Escuelas Dominicales de la Comunidad Americana por Juana Manso

Invitada a una función de premios en la Escuela Dominical Americana, he tenido ocasión de observar más de cerca el significado de esas escuelas irrealizables todavía en nuestro país, a pesar de haberse de creado cuatro a principios de este año, sin que nadie tenga una idea cabal de lo que ellas significan.

Voy a describir lo que he visto con la impresión que me ha producido.

Acompañada de la persona que había venido por mí, llegamos a la Iglesia Evangélica a las once de la mañana, y poco después comenzó el oficio del Domingo como se usa en estas congregaciones, por un canto religioso, seguido de la plática del pastor.

En seguida llegó el momento de traer el estandarte de las escuelas, leerse el movimiento de las mismas, y en suma toda la parte relativa a la estadística.

Después un anciano fue a orar por aquellos inocentes niños que un día no muy lejano serían los hombres y las mujeres que por la familia continuarían la sociedad. El silencio más profundo reinaba en los circunstantes y el recogimiento más austero en todos los rostros.

El Superintendente Dr. Clap, Cónsul de los Estados Unidos, tomó la palabra. El Sr. Clap, es un hombre de mediana estatura, mas bien bajo, de maneras insinuantes, de rostro bondadoso y simpático, con una voz sonora y dulce cuyas inflexiones él modula con maestría penetrando hondamente sus nobles ideas en la mente, y despertando, tiernas emociones en el corazón. Es el orador más notable que he oído con el Dr. Rawson y el Sr. Sarmiento. La naturalidad de la entonación, la pureza de su dicción y la facilidad con que se expresa, me impresionaron muy agradablemente. El Dr. Clap habló a los maestros y a las maestras encareciéndoles la necesidad de fundir el carácter de sus alumnos, para la integridad que es en sí misma la base de toda virtud, de la moral, y de la verdad. Habló a los niños con aquella suave persuasión que conquista los corazones, y cada una de sus palabras, era para mi propio corazón ulcerado por tantas injusticias, como la lluvia benéfica para la planta marchitada por los cierzos y dureza del terreno. Más de una lágrima me arrancó el sentido discurso del Dr. Clap, máxime cuando comparaba la suerte de nuestros pobres niños, abandonados por la sociedad u obligados a oír todo, menos la palabra de Dios!

Otro anciano volvió a orar, y el Pastor Dr. Jackson tomó la palabra, siempre aproando las almas para aquel faro de la humanidad; Dios!!!

Otro Superintendente de las Escuelas Dominicales, habló también, con ese lenguaje exclusivo de la raza anglo-sajona; y después de los premios y del Padre nuestro el Pastor bendijo la comunidad y esta se desparramó dirigiéndose cada cual a su home particular.

El canto había interpolado todos aquellos discursos y el tiempo había pasado insensiblemente. Al domingo siguiente no falté, estudiando los procesos de aquellas escuelas.

Como el domingo anterior la comunidad asiste al oficio y todos los niños aun los más pequeños guardan silencio y respeto. Terminado el oficio la escuela infantil pasa a una sala del edificio interior y los niños y niñas mayores quedan en la Iglesia donde los ejercicios y discursos son interpolados con cantos religiosos.

La edad de los alumnos es consultada para la enseñanza religiosa, amenizada por aquellas lecturas que preparan la mente a pensar y el corazón a los sentimientos de caridad y benevolencia. En la Escuela Infantil por ejemplo después de la lección del Padre nuestro y canto religioso, la maestra dice: pensando en Vds. he traído un cuentecito que les agradará; y es la historia de un aldeano que tenía un caballo que lo ayudaba a vivir y al que este hombre castigaba todo el día. Los niños hacen un movimiento de disgusto y ella les pregunta: « qué les parece, ¿hacia bien aquel hombre en castigar su pobre caballo?

Los niños: ¡oh no! pobre caballo!

