Juana Manso: eximia educadora argentina Por Bernardo González Arrilli Especial para La Prensa, 1969

Se han cumplido los ciento cincuenta años del nacimiento de una mujer argentina ejemplar: Juana Manso.

Hace tiempo, recordándola, dijimos de ella que fue un Sarmiento con faldas, una maestra sin vacaciones y con un apellido equivocado, dado por el destino para despistar: de manso no tenía nada.

El padre fue un malagueño, radicado en Buenos Aires, donde casó con Teodora Cuenca. El 26 de junio de 1819 nació Juana; en 1821 vino al mundo su hermana Isabel. En cuanto apareció la tiranía, el ingeniero rivadaviano debió emigrar. En poco tiempo reunió dinero para llevarse “a la otra orilla” a las tres mujeres, porque el “gobierno” les confiscó su casa, adjudicándola gratuitamente a un restaurador (1). De Montevideo debieron, a poco, salir para Río.

Juana fue en la escuela una alumna poco común, no muy bien vista por las maestras o preceptoras de sus días. Aprendió a leer sin saber deletrear; leía perfectamente cuando fue aplazada por no poder recitar, sin equivocarse, el alfabeto; nunca supo si la ele va antes o después de la eme.

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Pudieron regresar a Montevideo y estuvo Juana al frente de una escuela primaria, no sé si privada o gubernamental, pero los vaivenes de la política, los echó otra vez para “el Janeiro”.

Allí, el año 44, conoció Juana a un músico portugués, Francisco de Saa Noronha, ejecutante de piano. Apenas después de unos pocos meses de conocerse se unieron conyugalmente, creídos de que el amor fulminante les aseguraba la felicidad. Iniciaron la gran aventura de los viajes -las giras artísticas-, los conciertos y el hambre. En Filadelfia, en Nueva York, en Washington, Juana practicó el inglés pero los conciertos de piano no interesaron a casi nadie. En Nueva York les nació una hija: Eulalia. Ese día, 13 de octubre de 1846, debieron empeñar el equipaje. Nadie sabe decir cómo viajaron hasta Cuba en 1847. En La Habana cambió la suerte y Noronha alcanzó a reeditar los “triunfos” teatrales de Río, con aplausos y pesetas. Entonces fue cuando nació otra nena, la habanera Herminia y los cuatro regresaron al Brasil.

Entre los años 52 y 53 dicta el destino unas páginas que Juana no podrá olvidar; muere repentinamente su padre y buen amigo; su marido, el pianista, se enamora de una mulata sandunguera y se marcha con ella a Lisboa; traen a Río, entre dianas, la noticia de que ha caído la tiranía en Buenos Aires. Como Juana estima necesario que el mundo “sepa lo que los argentinos deben a Rosas”, ingenuamente escribe un libro que titula “Los misterios del Plata”, donde aparece el gaucho de los Cerrillos “oprobio y vituperio de la humanidad”. A Juana Manso le dolía suponer que el mundo ignorase “los dramas desencadenados por la tiranía”, que aquellos hechos quedaran siendo un misterio para los hombres civilizados. No pudo sospechar que continuaron siéndolo…

Volvió, con sus dos hijas, a la patria, para experimentar nuevas penas; no debe nadie asombrarse: una sociedad que acababa de sufrir tantos años de sopor homicida y terror enmudecedor, debía, necesariamente, ser hostil a una mujer, separada de su esposo (“vaya a saber por qué la dejó”), que hablaba varios idiomas (¡lo que habrá rodado por ahí!), que escribía libros (“como un hombre”), que sostenía la necesidad de que la mujer se emancipara intelectualmente…

Aunque Mitre la designó directora de una escuela primaria, no le fue posible prosperar.

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En tiempos de la tiranía las escuelas primarias dependían del jefe de policía. Cuando vino Juana Manso, dependían de la Municipalidad. La creación de un Consejo de Educación sólo produjo encuentros enfadosos de “autoridades celosas” pero desconocedoras de todo lo que se relacionara con la instrucción pública. Las maestras no saben vocalizar, desconocen la ortografía, escriben con letra ilegible y no aceptan la indicación de aprender a deletrear, ensayar caligrafía, revisar el diccionario.

Estas noticias pueden sorprender, pero no mucho. Aquellas maestras y preceptoras que encuentra Juana Manso ejerciendo en las escuelas públicas o municipales, son las mismas que “aprendieron” su profesión en las escuelas regenteadas por la policía de Rosas. Cada árbol da su fruto; a ningún árbol le está permitido equivocarse, ni por casualidad.

