La Siempre Viva por Néstor Tomás Auza

 Una nueva revista femenina 

La incansable y permanente laboriosidad de Juana Manso se evidencia por el fruto de sus desvelos periodísticos. Las páginas impresas que ella escribiera han perdido hoy una buena parte del brillo y la frescura que gozaron en su época pero atesoran aún su pensamiento renovador y progresista. La hemos visto ya redactar las columnas de La Flor del Aire hasta su cierre y la hallamos inmediatamente al frente de su nueva creación La Siempre-viva. Esta revista se manifiesta como continuadora de aquélla según nos lo hace constar la redactora en la primera entrega. Ella creyó oportuno variar el nombre de su revista y sin salirse del romántico uso del léxico floral apeló a un nombre que le sirviera como símbolo del espíritu que le animaba. Si aquella primera se denominó La Flor del Aire, ésta se llamaría La Siempre-viva.

Apareció esta revista el 16 de junio de 1864 y se extendió hasta el 9 de julio de ese año. Su colección por lo que nosotros conocemos abarca sólo cuatro entregas. En calidad de editor figuraba el lacónico nombre de Pintos, que correspondía a Luis Telmo Pintos, que ya era conocido por figurar como editor de revistas literarias y femeninas. La redacción estaba a cargo de Juana Manso. No pretendía esta escritora tener la exclusividad en la redacción, por lo que hacía llegar a sus correligionarias del bello sexo esta gentil invitación:

«Las señoritas que gusten ser colaboradoras del diario pueden dirigir sus correspondencias a la Redacción Calle de la Independencia Nro. 307 »

Y a continuación, para que nadie dudara de la paternidad de los escritos, aclaraba: «Todo artículo que no lleve inicial será considerado de la Redacción». Sin duda ellos le pertenecían. Las mujeres porteñas no se mostrarían cautivadas por las letras, a juzgar por la ausencia de colaboraciones que La Siempre-viva demostró.

Los propósitos del periódico eran ambiciosos ya que su editor y redactora advertían que estaría dedicado a «Literatura, modas, teatro, bellas artes, crónicas». Como se observará toda una variada enumeración de géneros que, sin duda, debían cubrir el horizonte de los intereses femeninos de esos años. La Siempre-viva ostentaba debajo de su título esta identificación clara y terminante: «Periódico literario ilustrado dedicado al bello sexo argentino, escrito por señoras», lo que evidenciaba la exclusividad femenina de la redacción. La composición tipográfica de la revista estaba bien cuidada, casi diríamos impresa con belleza, ya que la tipografía, la distribución de los materiales en dos columnas y los títulos armonizaban con el formato elegido.

La escritora residía, para ese entonces, en los aledaños de la ciudad y desde allí redactaba las cuartillas que luego enviaba a su editor, a quien calificaba, entre irónica y risueña, «uno de los siete Durmientes que se ha escapado del Oratorio de Haendel y ha venido a Buenos Aires para probar la paciencia mía». El rincón de su residencia, centro de trabajo y reflexión, ella lo describía así:

«No frecuento diversiones, no tengo amistades que me distraigan, vivo en una especie de ermitaje en un arrabal de la ciudad enseñando a leer a las criaturas de Dios por la mañana y estudiando, meditando y escribiendo el resto del tiempo.»

Desde su retiro obligado Juana Manso elaboraba sus pensamientos y predicaba su mensaje a las mujeres porteñas, aún replegadas en la intimidad de sus casas y dominadas por el cotidiano ajetreo de la familia, apenas perturbado por las exigencias de la vida social o los ecos de la política y la guerra.

¿Educación o emancipación de la mujer?

Juana Manso no puede sustraerse a ciertas prácticas periodísticas de su época de modo que, al cambiar el nombre de su publicación siente la necesidad de encabezarla con una explicación del programa que piensa desarrollar. La escritora se muestra allí con la firmeza y claridad de objetivos de quien sabe lo que quiere y su mensaje tiene mucho del contenido ejemplar de la docencia, que ella ejerce como profesión, pero sin faltarle tampoco, en buena dosis, los reclamos feministas por una emancipación cultural y civil de la mujer. Sabe que para esto último debe luchar con ciertas prácticas y costumbres muy arraigadas por la tradición y ella se muestra dispuesta a iniciar el cambio empezando por esclarecer la inteligencia de sus pares. Decirlo, expresarlo, es ya el punto de partida para la acción. Y quizá su postura, que tiene algo de precursora, aunque no de precursora única y solitaria, le ocasionaría, si no la inquina, al menos la desconfianza o el recelo de muchos hombres de su época y, en especial, de sus colegas en el oficio de escribir.

