La voz de la urgencia, la domesticidad imposible (Prólogo a «Los Misterios del Plata») Por Mercedes Araujo

La abundancia de perspectiva o el exceso en la lejanía respecto de un universo estético, político y moral que casi dos siglos imprimen a esta obra, puede provocarnos extrañamiento al momento de tender el puente sinuoso que un lector establece en su acción de lectura y abordaje; ligamento tejido con cantidad de vaivenes y torsiones que ocurren desde la perspectiva histórica y que, creo, es lo más valioso que la experiencia de lectura de Los misterios del Plata de Juana Manso nos propone
Sabemos algo, Juana Manso nació en 1819 en los albores de un país aún sin construir y creció y se convirtió en escritora valerosa en un medio donde tenían lugar guerras de las que tuvimos noticias en nuestra educación formal, pero que ahora podemos imaginar, gracias a la mirada particular y rica en descripciones y detalles de Manso, como verdaderas y sanguinarias tragedias y horrorosos encarnizamientos con el enemigo, crímenes, asesinatos, revoluciones y el nacimiento de un poder autodenominado restaurador, que hacía gala de la crueldad alevosa con sus opositores, entre los que la autora se ubica.
Es Yourcenar, la que nos dice que inevitablemente se establece un equilibrio inestable entre el interés que sentimos por el autor y el que sentimos por su obra. “Ya se acabó el tiempo en que se podía saborear Hamlet sin preocuparse mucho de Shakespeare.”
Y es cierto que para leer hoy Los misterios del Plata, es ineludible pensarla a Juana Manso y que algunas anécdotas de su vida pueden resultar reveladoras dos siglos después. Hay detalles significativos, por ejemplo su temprana vocación literaria y de traductora y la inmediata publicación de esos textos en su primera juventud, a los doce años, instada por su padre, en los diarios o periódicos de importante circulación.
El exilio familiar a Montevideo llega en 1840, momento en el que ambos, padre e hija, se presentan como declarados opositores al gobierno de Juan Manuel de Rosas, pero teniendo en cuenta la cantidad de textos de Manso que a partir de entonces alcanzan la publicación, es fácil advertir que el exilio no la silencia en absoluto, sino que por el contrario se trata de un territorio en el que la autora se instala como escritora activa y publicada y en donde funda su primera escuela de señoritas, iniciando así su actitud militante respecto de la educación pública e igualitaria, la que mantendrá a lo largo de toda su vida. Es preciso señalar que el exilio en Montevideo dura poco y luego le sigue el exilio en Brasil huyendo de otra persecución política, esta vez, comandada por Manuel Oribe a quien Manso incluye en Los misterios como un personaje tan odiado y artífice de las desgracias ajenas como el mismo Rosas.
La relación con los hombres, entre ellos, su padre, José María Manso, y luego algunos compañeros de ideales y de vida, no tiene elementos de sumisión sino que se constituye como un entramado de hilos, propicio y favorable. Su padre la apoya, la publica y, en consecuencia, la reafirma y le reconoce la voz propia, siendo ella casi una niña. Lo mismo ocurrirá luego en su relación con Domingo F. Sarmiento, con quien trabajará para llevar a cabo el proyecto educativo laico, mixto y estatal que ambos admiran y toman de los Estados Unidos; y con José Mármol, amigo personal y crítico, con quien, establece alianzas fraternas y políticas. José Mármol presenta a Juana con Sarmiento, probablemente sabiendo que ambos, obstinados, audaces y de acción no dudarán en unirse para promover el proyecto de educación progresista; y cuenta la historia que haciendo referencia ella misma a sus primeras apariciones juveniles como escritora y traductora, diría de sí a Sarmiento “ya ve usted que debutaba por la educación y me declaraba antiesclavista y negrófila”.
Respecto de la fundación de la educación pública argentina, el papel de Juana Manso es decididamente destacable, tanto como el de Sarmiento, a pesar de que la memoria de su preponderancia haya sufrido el olvido. Manso no sólo crea, publica y distribuye un compendio de métodos de enseñanza sino que obliga a los educadores del momento a desterrar cualquier tipo de castigo físico a los niños, propicia el estudio de idiomas y profesionaliza el ejercicio de la docencia y los concursos públicos de los cargos directivos.
