Historia de las Conferencias Pedagógicas desde 1863 hasta 1870. Por un testigo ocular (Juana Manso)

Habiendo oído encarecer los benéficos resultados de estas instructivas reuniones entre nosotros, nos hemos sentido hondamente impresionados y temerosos de no haber comprendido su importancia trascendental en cuanto a los resultados obtenidos, a solos con nuestros recuerdos y recolecciones nos hemos decidido a historiar las supra citadas conferencias pedagógicas para enseñanza de nuestros descendientes y gloria perennal de los trabajos emprendidos con el laudable objeto de descubrir la piedra filosofal de la ciencia.

Muchas veces sucede que mientras no profundizamos los sucesos, nos engaña su superficie, extraviándonos el raciocinio. Así tal vez no habremos apreciado en su verdadero terreno, y bajo su verdadera luz las susodichas conferencias pedagógicas.

Nadie se había aventurado todavía en el camino de esta clase de asociaciones, cuando un día después de la lectura del Manual de Enseñanza primaria de Rendú, se le ocurrió a alguien convocar los Maestros de Escuelas, digo mal, los Directores de los Colegios Municipales a una reunión preparatoria.

Grande fue la emoción producida por la circular que acompañaba el Reglamento de las conferencias en cuestión.

Mayor aun fue la confusión de la cosa Pedagogía, muchos nunca habían oído en su larga carrera profesional tan esdrújulo epíteto.

Otros, iban que no se les pegaba la camisa al cuerpo, creyendo que se trataba de alguna celada tendida a su modesto empleo.

Opinaban algunos, con sus botones que era una nueva obra didáctica; que se preparaban a aplaudir.

Lo que es cierto sobre todas las cosas, es que los Maestros concurrieron todos con sus ayudantes, llenos de unción y de profundo respeto. Es que en aquel tiempo se hilaba muy delgado, y los únicos que solían levantar la voz eran Larguia y Larrea; los demás hablaban siempre con el sombrero en la mano a la autoridad.

Como no estuve invitada a la primer reunión, ignoro lo que en ella pasó, pero me encontré en la segunda conferencia; aunque sea dicho en honor de la verdad que no conferenciamos sobre cosa alguna.

Los maestros no hablaban por dos razones: 1° porque el Reglamento se los prohibía, ellos iban allí a oír: 2° porque nada tenían que decir.

En esa 2ª conferencia se les dijo que ellos eran Pedagogos, y que esa palabra era griega; este fue un rayo de luz que vino a iluminar las tinieblas; la incógnita quedaba despejada.

¿Cómo habían de saber lo que era pedagogía, desde que la voz era griega‘? ¿Tenían ellos la obligación de hablar o entender el griego? Por cierto que no.

Este importante punto dilucidado, vi la satisfacción resplandecer en los honestos rostros de aquellos venerables varones, y en la pausa que sucedió apuesto que cada cual comenzó a conjugar te ipse. Yo soy pedagogo, tu eres pedagogo, aquel es pedagogo. Nosotros somos pedagogos. Vosotros sois pedagogos, ellos o  aquellos son pedagogos.

El descubridor de aquel nuevo mundo de la ciencia gozaba de su triunfo.

Pero Larguia observó profundamente que si continuabamos asi, se nos iba a acabar el tabaco.

Tenía razón; en materias científicas como en todas las cosas nada se pierde en andar al paso del buey. Pero engolosinados con aquella izca, un generoso ardor animaba a aquellos nuevos argonautas tras el nuevo bellocino de oro.

El pedagogio Romano, o lugar donde los hijos de los esclavos aprendían sus oficios, acababa de darsenos por arte griega,  la etimología de pedagogo por de origen griego y aún recuerdo que se dijo que pedo era no se qué cosa, y gogo era otra, formando los dos el inestimable epíteto de pedagogo o Director de Colegios, porque en cuanto a Maestro, nunca se ha creído bastante aristocrático.

En esa memorable reunión se instaló la «Sociedad Propagadora de educación primaria», inocente tentativa de una cosa imposible. Se leyó el acta, firmamos todos enternecidos como casi siempre sucede entre los que tenemos poco sentido común, y creímos de buena fe que habíamos hecho algo.

Noté que al separarnos, con excepción de Agüero (Q. E. P. D. y que era más tímido que una liebre, y de Montero que hacía esfuerzos inauditos por deslizarse sin ser visto como un espíritu errante, los demás me parecieron algo entonados y no faltaba quien se hechase el sombrero a la oreja y golpease su bastón en el piso. Yo individualmente hube de sufrir un percance; sin embargo de haber sido la inventora de la «Sociedad Protectora  de  la Educación Primaria», un Sr. Director de Colegio, gran partidista de la ley Sálica, no quería permitirme firmar el acta encontrando altamente inconducente que la Reina Victoria ocupase el solio inglés e Isabel II el trono de España e Indias!

