La maestra de Horace Mann por la Prof. Karina Belletti y el Dr. Barry Velleman (Colaboradores del blog)

Cuando Sarmiento emprendió el regreso desde Estados Unidos a Argentina para asumir la presidencia de la nación en 1868, llenó las valijas con algunos recuerdos del viaje: objetos que representaban para él los tesoros de la otra América.

En un rincón del baúl imaginario, al lado del manojo de semillas de nuez pecán, lo miraba el busto de un gran hombre y pedagogo.

Así como Sarmiento necesitó grandes enemigos como Rosas o Rawson para encontrar valor, distancia e inspiración, su genio buscó también ideas e idealistas. En educación, su primer deslumbramiento fue Horace Mann (1796-1859) a quien conoció en 1847 en West Newton. Sarmiento prometió que seguiría la huella de su mentor y llevaría ese progresista sistema escolar a la América del Sur. Escuelas normales y señoritas maestras serían la base.

Horace Mann, el padre de la escuela pública en Estados Unidos, el impulsor de las escuelas comunes y los institutos normales de formación docente, ayudó a crear el mito de la señorita maestra. Hoy, la imagen de esa segunda mamá tan plena de vocación nos parece que ha existido siempre. Sin embargo, fue en el siglo XIX que se construyó esa imagen porque el magisterio se constituyó en el primer pasillo que condujo a la puerta de la emancipación femenina. Resultaba compatible con los quehaceres domésticos, era una mano de obra más accesible socialmente que la que representaban los maestros varones y fue un primer paso en la profesionalización de la mujer en la sociedad. Salir de casa, sin perder ni descuidar el rol de madre y esposa.

En 1858, un año antes de la muerte de Horace Mann, el periódico Ashtabula Telegraph de la ciudad de Ashtabula, Ohio publicó una suerte de oda que Horace Mann dedicaba a las señoritas maestras. Este bello y florido texto fue recopilado, luego, en The New York Teacher en 1860 (vol. 9, págs. 157-158).

El Ashtabula Telegraph fue fundado por Nathan W. Thayer (1828-1911), bombero voluntario, masón y familiar de Foster Thayer. Foster fue el primer maestro médico que, muchos años después, Mary Mann, la viuda de Horace, y Sarmiento eligieron en 1867 para abrir camino a los 65 valientes maestros. La mayoría de esos 65 docentes eran señoritas y llegaron a Argentina desde 1869 a 1898 a fundar, dirigir o enseñar en nuestras primeras escuelas normales. Es fácil notar que los idealistas se movían en los mismos círculos de progresismo, transitaban los mismos lugares y transformaban sus mundos.  Ashtabula, Ohio está a unos 320 kilómetros de Yellow Springs, donde  Horace fue rector de Antioch College hasta su muerte en 1859. Foster Thayer nació en el mismo estado en 1843.

Creemos que esta suerte de oda no ha sido, hasta el momento, traducida al español y no hemos encontrado tampoco prueba de que haya llegado a manos de Juana Manso, la traductora por excelencia de escritos pedagógicos y la elegida por Sarmiento en cuestiones educativas.

Es cierto que en la historia no están permitidas las conjeturas pero nos queremos permitir un sueño y un homenaje. Imaginamos que si se pudiera atravesar el tiempo y el espacio, le enviaríamos a Juana Manso este texto de Horace para que lo incluya en sus conferencias con aquellas señoritas maestras que la denunciaron ante la municipalidad de Buenos Aires en junio de 1870, por atreverse a incluir en las escuelas el estudio de la anatomía, la arquería y la música.

El homenaje que pretendemos rendir es más reciente y más cercano. Si cerramos los ojos, las palabras de Horace Mann parecen describir el trabajo de los maestros rurales que hacen magia de la nada, en lugares desolados, inhóspitos, sin nada o poca conexión a Internet, con pocos libros, tizas y materiales. Son los maestros que hoy llevan al hombro el legado de ese ideal, enseñan y transforman los corazones niños de sus alumnos.

