Fue una gran mujer y los grandes hombres de su tiempo así lo reconocieron. Su desenfado, lucidez y coraje lo pagó con lágrimas y soledad, pero nadie la oyó quejarse o arrepentirse por el camino elegido. No tuvo el linaje de Mariquita Sánchez, ni la belleza de Eduarda Mansilla, ni la sensualidad de Juana Gorriti, pero sin desmerecer a nadie, como dicen la señoras, fue la más atrevida de todas, la que con más consecuencia luchó por lo que creía y la que, por supuesto, pagó el precio más alto por su osadía.

La vida no fue complaciente con ella. En una sociedad que veía a la mujer como un bello adorno, ella era fea; en un mundo donde el dinero definía el valor de la gente, ella era pobre; en un tiempo en que las mujeres de la sociedad vivían protegidas por el marido o el padre, ella vivía sola.

Las desgracias y sinsabores la alcanzaron rápido. En menos de dos años perdió a los dos hombres de su vida: el padre y el marido. El padre falleció y el marido la abandonó para seguir detrás de una cortesana de la corte de Pedro II. Esas desgracias y humillaciones en lugar de disminuirla la hicieron más fuerte.

Su inteligencia y sensibilidad nunca se quejaron de los desprecios y humillaciones recibidas; pero el que acusó el recibo fue su cuerpo. A los cincuenta años parecía una vieja, como si las difamaciones, burlas y calumnias hubieran sido latigazos sobre su cuerpo indefenso. “La Manso es la única persona que se ha apasionado por llevar la cruz en los hombros”, le escribe Sarmiento a su amiga Mary Mann.

Mientras vivió sus enemigos le negaron el pan y el agua; cuando murió le negaron una tumba. Honrada, sensible, lúcida, fue atacada con saña por la misma sociedad que diez años antes había aplaudido o mirado con indiferencia el martirilogio de Camila O’Gorman.

Como todas las mujeres que contradicen la moral y las normas establecidas, fue acusada de loca. El muy cristiano y devoto Félix Frías le decía “Juana la Loca”. De “desorganizada cerebral” la acusaba el médico Enrique Santos Olalla. El marido, que fue un mediocre violinista y al que la historia sólo recuerda por haberse casado con ella, también la acusó de loca cuando Juana propuso en Brasil editar una revista dirigida al público femenino.

Como no podía ser de otra manera, “Juana la Loca”, fue la amiga, la colaboradora y la mano derecha e izquierda de ese otro gran loco de la historia argentina que fue Domingo Faustino Sarmiento. No fue una amistad fácil. No podía serlo conociendo el perfil de los personajes. Sin embargo, la relación entre ellos puede muy bien ser considerada un ejemplo de amistad entre un hombre y una mujer.

Capítulo aparte, los méritos de Sarmiento, ya que muy pocos hombres en esos tiempos fueron capaces de sostener una amistad de ese nivel y de otorgarle a una mujer tantas responsabilidades políticas. En la segunda mitad del siglo XIX hacía falta ser progresista en serio para confiar en una mujer y defenderla de los ataques de sus enemigos, “Usted Juana fue quien entre cuatro o cinco millones de habitantes en Chile y Argentina comprendió mi obra educativa y que inspirándose en mi pensamiento puso el hombro al edificio que veía desplomarse”, escribió Sarmiento de ella, rindiéndole el homenaje más franco y leal que un político -además presidente de la Nación- puede decirle a una mujer.

Juana podía ser muy crítica del poder, pero sabía muy bien dónde estaba parada y, cuando era necesario jugarse, apostaba muy bien sus cartas. En 1868 fue una de las principales activistas a favor de su candidatura presidencial. Sarmiento le escribe: “Sólo a una persona como usted puede ocurrírsele semejante desatino. Quién sino usted imaginaría un maestro en la presidencia”.

La amistad entre Sarmiento y Juana transcurrió entre los años cincuenta y setenta del siglo XIX. Sorprende a los observadores el tono apasionado con que Sarmiento la pondera. “¿Sabe usted de una argentina que, ahora o antes, haya escrito, hablado, publicado o trabajado por una idea útil, compuesto versos y redactado un diario? Una mujer pensadora es un escándalo y usted ha escandalizado a toda la raza”.