Felizmente para mí el Sr. Sanches Boado no formaba parte de aquella reunión y encontré en Larrea, Larguía, y otros los más calurosos defensores.

Así terminó aquella 2ª Conferencia.

Todos los sábados a las 2 de la tarde nos reuníamos en el Salón y cada vez era mayor la concurrencia; hasta estuvimos amenazados de una prédica del Sr. D. Felix Frías hoy Ministro Argentino en el archicatólico apostólico romano Chile; muchos señores de alta alcurnia fueron socios, pero nunca hicieron nada por la educación, a lo menos que me conste.

Varios fueron nuestros trabajos y por su resumen puede deducirse su importancia.

En primer lugar hicimos un Reglamento para nuestra Sociedad, más inocente que el azúcar refinado del maná. Luego nos preocupamos de los Diplomas, en vista de la probable importancia futura de nuestros trabajos.

Esos diplomas litografiados deberían ser simbólicos porque tenemos grande predilección por los símbolos.

Había diplomas de socios fundadores, honorarios y se habló de socios protectores. En el auge del entusiasmo nos entretuvimos en dispensar diplomas a gente que no los pedían, ni los necesitaban,  ni los apreciaban, pero eso era lo de menos, nosotros redoblabamos el fervor por agraciar a todo el mundo.

Tampoco puede negarse que el Dr. Lársen contribuía mucho a aquella efervescencia.

Voy a explicar cómo.

El don de la palabra no es universal, y por otra parte bridados como se encontraban todos aquellos honorables Directores de Colegios Municipales, no es de extrañar que una vez sentados en sus sillas curiales, guardasen el silencio de las estatuas.

Usábamos solo de la palabra, yo, Gaillard, el Dr. Lársen y nuestro Inspector General.

Gaillard hablaba matemáticas.

Yo pedía reglamentación especial para las Escuelas de ambos sexos.

Lársen hablaba historia Griega y Romana.

El Inspector nos hacía leer el horario por si no lo habíamos entendido bien y seguía invariablemente el reglamento de escuelas añadiendo «Los Consejos de Oro» o algún capítulo del Tempe.

Pero el que hablaba por todos era Lársen.

A fuerza de hablarnos de los griegos nos íbamos identificando con la idea de que éramos tan sabios como ellos, y en ese fervor de nuestras doradas ilusiones es que nos venía el deseo de propagar nuestros diplomas como otras tantas bulas de gracia; siempre con la diferencia que las bulas no se dan de balde y nuestros diplomas eran solo gravosa al que los hacía imprimir.

Siento no saber el nombre de aquel modesto bienhechor de la humanidad para inmortalizarlo en las páginas de estos inmortales Anales; pero qué hacer sino puedo adivinarlo!

A pesar de esta algarabía de tópicos, algunos enteramente ajenos al objeto de las conferencias, el espectáculo de aquellas reuniones era interesante.

Yo me sentaba entre Larguía y Gordillo. Agüero volvía sus pulgares con agilidad sin perjuicio de alguna que otra cabezada. Larrea apoyaba ambas manos en el bastón que conservaba como punto de apoyo entre las piernas, porque su abdomen le había impedido mover los brazos.

Don Macedonio, inmutable como el destino, tenía un aire completamente abstracto, mirando por entre los vidrios azules de sus espejuelos.

Gaillard, encontraba más cómodo recoger sus piernecitas al palo atravesado de la silla para no dejarlas, en el aire.

Froncini, miraba y callaba.

Alarcón, mudaba de color a cada instante.

Jacinto Castro, se burlaba de todos con el descaro de sus pocos años.

Amato, limpiaba sus anteojos a cada momento para oír mejor, y aprobaba todo con una sonrisa celestial. Uzal, se dormía mejor que en su cama.

No puedo recordar a todos, pero recuerdo que todos ponían sus sombreros debajo de sus sillas, y que todos usaban zapatos senadores lo que hacía un coro algo desapacible.

A veces teníamos alguna que otra lectura que nos venía de la Campaña, honestas elucubraciones de pobres preceptores, casi siempre interrumpidas por el infatigable Lársen, que tomaba el Departamento de Escuelas por el Agora y a nosotros por griegos trasvestidos con los ajuares del Siglo XIX.

Un día, después de decirnos que éramos peda-gogos, se nos dijo que podríamos llamarnos: los hombres Institutores, y las mujeres Institutrices.