Ella: -Es verdad, pobre animal! Los animales domésticos son amigos del hombre. ¿Saben Vds. cuáles son los animales domésticos?

Los niños: -El caballo, el perro, el gato, las gallinas, la vaca, etc.

La maestra:  -¿Y es bien hecho pegarles?

Niños:-No.

La maestra: -¿ Por qué‘?

Niños:-Porque son animales.

La maestra: -Si, por eso, porque los animales no pueden hablar, ni quejarse, es menester más paciencia con ellos. Ellos son de carne y hueso como nosotros. En Londres…¿Saben Vds. lo que es Londres?

Niños: -Si, una ciudad muy grande.

La Maestra: -Bien, allí hay una sociedad para la protección de los animales, así como en los Estados también existen esas sociedades. ¿Qué quiere decir una sociedad para la protección de los animales?

Niños: -No dejarles pegar.

Maestra-Eso es porque los animales pueden ser enseñados y dirigidos sin necesidad de pegarles.

Si esto no es trabajar para Dios, por la civilización de las costumbres; si esto no es abrir el corazón tierno de la infancia a la piedad; si esto no es hacer de la caridad un sentimiento práctico y profundo; entonces ¿cómo se hace mejor? O como se puede cristianizar la humanidad sino desde esta tierna edad, ¿de esta manera?

Las lluvias han obstado a que mi asistencia no sea efectiva para estudiar la Escuela Dominical en todos sus desenvolvimientos.

No obstante me encontré el once de Noviembre próximo pasado en el Pick nick de la Floresta. Esta fiesta es completamente infantil aunque asistan todas las familias de los alumnos.

Lo más notable para mí era la composición cosmopolita de aquella concurrencia donde había gentes de toda las naciones.

Los trenes iban llenos de niños, y desde el Caballito donde recibimos los alumnos de aquel Colegio, el tren se engalanó de banderas Argentinas, Inglesas, Americanas, etc.

Llegamos a la Floresta y bajó la concurrencia. Una vez en tierra las provisiones, y escogido el lugar de cada campamento, se nos llamó a un salón circular de un edificio abandonado que habrá sido hotel probablemente. Allí, después de un himno religioso, el Pastor dijo el Padre nuestro y se dirigió a la concurrencia recomendándoles la moderación en todos los actos de la vida, y la gratitud constante hacia Aquel que dejándonos llegar con vida hasta aquel día nos brindaba sus beneficios en los mismos placeres inocentes que nos preparábamos a gozar.

Como siempre, el respeto y el recogimiento acogieron la simple palabra del Pastor cuya joven y simpática familia lo acompañaba allí. Su autoridad no provenía del traje talar, ni de la corona, ni de la infalibilidad, ni de su aislamiento, o diversidad de casta; el que hablaba era un hombre joven, pobre, cuyos hijitos estaban allí con la esposa también; no era el ministro del altar, sino el hermano hablando a sus hermanos, no el Director espiritual, sino el amigo hablando a sus amigos para recordarles las doctrinas del “Hijo del hombre”… Su autoridad provenía de la naturaleza, y de la voluntad del pueblo, nada tenía pues de sobrenatural ni de pesada; no estaba dividido de los otros hombres por muralla alguna, solo su modo de ser, más honesto, más suave, más paciente, son las escasas diferencias que lo hacen Pastor!  Terminada aquella alocución se procedió al almuerzo en medio del más desecho ventarrón, y consecuente polvareda en campo raso.

Yo, extraña por mi condición, estaba no obstante destinada a ser la niña mimada de todos.

No llevaba ni una rebanada de pan, y escasamente había bebido un poco de café. Pero ¿qué importaba eso entre cristianos?

Almorcé con una familia francesa, y la Sra. del Dr. Clap vino a ofrecerme su té. Terminado mi almuerzo fui a tomar el té con mis Americanas, sociedad escogida que me dejó allí eslabonada la voluntad. Hablábamos, Filadelfia que habité un tiempo, y esto con la más linda y amable Filadelfiana que he visto en mi vida, hablando castellano como yo.

