La cara de Abreu era, como si dijéramos, una cara patibularia por el estilo de la de Figueira; con todo en esta estaba más marcado el ladrón falsificador, el ex galeote, y Abreu tenía estampado el sello del hombre de orgías, del jugador dado a todos los vicios; con todo, si él hubiera cometido un crimen habría sido más noble que Figueira, porque hasta en el crimen hay más o menos nobleza. Abreu era el hombre del crimen de sangre por venganza o pasión; el otro era más rastrero, más vil. La mujer de este hombre tenía maneras agradables, pero su rostro era vulgar, era una criatura como cualquiera otra en el mundo, a quien su marido había impreso un lema desagradable en cada mejilla y en la punta de la nariz.

Este día, nuestras despedidas hechas, nos alistamos después de una estancia de tres días en Philadelphia, a pasar a New York, punto destinado al debut de Noronha.

 

PARTIDA Y ARRIBO A NEW YORK

 

El señor y la señora Mondón. — Mr.Von Eichtal. — Conocimientos nuevos. — Debut de Noronha.

La mañana del 7 de abril llegó clara y hermosa; y nosotros nos dirigimos a la orilla del Delaware para atravesarlo en el vapor y tomar en Cauden el carro de vapor también por el camino de hierro. ¡Cuan diverso del Sud de América es el aspecto de estos países!

Allá la guerra, el degüello, la ruina! Aquí la paz, la industria, el movimiento diario: la multitud de viajeros que cruzan los Estados Unidos en todas direcciones, es extraordinaria, porque la facilidad, la rapidez y lo barato de los viajes ponen las poblaciones más lejanas en contacto unas con otras.

Llegados a Canden entramos en los carros y pronto empezamos a caminar; el Estado de Pensilvania, como todos los otros del Norte de América, casi no tiene un cuarto de legua despoblado: ¡qué vista tan pintoresca presentan las pequeñas ciudades, las aldeas, las granjas esparcidas por las campiñas! El aseo más estricto, el acabamiento más perfecto reina aquí hasta en la obra más pequeña; los americanos han contraído la habitud de hacer bien todas sus cosas; yo no creo que el sentimiento de lo bello y de la justa proporción tenga parte en sus obras; pero sí el ahorro del tiempo y el pensamiento que perfeccionando todos los ramos de su industria ganan más “money”. Para quien como yo, (aunque en época ya distante), atravesó las distintas llanuras del Plata en ambas márgenes, habituada a pasar veinte y cuarenta leguas sin ver más que las ramas parduscas del cardo, y allá a lo lejos un rancho casi en ruinas donde yacen medio desnudos y salvajes una familia de gauchos que se esconden avergonzados de la vista del viajero; sucios y desmelenados sin más cama que un catre de cuero, algunas cabezas de animales muertos, por asiento, y la miseria más completa; debía hacerme doble impresión sobre el suelo mismo de América, las risueñas cabañas, blancas como la nieve con sus persianas verdes, sus cortinas de cotonía blanca a las ventanas, los campesinos bien vestidos, robustos y contentos que habituados al trato de los viajeros especulan por el contrario con el tránsito de éstos y cada vez que los carros se detienen una multitud de niños de ambos sexos asaltan el tren con sus cestas de bollos, limpios y gustosos, con los periódicos que ellos obtienen en el tren antecedente y con multitud de cosas y baratijas que pregonan y procuran vender con ese espíritu esencialmente mercantil peculiar a los americanos. Las maravillas que el mecanismo industrial ha realizado en este país, son indecibles; el camino de hierro tan pronto corre libremente por un campo llano dejando a sus lados campos de labranza, cabañas cuya chimenea despide una columna de humo azulado anunciando la preparación del banquete doméstico que restaura las fuerzas del afanoso labrador; ya se lanza sobre una colina, ya sobre el puente de alambre que amenaza desplomarse con el peso del tren; ya rápido como una flecha atravesando el medio de una población pasa rozando los muros de una casa o bajo el aro tenebroso que formaron en la falda de una montaña; el tren va siempre, siempre que los obstáculos han caído vencidos ante el brazo robusto del hombre que ha tenido que luchar hasta con la creación para realizar sus objetos. Ríos, montes, selvas, nada detiene la industriosa actividad del americano del Norte. Así como un americano no sabe ni lo que significan las palabras “honor”, “vergüenza”, “delicadeza”, así tampoco sabe lo que es “pereza”, “negligencia”, “obstáculo”; es preciso hacerles justicia sobre este punto: ellos tienen la conciencia que “el que quiere puede”, y tal vez no; tal vez en lugar de esta convicción filosófica que importa la noble idea del “libre albedrío”, ellos no sienten más que el aguijón de la codicia y la ambición del dinero!