Lársen no tuvo objeción alguna que oponer, pero nos habló de los llanos de Maraton y de las Termópilas. De Leonidas y de Xemphon, de Tracia y de Lacedemonia, de Esparta y de Atenas y otras cosas por el estilo.

Puedo afianzar que sino aprendimos historia Griega no fue por culpa de Lársen, sino por nuestra falta de cacumen.

Pero hicimos algo más, nos suscribimos con cinco pesos mensuales para alguna cosa.

Se trayeron  grandes pizarras y Gaillard nos explicó algo de matemáticas.

Yo tuve la audacia de presentar una lectura sobre pedagogía-racional. Para alcanzar lectura fue necesario someterla a previa censura del Inspector y al fin de un mes de espera en que juzgué que había llegado el fin del mundo, tuve el regaladísimo gusto de hacerme aplaudir por mis inofensivos oyentes, viendo después mi trabajo, vertido al francés en letra de molde, é impreso en castellano con la adición de algunos tres o cuatro errores de caja por renglón. ¿Pero qué es eso comparado a la gloria de haber hecho mi gusto?

En medio de todo esto, no se crea que no habíamos hecho algo de provecho; v. g. la Sociedad se había dado un directorio más numeroso que la propia sociedad. Directorio que tenía un Presidente, dos Vices, dos Secretarios, dos Tesoreros y los demás eran vocales.

La más cordial unanimidad reinaba siempre con excepción de Lársen, que se fatigaba en vano por asimilarnos a los griegos,  mientras otros interpretaban trienio por trimestre, y yo que siempre desesperada rodaba en el vacío de aquella obra magna.

Un día el Inspector había tenido que hacer y nos dejó solos; entonces se empeñaron en que el decano de los preceptores ocupase la silla presidencial.

La turna correspondía a los señores Larguía, Larrea y Diaz (D. Ma cedonio); después de varios cumplimientos, cortesías, galantes ademanes de la mano derecha, sonrisas, etc., Larguía ocupó el puesto de honor.

Larguía era el hombre más jovial y gracioso que se pueda imaginar, decía las cosas más picantes con una seriedad imperturbable, que tornaba sus dichos más jocosos. Versificaba en estilo sarcástico y burlón, con suma facilidad, y tenía las ocurrencias -más peregrinas. En el fondo de su carácter era un excelente hombre que había educado con honradez su numerosa familia. Acaso era lo que se llama un maestro del cuño antiguo, pero que sabía su oficio, mejor que muchos.

Nunca olvidaré cierta ocurrencia en unos exámenes en que un preceptor teniendo que escribir su propio nombre, cometió una falta de ortografía.  Larguía tomó el papel, lo miró, y en seguida me lo pasó con su seriedad habitual, haciéndome una seña imperceptible hacia la firma del maestro en cuestión ; la mirada de Larguía en aquel momento era más graciosa que la mejor sátira de Quevedo. No pude sofrenar la risa y tuve que retirarme a reir a mis anchas porque me ahogaba.

Ese día  elevado a la presidencia, se puso a hacernos una descripción de su escuela de la que decía habérsele convertido en un cajón de Sastre.

Fue aquella una de las conferencias más divertidas, porque cada cual contó su anécdota referente a la Sastrería y a los vejámenes que había tenido que sufrir quien por mangas, quien por faldas. En lo mejor se nos apareció el Inspector como la sombra de Banco en el festín de Lady Macbeth, y cada cual metió su violín en bolsa.

Sin embargo, conferencias y Sociedad iban avante, con el aplomo y celeridad de una pesada carreta tirada por una yunta de bueyes viejos y flacos.

En todas estas loables tentativas de aprender la historia griega, repartir diplomas a diestro y siniestro, transcurrió un año y llegó la época de elegir nuevo directorio. De esta vez formé parte del gobierno, pero quedó siempre de Presidente de la Sociedad como de las conferencias la autoridad omnímoda, el Inspector.

Cuando recuerdo aquellos días, y la seriedad con que dijimos tanta, tontera, me asalta el remordimiento de haber sido la más tonta de todos.

Lársen que nos había indicado un día su semejanza con Leibintz en cuanto a haberse dado un sendo porrazo en la cabeza, dijo una vez que nuestra Sociedad era cosa ninguna, ni nadie sabía a dónde íbamos. Más le valiera haberse quedado mudo, que haber herido la fibra maternal de mi alma.

En la sesión siguiente me las pagó. Llevaba escrito un discurso sobre las asociaciones, y ese día mi triunfo fue espléndido. Gordillo me dijo que yo era el astro del día. Larrea me juró que todos estaban como pintan el león ibero ante la República Argentina, a mis plantas!