Un acontecimiento funesto empero, vino a enturbiar la inocente alegría de aquel paseo, (donde vi una sola botella de vino.) El acontecimiento que fue origen de nueva enseñanza y fuente de dolo osas emociones para todos, voy a relatarlo.

Los juegos dominaban allí doquiera giraban los ojos. Las coronas, la pelota, la cuerda, la carrera. Según las edades era la diversión.

De repente circuló una voz.

Enrique Thomson se muere!

Yo corrí debajo de un árbol donde vi un grupo de hombres. Un niño de quince o diez y seis años estaba extendido sin movimiento sobre la yerba, con la cabeza en el regazo de una mujer. La madre!

Todos los socorros que podían prestársele allí se le prestaron, pero al terminar la carrera, una arteria del corazón había estallado y el niño había caído muerto, como la pálida flor que el huracán troncaba violento!

Cuando el desengaño que ya no había esperanza llegó, y la madre sintió que los labios de su hijo se enfriaban, todavía lo acercó más estrechamente a  su seno, y aquellas lágrimas mudas, aquellos besos silenciosos, aquellos gemidos que de repente partían de su despedazado corazón, eran un espectáculo irresistible…

Todos estábamos mudos; confundidos!

De allí a un cuarto de hora el cadáver de Enrique envuelto en una sábana era transportado en una angarilla a la estación de la Floresta y el telégrafo pedía a la estación del Parque un tren expreso!

En ese tren partió la madre, acompañada del Dr. Jackson, de la Sra. Clap y algunas otras personas.

Las mesas estaban aderezadas, y a las tres el Lunch dio principio, sin alegría, como sin pesar exagerado, procurando cada cual presentar un aspecto que sin herir la susceptibilidad de los amigos, no trajese tampoco a la superficie del rostro el recuerdo amargo del triste acontecimiento que en aquel instante enlutaba todos los corazones.

Como he dicho antes yo era la huésped bienvenida de todos, y ni me hacía del rogar para aceptar un lugar donde encontraba uno ; así es que tuve el gusto de comer los más deliciosos panqueques hechos por una Sra. de Baltimore a bordo del buque de su esposo; mis lectores deben saber que casi no hay un capitán mercante que no viaje con su familia.

Todos me regalaban y me obsequiaban a porfía, como si fuésemos una sola familia.

Yo no encontraba, ni he encontrado hasta hoy sino rostros amigos y manos prontas a estrechar la mía, brazos que se abren para estrecharme entre ellos, y labios que profieren palabras consoladoras y amistosas.

He visto, he sentido, la fraternidad penetrar hasta mí corazón solitario y bañarlo de puro y precioso bálsamo consolador! A las cinco el tren está listo, y subimos para volver a la Ciudad.

El Sr. Clap, ha dicho a los concurrentes que espera de ellos aquel recogimiento y silencio que el acontecimiento funesto del día requiere, y así las banderas se doblan y ni los niños se permiten la alegre charla de su edad. Todos sienten que han perdido un compañero, y las madres al estrechar sus hijos a su seno, recuerdan aquella madre, que ya no estrecha entre sus brazos sino un cadáver inanimado!

Todos sienten esa solidaridad que es el fundamento del Cristianismo y el vínculo que liga entre si la familia humana. Lo que me restaba a presenciar debía sorprenderme más.

El Domingo llegó, y de nuevo me dirigí a la Iglesia Evangélica. La plática versó sobre el vínculo de la solidaridad, sin el cual la fraternidad predicada por el Salvador es no solo incomprensible como imposible. La elección de los cantos y la plática, predisponían los ánimos a la simpatía por el ajeno dolor y más que eso a compartirlo todos.