El problema o la virtud de Juana es que nunca fue lo que se dice políticamente correcta. Tenía la convicción y la prepotencia de los justos. Suponía que la esclavitud era aberrante y así lo decía; pensaba que la mujer era discriminada y así lo decía; creía que la educación era el camino para arribar a una sociedad justa y así lo decía y lo hacía. Para las almas puras y los ignorantes, era imprudente y torpe; intransigente e irascible, pero gracias a sus “imprudencias y torpezas” pudo realizar una formidable labor educativa.

Nadie en aquellos tiempos, ni siquiera los más avanzados, defendían a los indios. Juana Manso lo hizo. Y lo hizo con coraje y sin pelos en la lengua. Cuando se entera de una campaña militar para aniquilarlos escribe: “¿No habrá otro medio de persuasión para estos desventurados que no sea el sable, el plomo o el licor?” Y cuando le responden que los indios son salvajes, infieles y sucios ella responde: “Esta patria es de ellos como nuestra. La conquista los esclavizó, los arrojó de sus lares y nosotros después de la independencia no hemos hecho más que continuar la obra que habían iniciado los conquistadores: los hemos conquistado con fuego o con licor”. Para el Buenos Aires de entonces estas palabras eran ofensivas. Sarmiento, que la quería bien y sabía a lo que se estaba exponiendo le escribe: “Baje usted la voz de sus discursos y sus escritos a fin de que no llegue hasta aquí el sordo rumor de la displicente turba”.

Los objetivos de Juana siempre fueron públicos, es decir, políticos. No intervenía en la vida social para seducir a los hombres. Ella era diferente. Su defensa de la mujer atacaba al mismo tiempo el autoritarismo, la discriminación y el racismo. Sostenía los derechos de las mujeres, no como un adorno o una virtud privada, sino como un requisito para la construcción de una sociedad libre e igualitaria.

Si Mariquita Sánchez instala la tertulia como espacio de sociabilidad social, cultural y político dirigido por una mujer, Juana Manso instala la conferencia, la mujer que habla en público, lejos del hogar, la familia o los hijos. Referirse al carácter transgresor de la conferencia dictada por una mujer hoy parece una ingenuidad, pero en 1870 no lo era. Entonces una mujer fuera de su casa era un escándalo y una mujer hablando en público lo más parecido a la pornografía.

Una ensayista observa que la conferencia como género provocaba tanto rechazo porque expresaba la versión laica del sermón religioso. En aquellos años, además de los sacerdotes, a los únicos que se les aceptaba hablar en público era a los políticos. Ahora tal vez se entienda por qué a la principal militante de la educación y los derechos de la mujer se le dijo “Juana la Loca”.

Para Manso, la consigna “educar al soberano” se traducía en educar a la mujer. Defiende con elocuencia el derecho de la mujer a leer, a disfrutar de la compañía de un libro. En sus escritos cuando habla de las mujeres les dice “Compatriotas”. “Todos mis esfuerzos están consagrados a la educación de mis compatriotas”, escribe.

El 1º de enero de 1854 funda el Álbum de Señoritas. El emprendimiento llega sólo hasta el número ocho. “Conté con obtener el apoyo del círculo ilustrado de Buenos Aires… nada he logrado”. Un sacerdote la acusa de querer destruir la familia. La respuesta de Juana no se hace demorar: “La ilustración de la mujer, lejos de perjudicarla la elevará y le dará a su matrimonio un fin mucho más noble que el que ahora tiene”.

Su reclamo incluye a los ricos y a los pobres. “Vosotros ricos, ¿por qué no la educáis ilustrada, en vez de criarlas para el goce brutal? Y vosotros pobres; ¿por qué le cerráis torpemente las veredas de la industria y el trabajo y las colocáis entre las alternativas de la prostitución y la miseria?”. Después de todo, fue Sarmiento el que dijo: “Puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por el lugar que le otorga a la mujer”.