Supe después que había esgrimido su temible garrote al aire diciendo cuanto me quería; guay al señor Sanchez Boado si Larrea viviese todavía!

Amato enternecido me llamó « Sua diletta ».

Gaillard me cumplimentó en francés, Larguia me dijo que había derrotado a Lársen, aunque con respecto a la Sociedad opinaba como él.

Alarcón me regaló un ramo de violetas, enrojeciéndose hasta el blanco de los ojos.

D.Macedonio no se podía enrojecer, pero se dignó sonreirse gruñendo alguna galantería que no pude descifrar. El Inspector, mi cruel Inspector, de esta vez pareció conmovido !

Oh! témpora! Oh! mores!

Esto dicen que es latín, y yo lo traduzco por: Oh! temporal de los moros!

Cuán mudados están los tiempos! La Sociedad decretó que se imprimiese mi discurso, y el propio Lársen enternecido apoyó- la moción no sin haberse atabicado antes las narices de rapé.

Era yo la niña mimada de aquellas reuniones, y si mi maldito genio me hubiese consentido establecer una pequeña asociación de admiración mutua con el Sastre mayor de esta ciudad, acaso no estaría hoy gimiendo y llorando por estas calles de la amargura estigmatizada por una Municipalidad inmortal que ha querido en pleno siglo XIX convertirse en el injusto Areópago que condenó a Sócrates  a la cicuta!

Pero cada uno es como Dios lo ha hecho, y yo soy taimada por condición, y la mentira se me anuda en la garganta y me abochorno de adular y me dejo hacer pepitoria antes que prostituir mi dignidad.

El Inspector me decía cosas lisonjeras, pero yo no tenía cambio para esa moneda. Dura, altanera, inflexible, es más fácil que oculte mi admiración que finja lo que no siento.

Este desdén es el que me ha perdido, reconozco mis faltas.

El Directorio solía reunirse de noche, y yo intrépida como siempre que se trata de mis cominos, me costeaba a pié no sé para qué objeto.

Dos tristes velas estearinas, ardían sobre el bufete del Jefe, Inspector y Presidente.

Esto me recuerda el título de una novela. Obispo, Papa y Rey. En este caso eran tres personas distintas y un solo individuo omnímodo verdadero.

Como iba diciendo, la sala del departamento iluminada a giorno con dos velas, esperaba por los miembros del Directorio, y estos iban llegando poco a poco; así es que primero se pasaba el tiempo esperando, después, no estábamos en quorum legal, o coro legal, que para el caso es lo mismo; hablábase sobre que en invierno hace frío y en verano hace calor, que llueve de arriba para abajo agua solamente, y etc. etc., después nos despedíamos hasta otro día.

Algunas veces hablé aunque inconstitucionalmente, sobre la necesidad de comisiones parroquiales de señoras, para reunir ropa para los niños indigentes, y aun dinero para útiles, porque el Departamento no los daba entonces; pero se objetaba lo de siempre.

Aquí es muy difícil.

Nosotros no podemos.

Las señoras no han de querer, etc. etc.

Sin embargo, con el volcar del tiempo, como dicen los poetas que toman el tiempo por alguna pipa de cualquier cosa, se han visto comisiones de señoras recorriendo la ciudad y pidiendo suscripciones para erigir Colegios a la Compañía de Jesús.

La diferencia es casi imperceptible, si las escuelas fuesen del pueblo, esos edificios serían de propiedad pública; pero como el dinero recolectado por las damas, es una limosna a la célebre Compañía, esos edificios son propiedad particular suya.

Entretanto la borrasca se formaba en el horizonte, y cuando sus rayos rasgaron las nubes y cruzaron serpeando el espacio, habló la burra de Balaam, y nuestro Obispo, Papa y Rey renunció el elevado puesto que sus pretensiones  a la inmortalidad le habían alcanzado.

Muerto el perro dicen que se acaba la rabia, así es que ni Vice-Presidentes, ni Secretarios, ni Tesoreros de cajas vacías, ni nadie, quiso convocar la Sociedad.

Había unos reales dados por un alma pía que había ganado un premio en la lotería, y ese dinero lo destinó no sé quién para hacer escuelas en las cárceles, en los cuarteles, en los hospitales, escuelas por todas partes como ambulancias en tiempo de epidemia. Escuelas para todos, menos para los niños, escuelas hasta en los toldos de los indios, menos en la ciudad.

Dicen que las Danaides se disolvieron en una lluvia de oro; pero la Sociedad propagadora de la Instrucción Primaria, a falta de oro se disolvió en una lluvia de escuelas significativas de nuestras avanzadas ideas en esta materia.