Al trazar la biografía de Juana Manso se recuerda que “aunque han transcurrido muchos años desde aquellos en que la turba interrumpió con agravios personales clases especiales porque no se comprendía que la lectura y comentario de textos fueron provechosos, hemos oído la protesta de docentes a los que se reunía con el mismo fin, obstaculizando así la labor de quien perseguía que el magisterio actualizara su preparación didáctica, frecuentando la bibliografía de la “especialidad” (2).          .

Aquí es el caso de recordar lo que escuchamos a William C. Morris en una de sus acostumbradas reuniones con los maestros de sus escuelitas. Tratábase de alguna reacia a repasar o a enterarse de algún método nuevo. Morris, generalizando, para no lastimar, dijo: “Una maestra que deja de aprender, debe dejar de enseñar”.

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Juana Manso vino a ser como una punta de lanza. Ella ensaya o prueba lo que poco después vendrán a efectuar con dolor y lástima las maestras normales que trajo Sarmiento para la preparación de las maestras primarias que requería el país. Lo que sufrieron aquellas norteamericanas “herejes y endiabladas”, lo experimentará Juana Manso con abundancia, desde que comienza hasta un rato antes de morir: todo sin misericordia. Funda bibliotecas, donando sus libros, ofreciendo el poco dinero que tiene, dando conferencias, dictando clases  y le apedrean el local y le gritan zafadurías, Da clases en la escuela de la Catedral al Norte, en la calle Reconquista, y por las ventanas que dan a la acera se asoman hombres y mujeres que la salpican de injurias; habla de la libertad y la saludan con gritos equivalentes al “¡Vivan las cadenas!”; asiste a la fundación (1863) de la Sociedad Propagadora de la Educación y cuando los asistentes firman el acta, a ella no le dejan estampar su nombre “¡porque es mujer!”; cuando lee capítulos de libros famosos que ha traducido del inglés, del francés, del italiano, del portugués, libros que ninguno de sus oyentes ha visto ni por las tapas, la acusan de leer libros inmorales. Al asegurar que “tenemos libros mal impresos, peor encuadernados, insulsos, de lectura pesada”, todos se ríen. “¿Es que los libros debían divertir?” Para emancipar los espíritus incita a la creación de una, biblioteca popular; uno de los incitados exclamará: “¡Cuando nos haga falta una biblioteca no necesitaremos que la señora Manso nos la dé!”. Sarmiento le dice desde lejos: “Combata, resista, no se rinda”. Ella, que no ha pensado jamás en rendirse, le responde: “Parece que aún no es tiempo de sembrar. ¡No hay posibilidad de hacer el bien!” Las mismas maestras en ejercicio son las que calumnian a Juana Manso; las pocas que concurren a sus clases especiales, a sus disertaciones didácticas, son amenazadas por diversos conductos. Las madres de los alumnos; que no saben gran cosa de nada, que no han escuchado nunca a la profesora, se refieren a ella con misterioso rencor, supersticiosas, rebeldes, entontecidas. Hay quienes borran de las escuelas a sus hijitas porque se ha organizado un coro donde se les enseña algún ejercicio gimnástico elemental -marcar el paso, mover los brazos a unísono, respirar hondo, echar la cabeza a izquierda y derecha…

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Cuando Juana Manso muere de hidropesía (24 de abril de 1875) se prohibió su sepelio en la Recoleta y luego en la Chacarita. Existía, no obstante un decreto del presidente Mitre y el ministro Costa, ordenando no hacer distinción alguna, de religión o de raza, para dar albergue a los difuntos en los enterratorios de la ciudad. El cadáver de Juana Manso fue llevado al cementerio Británico por un cortejo de educadores, algún no ingrato ex alumno y la presencia de Juana Manuela Gorriti, su tocaya, tradición femenina de argentinidad y liberalismo.

Cuarenta años después los maestros procuraron desagraviarla rindiendo un homenaje a su memoria y trasladaron sus restos al Panteón del Magisterio.

Los educadores, cuando educan, merecen bien de sus conciudadanos. El zote es una bestezuela; la humanidad no podrá ser feliz mientras existan zotes.

 

Notas

(1) El extranjero que lea esta historia debe suponer que el restaurador de la adjudicación gratuita tenía la misión de renovar el edificio; la palabra entre nosotros tiene una acepción original y sangrienta.

(2) El año pasado, una educadora del temple de la que recodamos, escribió un libro biográfico: Juana Manso – Una vida al servicio de la cultura argentina. Nosotros elogiamos entonces esta obra excepcional de Manón Guaglianone de Delgado Fito, desde estas mismas columnas. Volvemos a hacerlo, recomendando su lectura a las muchachas de nuestros días en que es tan fácil equivocar los senderos de la corrección.

La Prensa, 21 de septiembre de 1969

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