Los que vengan de Londres o de París a New York, después del silencio, del mar vuelven al bullicio a que vienen habituados; pero Nor… y yo que sólo hacía tres días que después de un viaje de cuarenta días viniendo del Brasil nos hallábamos en esta torre de Babel, estábamos aturdidos. Philadelphia nos había admirado y naturalmente al lado de Pernambuco donde sólo en el Recife hay algún movimiento mercantil, esta ciudad debía deslumbrarnos, pero, ¿con qué comparar el ruido y algazara de New York?

Apenas se salta del vapor, una inmensa multitud lo rodea a uno; es necesario huir de los encontrones de propósito en que se arrebata el reloj o se introduce la mano en un bolsillo; después, qué cantidad de cocheros lo solicitan para conducir al viajero y su bagaje, qué confusión, qué laberinto!

New York es menos regular que Philadelphia; sus calles, algunas estrechas, son menos limpias y alegres; pero en llegando a Broadway el aspecto varia; tiene esta calle una legua o más de longitud y desde la batería que está a la margen del Hudson hasta el fin casi, no hay dos casas de por medio sin establecimiento mercantil: tiendas de modas, sastrerías, quincallerías, casas de refresco, etc., etc., todo limpio, nuevo, brillante; coches de todas hechuras, ómnibus en todas las direcciones, hasta este año cerca de cuatrocientos que pagan tres mil y tantos pesos de derecho mensual; gentes a pie, a caballo en fin, en toda su extensión cruzan a Broadway, más bien más que menos, como sesenta mil transeúntes, señoras y hombres, niños y viejos, gentes de todas calidades y colores. F. nos había acompañado por oficiosidad y trató de buscarnos posada; llevónos a lo que aquí se llama un “Boardig-house, o casa de alojamiento; donde él nos condujo no había cuarto y nosotros, impulsados siempre por un genio maléfico, retrocedimos dirigiéndonos a una casa de modesta apariencia en cuya puerta había escrito: “Hotel Francés y Español”.

Nos habían recomendado a City Hotel; pero aquel letrero pérfido que nos prometía la sociedad de dos naciones hermanas y con quienes podríamos ligarnos fácilmente, nos llevó allí.

Era tenida esta casa por un matrimonio francés que sólo tenían un hijo: el Sr. y la Sra. Mondón. Madame Mondón era una mujer que pasaba de los cuarenta años: su cara era exactamente la de uno de esos dogos gruñidores, desleales y mordedores: recibiónos esta mujer con tanta algazara y sonrisa y agasajo, como acostumbran siempre hacerlo

 

las gentes falsas y de mal corazón, porque la amable hospitalidad de los buenos es siempre inequivocable. Su voz era áspera y chillona, sus maneras ordinarias, y para última pincelada del retrato: ¡era gascona! Pidiónos ocho pesos por cada uno sin más pormenores ¡y nosotros pensábamos ser barato! ¡Cuando por un peso diario cada uno, hubiéramos podido estar perfectamente bien! N… entregó nuestra carta de recomendación esa tarde misma y aturdido, arrepentido tal vez ya del viaje a Norte América, cayó enfermo.