Aquí tiene pues el lector, lo que pasó en las primeras conferencias pedagógicas instituidas en esta heroica y leal ciudad, puerto de Santa María de Buenos Aires, desde 1863 a 1864. Tal vez con más ingenio y mejor filosofía podrán otros descubrir qué clase de rastro dejamos, si rastro quedó de las susodichas conferencias; porque en cuanto a mí, tengo de confesar con toda la humildad del mundo que por más que he pensado sobre el asunto, estoy tan en ayunas como el que pasó 40 días y 40 noches en el desierto tentado por Satanás, pero firme en su penitencia.

Enmudecidos los picos de oro de las Conferencias, las Escuelas en que la Sociedad se había disuelto, se dinamizaron por su turno en átomos imponderables. Los soldados continuaron aprendiendo el A B C en las pulperías; los presos en las cartas de la baraja, los enfermos en el régimen curativo de los hospitales, y los indios en sus correrías por el desierto.

Ay! pulveris est et in pulveris reverteris !

Vaya otro latín que vertido en buen castellano quiere decir, que no dejamos ni el polvo de nuestro polvo, como dice Mármol en sus maldiciones a Rosas.

Porfiada como la raza de que desciende, quise reanudar los vínculos de la Asociación y convoqué a mi casa los maestros de Escuela y aun las maestras; pero solo acudieron Sustaita, Montero, Gaillard y Amato.

Tal vez algún otro que no recuerdo ahora.

Esforzábame en comunicarles mi fibra, y el fuego que ardía en mi alma; pero todo era inútil; el tinte que Sustaita daba a sus patillas y el espesor de su peluca rechazaba todo fluido magnético. Y los espejuelos de Amato, como el rostro de amargura de Montero, como la humareda del cigarrillo de Gaillard, rechazaban toda polarización sustrayéndolos a la acción magnética.

Había por ese tiempo, creádose un Consejo de Instrucción Pública, y el bueno del Inspector había hecho creer a aquellos santos varones que el Consejo solo aceptaría el nombramiento quedando él, Inspector en su puesto.

El Consejo no era pues una reunión de miembros, sino un todo homogéneo y compacto un D. Consejo Banquillo, con una sola voluntad y un solo entendimiento como Dios !!… Y los maestros decían con toda la candidez del pánico: « el Consejo no quiere que haya Sociedad. »

Como he hablado de Sustaita, deseo dedicarle algunas palabras. Era él un maestro del cuño antiguo también, como Larguía, Agüero y Larrea, pero excelente pendolista, y buen hombre de corazón generoso.

Antes de tener escuela por el Estado, la tuvo particular, y tenía por costumbre enseñar doce niños pobres que recibía el día de su cumpleaños, y cuyas vacantes solo en ese día se llenaban. Esta acción tan noble y tan cristiana abona por los sentimientos de aquel honrado y pobre maestro de escuela olvidado como sus otros compañeros.

Cualesquiera de ellos era mejor que los presentes y nunca se hubieran permitido cooperara la disolución de las escuelas, porque la porque la desobediencia es contagiosa y como decía Sancho Panza, hoy por ti, mañana por mí, y con la vara que mides serás medido.

Otro vendrá que bueno me hará; y cada cual cosecha lo que siembra; muchas veces se vuelve el hechizo contra el hechicero. Ya te lo dirán de misas, y nadie dé coces contra el aguijón, etc. etc. y a fe que cuando Dios quiere a todos aires llueve y quien lleva las pulgas es el perro flaco.

En fin, honor a los muertos y justicia a los vivos; aunque es verdad que Agüero no quería que dividir fuese sinónimo de partir aritméticamente hablando; que Sustaita se declarase contra la estadística escolar, Larrea entendiese que pan es pan y el vino es vino y Larguía soportase con resignación el nauseabundo aroma de su escuela, no puedo eximirme de recordarlos a todos con tristeza, esperanzada en que me hubiesen tratado mejor que aquellos que les han sobrevivido.

Pasemos ahora a la segunda época de las conferencias, aunque solo puedo hablar de ellas por tradición oral, y no como testigo ocular.

Circunstancia es esta, que me compele a dar una breve reseña de lo que pasó en estas otras memorables conferencias pedagógicas, prosecución del pensamiento de E. Rendú.

El Sol de Enero de 1866 encontró en el sitial del Departamento de Escuelas, un nuevo Papa, de aquellos pontificios estados, Dr. D. L. J. de la Peña, recientemente canonizado por la Municipalidad.