Después vino la Escuela Dominical de la que Enrique Thomson era miembro. Ocho días antes él había tomado parte en los cantos como en los ejercicios religiosos, y ya su puesto se encontraba vacío y su huella borrada de la Sociedad por la que había pasado tan corto tiempo. La bandera de la Escuela enlutada vino como el solo signo visible de duelo. El Sr. Clap tomó la palabra y con aquella voz suave, persuasiva, fluida, como la corriente límpida de un arroyuelo que murmura serpeando entre flores olorosas, comenzó uno de esos discursos de poesía infinita, que despiertan en el alma toda la ternura que Dios ha depositado en ella.

Todos llorábamos, o antes todos los semblantes estaban inundados de ese llanto sin nombre, que brota del corazón por los ojos, y cae como una lluvia benéfica sobre la tierra del dolor. La voz del Dr. Clap, tiene como he dicho, modulaciones tristes que semejan las notas de una melodía lejana que las ondulaciones de la brisa acercan o arrebatan lejos del oído, pero indudablemente él ha aprendido ese arte difícil y encantador de recorrer la gama del sentimiento, haciendo vibrar a su gusto las cuerdas del corazón humano.

No llorábamos tan solo las mujeres y los niños, los hombres ancianos, los hombres en la virilidad de la vida no se ruborizaban de pagar su tributo de lágrimas al niño que desaparecía como una flor que arrastra la rápida corriente del tiempo y de la muerte.

Después del Dr. Clap, hablaron otros maestros y se anunció a la concurrencia que esa tarde era el funeral del niño Thomson, debiendo todos dirigirse a la casa mortuoria.

Yo que los había acompañado en el día del placer, creí deber mío acompañarlos en el día del dolor y esa tarde en compañía también de un amigo llegué a casa de M Thomson. Allí estaba toda la Congregación y todos los niños de la Escuela Dominical con luto en el brazo y su bandera enlutada. Fallecido el viernes, el cadáver estaba ya cerrado en su triple cajón.

Allí estaba la madre que me abrazó largo rato, y nuestras manos casi que no se desligaron mientras estuve a su lado. ¡ Pobre Señora ! ¡Cuánto me conmovía la cariñosa presión de su brazo en mí cuello. Era la segunda vez que nos veíamos y nos reconocimos hermanas en este valle de miserias.

¡Cuánto difieren las costumbres nacionales de los pueblos! La sala en que estábamos no era grande, estaba llena de Señoras, y el cajón descansaba en unos bancos tendidos de blanco, rodeado de flores, alegres como la juventud y fragantes como el aliento de los niños, pero en aquella hora última gala de la muerte!

Las ventanas estaban solo entornadas, de modo que la luz y el aire penetraban por ellas libremente. . No había cirios, ni trapos negros, sino corazones conmovidos hondamente.

El Pastor llegó con Mr. Clap, para decir las oraciones fúnebres. El primero abrió el Nuevo Testamento y leyó algunos versículos, creo que del Evangelio de San Juan.

Después el Sr. Clap pronunció una de esas plegarias que suben a Dios envueltas en lágrimas puras del alma, y en seguida nos dispusimos a marchar al Cementerio de la calle Victoria, jardín cuyas emanaciones olorosas son un beneficio para aquella vecindad.

El orden del cortejo era así : Adelante iba el Pastor con Mr. Clap, seguía el cadáver que llevaban los deudos, el padre y sus tres hermanos. Después venia yo con un amigo sosteniendo ambos un cesto de flores y a nuestro lado venían las Escuelas con sus Maestros, y la bandera enlutada al frente.

Yo había querido tomar aquel lugar por la madre que nos decía al ver salir el cajón llévenle ¡flores! ¡flores!

De esas flores: cada niño tomaba algunas, para arrojar sobre el lecho maternal de la tierra, adonde Enrique acababa de bajar para dormir el sueño de la vida!