Su mensaje era claro. Veámoslo:

«No vengo sólo —dice— a contraerme a sostener el órgano de la Moda que es la cultura exterior, sino a crear un órgano de los intereses morales e intelectuales de la mujer, que la instruya en su verdadero destino, la consuele en sus secretas penas y armonice sus tareas domésticas.»

Vale decir, para Juana Manso, la ilustración y las virtudes se daban en fraternidad, no se enfrentan; y la mujer argentina de su época, a su entender, debía cultivarse, precisamente, para perfeccionarse como mujer.

«En nuestro país, como en todas partes, el hombre cultiva su inteligencia mientras que la mujer queda a retaguardia de la civilización. (…) Efectivamente, el hombre habla de ciencias, literatura, progreso, mientras que la mujer habla de modas y modas, cuando no recurre al triste expediente de la murmuración y al más reprobado del chisme y de la intriga.»

El axioma era simple para Juana Manso. La educación de la mujer es parte del desarrollo de un país; lo contrario, la «disparidad intelectual, conduce al hombre al Club y a la mujer a las tiendas», según sus palabras. Para crear el sentimiento por los valores intelectuales y gusto por las ideas funda La Siempre-viva.

«…habituémonos —expresa— a la vida intelectual, un día u otro la preocupación que nos cierra las puertas de las bibliotecas se quebrará y el sentido común demostrará que así como es libre la entrada a los templos, a los teatros, a los bailes y la concurrencia a los paseos, así nada tiene de subversivo a la moral que las señoras frecuenten las bibliotecas, como sucede en todas partes del mundo civilizado.»

“Ilustrémonos pues; la mujer del cristianismo, la mujer de la civilización, no ha nacido para vivir entre una crinolina y una cresta, con un espejo por delante. Su verdadero destino, su destino de mujer, es amar, sufrir, perdonar, pero también, adquirir por medio de la educación virtudes con qué desempeñar los serios deberes de esposa y de madre.»

Como se ve, el programa que se proponía la escritora era simplemente moderado y poseía escaso contenido de plataforma feminista, como el que para ese entonces propiciaban los grupos feministas europeos o norteamericanos. Pero la lucha por los ideales que predicaba no dejaba de depararle padecimientos morales semejantes a los sufridos por sus émulas de otras naciones. El modesto programa que se proponía la conformaba; con el tiempo vendría lo demás: la emancipación civil y política comienza en la inteligencia. Juana Manso tenía conciencia exacta de su papel.

“No quiere esto decir —afirmaba— que yo venga a constituirme en mentor; pero sí creo que puedo sin pretensiones individuales abrir con el ejemplo una ruta inculta a la mujer argentina, como la abrí para la mujer en el Brasil, donde las costumbres son a ese respecto tan tirantes como aquí.»

¿Y con qué títulos aspiraba esa maestra y escritora a desempeñar su rol precursor? ¿A base de qué antecedentes que le dieran autoridad?

«Mis títulos —dice— a tan arduas empresas son haber sufrido mucho; el sufrimiento es un buen maestro; haber leído mucho, haber pensado mucho y haber visto mucho.»

La Siempre-viva era el fruto del dolor, del saber y de la experiencia y venía a florecer como una flor extraña en nuestras raudas luchas periodísticas de 1864 desplegando una bandera que, sin ser inédita, era al menos poco frecuente en nuestro medio de prensa y en la cultura de su época. «En Londres, en París, en Nueva York, por todas partes hay diarios de la especie de éste» dice la escritora. ¿Y habría clima propicio en Buenos Aires para La Siempre-viva?

Un destino para la mujer

No olvidemos que Juana Manso escribía en el año 1864, apenas dos años después de iniciada la presidencia del General Mitre, cuando aún luchaba la montonera en las provincias del oeste y poco antes de iniciarse la guerra de la Triple Alianza. ¿Podría oírse su voz de mujer reclamando para sus congéneres la emancipación por la cultura y otorgamiento de los derechos civiles? No poseemos un instrumento de investigación preciso que nos revele hoy el grado de expansión y aceptación del mensaje feminista de Juana Manso pero no podemos dudar de que algún eco habrá gozado. Ella había conocido otros países y entre las múltiples coincidencias que la unían a don Domingo F. Sarmiento hay que agregar esta otra de la admiración por los Estados Unidos.

«¿Por qué —se preguntaba— los Estados Unidos han hecho en menos de un siglo, más camino que la humanidad entera en 19 siglos?

