Los baños de Cap-May por Juana Manso. Álbum de Señoritas. 1854

A la entrada del río Delaware, en lo que se lla­ma los Cabos del río, está el Cabo de Mayo, don­de el espíritu de especulación de los americanos ha levantado una ciudad de hoteles, con raras cabañas (cottage) esparcidas en las cercanías, rodea­das de su competente jardín a la inglesa.

No hay en Cap-May una sola casa particular, o para mejor decir las casas particulares se transfor­man en hoteles, que la moda torna en verdaderas torres de Babel durante las seis semanas consagradas a los baños. En todas las estaciones una manía favorita en la sociedad de la Unión.  En la primavera, son las excursiones por los ríos. En el verano, los baños de New-Port, de Cap-May o las aguas de Saratoga, los paseos al Niágara, etc., etc. En el otoño, es la fuerza de los Pic-Nic o rome­rías a las aldeas vecinas, con músicas y buenos fiambres. En invierno los Sleigs, trineos y los pa­tines.

El americano es avaro de ganar, para gastarlo. Sin ser desperdiciados, ellos disponen sus horas de modo que las horas de reposo en los días de la semana, son dedicados al paseo, a los teatros, a los placeres en fin; y esos goces, estando a la altura de todos los medios, son generales al negociante, al artesano, al propietario, al manufactor, a todas las clases de la sociedad en fin, porque no creemos que haya una sociedad mejor equilibrada, ni don­de la condición material del pueblo, y de los po­bres sea mejor.

Cap-May tiene hoteles y Boardings  (hospederías particulares) de todos los precios.

Sin embargo, esas casas se dividen en clases.

Mention House, Congress Hall, y Atlantic Ho­tel, eran en 1846 los centros de la moda. La pr­mera de estas casas Mention House, era el asilo de los viajeros fashionables y de la alta aristocracia. Congress Hall era la posada exclusiva de los quákeros y el hotel del Atlántico, era de todos el me­nos fashionable.

Nosotros nos alojamos en Mention House.

Después de los grandes hoteles hay las casas Boardings, las de primera clase, donde hay una atmósfera de buen tono, y de lujo, de confort y de hidalguía, que realmente es muy agradable. Des­pués hay otras casas término medio, y en fin hay los albergues de artesanos, enteramente sanfaçon, pero que conservan aquella educación y compos­tura que hacen una parte integrante del modo de vivir y de ser de los hombres de aquel país.

Todo cuanto se nos había dicho a respecto de los hoteles en los Estados Unidos, nos parecía exa­gerado.

El vapor Ohio salía de Philadelphia con des­tino a Cap-May, lo aprovechamos y partirnos en él.

Habían anunciado los pasajes, a half dollar (me­dio patacón) incluyendo los carros que esperan en el muelle de la ciudad del cabo, para conducir los pasajeros a los respectivos hoteles a que vienen destinados, al paso que acomodan también los baú­les, según los letreros que traen.

Una persona conocida nos dijo, «ya verán Uds. a la vuelta, lo que van a hacer los Yankees»

La concurrencia a Cap-May era excesiva ese año; Mention House, era de los grandes hoteles, el que menos concurrencia tenía. Congress Hall y At­lantic Hotel, estaban apiñados de pasajeros.

La primera obligación del bañador así que llega es, pasada una buena hora de su arribo, ir a tomar baño para ostentar sus atavíos de la época.

Los hombres con sus botas de goma elástica,  pantalón y camisa de bayeta, el sombrero de hule y una faja salvavidas en la cintura.

A toda hora los carros de conducción están lis­tos, a pesar de la corta distancia hasta la playa don­de hay numerosas casillas de madera, y tiendas de lona, para desnudarse con comodidad.

La vida de los baños es bastante alegre. El movimiento continuo, la diversidad de viajeros, las diversiones todas, distraen el ánimo más preo­cupado y melancólico, hablo por experiencia; la nostalgia crónica de que padecen los artistas que pasan la mitad de su vida a recordarlo pasado, y la otra mitad a buscar un algo indescifrable al tra­vés de regiones lejanas y de mares desconocidos, sin encontrar jamás esa visión misteriosa de su pensamiento.

Las cinco semanas pasadas en Cap-May corrie­ron de prisa.

A las seis de la mañana las campanas de los hoteles tocan un verdadero arrebato para recor­dar a los bañadores matutinos.

A las 7 el almuerzo está en la mesa.

Mesas monstruosas de cien cubiertos, y de las cuales existen a veces tres, cuatro, seis, ocho, diez conforme el número de viajeros.