Hagamos magia, inculquemos valores, enseñemos y, con mucho esfuerzo, la vocación docente del siglo XIX nos encontrará listos, plenos y más sabios.

TRADUCCIÓN

LA MAESTRA DE HORACE MANN

Si alguna vez he sentido envidia por mortal en la tierra, no fue de la reina con sus tierras que el mundo circundan y ante quien señores del más alto poder con orgullo se inclinan. Envidia sí, pero de la modesta y despojada maestra, inmersa en deberes, libre de ambición o recompensa terrenal. Su aula podría estar en un alejado distrito rural. En ese lugar, reúne al pequeño rebaño. Es éste un rincón de abandono entre las calles, barrido por los fríos vientos invernales y quemado por áridos soles en verano. Es su hogar un sitio asolado por el clima, tormentas y sin árboles; sujeto a ruidos, polvo y miradas de transeúntes. Y sin embargo, es ahí, donde no hay premios del mundo externo, que ella se halla, con su fidelidad plena y sin ganancias ni recompensas sociales. Es ahí, donde, una vez más, sale a desplegar, sobre la faz de la tierra, un paraíso de luz y amor. Cada día, congrega a su pequeño séquito, los abraza cual paloma de espíritu santo y, bajo sus alas protectoras, anidan pequeñas esperanzas y miedos y alegrías y dolores. Allí, cada día, en el altar de jóvenes y cándidos corazones, se ocupa de encender la llama del más selecto incienso del mundo con el aroma dulce de Dios. Es allí donde distribuye repasos de saber y sabiduría, que hacen crecer a las almas niñas y donde los invitados al banquete añoran ser parte otra vez. Es allí donde las obligaciones del pequeño reino anuncian los grandes deberes de la vida: paz, verdad, honor, benevolencia, perdón. Así, más aferrados a los principios de Jesucristo que a las políticas y economías del hombre, sus corazones,  purgados con hierbas sagradas, inmaculados quedarán.

Aunque desprotegido parezca su salvaje dominio, construye, de todo lo que se ve y lo que la fe nos hace ver, un muro tan alto que los satanes de la tentación no podrán trepar ni romper. Tan sombrío y tan desagradable a cada sentido de la belleza es, que cuesta creer que pueda transformar tal rincón salvaje en una fortaleza y baluarte. Arsenal divino del que saldrán grandes iconoclastas, quebrantos de ídolos del hombre. A golpes, mezquitas, pagodas y paganos templos derribará. Debajo del ala de la protectora maestra, portadores de tormentas saldrán, con el rayo y la llama de la elocuencia, a desgarrar y acabar con la opresión instaurada y organizada del hombre y con los derroches y actos de corrupción del capital y juez. Dar por tierra los saqueos de las naciones, ya sea en Polonia, Hungría, México o Cuba; la codicia del hombre, Sodoma, Gomorra, Utah; sometimiento de gentes, siervos, cipayos y esclavos; apetitos de intemperantes o ambiciones de hombres en guerra. De allí, saldrán, también, dulces ángeles de misericordia que exorcizarán los corazones, devolverán la cordura y apaciguarán las agonías de los hombres: son las Sras. Frys, las señoritas Dixes y las Florence Nightingales. Las lecciones de Cristo eran mensajes de pureza, caridad y confianza en la fe. Nunca antes jamás tan clara ni divinamente, el mensaje se escuchará y se entregará, como ahora, en la voz y de la mano de esta mujer. Vuelvo a declamar, una vez más, que si alguna vez he sentido envidia por mortal en la tierra, no fue de la reina con sus tierras que el mundo circundan y ante quien señores del más alto poder con orgullo se inclinan. Envidia sí, pero de la modesta y despojada maestra, inmersa en deberes, libre de ambición o recompensa terrenal.

Enlace al texto original:

https://chroniclingamerica.loc.gov/lccn/sn83035216/1858-10-30/ed-1/seq-1/#date1=1858&index=0&rows=20&words=HORACE+MANN+Teacher&searchType=basic&sequence=0&state=&date2=1858&proxtext=horace+mann+%2B+teacher&y=18&x=3&dateFilterType=yearRange&page=1

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