El señor von Eichtal, para quien era la carta que trajimos, estuvo a vernos al día siguiente: era este señor alemán, algo corpulento pero afable en sus maneras, noble y bondadoso sU rostro y usando siempre sin afectación del tono pulido y caballeresco del hombre habituado al buen tono de una sociedad escogida.

Nosotros le consultamos sobre lo mejor que había que hacer para proceder inmediatamente a un concierto: él empezó a abrimos los ojos sobre las dificultades con que era necesario luchar y el miedo de gastar y perder tiempo y dinero. Así que N… se restableció un poco, el Sr. Eichtal lo introdujo con varias personas que juzgó conveniente y por fin, debiendo darse un concierto para beneficio de los alemanes se determinó que N… haría en él su “debut”. El concierto tendría lugar en un grande salón que también servía de iglesia, llamado el ” Tabernáculo”: eran cerca de las ocho de la noche cuando conducidos por el presidente de la Sociedad Alemana de Beneficencia llegamos a él.

Una asamblea de dos mil personas más o menos estaba reunida. ¡Con qué opresión, con qué desazón no me sentí en medio de toda aquella gente extranjera delante de quien se iba a presentar mi pobre N…, sin más recomendación que su interesante juventud y su talento natural! El concierto empezó; la vez de N… era llegada… un pequeño aplauso lo animó; para no ser prolija diré que la acogida más brillante y entusiástica fue el resultado de las piezas que ejecutó; en otra parte del mundo su suerte era hecha; pero los Estados Unidos son países de excepción, como se verá más adelante. Después de tan extraordinaria recepción volvimos a casa colmados de elogios, de esperanzas y satisfechos de este primer paso que prometía ventajas para el porvenir, y que según todos era el más difícil: ahora seguros de la aprobación pública, ya se podía proceder a un concierto, como en efecto lo intentamos.

NUESTRO CONCIERTO EN NEW YORK

Los cincuenta billetes. Primer azar. Vuelta a Philadelphia.

 

Los pasos necesarios para un concierto empezaron a darse: ajustóse el salón de Apolo; una dama llamada Madame Otto y un pianista llamado Fim. Cuando nosotros llegamos a los Estados Unidos, éramos dos pobrecitos aldeanos, dos salvajes inciviles llenos de pundonor y de vergüenza, creyendo que cuando se toma un compromiso delante del público es necesario llenarlo a toda costa: N tomó una buena orquesta y todo se arregló lo mejor posible. Si nosotros hubiéramos conocido el país en que estábamos, habríamos anunciado mucho y cumplido nada, como generalmente han hecho todos los artistas, principalmente Sívori y Herz. En otra parte el público se enfadaría, pero los americanos que piensan que todo medio de ganar linero es bueno aunque ellos lo paguen, se contentan con decir: “humbog!” cuando para sacarles las pesetas les anuncian una mentira que los saque de su natural apatía.

El días señalado para el concierto llegó, húmedo y lluvioso! Al mediodía, un sujeto en cuya casa había tocado N… vino a pedimos cincuenta billetes, lo que importaba vender cincuenta pesos. Más tarde el mal tiempo redobló y empezó a llover de tal manera que se suspendió el concierto.

Entre tanto, el dinero que teníamos era tan poco y las cuentas de la Sra. Mondón pagaderas al fin de la semana, tan exorbitantes, que al momento dimos fondo quedando reducidos a la sola esperanza del concierto!

La más viva inquietud nos asaltó; empezamos a sufrir las mayores angustias sin osar revelarlas a alma viviente… para que nada nos faltase yo estaba encinta y los Mondones que ya habían olido nuestra pobreza, empezaron a mortificamos en lo posible y a no darnos descanso por el dinero! El día para el cual estaba transferido el concierto llegó.