Juana Manso nació en Buenos Aires el 26 de junio de 1819 y murió en la misma ciudad el 24 de abril de 1875. Su padre, José María era español; su madre, Teodora Cuenca pertenecía a las familias tradicionales de Buenos Aires. Estudió en colegios, pero como las mujeres inteligentes de su tiempo su formación fue la de una autodidacta. El fracaso de la experiencia unitaria y la llegada de Rosas al poder obligaron a la familia de Manso a emigrar a Montevideo.

Juana aún no ha cumplido veinte años pero sus orientaciones culturales ya están definidas: los derechos de la mujer, las críticas al despotismo y al racismo. En Montevideo conocerá a su amigo de toda la vida, José Mármol y disfrutará de la amistad de Giuseppe Garibaldi y luego, su mujer, Anita.

Cuando en 1843 las tropas de Oribe sitian la ciudad, emigra con su familia a Brasil. Juana en todos los tiempos de su vida se reivindicará como unitaria. Unitaria de cuna y por opción política. El unitarismo para ella no es la reivindicación de una forma de gobierno sino un programa de realizaciones políticas, un estilo de vida, un reconocimiento a la modernidad, una reivindicación de los derechos humanos. Para ella ser unitaria era tan natural como ser argentina o llamarse Juana. Todavía los historiadores revisionistas no habían estigmatizado esta palabra y a ella jamás se le hubiera ocurrido que por esa identidad en el futuro sería calificada de vendepatria y otras lindezas por el estilo.

En 1843 Juana se casa con el violinista Francisco de Saá Noronha. Ella amará siempre a ese hombre talentoso, irascible, contradictorio; lo amará más allá de las infidelidades y el abandono. Alguna vez su hija le preguntó por su padre y ella respondió: “Solo he sobrevivido dignamente a mi pena. He sobrevivido a mi desamor siendo fiel por lo menos a mis sentimientos. He sido fiel a mi amor, no a Noronha. Nunca he engañado a mi corazón, nunca lo he olvidado, nunca he dejado de amarlo, él no logró hacer que lo odie, pese a que eso buscaba para lavar sus culpas. Nunca olvidaré sus amores conmigo; tampoco sus desamores. Él abandonó mi amor; yo no”.

Para 1853 Juana regresa a Buenos Aires. Rosas ha caído y también cayo su matrimonio. Tiene dos hijas y está sola. Intenta ganarse la vida escribiendo en diarios y revistas de la época. No alcanza. Regresa a Brasil para probar suerte. Tampoco le va bien. En 1854 deja Brasil para siempre. Un poema recuerda ese momento: “Adiós playas, adiós montes/ flores, pájaros y mares/ Cenizas dejó en la tierra/ Mi vida esparcida en el aire/ Dejo páginas sin nombre/ De mi juventud pasada un altar que derrumbaron/ Una tumba abandonada/ Amores despedazados/ Decepciones y recuerdos/ Quien sabe cuántos fantasmas/ Todo acaba así en el mundo/ Me ausento vuelvo a la patria”.

En Buenos Aires, Mármol le presenta a Sarmiento. En el primer encuentro se sacaron chispas. Juana no le perdona a Domingo Faustino sus artículos en Chile contra Camila O’ Gorman y, sobre todo, le reprocha su actitud oportunista por haber condenado sus amoríos para oponerse a Rosas. Sarmiento le da las explicaciones del caso, pero esa primera reunión no termina bien.

Después se harán amigos y será una amistad de toda la vida. Ese mismo año Sarmiento la designa directora de la “Escuela de ambos sexos Nº1” de Monserrat. Para esa época comienza a colaborar en Los Anales de la Educación Común. Para 1860 se hará cargo de la dirección de la revista y desde ese espacio dará a conocer sus propuestas educativas más atrevidas.