Este meteoro ígneo del cielo escolar, resucitó, las luminosas asambleas de maestros, reforzadas por el advenimiento de nuevos luminares que a guisa de los faroles de la retreta iban a disputarse el premio de la elocuencia y de las invenciones en estos torneos de la ciencia pedagógica. El Dr. Peña presidía las reuniones que bajo el suave temperamento de su presidente, como de los ardorosos atletas allí presentes, dieron a las conferencias la febril animación de un reñidero de gallos o de un circo de perros.

En un acceso de entusiasmo, el Presidente llamó  “canalla vil” a un maestro. Otro día hubo de haber una partida de boxin británico; rasgos de la pasión con que las escuelas empezaban a ser favorecidas. Un maestro propuso suprimir algunas letras del abecedario por inútiles; otro opinó que se suprimiesen todas. Ah! ¿Por qué se detuvieron en tan colosal reforma? Las tristes víctimas de la cartilla, un día les habrían levantado un monumento de honor, una columna Vendome, como los franceses a Napoleon I, siempre con la diferencia que Napoleón ganó su columna matando gente, y estos Napoleones del alfabeto habrían ganado la suya impidiendo la crucifixión de tantos inocentes, que desde el descubrimiento de Guttemberg vienen regando con lágrimas ardientes aquellos jeroglíficos mudos que están destinados a descifrar para su bienestar en este mundo y su salvación eterna en el otro.

Estas nuevas Conferencias tuvieron un órgano en la prensa « La Escuela Primaria ».

Dando uno en el clavo y ciento en la herradura, hubieron discusiones sobre gramática, geometría, programas, etc. Cuando el doctor de la Peña renunció por cansancio su puesto de Jefe del Departamento para prepararse al de Director por la Municipalidad, las Conferencias quedaron por un momento en la posición de Quevedo cuando colgaba del balcón dentro de un cesto atado a un cordel; pero Estrada nombrado Abad del Departamento de Escuelas, trató de continuar las conferencias amalgamando los sexos de sus oyentes.

De esta vez pude haber ido, pero me abstuve: esperé a ver claro. Ah! si me hubiese abstenido siempre!

Un nuevo Jefe, era entonces un nuevo julepis antes que las escuelas, o los maestros de escuelas, asumiesen el tono revolucionario del barrio de San Antonio y el mercado de París a fines del siglo pasado; así es que el nombramiento de Estrada, fue un rayo que cayó a sus plantas dejándolos aterrados.

A la citación de la primera conferencia nadie faltó. Estrada llevaba preparado su discurso inaugural; estuvo elocuente, les dijo que había jurado sobre la cuna de su hijo, no se qué cosa respecto a las escuelas, y habló del lujo, este evangelio inventado por los predicadores modernos. A pesar de su juventud, su elocuencia, su lenguaje seductor y la buena voluntad que lo animaba, Estrada desde aquel momento se conquistó una cierta antipatía general preludio de odios posteriores.

Sin embargo las conferencias continuaron frecuentadas por los maestros casi mudos, y por las bellas maestras mudas y sordas.  Allí se habló de niños maravillosos, nacidos con toda la dentadura, y leyendo como Carlos Dickens o la Ristori a los seis meses de su edad.

Allí se habló de los amores de las aves del paraíso, y hubieron tundas sin cuento, proposiciones en lenguaje metafórico, variada confusión de ideas y de temas de discusiones que degeneraban en polémicas y de polémicas en reyertas. Del terreno pedregoso en que estuvieron anteriormente, cuando por vía de reprimenda el Papa de las conferencias llamaba a un maestro “ canalla villano”, habían resbalado estas notables asambleas a una especie de tierra arcillosa donde más de un zapato quedó enterrado, como chancleta de vieja.

Así terminó 1869-Las maestras con el asunto de los vestidos de seda y los capotillos de terciopelo sobre el alma. Los maestros más avenidos al lenguaje franco que los clasificaba de  “canallas villanos”  o que con la picante argumentación de algún endiablado doctorcito que se divertía con ellos sin rebozo, como los muchachos con el mono del organista cuando baila la polka, monta el perro, y dispara su microscópica pistola al aire.

Al principio ese malestar, era como la inquietud de las hojas de otoño, que el viento esparce revoloteando en todas direcciones. Después veremos manos diligentes amalgamar odios, encender el fuego de la discordia y aguijonear las pasiones para jugar con ellas como Franklin con la electricidad de las nubes.

Lo que nos resta a decir sobre las nunca bien ponderadas conferencias pedagógicas, es que por esta vez se llamaron: Conferencias de Maestras.