Es inútil decir que es una superstición eso que se llama presentimiento o avisos del corazón; N… y yo no podíamos vencer nuestra inquietud.

A la tardecita estábamos sentados viendo correr algunas ligeras y rosadas nubéculas que embellecían el azul del cielo, y en aquel momento recuerdo que dos lágrimas humedecieron mis ojos sin poderlo remediar…! en cuanto a N…. aunque procuraba disfrazarlo, estaba tan melancólico como yo… Eran cerca de las ocho cuando entramos en el Salón; habría más de cien personas, todas convidadas, a la excepción de once billetes vendidos! Yo lo ignoraba y con todo, calculando que aquella gente apenas daba para pagar los gastos que pasaban de ciento cincuenta, cerca de sesenta, se me oprimió el corazón!

Pasadas las ocho, el público empezó a llamar para empezar el concierto… nadie aparecía! Algunos segundos más y N… apareció, más pálido que lo de costumbre acompañado del individuo que nos sirvió de agente: el Dr. Stalheneit, que así era su nombre: dijo a los espectadores que “vista la escases de fondos que daba la entrada del concierto, los músicos y demás artistas ajustados rehusaban acompañar al señor N…

“sin ser pagos antes de principiar el concierto, y que no pudiendo el artista N…

expender una cantidad tan fuerte, pedía disculpa al público y se ofrecía a ejecutar algunas piezas solo!”

El público aprobó con un aplauso y N… presentándome la mano, me dijo: “Ven, acompáñame”.

Sin comprender lo que él me decía, le di la mano y guiada sólo por el instinto del cariño que le profeso, subí al tablado donde estaba el piano, en medio de ruidosos aplausos!

Pasábase en mi interior algo de tan extraño, de tan profundamente amargo, que no puedo descifrarlo! Sin preparación alguna, en medio de aquella crisis tan horrorosa para nosotros, en medio a un mundo extranjero y sin suficientes conocimientos músicos, yo no sé lo que hacía ni lo que tocaba!… y para colmo de conflicto, N… a pesar de su

delicadeza natural, irritado como estaba, me decía mil palabras fuertes que lucieron bañar de lágrimas mis ojos porque él no consideraba el sacrificio que yo hacía y mi turbación natural en aquel caso y mucho más con la conciencia de mi poco saber musical!… Pero yo lo perdono porque estaba exasperado con la vileza de los músicos… y después de eso así como yo era el único ser que le quedaba al lado, siempre fiel en medio a la borrasca… así también era el único con quien él podía desahogar su disgusto y yo sé que la vida de la mujer es toda abnegación y sacrificio!

El día que sucedió a esta ingrata noche, fue todavía más amargo para nosotros. Las gentes de la casa estaban agrestes con nosotros, particularmente los Mondones que temprano nos presentaron nuestra cuenta, como diciendo: “marchaos….!” Nuestras esperanzas estaban por tierra; ¡qué iba a ser de nosotros, sobre esta tierra extranjera, tan solos! Si a lo menos hubiéramos tenido un amigo cuyos consejos hubieran sido sabios y verdaderos! Pero todo eran opiniones venales y lejos del verdadero camino del bien.

Con los cincuenta pesos del banquero pagamos nuestro “bill” y tratábamos de mudarnos cuando recordando los tres maderenses que estaban en Philadelphia y que se nos habían vendido por hombres de influencia en aquella ciudad, resolvimos con la imprudencia natural de la inexperiencia en estos negocios, regresar donde ellos estaban. Esa misma tarde, algunas pequeñas alhajas que habíamos traído del Brasil, fueron puestas en prenda por treinta y cinco pesos y a la mañana siguiente en el tren que parte a las siete nos embarcamos, llegando a Philadelphia a medio día.

 

CIRCUNSTANCIA OLVIDADA. CONCIERTO EN PHILADELPHIA. Los tres

maderenses otra vez. — Respuesta al pedido de un consejo.

