La educación de la muerte. Juana Manso

El terrible flagelo del Cólera, acaba de azotar la Ciudad de Buenos Aires, sin con todo dejar una huella tan honda como en Italia y en la India; pero apareciendo en nuestro suelo, es una poderosa lección de que los vicios de la civilización existen entre nosotros sin que los bienes que de la civilización derivan les sirvan de contrapeso en la balanza social.

A medida que crecen y se aglomeran las poblaciones, necesita la salubridad pública, del conocimiento exacto de las leyes de la higiene, no solo física como moral.

En todas partes, la higiene es un ramo de la educación primaria, como lo son las nociones de anatomía descriptiva y de fisiología.

La ignorancia absoluta de las leyes de higiene, hace caer los pueblos en prácticas absurdas y nocivas que destruyen la salud, propagándose después la debilidad del organismo en la progenitora de razas degeneradas

El uso inmoderado de las frutas que se consiente a los niños, les arruina acaso para siempre los órganos digestivos, les empobrece la sangre, reuniéndose, el desaseo del cuerpo y de las habitaciones, y costumbres pésimas que se adquieren en el contacto de otros niños.

La falta de educación pública y privada ha facilitado el contagio de la prostitución y la falta de policía administrativa ha sido causa que se desarrollen en esta población virus implacables, vergonzosos y funestos.

El estado alarmante de guerras continuas, la ignorancia de procedimientos agrícolas, disminuyendo las cosechas, engendrando la escasez, el desorden de las costumbres, son causas latentes y preexistentes que nos traerán inevitables epidemias en épocas precisas.

La pésima condición de los elementos; la carne de animales torturados antes de morir y degollados, verduras cortadas después de la absorción nocturna de los gases atmosféricos, aglomeradas sin aseo en los mercados, fermentadas al cierto número de horas que están expuestas al sol y al aire ya descompuesto de los lugares donde se venden; el pescado, molido muchas veces, las frutas verdes, fuera de estación, todo esto engendra poco a poco en el organismo la predisposición de enfermedades que acrecientan la mortalidad en ciertos meses del año, cuando no degeneran en epidemias.

Otras veces las miasmas pestilenciales determinan los flagelos, pero en todo caso el estudio y la práctica de la higiene son conducentes a atenuar o modificar estos males.

La manera de construir las casas es una de las causas influyentes en la salubridad pública. Es un error hacer las casas sobre el mismo plan de la calle; los sótanos establecen la ventilación por bajo de los pisos, y deben también mantenerse respiraderos en los techos. La fabricación del ladrillo es necesario mejorarla, hemos oído decir a un inteligente en la materia, que los Egipcios ahora “cinco mil años” estaban más adelantados que nosotros en este ramo. Esto es muy bochornoso para los pueblos de Sud América.

Efectivamente, nuestras fábricas de ladrillo son casi primitivas; el ladrillo se hace de pésima calidad porque se trata de que sea muy barato, aun cuando la solidez de los edificios sea poca y la salud de los inquilinos se altere.

Para darnos cuenta de la verdad de esta aserción comparemos nuestros esponjosos adobes, con el ladrillo inglés o americano y reformemos los procedimientos de su fabricación para no estar más atrasados que los egipcios ahora quinientos siglos!

Insistimos porque se haga de la higiene un ramo de pública enseñanza. Si no hay en castellano tratados concernientes, háganse traducir; y la autoridad municipal, hoy que tiene vida propia resuelva la cuestión de las aguas corrientes y de las basuras, ambas cuestiones son muy interesantes a la salud pública. Si hay desaliño en la limpieza de los edificios privados, la Municipalidad tiene derecho de imponer el aseo por ciertas ordenanzas, sobre barrido de las calles, blanqueo y pintura de las casas, etc.

Volveremos sobre este asunto que comprende a la educación.

Juana Manso.

 

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