Había yo pedido algo como Ejercicios prácticos para las maestras, según consta de mi Informe sobre los exámenes de 1869, impreso en estos mismos Anales, pero como se bautizaron Conferencias y como parece que tanto vale atrás como en las espaldas, acepté la palabra que no designaba la cosa.

Hace tanto tiempo que todos se contentan con las palabras, que casi no tengo derecho a ser más exigente que los demás.

Los sucesos de estas reuniones se encuentran fotografiados en sus Actas, ya publicadas en los Anales también; y a pesar de cuanto se ha dicho después por mis enemigos, nada más pasó que lo que las actas constatan.

Lo que nunca debió pasarme a mí por la cabeza, fue la pretensión de hacer cosas buenas con malos elementos porque eso no se ha visto jamás ; lo que tampoco debí hacer fue cuidar de que las señoras maestras anduviesen a pie grandes distancias para ir a aprender los amores de las aves del Paraíso, y escuchar las historias de los niños maravillosos que caminan como los pollos al salir del cascarón. Debí cruzar los brazos ante mi propia impotencia y contentarme con hablar si creo un deber mío decir la verdad, antes que pretender convertir al bien lo que está irremisiblemente perdido. Fui llana en demasía con gente que nunca pensó verse tan considerada porque estaba habituada a su propia esfera. Pero doy por bien empleado mi sufrimiento porque a lo menos ha servido para que cada uno ocupe el lugar que le corresponde.

Las maestras de las escuelas públicas, con raras excepciones, no son en esta ciudad lo que deberían ser, personas educadas ; y esta no es una suposición sino hechos latentes, palpables.

No solo han probado su incapacidad como maestras, sino también que no son señoras, en su modo de conducirse, aun cuando no dudo que sean honradas en su proceder, pero en sociedad se requiere además de la decencia del carácter y del lenguaje, el respeto de sí mismo.

Descubiertas en su ignorancia, no se resolvieron a aprender, sino que se rebelaron contra las verdades evidentes que se patentizaban a su vista, olvidaron que nadie nace sabiendo y que cuesta mucho adquirir algunos conocimientos.

Sin embargo, sin la mano alevosa que ha manejado estas intrigas, acaso las maestras se hubiesen sometido a un aprendizaje regular.

Pero los consejos pérfidos halagaron sus malas pasiones, la insidia explotó su propia ignorancia, el genio del mal las complotó, las empujó al camino de la rebeldía y de la calumnia, para satisfacer animosidades personales, y ellas sin medir el terreno que iban a recorrer, se lanzaron ciegas y locas, fraguando complots reprensibles, recurriendo a la calumnia en falta de verdades que lanzarme en rostro y se consumó el doble delito de cerrar una escuela y de crucificar a quien se encontraba inocente.

De modo que las primeras reuniones de maestros murieron de inanición, y las segundas acabaron en tragedia !

Para alcanzar tan famoso resultado ha sido necesario corromper maestros y maestras incitándolos a la rebelión ; hacer de cada escuela un taller de anarquía, de mentira, y de iniquidad. ¿Qué sucederá el día que las escuelas vuelvan al Departamento del ramo?

O será necesario cambiar todo el personal docente, o aceptar su aparente sumisión, pero ni podrán mantenerse en ella, porque una vez rebelado el subalterno, está en la pendiente fatal del desenfreno; y así por no haber castigado a tiempo un rebelde habrá que destituir a todos.

He dicho que las actas de las susodichas conferencias de maestras han fotografiado con la exactitud posible lo que pasaba allí desde el momento en que cada uno tomaba su puesto; así es que solo me resta referir lo que no es estrictamente oficial.

Yo había hablado por veces del guarange (reléveseme la expresión) introducido en nuestras escuelas, de modo que hasta cierto punto algunas madamas me miraban de reojo. Pero yo era vocal del Consejo, se creía que fuese nombrada Inspectora de esta clase de escuelas, y como es natural en estos casos todos siguen el astro ascendente; así es que me vi rodeada de simpatías calurosas; unas me llamaban su ilustre amiga, como un rezago de los restauradores de otro tiempo. Otras me mimaban con flores, pastillitas de rosa, sopitas de miel hasta llegará las de hiel!

¡Cuántos besos de Judas! ¡ cuántos abrazos pérfidos l Y aquello de: ¡esta es la señora que necesitábamos! ¡Qué se va vd. a llevar la palma! ¿Para quién ha de ser la gloria?

Un día le dije a una en tono profético: —Después del Domingo de Ramos está el Viernes de pasión— Era un presentimiento!

Con todo, yo me había tragado una grande parte de aquellos con conflonfios aconfitados, e incapaz yo misma de ficción ni de doblez, tenía a muchas en buena cuenta y verdadero aprecio.