 

  1. que nos acompañó por oficiosidad a New York y volvió al día siguiente, había de nuevo retornado a aquella ciudad dos semanas o tres después. Llegó este hombre en circunstancias de nuestro concierto y en que obligados a pagar varias cuentas de la imprenta pues todo va adelantado aquí; ya no teníamos dinero y como F… nos hubiera hecho mil ofrecimientos de este género le escribimos a él una pequeña nota pidiéndole cien pesos que creíamos poder pagar con el producto del concierto, y en caso que no pudiese facilitarnos esta cantidad le pedíamos que nos devolviera la carta. Su contestación fue de palabra y se redujo a que Noronha fuese al día siguiente de mañana a recibir el dinero al almacén de su hermano que tenía ya la orden necesaria para entregarlo. N… así lo hizo y el resultado fue que casi anduvieron a golpes con el tal hermano, pues en vez de dar dinero alguno empezó a insultar a N… A pesar de éste antecedente, aun reincidimos en fiarnos del tal F…

Había éste mostrado a los otros dos nuestra nota, burlándose de ella, y a nuestro arribo a Philadelphia de New York los encontramos a los tres fríos e indiferentes. Paramos de nuevo en el Hotel de los Estados Unidos, aunque con intención de buscar dos o tres días después posada más barata. F… estuvo a vernos pasados tres días y como nosotros le preguntásemos por casa más barata, nos dijo que allí mismo la podríamos obtener; que él iba a hablar al dueño del hotel para que fuéramos un piso más arriba pagando diez y seis pesos a la semana por los dos y que en vez de pagar al dueño del hotel lo hiciéramos al mismo F… pues tenía allí un crédito a su favor de mil quinientos pesos.

Él hizo el arreglo; al día siguiente nos mudamos al tercer piso empezando también a dar pasos para el concierto. Los maderenses nos prometieron montes de oro, principalmente F… quien tomó a su cargo la venta de doscientos billetes.

Estos tristes detalles me cansan tanto que sólo diré el resultado de este concierto fue casi igual al de New York, con la sola diferencia de perder solo diez o doce pesos; porque en cuanto a los maderenses todo era pura charlatanería de la parte de ellos. Nuestro abatimiento era ya invencible, nuestra desgracia era inevitable; ¿cómo parar los golpes que nos amenazaban? ¿A quién volver los ojos? Cuando en los Estados Unidos el único crimen que la sociedad no perdona a su individuo es el de ser pobre! En fin, nos decidimos a confesar parte de nuestras inquietudes al Sr. Fiot y su Sra. y pedirles un consejo como personas mejor al corriente que nosotros del país. Yo fui, porque hablaba mejor francés y porque érame menos embarazoso que a N… El Sr. Fiot, hombre de un exterior frío, pero prudente en sus determinaciones, después de oírme me dijo que el mejor partido era volver inmediatamente a New York, que él escribiría para que N… se “engayase” como primer violín en un teatro por todo el verano. En cuanto a Madame estuvo agria y dulce a pesar que mi estado ya visible y las muchas lágrimas que acompañaron mis confesiones, debieron hacerla más comedida en sus palabras y traer a su mente el recuerdo de los propios sinsabores (sic) y su miseria pasada! ¡en fin, Dios la perdone el mal rato que me dio!

Volví al Hotel y di cuenta a Noronha del mal éxito de mi viaje y del consejo de Fiot: nuestra inexperiencia nos cegó y lejos de acogernos al solo camino que nos ponía al abrigo de la miseria y el infortunio, preferimos seguir haciendo experiencias sin escarmentar de las primeras.

Con todo, yo no estaba lejos del parecer de Fiot, pero N… se mostraba ofendido de ser relegado en una orquesta cuando por su inteligencia era acreedor a otro puesto… más tarde él ha aprendido a su costa, que no es el más feliz del mundo aquel que sabe más o es más honrado! Yo no quise contradecirlo porque ya que es desgraciado no serán nunca mis exigencias las que añadan una gota más de amargura al cáliz que apura ha tantos años!