Y en aquella última cuna, tan prematura para él, no quedaba solo: hacía un año que una hermana querida después de recitar en la Iglesia había volado con los ángeles al pie del trono del Eterno, llamada arriba para continuar su canto en el seno de su padre celestial.

Los dos hermanos habían volado del nido materno, remontando el vuelo de sus almas inmaculadas, a la región del amor, y de la gloria infinita!

¡Cuántas delicadas e inocentes emociones no me habían conmovido en el discurso de tres días ¡Cómo no comprender el progreso del sentimiento cristiano alimentado con tales combustibles, que encienden el fuego, que depura y regenera sin quemar al corazón ! ¡Cómo no comprender que esta es la verdadera escuela donde se templa el carácter, y se forja esa pureza transparente de las costumbres castas, esa moderación no afectada, y ese candor envidiable de los propósitos!

Y cómo no comprender que es necesario comenzar esta obra desde la cuna con el infante, y seguir con el niño, para que en el momento crítico en que las pasiones se despiertan y las propensiones perversas se alzan, se encuentre el alma escudada por aquel misterioso jinete de que habla Mr. Mann, la conciencia educada y velando por la conservación de su pureza y la rigidez de los buenos principios; del complimiento austero del deber, únicos salvaguardias en el día de la prueba.

¿Y cómo no comprender que si se abandona la infancia, el resultado inmediato e infalible será la creciente degradación de las sociedades? El ejemplo de la Francia, es hoy una de esas terribles lecciones que recuerdan la disolución de las razas antiguas, razas corrompidas por la descreencia, fatalmente destinadas a la disolución…a la muerte. La civilización moderna está tan hondamente vinculada al cristiano que la produjo, que sin este, aquella degenera, y como las  civilizaciones paganas desaparecería.

Oh ! que los pueblos no queden indiferentes y se pongan a la obra de su salvación!

Pero hay acaso fuerza de reacción donde el escepticismo estéril ha secado la generosa savia de la fe.

¿No debe la fe lanzar sus cimientos en la infancia, por la enseñanza y el ejemplo, para que más tarde el huracán de las pasiones no encuentre el alma inerme y sin defensa.

De todos los problemas de la educación, el más difícil a resolver es la infiltración del sentimiento religioso de modo que crezca como la planta con la vida y sea una parte componente del carácter, de las ideas, delas costumbres, de los motivos, de las acciones y de las acciones mismas; de manera que la duda del deber y la descreencia de Dios y de su justicia, benevolencia, y destino del alma, no puedan penetrar en el corazón y pervertirlo.

Cada corazón debe ser como un altar dedicado al Creador, y el hombre debe poseer él por si mismo la voluntad y la fuerza de preservar la propia pureza; y para esa labor que es la de la vida entera, necesita estar dotado desde la infancia, con el amor y el respeto a su Creador, y compenetrado que siendo su criatura, sus pensamientos le pertenecen y sus acciones deben inspirarse en el deseo de conformarse a su voluntad para ejecutarla en la tierra, como los ángeles la ejecutan en el cielo. El destino de la humanidad es glorificar al Creador, por sus pensamientos, palabras y obras. ¿Qué otra cosa es la vida?

Entonces es menester ponerse a la obra desde el alborecer de la existencia cuando el alma inocente, trasciende del aroma de su inmaculada pureza, llena de aquella espontaneidad impresionable que es el más exquisito don del Altísimo.

Y esa enseñanza es el propósito de la Escuela Dominical. Ella es el gran agente del cristianismo, cuya propaganda hace sin violencia de las leyes naturales, como sin persuasión dogmática. El amor es el grande agente que ella pone en acción, y no el terror de las penas eternas que son el antídoto del amor. Si pintamos a los ojos del niño, en vez del cielo, el infierno, en vez de un Dios de misericordia y perdón, un Dios de venganza y de enojos, ¿no es hacer miserables a los niños y apartarlos de Dios en vez de acercarlos á El? ¿Pero cuándo le enseñarnos tampoco la vida del Salvador, de Aquel que vino a darnos ejemplo de vida y de muerte?