Sobre su vida sentimental sabemos que se casó en 1844 con el violinista portugués Francisco de Saá Noronha, que fueron compañeros de viajes, ambos creativos y aventureros, que viajaron a Estados Unidos para establecerse allí, donde nació su primera hija, que la vida en Estados Unidos fue difícil económicamente, que sufrieron los avatares de la vida bohemia y nómade, en algún momento idealizada, que vivieron en Cuba y que en 1848 regresaron a Brasil. En Brasil escribieron juntos las obras teatrales La Familia Morel, A Saloia, A Esmeralda, Rosas y ella en 1851 fundó el Jornal das Senhoras, publicación de poemas, crónicas sociales, partituras y artículos dedicados a la educación de la mujer y su emancipación.
Sabemos que Gorriti despidió sus restos y dijo de ella “sin ella nosotros seríamos sumisas, analfabetas, postergadas, desairadas. Ella es el ejemplo, la virtud y el honor que ensalza la valentía de la mujer, ella es, sin duda, una mujer». Hoy es claro que a Manso, a Gorriti, a Mansilla, entre otras, la domesticidad les resultó imposible, aunque no huyeran del todo de allí, se resguardaron de un silencio que no era para ellas. Ligadas o no en una cotidianeidad o reconocimiento común, todas parecían estar dando la misma pelea: apropiarse de un lugar desde el cual decir.
Es en 1840, que Juana se encuentra escribiendo Los misterios del Plata y es también por entonces que Francisco Noronha se fuga hacia Portugal con otra mujer y que su padre muere.
Juana Manso, vuelve a la Argentina, publica el Álbum de Señoritas y su novela histórica La Familia del Comendador, donde critica y denuncia costumbres, todavía toleradas, como el esclavismo solapado y se enfrenta con la religión católica, en tanto espacio y forma de poder tan sostenido por las mujeres de entonces, posición que la pone nuevamente en un lugar marginal y que la lleva de regreso a Brasil, hasta que en 1871 Nicolás Avellaneda la designa en la Comisión Nacional de Escuelas, siendo la primera mujer en ocupar el cargo. En 1874 Juana Manso se enferma y al año siguiente muere.
Tanto la vida como la escritura de Manso tienen un fuerte componente moral, una obligación de denuncia y el enfrentamiento a los valores conservadores que imperan y ponen a la mujer en lugares de marginalidad. Su escritura se basa en una urgencia del decir como modo de transformar una realidad adversa (,). Hay en ese decir una urgencia política, pero también literaria y, sobre todo, su escritura tiene una particularidad es rica en la personalísima diferencia de perspectiva sobre los valores medios de la época. Manso es anticlerical, aunque religiosa, y se convierte en una detractora que da cuenta sin miramientos ni huidas (,) de la relación -que la autora denuncia en esta obra- tan complaciente con el poder político y las atrocidades del régimen rosista.
Manso es feminista, convoca a las mujeres a luchar por sus derechos, es antiesclavista y anticlerical y lo demuestra con el discurso y la acción, establece sus alianzas, denuncia la desigualdad, la hipocresía, la secularización del matrimonio y promueve la educación. Es y vive en la vitalidad de la denuncia, rechaza los intentos normativos de la docilidad y el silencio, no cree en la inocuidad de la falta y se enrola y entrevera en una pura y auténtica enunciación, pero en consecuencia, es duramente tratada e injuriada. Aún así nunca aceptó el lugar de la subordinación o la afonía, sino todo lo contrario, actuó, se defendió y enjuició a quienes la calumniaban.
Se puede pensar que en el siglo XIX, siendo mujer y perseguida política, existía la opción para Manso de domesticarse o también que su vocación de escritora podía dejarla en las márgenes de lo político, en el resguardo de la vida propia y privada. Pero en ella hay vida por fuera de la literatura, hay discursos públicos, hay odio enunciado y explícito, y nunca, la tentación del eufemismo en el decir o de la conciliación, la vida se trata de decir, es la construcción discursiva, el enfrentamiento verbal con el canon de lo aceptable para una mujer del momento. En la escritura, no hay tampoco mansedumbre alguna sino una briosa y decidida urgencia política de denuncia, pero, y esto es lo que la vuelve tan interesante, el texto no se queda ahí, sino que la elaboración novelesca se instala cómoda en una escritura que se complace en la descripción del paisaje, rica en figuras, formas y ritmos. En el texto de Manso, hay revelaciones literarias y tanto paisaje como personajes serán descriptos con la complejidad de sus vaivenes, sus mutaciones y vacilaciones, que ocurriendo en el mismo devenir literario, hacen a los personajes cambiar, transformarse y actuar en consecuencia. Además y no menor, es destacable cómo la autora logra con unas pocas pinceladas esbozar los dilemas, sufrimientos, verdades y destino a los que los personajes se enfrentan con la habilidad de quien necesita poco para decir mucho.
