Las misiones. Juana Manso

Nos parece que ha llegado el momento de formar en Buenos Aires uno de esos grandes centros de hospedaje para los misioneros.


Acaban de marchar tropas para contener la invasión de indios… va a correr la sangre de nuevo…Será que no haya otros medios de persuasión para esos desventurados, sino el sable y el plomo?


No sería posible conquistar todos esos corazones a Dios, esas inteligencias a la sociedad, y esos millares de brazos al trabajo de nuestros incultos desiertos?

Si, creemos que puede hacerse, y que esta expedición armada debe ser la última que parta contra los indios.


El fanatismo ha muerto, no es posible resucitarlo; el espíritu verdadero del cristianismo resplandece sobre todas la quimeras, ambiciones y combinaciones humanas, el impulso está dado y no es posible retroceder.


Padres de la Iglesia, que lleváis el nombre de cristianos, cumplid el precepto del Evangelio:

“Id y predicad diciendo que se acercó el reino de los cielos

“No poseáis oro ni plata, ni dinero en vuestras fajas.“No alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque digno es el trabajador de su alimento Evangelio según San Mateo

 

Sí, reuníos que no os faltará protección, y partid para la pampa. En vuestro tránsito encontrareis cristianos que solo llevan este nombre, cuya alma está seca y descreída, de cuyos ojos no acostumbra correr ni una sola lágrima de piedad, a esos también es necesario acudir.


Con todo, ved que no os pido que vayáis a fanatizarlos, no a lanzar anatemas, y a pavorizarlos con el infierno.

Habladles de caridad, de fe, de esperanza, de la misericordia divina; ceñid vuestras palabras al espíritu puro y luminoso de la doctrina del divino maestro.


De todos los materialismos, el de la religión es el más funesto, porque el hombre rudo que cree en las indulgencias y en la virtud de los escapularios, deja crecer en su corazón la planta venenosa del rencor y de las venganzas; se cree protegido por los amuletos y no sabe que las prácticas exteriores son solo para engañar los ojos del mundo.


El ojo de Dios ve los arcanos de la conciencia y allí no hay disfraz posible.

Si la devoción es aparente, si el perdón está en los labios, si la fe es interesada, si la esperanza es egoísta, a los ojos del mundo seremos virtuosos, pero el reino de los cielos no será para nosotros.


Por eso el misionero debe de penetrarse del carácter que reviste sobre la tierra y principiar la misión con consigo mismo, sino tiene fuerzas con que arrostrar tanta abnegación, que desnude el sayal, y entregue la cruz a otro que pueda. Porque nadie es obligado a hacer aquello que su naturaleza no consiente; frágil y mezquina es la humanidad, no es pues un delito ser débil.


Esperemos que en este mismo año de 54 saldrán de Buenos Aires los primeros apóstoles que vayan a visitar nuestras poblaciones de la campaña, y los habitantes de nuestras pampas.

Tal vez dentro de un año y medio empezarían a formarse las primeras aldeas de indios trabajadores aplicados a la labranza de las tierras; el producto de sus faenas vendría a aumentar el número de cereales. Podría crearse en la frontera un mercado para recibirlos: por ejemplo, San Nicolás.


Los recursos de los conventos aumentados por una suscripción popular, serían suficientes al hospedaje de los misioneros. Así que estos, diseminados por entre las tribus de índole más suave, consiguiesen la catequización, serían el Gobierno quien debería facilitar los recursos de las colonias indígenas; hacer delinear sus aldeas, repartir los campos, y facilitar los instrumentos de labranza, y estos beneficios darían al Gobierno el derecho de imponer un impuesto que aumentaría sus rentas considerablemente. Así el país habría reportado dos beneficios.


Civilizar esas tribus hoy errantes, entregadas al pillaje, la embriaguez y el vicio, objeto perpetuo de terror para nuestros hacendados, y que contribuirían con centenares de brazos a la prosperidad material y al aumento de rentas que no seria de pequeña consideración.


La experiencia nos ha demostrado que el indio tiene inteligencia, y cuando civilizado, hemos visto desenvolverse en ellos mil sentimientos nobles y generosos, mil tendencias que muestran que su corazón solo está pervertido por la ignorancia: tendamos, pues, la mano a esos desgraciados para sacarlos de la densa noche que los envuelve.


Esta patria es de ellos como nuestra. La conquista los esclavizó, los arrojó de sus lares, los despedazó, y nosotros después de la independencia no hemos hecho más que continuar la obra que comenzó la conquista. Para atraerlos a nuestra amistad no hemos tenido otros arbitrios que, o subyugarlos con el hierro mortífero, o halagarles su vanidad con zarandajas, origen de discordia entre ellos, o licores perniciosos con que hemos acabado de viciarlos.


Buenos Aires empieza una nueva era; es necesario que todo elemento de progreso entre en el cuadro de su nueva marcha.

 

 

Álbum de Señoritas. Juana Manso                                                                   

 

 

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