¿Puede amarse lo que no se conoce ? ¿Puede imitarse lo que se ignora? ¿O será lo que se ignora como si nunca hubiese existido? Decimos que Cristiano es el que tiene la fe de Jesu-Cristo.

En qué consistía la fe de Jesu-Cristo? ¿Acaso en alguna complicada Teología?

¿O la Buena Nueva que vino a revelar a los hombres está encerrada en las Bienaventuranzas como en las sencillas parábolas llenas de primitiva poesía y a la altura de la comprensión de las gentes inocentes a las que se dirigía?

Como el Evangelio está prohibido por los Doctores de la Ley, sucede que la palabra de Jesús es ignorada por aquellos mismos que se llaman cristianos. Es esa la razón que he aducido para la no realización de la Escuela Dominical entre nosotros, donde la instrucción religiosa está circunscrita a decorar el catecismo de Astete  u otro cualquiera, y luego una cosa que se llama también instrucción religiosa, consistiendo en llamar la atención del niño sobre la infracción de los mandamientos de Dios y los de la Iglesia.

Los mandamientos de la Ley de Dios pueden considerarse como el Código Criminal de la raza humana ; el crimen pues, no reside en la infancia, sino en la edad adulta y si muchos niños son infractores de esa ley, es porque el mal ejemplo de los adultos por un lado y el vacío del sentimiento religioso por el otro, los pervierte antes que la edad púbere venga con la fuerza de los instintos a despertar las terribles propensiones de que ya hemos hecho mención, y que no son otra cosa que el desborde de los instintos, cuando estos no son dirigidos por la razón, a satisfacer únicamente las necesidades comunes a la conservación como a la propagación de la especie.

La discusión y enseñanza de los mandamientos en una edad temprana, lejos de ser un antídoto contra el pecado, son la revelación temprana de los feos pecados que alteran la primitiva pureza del alma infantil, despertando muchas veces el deseo de penetrar los misterios de las sensaciones prohibidas, o por lo menos enseñando palabras que dejan su fatal ponzoña en el corazón, como en los labios, y en los oídos. La Escuela Dominical reformista, separa las edades, enseñando a los infantes solo el Padre Nuestro y cantos religiosos.

Y a los niños más crecidos el Evangelio, según su comprensión y estado de instrucción. Pero ni los maestros enseñan lo que se les pasa por la cabeza; ni están solos en la tarea, porque allí tiene marcado su puesto la familia, la madre que es la primera a insinuarse por el amor en el tierno corazón de los niños, y despertar primero para vigorizarlo después el sentimiento religioso inherente al alma humana.

El Nuevo Testamento como sabemos ha sido escrito por los cuatro Evangelistas, bajo las impresiones de la propaganda de la nueva doctrina. El estilo peculiar a la época en que esos acontecimientos tu vieron lugar, las traducciones, o antes versiones porque ha pasado el Evangelio, requieren un estudio especial para que la contradicción aparente de algunas parábolas tenga su especial significación. Es esa la razón porque la Sociedad de las Escuelas Dominicales, señala la lección del próximo domingo a los maestros y los reúne en un meeting semanal para la explicación por el pastor a ellos que son los hilos de trasmisión para con los niños; y las madres asisten como las más interesadas por la buena dirección de una obra cuyo especial objeto es el alma de sus almas, los hijos de sus entrañas.

He notado que en esta Sociedad, los niños son el objeto de todas las solicitudes y cuidados.