El personaje principal, romántico en su naturaleza, Valentín de Avellaneda, ocupado por sus ideales y a quien vida y principios le han cercado sus enemigos políticos por ser unitario, es atrapado por los federales comandados por el tirano Rosas, el hombre tigre, al regreso desde un exilio que lo ha torturado por la ajenidad, la inutilidad y la falta de pertenencia, junto a su mujer y su hijo, cuando se encaminan hacia una nueva tierra en donde asentarse, la joven república de Corrientes.
Hay numerosos personajes hombres, bien definidos y que son, tanto amorosa como ideológicamente exaltados e idealizados, la representación de diversos tipos sociales, de clases, de orgullos y pertenencias, como la del gaucho, como la del hombre ilustrado y citadino, que son puestos en acción a vivir sus desencuentros, traiciones y desengaños, mientras van dando cuenta de lo opresivo que era vivir entonces si se estaba en contra del orden imperante. Pero también está la heroína, que en este libro es Adelaida Maza de Avellaneda cumpliendo un rol esencial en la resistencia contra el destino forzado de su marido, a quien Manso recrea de acuerdo a su propia visión de la mujer, fuerte, resistente, inteligente y hábil para la resolución de los conflictos y los dramas de la vida.
Cierto es que la novela que hoy leemos está atravesada de su propia experiencia del odio y que tiene momentos literarios memorables, particularmente, los que dedica a describir la pampa y sus paisajes con paletas de colores sutiles y preciosos y cuando da cuenta de la melancolía de los personajes centrales contrariados por odios y luchas que giran en torno a una idea de país.
El libro tiene un extraño desenlace y, si bien es cierto que cualquier información relacionada con el final de una novela puede resultar inconveniente de incluir en un prólogo, en este caso nos resulta necesario mencionar que el final de la versión que hoy leemos fue agregado por uno de sus editores y según se nos dice “de acuerdo con las indicaciones de una persona competente y conocedora de nuestra historia nacional, a fin de conservar en lo posible, el carácter de novela histórica que tiene este trabajo. Se ha tratado, también, de conservar el estilo de la autora”.
La lectura de Los misterios nos deja algunas reflexiones, si bien éste y otros textos de mujeres escritoras del Siglo XIX estuvieron buena parte de las últimas décadas o del siglo XX en un silencio obligado por la falta de reediciones, los datos biográficos de Manso nos dejan ver que aquel momento histórico en que aparece por primera vez la novela como género en el Río de la Plata, no se trataba de un paisaje literario carente de voces o escrituras producida por mujeres, tampoco de un territorio completamente vedado ya que en aquellos tempranos años –no más de tres décadas desde la Revolución de Mayo- Manso y otras están, existen y poseen fuertes identidades como escritoras y feministas, con posiciones políticas, en algunos casos, comprometidísimas y progresistas, de marcados rasgos liberales y manifiestamente públicos como el anticlericalismo y el antiesclavismo. Pero es fácil comprobar cómo, tempranamente, se las borra del mapa y también cómo aun habiendo trazado inteligentes estrategias del decir, es en una inmediata posteridad que sus obras quedarán silenciadas. La predominancia del poder y el saber estrictamente masculino, la formación y transmisión académica, la crítica, la política y los medios de comunicación orientarán casi de inmediato sus timones a dar cuenta de otras obras, gestadas por escritores contemporáneos como Echeverría y Sarmiento, de manera tal que nunca dejaran de ser reeditadas, estudiadas y enseñadas mientras que, inversamente se va produciendo el borramiento lento y mantenido en el que entran las obras de ellas.
Por esto es tan necesario leerla y porque como se dijo de o le dijeron a Juana Manso: “una mujer pensadora es un escándalo y Ud. ha escandalizado a toda la raza” (Domingo F. Sarmiento, en Epistolario íntimo).

Mercedes Araujo

Mercedes Araujo nació en Mendoza en 1972. Es escritora y abogada. En 1993 obtuvo el segundo premio del Certamen de Poesía Joven -Dirección de Cultura de Mendoza- con la obra Bocetos barrocos. En 2000 fue premiada en el concurso “Diez poetas jóvenes”, organizado por la Fundación El Libro. En 2006 obtuvo mención de honor del Fondo Nacional de las Artes por la novela Tiempo Salvaje. En 2010 obtuvo el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes en poesía con el libro La isla.
Publicó los libros Ásperos esmeros (Ed. Del Copista), Duelo (en colaboración, Ed. En Danza), Viajar sola (Ed. Abeja Reina) y La isla (Ed. Bajo la luna). Sus poemas forman parte de las antologías Hotel Quequén I, Hotel Quequén IV y Poetas argentinas, 1960-1980, Ed. Del Dock

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