 

UN CONSEJO IMPRUDENTE

Viaje a Washington estorbado por el embargo de nuestro equipaje. Los tres maderenses. Partida de N… al mismo destino.

Una casualidad tal vez infeliz nos puso en relación con una familia española muchos años establecida en los Estados Unidos, gentes inofensivas, de las que el mundo llama buenas porque no son capaces de hacer ni el bien ni el mal; con la mejor voluntad del mundo nos aconsejaron ir a Washington donde el Senado y las Cámaras se encontraban presentemente (sic) reunidas; N… me anunció su resolución que yo desaprobé haciéndole presente que nada había de cierto por una parte; por otra yo recordaba la descripción que Mrs. Belltrop daba de los diputados en los Estados Unidos, gente ordinaria y la más impropia de todas para una experiencia artística. Con todo, N… fue a ver a F. para anunciarle esta determinación y según el convenio que con nosotros hiciera al respecto del pago del hotel, pasase a ver al dueño para prevenir. F… se desdijo de su propuesta y no contentándose con eso, previno al dueño del hotel que no tendríamos con qué pagarlo!

Al día siguiente queriendo N… partir dejándome a mi empero en el hotel y todo el bagaje, menos su violín que le era necesario llevar consigo y un pequeño baúl, fue con todo embargado nuestro equipaje por el dueño del hotel el cual por las informaciones dadas por F…., según confesó mar tarde, ejecutó proceder tan inhumano! Oh! qué día de llanto, de vergüenza y de desesperación para nosotros! Sufrir tal vejación en medio de tantos extranjeros! Porque en los Estados Unidos donde sólo el dinero se respeta,ninguna clase de consideración se usa con los desgraciados!

Cuando los otros dos maderenses supieron lo que sucedía, vieron al dueño del hotel; llamábase éste Juan Rhea, era ya viejo, sin hijos y dueño de una fortuna considerable! Nada pudo hacerlo variar de determinación porque decía él que muchos caballeros americanos solían irse por uno o dos días dejando sus familias en el hotel y no aparecían más, viéndose él obligado a perder su dinero! Y porque los americanos son canallas él medía todos los hombres por la misma vara!

A vista de la invariable determinación del dueño del hotel de llamar un valuador y vender ese mismo día nuestros efectos, los maderenses, como leve rastro de su origen portugués comprendieron que ellos debían estorbarlo y fueron a hablar con F… echándole en cara la villanía de su proceder y que a toda costa reparase el mal que nos hacía: entonces este fue al hotel para pasar sobre su crédito nuestra cuenta y entre los tres convinieron pagar cada uno una parte después de dividir la cuenta en tres partes.

Apenas este paso fue dado, cuando aquellas almas mezquinas en vez de hacernos olvidar nuestro infortunio y engrandecer su conducta mostrando más afección, se separaron de nosotros como de dos leprosos, y asustados aún de su acción que ellos juzgaban ser el “non plus ultra” de la magnanimidad, nos volvieron la espalda dejándonos salvos de aquella calamidad, es verdad, pero solos como el perjuro del desierto!

¿Qué hacer? A quién recurrir que se compadeciese de nosotros? Para no perder tiempo, N… partiría a Washington la mañana siguiente y yo quedaría en un “bording house” donde Mme. Fiot nos había introducido pocos días antes; recomendándonos la bondad de la dueña de la casa, que hablaba francés. El recuerdo de esa mañana en que partió N… para Washngton es tan penoso para mí que aun llena de dolor mi corazón…

Cuando yo lo vi montar en el coche, y que este partió y que miré en derredor mío y me vi sola…! sin el único amigo, el único apoyo que Dios me dejaba sobre la tierra, no pude menos de echarme a llorar amargamente y así permanecí más de una hora sin fuerzas para salir del hotel… en fin, vestime sollozando y fui al tal “bording” donde por cuatro pesos a la semana me dieron un pequeño cuarto y el almuerzo, comida y cena.