La enseñanza está interpolada con fiestas sencillas de que los niños son los actores y el motivo. Doquiera ellos giran encuentran la familia, los maestros, los amigos solicites de su inerme niñez. Por otra parte, es innegable también la influencia de la música en el desenvolvimiento de las expansiones religiosas; allí cantan todos, y los versos están impregnados de un aroma que lejos de parecerse al estéril misticismo que aisla el corazón y lo impele a la contemplación estática de un mito incomprensible, desde que se le divorcia de la humanidad que es su reflejo ; por el contrario la plegaria cantada es la vida práctica, pidiendo a Dios, la paciencia para el sufrimiento, encarando la muerte como el primer término del viaje, y después viene el piloto que conduce las almas por aquel bello río hasta el encantado paisaje de la eternidad, de imponderable belleza.

Otras veces las preces piden a Dios por los niños, que los guarde del desierto del egoísmo, como del abismo de la falta; que preserve la inmaculada pureza de sus almas. Ni el canto es aquella salmodia monótona cantada exclusivamente por los Doctores de la ley; sino que canta el pueblo. Para eso circulan libros de música y se dice la página que se va a cantar. Tampoco penetra allí la música profana, o de óperas. La música religiosa tiene un característico especial, es grave tierna y sencilla porque es para el pueblo, y como se dirige a Dios, apenas necesita expresar la efusión de las almas que compenetradas de amor se dirigen a su Padre Celestial y bendicen el nombre de Jesús que el primero reveló a los hombres esta ley universal del amor, de la fraternidad y de la igualdad como hijos del mismo Padre.

En las Escuelas Dominicales, ninguna tradición del grotesco paganismo viene a interponerse entre el asistente y el respeto debido a la ocasión que allí los reúne en una sola familia, para ofrecer al Creador el homenaje de gratitud por tantos beneficios derramados en torno de la criatura; renovando a la vez, el intercambio de amor con sus semejantes, porque el hombre no está solo en la vida y todo lo que lo acompaña en su viaje terrestre desde su hermano en Dios hasta el pobre animal doméstico que comparte sus fatigas, tienen derecho a su benevolencia.

Orar en común, cantar en común, parece también como que estrechase los vínculos de la fraternidad social tan necesarios para que a su calor pueda crecer el árbol de la caridad cristiana con sus óptimos frutos, la compasión por el ajeno infortunio, la piedad que retiene el ánimo exasperado en tomar razón de agravios, predisponiendo antes al olvido de las ofensas, y a la paciencia para soportar las injusticias. Finalmente la Escuela Dominical como educación práctica del sentimiento cristiano, es necesaria para el progreso moral de las sociedades y su consiguiente civilización y cultura. Para convencernos de esta verdad, basta lanzar una ojeada a los pro esos del jardinero. ¿Abandona él acaso sus plantas a la intemperie del tiempo y de sus inclemencias, o las riega, poda, abona las tierras, defiende a unas del frío a otras del calor, regando a todas con frecuencia‘? Comparemos las flores selváticas con aquellas que una cultura inteligente ha mejorado ¿tienen acaso la misma belleza y fragancia?

Y así de las frutas y de todo en la naturaleza, donde es verdad que todo se encuentra en germen; pero son esos mismos germenes la Constitución del trabajo sin el cual el hombre no sería digno de representar al Creador en la obra de pulimentación y sucesivo desarrollo como multiplicidad de las especies, por los procesos de las ciencias naturales. – Asi vemos que en los países dados al cultivo inteligente de la agricultura, las frutas, este sano y refrigerante alimento del hombre, se multiplican en calidades adquiridas, por las especiales combinaciones del agricultor, que sino crea como Dios, torna más esplendente la magnificencia Divina y contribuye a que millones de lenguas bendigan al Creador de tantas maravillas, y esto solo porque ha regado la tierra con el sudor de su frente y ha contribuido a enriquecer los almacenes de los granos y de los alimentos que nutren la existencia, mejor que el estéril Anacoreta que reniega de los hombres sus hermanos so pretexto de huir las tentaciones del mundo, adonde nos ha enviado la Voluntad Omnipotente, a luchar contra el mal para no ser vencidos, como no lo fue nuestro Salvador. A amarnos los unos a los otros, como lo recomendó Jesús. A doblar las sementeras, a convertir la piedra en pan, por el trabajo, a doblar las mieses, y los peces de los ríos, como nos enseña la parábola del milagro de la montaña junto al mar de Galilea ; solo que el hombre no puede obrar sino los milagros del trabajo, con ayuda del estudio de naturaleza, cuyas leyes precisadas por el estudio es lo que llamamos ciencia. Pero la Escuela Dominical tiene todavía un pensamiento más sublime, porque ella es la realización de la parábola del Salvador, cuando interrogado por sus discípulos sobre de quien pensaba él que fuese el mejor en el reino de los cielos; y  él tomando a un niño lo puso en medio de ellos diciendo: “ En verdad os digo que si no os volviereis e hiciereis como niños  no entrareis en el Reino de los Cielos. “