«Debido a sus leyes; debido a la emancipación de la mujer; sobre todo porque ésta abarca de lleno la esfera de progreso, camina a la par del hombre en esa ancha y espaciosa ruta, lo secunda, lo ayuda y no por eso pierde su individualismo femenino.»

Naturalmente que al remontarse a modelos tan distantes tenía presente, ante todo, la realidad argentina en la que ella actuaba.

«Nosotros, a las orillas del gran Plata, entristecidos día a día por males sin cuenta, nos preguntamos, de dónde vendrá el remedio.

¿Del legislador?

¿De las costumbres?

¿De la educación?

¿Del convencimiento general de los espíritus? ¿Convendrá hablar? ¿Convendrá callar?»

Su respuesta a esos interrogantes coincidía con su actitud: “Sin duda todo espíritu en posesión de una verdad, debe arrojarla a las masas, aun a riesgo de que se pierda entre el tumulto, como la nota fugitiva de un canto, entre la algazara del festín.» ¡Qué símil con su pequeña hoja impresa La Siempre-viva, lanzada al tumulto porteño llevando un mensaje paradojal y adverso a su medio!

Juana Manso no sintió temores de expresar sus ideas en voz alta, en letra impresa, aunque aquéllas no obtuvieran siempre el apoyo mínimo de sus colegas de la pluma o en las destinatarias. La condición social e intelectual de la mujer era el blanco de sus ataques, pues allí se libraba la batalla inicial de su emancipación. El acceso a la cultura significaba la primera conquista.

«Hoy —decía— la condescendencia llega a otorgarle dos dedos de gramática; un poco de música; no se lleva mal con el dibujo y si alcanza algún idioma ya la pedantería no está lejos.»

«¿Desde que la mujer no ha nacido para doctor, qué tiene que hacer con los estudios?»

Propiciar la emancipación cultural y social de la mujer implicaba combatir la concepción de que «la sociedad es el hombre» y por ello afirmaba la escritora:

“Hasta la más insignificante ventaja le está vedada a la mujer por el egoísmo del hombre en estas Américas; el hotel, el café, donde aquél entra a tomar un refrigerio, le está vedado a la mujer; vive en los confines de la ciudad, tiene forzosamente que venir al centro, a una diligencia, a compras; emplea un día entero, pues debe ayunar… ¡Qué escándalo si entrase a almorzar a un hotel, a un café!»

Todo su periódico estaba destinado, aun en sus más modestas crónicas, a criticar las costumbres que de algún modo segregaban a la mujer y sólo le destinaban el recinto del hogar. Así, haciendo la crónica de una fiesta de colegio, condena a quienes piensan que no era conveniente habituar a las niñas a las representaciones escénicas pues ellas creaban excesos de libertad. Su conclusión era severa y terminante:

«No hay un país en el mundo donde la vida sea más insípida que en el nuestro; todo es malo, todo es mal visto; nuestras costumbres nada tienen de democráticas ni de republicanas. Somos los mismos hidalgos españoles de capa, peluca y espada. Madame de Noailles, la dueña más impertinente de la vieja Francia, se creería transportada al ceremonial de la monarquía de su época si estuviese en Buenos Aires.»

No se crea, sin embargo, que Juana Manso desesperaba de la enorme distancia que aún separaba a la mujer en cuanto a la condición que realmente vivía y la que a su entender debía gozar. Tenía confianza y sintetizaba su propósito de escritora buscando la educación de la mujer para obtener, simultáneamente, su emancipación moral y social. Su confianza se fundaba en estas razones:

«La mujer de las civilizaciones perfectamente redimidas de todos los vicios, como de todas las miserias que han martirizado y degradado, es una persona nueva: su emancipación moral es la condición expresa de su estado social nuevo también, en la historia del progreso humano.»

Otros contenidos de la revista

Juana Manso llenaba casi exclusivamente su revista y por lo que dejamos expresado se observa que una buena parte de su contenido estaba ocupado en trabajar por la emancipación de la mujer. Fuera de ello, en los escasos números que la revista alcanzó a publicar no ofreció una prueba muy variada de las inquietudes literarias femeninas. Probablemente no le fue posible por la reducida tirada obtener colaboraciones de sus colegas. Las cuatro entregas de La Siempreviva poseen, sin embargo, algún otro material que queremos destacar. En el primer número se inicia una serie titulada Mujeres ilustres de la América del Sud y la primera figura que se estudia es la de Luisa Díaz Vélez de Lamadrid. Se publicó a razón de un capítulo por entrega. Era propósito de la redactora continuarla con la vida de Encarnación Sanguinet de Varela y reunirías luego bajo un mismo prólogo, el que no alcanzó a publicar por la suspensión de la revista. Edgard Michelet fue el único autor extranjero elegido por la redactora para transcribir, extractando páginas referidas a la mujer y el amor. Hay una leyenda brasilera titulada La Víspera de San Juan. El árbol misterioso y la fruta del diablo pero este trabajo no lleva firma aunque sin duda fue escrito por Juana Manso ya que debió recoger esa leyenda durante su estada en el Brasil. Igualmente se publica el largo poema Páginas sin nombre, que aparece por entregas y que probablemente perteneciera a la redactora.

