Los padres de la escuela pública de Argentina y Uruguay, cautivos de las palabras de una feminista de 25 años en el siglo XIX. Por Karina Paola Belletti, sobre un artículo del Dr. Barry Vellemane un artículo del Dr. Barry Velleman

Sarmiento ha sido, usando sus propios términos, un “hombre de sexo masculino” que se trajo en su valija de viajes las voces progresistas de “hombres de sexo femenino”. Se dejó deslumbrar, acunar, cuidar, amar y fue un alumno fiel. Su sordera física jamás le impidió escuchar las voces o ecos de las mujeres de talento.

En 1998, el número 2 de la Revista Interamericana de Bibliografía, publicó un artículo 1 del Dr. Barry Velleman 2, autor de “My dear sir” y su posterior versión en español, donde se dedica a retratar el pensamiento de José Pedro Varela y cómo su vínculo con Sarmiento cambió su mirada del mundo educativo.

Lo más interesante es la introducción de este estupendo artículo, que intentaré traducir al español.

La historia transcurrió una tardecita noche en Washington D. C. y es el relato del discurso de una joven mujer activista de los derechos de la mujer en Estados Unidos. Una pequeña Juana Manso de 25 años, que, en 1868, deslumbró y cautivó a dos caballeros sudamericanos: José Pedro Varela y Domingo Faustino Sarmiento, los padres de la educación pública en Uruguay y Argentina, respectivamente.

Como Kate Doggett Newell, otra de las amigas de Domingo, Anna Dickinson llevaba el pelo corto y a lo varón. Receptora de las críticas de la época -al igual que Juana Manso-, Anna, posiblemente, tampoco encontraba el tiempo ni le importaba diseñar una apariencia de muñeca decorativa. Anna, Kate y Juana distaban mucho del ideal de mujer que proponía, en Argentina, la Sociedad de Beneficencia, bajo la dirección y control de Mariquita Sánchez de Thompson.

(…) Una tarde de primavera de 1868, cerca de 800 personas se reunieron en un teatro de Washington, D. C. para presenciar un discurso sobre el sufragio universal y los derechos de las mujeres. La oradora era una mujer que se llamaba Anna Elizabeth Dickinson, quien, en ese momento, tenía 25 años. Con un simple traje negro que…“mostraba bien el encanto de sus curvas” y “morocha con un corte corto de estilo masculino y con raya al medio”, la señorita Dickinson se expresaba con una voz que era “metálica, penetrante, que parecía palpitar”. En un determinado momento, la joven se largó a llorar compulsivamente, al tiempo que demandaba plenos derechos para los libertos, que habían sido “liberados” en la reciente guerra civil. Una vez terminado el
discurso, la señorita Dickinson, acompañada por un joven, se sentó en el comedor de un hotel cercano. En ese mismo lugar, dos sudamericanos que habían escuchado sus palabras estaban, ahora, conversando sobre el tema mientras saboreaban, en la misma mesa, ostras y tomaban café. Los sudamericanos estaban azorados de ver que “la oradora había desaparecido, dando lugar a la mujer, una mujer de “apariencia coqueta” (Varela 1945, 146). El más joven de los caballeros, José Pedro Varela de Uruguay, de 23 años, estaba tan impresionado con las habilidades oratorias de la señorita como con su atractivo comportamiento tras bastidores. Escribió que “era la primera vez que veía a un orador llorar delante del público y me sentí profundamente conmovido a pesar de no compartir sus ideas. Otra cosa serían los pueblos del Plata si tuviéramos siquiera unas veinte mujeres como ésta por allá” (Ibid, 144-45). Para Varela, la señorita Dickinson representaba la mujer estadounidense, “Yo la miraba y la miraba sin poderme convencer de que aquella niña aparentemente frívola e insignificante fuera la misma persona que yo acababa de oir disertando con tanto talento sobre tan graves cuestiones. Pero . . . ésa es la mujer norteamericana” (Ibid., 146).1”

Anna Elizabeth Dickinson (1842-1932)3: Oradora y conferencista estadounidense, abolicionista y defensora de los derechos de la mujer. Fue la primera mujer en dar un discurso en el Congreso en 1864, bajo la presidencia de Abraham Lincoln. Como no se privaba de vivir la vida, también, fue una de las primeras montañistas: la primera mujer blanca que subió los picos Colorado Gray, Lincoln y Elbert en mula en 1873. Según la prensa, el haber usado pantalones para realizar el ascenso fue un verdadero escándalo.3

Nota 1:  http://www.educoas.org/portal/bdigital/contenido/rib/rib_1998-2/articulo5/article.aspx?culture=pt

Nota 2:  Velleman, “My dear sir”, ICANA, 2001. Barry Velleman, “Mi estimado señor”, Ocampo,
2005. https://www.lanacion.com.ar/cultura/recopilacion-de-cartas-a-sarmiento-nid700709

Nota 3:  https://en.wikipedia.org/wiki/Anna_Elizabeth_Dickinson#cite_note-Gallman-16

 

Comments (2)

  • Edgardo González Rojas

    Excelente!!!

  • María Graciela Garcia

    Muy buen artículo..

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