La Escuela Dominical llama los niños así, como los llamó el Salvador, y en vez de tomar el timón de la nave el Pontífice de los Sacerdotes, el Pastor embarca su congregación en el esquife de la fe y deja que los niños, similis de los ángeles, lo aproen al puerto de la eternidad.

No el más sabio, según el mundo sino el más inocente y sencillo; aquel que cree con el fervor casto de su alma, y que no necesita cuestionar para creer; ¡porque su fe es el amor!

La Escuela Dominical no malgasta su tiempo en novenarios místicos, sino en la propagación constante y continua del cristianismo, educando una en pos de otra las generaciones cuyo eslabonamiento sucesivo se prolongará en los siglos de los siglos hasta que la voluntad de Dios le marque su término o su renovación.

Los filósofos que han estudiado el advenimiento del Cristianismo aun juzgándolo debajo del punto de vista de la filosofía de la historia moral de la humanidad; están concordes en que a él está vinculada la civilización moderna, por eso se torna más necesaria aun la propagación del Evangelio y la cristianización de las razas para que la educación de los niños que es una parte del Cristianismo, o para mejor decir la palanca de su progreso se convierta en un precepto de la iglesia sin culto aparente como el propio Redentor la instituyó, cuando decía a sus discípulos; « No seáis como los Gentiles que van a orar a los templos, ni como los hipócritas que se ponen de rodillas con los brazos abiertos para que los vean las gentes; mas tu cuando  quisieres orar a tu padre que está en el cielo, enciérrate en tu aposento…

El hombre arrastrado por el oleaje de las luchas diarias, por los embates de la fortuna, y las infinitas tribulaciones de los acontecimientos imprevistos, como que necesitase consagrar un día al reposo, algunas horas a la meditación de sus propias sensaciones; a volver su pensamiento a  Dios buscando en la afección de sus semejantes un lenitivo a sus dolores. Si a esa necesidad se reúne el espectáculo de la infancia que ignora la vida, inesperiente como todos hemos sido, como lo fueron los amigos queridos que nos han precedido, es innegable que el corazón más ulcerado se siente enternecer, se funde en el amor de la infancia para protegerla de las espinas del camino encendiendo temprano en sus almas aquella inextinguible luz de la fe religiosa, único pedestal  firme de la vida donde todo fenece o se desvirtúa, menos la creencia de que hay en nosotros un alma inmortal cuyo destino es volver, no a la infecunda nada, como hace sospechar la disolución de la materia, sino un alma indisoluble que fue capaz de conocer y de comprender lo que le debe a Dios y tiene que volver a sus plantas a recibir el salario del trabajo; el galardón de sus penas, la palma de los martirios soportados en la labor de la obra fecunda del progreso humano.

Oh! felices los pueblos que no abandonan a sus niños; y benditos los que dirigen sus tiernas almas a la virtud, porque ese es el vínculo invisible que liga los hombres a Dios!

Juana Manso. Anales de Educación Común IX. 1870

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