Siendo una revista de modas, según rezaba su subtítulo no ha de extrañarnos que algo se refiriera a ellas por muy adusta y sobria que fuera su redactora, ya que esa sección constituía uno de los atractivos de las lectoras. De modo que observamos en las cuatro entregas que conocemos que algo se dice sobre este tipo de preocupaciones, a veces con detalles y siempre acompañando cada entrega con un figurín, dibujo y moldes correspondientes.

Completan el contenido de la revista sucintas notas sobre teatro, música y crónica local. Como se ve, no era abundante el contenido de La Siempre-viva fuera del material propio de la redactora, pero no mucho más se podía incluir en el reducido espacio de ocho páginas que disponía cada entrega.

La muerte de una flor

La Siempre-viva no alcanzó a ratificar con sus entregas impresas el símbolo de larga duración a que aspiraba su redactora. Era aquélla una planta de invernadero que no podía resistir el clima enrarecido de la calle y sólo bastó el más leve soplo del pampero para agotar sus reservas de vida. Y esa muerte no fue una lenta agonía; fue una muerte rápida, prematura, apenas acababa de recibir las aguas del bautismo.

¿Cuántos números se editaron? Nosotros conocemos sólo cuatro y nos parece que no debieron de ser más. El último número correspondió al 9 de julio de 1864. En esa entrega nada se dice de su clausura y, por el contrario, se anuncia el regalo de una prima a quien renueve la suscripción. ¡Modesto e ingenuo procedimiento para atraer el apoyo financiero de las lectoras!

Hay sin embargo en esa entrega cuarta algunas expresiones que nos gustaría recordar pues se refieren por igual a la redactora como al juicio que ésta tenía de la mujer porteña.

«Cuatro números —dice— de La Siempreviva os dan una idea cabal de que en medio de la atmósfera siempre tempestuosa de la política de nuestro país, ha nacido a la prensa un representante del alma humana, un órgano de los sentimientos y de las impresiones ora sinceras, ora dolorosas de la vida.»

Luego de este introito venía el pedido de ayuda:

«En todo caso habrá siempre algo de íntimo que hará vibrar la cuerda sonora del alma humana, por eso queridas lectoras necesito protección; el Editor duerme, la prensa calla, el periódico va como Dios quiere.»

La situación de la redactora queda pintada en esa frase de donde se vislumbra la relativa soledad de quien se había puesto en la empresa de escribir una revista en un medio nada propicio y se siente obrero precursor de un porvenir lejano. Por ello exclamaba Juana Manso:

«Yo no sé si seré recompensada de otro modo que con alguna remota simpatía de esas que nacen espontáneas en el mundo de la fantasía y de la concentración; por eso recomiendo a mis suscriptoras que se empeñen en hacer por la existencia de nuestro periódico lo que descuida el que debería estar más interesado.»

Velada reconvención al editor parecen indicar esas palabras y coinciden con aquellas otras citadas más arriba de “el Editor duerme”… La escritora se preguntaba aún “¡Seréis tan indiferentes que no me correspondáis de algún modo?” La respuesta de las lectoras debió ser negativa y la escritora no recibió en su alejado retiro el estímulo solidario, moral y pecuniario de que se alimenta toda empresa literaria. Ello ha sido en todos los tiempos el resultado de un mutuo dar y recibir, de modo que La Siempre-viva, sin agotar las reservas de su mensaje vio pronto agotadas las reservas de sus recursos pecuniarios y, cegada esa fuente de vida material, irremediablemente tuvo que desaparecer. Juana Manso cerraría para siempre La Siempre –viva en su expresión material de revista femenina pero ello no equivaldría a cerrarla espiritualmente como emblema de su corazón de maestra, de educadora y de escritora, ya que pronto emprendería nuevamente, sin resentimiento y con espíritu animoso otras tareas semejantes en el campo de las letras. Moría la flor impresa pero quedaba vivo el germen que le dio vida.

Néstor Tomás Auza (Del libro Periodismo y feminismo en la Argentina)

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