No, los días de soledad y de lágrimas que pasé en aquella casa son indescriptibles!

Después de eso, la casa era sucia, la comida mala, los huéspedes gente común y no de buena conducta, la dueña de casa borracha y la miseria más completa presidía allí! Y sin un amigo, sin una criatura que me consolara o me diese un rayo de esperanza!…

Mme. Fiot siempre agria dulce, me desterraba de su casa; la familia española de que hablo al principio de este capítulo, que los he clasificado y bien venían a verme, me convidaban a ir de tarde, me regalaban con un pocillo de chocolate; pero mis sufrimientos, mis tribulaciones no estaban al alcance de su comprensión! o no querían comprenderlos!

 

SUCESOS DE N… EN WASHINGTON; SUS CONCIERTOS

 

El ministro portugués y el brasileño. Peligro de no vernos más. Visita de N… al sepulcro de Washington. El Telégrafo. Día 26 de Junio. — N… llega de Washington.

El día 28 de mayo por la mañana habría N… partido de Philadelphia y esa noche ya dormía en Washington! Había parado en una casa llamada “Galabrun’s European Hotel”; y al otro día de su arribo procedió a la entrega de dos cartas que llevaba, una para Don Gaspar José de Lisboa, ministro brasilero (sic), y otra para el ministro portugués, cuyo nombre no recuerdo ahora. Ambos visitaron a N,.. y Lisboa llevó su complacencia hasta venirlo a buscar varias veces en su coche, llevándolo a visitar lo más notable de Washington; allí vio N… la casa de Patentes, donde están todas las invenciones a la exposición pública; vio la exposición anual “de los productos industriales y manufacturales (sic) de los Estados Unidos, verdaderamente admirables en un país tan nuevo y que trabaja a la par de Europa. Vio los jardines y casa del Presidente, y siempre introducido por Lisboa fue al Capitolio, a la sala de los Senadores y a la de los representantes nacionales. En la de los primeros, donde sólo penetran los diplomatas (sic) o los extranjeros de distinción introducidos por éstos, dice N… que reina el orden y cierta gravedad respetuosa debida a tan augusto recinto; pero en la cámara de los Representantes o diputados, eso es otra cosa! Así tendidos sobre los bancos con las patas sobre la mesa (los americanos no tienen pie), en mangas de camisa, cada uno con un gran pote de barro al lado para escupir las mascadas del tabaco que constantemente tienen en la boca; sin corbata, gritando todos a un tiempo, dándose de trompadas, vociferando N…dice que tiene todo el aire de una taberna llena de borrachos.

Entre tanto, N… preparaba su concierto, -nadie había que lo acompañase y aun estaba incierto si conseguiría un piano y un pianista para esa noche porque a pesar de haber muchos maestros que enseñan la música en los Estados Unidos, pocos hay que sepan ni construir una escala, sea en el instrumento que fuese. Lisboa le pidió cincuenta billetes; eran estos al precio de cuatro reales, porque la capital de los Estados Unidos es muy pobre y según me dice N… es una Grande Aldea donde pastan los bueyes por las calles, con honores de ciudad. El ministro portugués pidió

también algunos billetes; en fin, todos los detalles de nuestros conciertos son parecidos; es inútil decir que el concierto éste, era sólo compuesto de N… desde el principio hasta el fin; que los gastos enormes aquí eran mayores que el producto del concierto, etc., etc…

Nosotros separados ahora, viendo redoblar el huracán habíamos perdido el tino; así como el marinero que perdido el rumbo y el timón en medio a la borrasca se abandona al elemento que amenaza sumergirlo!