En mi monomanía de asociaciones, fue mi primer cuidado formar la Sociedad de las Preceptoras de la Ciudad de Buenos Aires, y en la inocencia primitiva de mi zoncera, propuse la Presidente, Vice, Tesorera y Secretarias.

Creí haber reunido un Comité en regla; pero para dos personas dignas había errado en tres: así es el mundo.

Con todo el más cruel de mis errores fue el de la Presidenta y la Secretaria.

La Presidenta quedó deslumbrada de lo retumbante de su cargo, se tragó la presidencia como cualquier boa constrictor se traga un asno, y tal fue la revolución que aquella pobre mujer sufrió, que desde entonces creo que todas sus malas acciones para conmigo han provenido de la efervescencia presidencial que le ha bullido en los sesos.

Tascó el freno con los dientes y dijo tal vez con sus botones como el andaluz :—Juaniyo, o semos o no semos!

Estrada que no tenía grande confianza en la espontaneidad de los maestros y maestras quería hacer obligatorias las conferencias, y yo vice-versa no solo creía en la espontaneidad como en el entusiasmo.

Recurrí a la Asociación para ligarlas entre sí, de modo que no fuese menester obligarlas, y esa asociación se tornó en arma ofensiva contra mí. De donde concluyo que los hombres no son más que zonzos, pero las mujeres son malas, o a lo menos en este caso lo fueron.

Un día, la presidenta renunció, para tener el gusto de ser elegida por sus compañeras decía ella; y la reeligieron. Segura de su ascendiente lo empleó contra aquella primera que la había realzado!

La primera Secretaria había sido colmada de favores por mí, y no pudiendo hacerme otro mal, al separarse la sociedad se resistió a entregar el libro de actas, cuando su nombramiento le venía de mi propia influencia! Una señora no hubiera procedido así.

Desde ese momento comenzó la amenaza y el espionaje a jugar su importante papel en este drama. Las maestras que aun frecuentaban las conferencias fueron amenazadas con la destitución, y aun hoy antiguas relaciones se conservan alejadas por el terror que se les ha inspirado, siquiera me visiten en particular o me saluden donde alguien pueda llevar el soplo al Sr. Sanches Boado.

Tan violenta tiranía parecerá apócrifa en un país donde tanto se pregonan la libertad y la ley; sin embargo, nada hay más verídico que estos recuerdos que venimos trazando a la ligera.

Lo más inicuo de todo fue la presentación de las maestras y los cargos que contenía contra mí. Más adelante he de publicar la nota del actual Jefe del Departamento de Escuelas, al Presidente de la Municipalidad.

Las reuniones vinieron poco a poco muriendo y las propias maestras del Gobierno dejaron de frecuentar, con excepción de algunas nobles amigas como las señoras Digier, de Argerich, su inteligente niña, la Sta. Velez, la bondadosa y noble maestra de Barracas al Norte Sra. Perez y algunas jóvenes alumnas plantel para la escuela de la Sta. Gorman.

Un publicista filósofo (Julio Simon) ha dicho que cerrar una es cuela es tan criminal como derribar un templo; y a la verdad que la escuela es el templo de la humanidad. La gloria de haber cerrado esa escuela de maestras le pertenece a la Municipalidad; una escuela que se cierra a las 16 o 20 sesiones de su planteación, ¿qué puede haber hecho ?

Yo introduje la Aritmética de Perkins (que había sido desterrada no sé porque); los cartones de Coe para el dibujo ; y confieso que la incapacidad de algunas maestras era tal que los clavaban con un alfiler en la pizarra porque no sabían o no se les ocurría copiar el dibujo en punto mayor en la pizarra mural.

Hice algunas lecturas y es notable coincidencia que mientras ellas se completaban para calumniarme, yo les dedicaba mi última lectura!

Hay necesidad de hacer efectiva la escuela de maestras, y de ir renovando el personal con gente más idónea, pero no sé quién será el valiente que vuelva a ponerse al frente de tal empresa.

Entre los libros que se repartieron a las maestras cuenta la Economía de las Escuelas, que si no es el mejor libro que se ha escrito en inglés, a lo menos es uno de los pocos mejorcitos, traducidos al castellano.

Otro de nuestros propósitos ha sido la traducción de Calkins para dotar las escuelas de un buen manual de enseñanza primaria y ahora que están llegando los aparatos requeridos hubiésemos recién dado ilustraciones que corroborasen nuestras doctrinas. La obra quedó interrumpida, feliz del que logre concluirla; o cuando mas no sea, encaminarla por la vía del progreso. Las generaciones del porvenir, Dios y la patria lo bendecirán.

Juana Manso

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