La leche circula allí en abundancia y todas las golosinas de un almuerzo americano que se redu­cen a los Poney Cakes, Bokooi Cakes, Moolfs , etc. etc.

A las 9 ya hay periódicos de New-York y Philadelphia.   A las diez se forman las partidas de bolas.

Hay al efecto un galpón para las señoras y otro para los hombres.

Al principio la mala semilla de mis preocupa­ciones españolas se oponía a que tomase parte en aquel juego, pero el ejemplo me arrastró porque ya principiaba a despojarme de todas esas ideas falsas bebidas en la fuente de la ignorancia. Ju­gué tanto y tan bien que me hice remarcable en­tre mis compañeras de los baños que me daban siempre la preferencia del primer lugar.

A las once, había otra data de bañadores.

A medio día cada cual se recogía a su cuarto, y empezaban a circular las bandejas de los launchs (como nosotros llamamos las once.)

A las dos y media se reunía la sociedad en el Parlor Ladies (salón de las damas.) Ya se sabe, ni la vida del campo exceptuaba las señoras del rigor de la etiqueta. La mayor parte de los hombres, vestían de negro, y era raro el vestido de muselina que infringía el lujo de las toilettes de las señoras.

Una multitud de criados todos de pantalón negro y chaqueta blanca, chaleco negro y corbata blanca, con sus alvísimos delantales, servían al derredor de las mesas, con su jefe a la cabeza que es el que preside con una campanilla en la mano a todas las evoluciones.

Durante la estación de baños vienen bandas de música que recorren los hoteles y se estacionan en los corredores, a la hora de comer. Unas veces rompen al servirse la sopa, en otros al primer toast de los postres. Esa música da un tipo particular de fiesta. Parece una reunión de amigos, porque la confraternidad se establece ligero en los baños, es verdad que el día de la separación al pronun­ciarse la palabra Adiós, se ha leído la última página del romance de esas amistades transitorias que raras veces echan raíces en aquel país.  La tarde es la hora del paseo a pie y en carruaje, la playa de Cap-May presenta el más bonito golpe de vista posible. Se reúnen allí más de seis u ocho mil personas, unos bañándose, otros paseán­dose en carruaje.

A las seis las campanas llaman al té, y después del té, las diversiones varían.

Hay lo que llaman Hops o bailes improvisados, los conciertos, los fuegos de artificio, y otras veces en que nada de eso se proporciona, la sociedad se reúne en la sala principal, se conversa, se canta, se toca el piano, en fin, se pasa la noche agradable­mente.

Durante la comida recorren las mesas toda casta de subscripciones.

Para los botes salva vida, para los bailes, para los fuegos artificiales, etc., etc.

Escasas son las comodidades de los cuartos ofre­cidos a los viajeros, así mismo el propietario es preciso que gane en seis semanas lo que debería ganar en un año; por eso se pagan once fuertes por cada persona por semana sin contar el consumo de los vinos, refrescos, etc.

Al regresar a Philadelphia, el aviso de nuestro amigo se realizó y los pasajes de retorno habían subido a los precios acostumbrados, de modo que el medio patacón fue solo un medio de atraer los incautos y de especular más seguramente.

Es una cosa indispensable en los Estallos Uni­dos, el ir a los baños o al campo en el verano, lle­ga a tal punto la monomanía, que aquellos cuyas economías no alcanzan al deseado viaje de los baños, echan la voz de que van al campo, y a veces no salen de la misma ciudad, pasando un par de semanas de encierro en alguno de los Boarding Houses de los barrios retirados o los arraba­les de la ciudad, donde la sociedad no es muy fashionable y donde no se vive con grandes lujos; so­lo para no quedar en un punto ridículo.

Verdad sea que el número de esas personas es raro; porque además de los puntos centrales de reunión, hay lindas aldeas en los alrededores, donde se puede estar perfectamente, y en el últi­mo apuro, hay las cabañas de los paisanos donde por muy módica suma, le cederán al viajero, un cuarto perfectamente limpio, una cama lo mismo y una comida frugal pero aseada y gustosa. Y a la verdad que la sociedad de los paisanos ame­ricanos nada tiene de importuna. Sus costum­bres de tipo patriarcal, su instrucción más que me­diana, la regularidad de sus hábitos, y la variedad de los trabajos agrícolas de la familia interesan, divierten, y proporcionan goces más sencillos pero también más útiles.

Álbum de Señoritas, Tomo I, Buenos Aires, enero 22 de 1854, Núm. 4.

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