La educación mixta nunca fue bien vista por la moralina de la época. Mucho más escandaloso fue el proyecto de enseñar educación física o de dar instrucciones precisas contra los castigos físicos a los alumnos. La divulgación de las teorías de Pestalozzi y Froebel tampoco cayeron bien. Durante la presidencia de Mitre presenta el Compendio de la Historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Muchas voces se levantaron para objetar el libro, pero finalmente Mitre, “que siempre fue mejor que los mitristas”, decidió apoyarla.

Sin el respaldo de Sarmiento que está en Estados Unidos, Juana debió enfrentar casi en soledad la conjura de los necios . “Escriba, combata, resista -le escribe Sarmiento- agite las olas de ese mar muerto cuya superficie tiende a endurecerse con las costras de impurezas que se escapan de su fondo: la colonia española”.

Nadie trabajó con tanta constancia como ella a favor de la profesionalización del maestro: planillas de asistencia, ingreso por concurso, capacitación adecuada. La primera asociación del magisterio fue creada por ella. Por supuesto, no fueron pocos los maestros que la rechazaron. Ella misma discutió con ellos. “Los que no creen en el poder de la educación siempre me han combatido; la ignorancia siempre me ha rechazado y hay maestros que se suman a ese coro… en realidad son maestros, lo que buscan es una renta mensual sin trabajar, sin cultura y sin fervor”. Una licencia puedo permitirme: a Baradel o a Yasky esas palabras seguramente les hubieran molestado.

En 1868 viaja a Chivilcoy, a la colonia donde Sarmiento pronunció su célebre discurso a favor de la educación y de los gauchos transformados en colonos. Juana allí se propone inaugurar una biblioteca popular, pero su conferencia es saboteada por quienes no aceptan que una mujer hable en público.

Después están sus conflictos con la Iglesia Católica, a la que renuncia para adherir a la iglesia anglicana. Como para que nada falte a su currícula, defiende la enseñanza laica, la secularización del matrimonio y acusa a la Iglesia Católica de colaborar en la opresión de la mujer.

Cuando Sarmiento asume la presidencia de la Nación la designa vocal del Departamentos de Escuelas. Para qué. Le llovieron críticas, insultos y burlas. El imbécil de Santos Olalla prometió domarla a latigazos en un palenque. Juana se reía. Se reía pero la procesión iba por dentro. Murió relativamente joven. En el lecho de muerte sus enemigos tampoco se privaron de intrigar contra ella. Las damas de la Sociedad de Beneficencia se hicieron presentes en su casa para exigirle que renuncie a la Iglesia Anglicana. Enferma y debilitada, tuvo fuerzas para sacarlas de patitas a la calle. A ellas y al sacerdote que las acompañaba.

Le cobraron la audacia. Cuando murió le negaron el entierro en la Recoleta y en Chacarita. Durante años sus restos estuvieron sepultados en un cementerio inglés. Desde 1915 Juana descansa en el Panteón del Magisterio en Chacarita. En su lápida puede leerse lo siguiente: “Aquí yace una argentina que en medio de la noche que envolvió a la patria, prefirió ser enterrada entre extranjeros antes que dejar profanar el santuario de sus conocimientos”.

Claro que debemos recordarla. Fue la primera escritora que noveló los tiempos de Rosas; la primera que reivindicó los derechos de la mujer desde una perspectiva política; la primera maestra que vivió el magisterio como una militancia; la primera ciudadana que se interesó por los derechos de los negros y los indios. Semejantes osadías no salen gratis. Mucho más cuando se es pobre, fea y gorda. Su linaje, su orgullo, su tesoro fue su inteligencia, una inteligencia acerada, flexible, vibrante. Si pudo soportar la insidia de los mediocres, el desprecio de los poderosos y la envidia de los renacuajos, fue porque estaba muy segura de lo que hacía. Sus certezas provenían del saber, del estudio, pero también de la experiencia, de la vida, de las prolongadas penas y los chispazos de felicidad.

Muy poca gente la acompaño al cementerio. Allí la despidió otra gran mujer: Juana Gorriti. En los diarios de la época apenas se comentó su muerte. No creo que a ella le haya importado demasiado ese silencio. Sus preocupaciones eran otras; sus alegrías y dolores eran otros.