Lisboa lo había invitado a una comida diplomática a la que asistirían la mayor parte de los agentes extranjeros residentes en Washington y algunos senadores: propúsole también presentarlo a un escritor que pasaba por hombre de mucho talento y que según opinión general, cuando él protegía un artista con sus artículos un buen concierto era infalible; y el buen hombre era desinteresado porque sólo exigía la mitad de los productos fuera de los gastos! N…. a pesar de su carácter enemigo de exageraciones se convino con este hombre como solo cable en la tormenta.

Sin embargo, en los Estados Unidos donde a respecto de Artes no hay opinión propia es cosa difícil cuando no se viene de Inglaterra el hacer negocio; y cuando se ha conseguido entusiasmar un auditorio sin influencia europea, debe colocarse entre los milagros fenomenales que son atributo exclusivo del genio.

Cada una de las cartas de N… que yo recibía a diario era una puñalada para mí! Qué admiración causaba entre las gentes de la casa la diaria correspondencia nuestra! En estos países donde nada que tenga relación con el sentimiento se comprende, donde la palabra “sacrificio” ni existe siquiera, es cosa indescifrable cómo dos individuos cuyos corazones es tan unidos por los lazos del cariño, se pueden corresponder a costa del gasto de 14 centavos diarios. Catorce centavos que en el fin de la semana hacen noventa y ocho centavos, casi un peso!… Qué amor tan caro! Cáspita! si fuera cuestión de una carta por mes… ! pero todos los días es chanza pesada!… Los americanos son “prudentes”, por eso no saben lo que es amar! En medio de sus trabajos no quiso N… asimismo desperdiciar la ocasión que se le presentaba de visitar la tumba de Washington, del héroe de la América del Norte!

Una mañana se embarcaron en un pequeño vapor sobre el río Potomac que cruza Georgestown y costeando la margen desembarcaron en un paraje donde poco distante al interior se encontraba la casa de Jorge Washington habitada hoy por alguno de sus descendientes y guardada por el cochero de Washington que aun existe: es éste un negro viejísimo que muestra la huerta a los viajeros, los cuales siempre lo recompensan generosamente. N.. tomó una cereza de un árbol plantado por la misma mano del héroe y pagó por ella dos reales! Fueron después al primer sepulcro de esta familia, poco distante de la casa… “

“solo tú, —dice el manuscrito— mi Eulalia, que “empezabas a tener vida en mis entrañas y mis memorias erais “mis compañeras inseparables!” : “La casualidad me hizo nacer entre esa clase escogida de la sociedad y más tarde mi aplicación e inteligencia natural me conquistaron el primer lugar entre las jóvenes argentinas y estaba muy acostumbrada a ser considerada para no recibir como cosa natural el agasajo con que fui tratada en el Brasil y Nueva York. En cuanto a tu padre, hija mía, aunque el velo del más profundo misterio cubre su nacimiento, basta mirarlo para reconocer “el hombre de raza”, tipo que en Europa es inequivocable (sic), particularmente en Portugal donde la aristocracia aun no se ha mezclado con el pueblo como en otros puntos de Europa. Su noble corazón y su inteligencia bastarían con todo, a hacer de él un hombre remarcable (sic)”.

” Tu ajuar se compuso, recuérdalo siempre, hija mía, de cuatro camisitas viejas pero blanditas; doce cuadros de algodón para pañales y dos vestiditos con cuatro ombligueros. Nunca olvides esto; si eres pobre, para recordar que lo fuiste desde la cuna; si llegas a ser rica, para que trayendo a la memoria los sufrimientos de tu madre tengas lástima de los infelices y sacrifiques tu lujo a la caridad del pobre no envileciéndote los pasajeros bienes de la fortuna”.

“Eras muy chiquita, muy flaquita y muy fea; ahora que te vas pareciendo a tu papá y tienes catorce meses menos siete días, eres bonita”.

Juana Manso

 

(Tomado del  Apéndice del libro de Velasco y Arias, María, Juana Paula Manso: vida y acción, Buenos Aires, Porter, 1937)

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