Emancipación moral de la mujer. Juana Manso

Cuando se toca una cuestión tan delicada como esta de que tratamos, preciso es hacerlo con suma circunspección, al paso que no debe desdeñarse todo aquello que tienda a dar vigor, fuerza moral y bases sólidas a las nuevas doctrinas.

Nuevas son en la América del Sud: en cuanto a la Europa y Estados Unidos, la emancipación de la mujer es un hecho consumado, al que hace bien pocos meses ha puesto el sello la legislación inglesa, premiando abogados que revisasen las antiguas leyes (asaz inicuas, sea dicho de paso) y que presentasen otras nuevas, protectoras de la mujer.

Con efecto, así ha sucedido, y en agosto de este año fue condenado a dos meses de prisión, un marido que había apaleado su mujer, juzgando que se hallaba aun en aquellos dichosos tiempos en que era dueño de azotarla, y hasta de ponerle una soga por el pescuezo y  llevarla a vender al mercado.

Con efecto, una gran nación como la Inglaterra, la más libre del mundo, que tiene en su seno millares de instituciones filantrópicas, y que ha hecho a la humanidad el relevante servicio de extirpar el comercio de la carne humana, suprimiendo el tráfico de la esclavatura, no podía abrigar en sí misma una monstruosidad semejante, como la de conservar a la mujer en el estado de la más degradante y torpe esclavitud.

El progreso humano, ese gigante locomotor que pasa por sobre las costumbres y las leyes de los pueblos, había ya abolido de hecho esas infames usanzas; pero no obstante, la ley escrita existía como un monumento deforme, vetusto y desproporcionado, en medio de los graciosos, limpios y elegantes edificios de la época.

La Inglaterra, pues, arrancó esa página amarillenta e ininteligible del primer código de Rómulo, que no autorizaba es verdad a matar el cuerpo, pero que asesinaba el alma; y en la última hoja del libro de oro de sus sabias leyes, llamó la abogacía ilustrada, para escribir los artículos de la ley que protege la mujer contra el despotismo brutal que la agobiaba; y revindicando su derecho natural y legítimo, revalida por eso mismo, su capacidad intelectual, dando garantías a su dignidad individual y redimiéndola de la ignominia y de la opresión a que había sucumbido, en la lucha desigual del débil contra la fuerza bruta: lavó así la mancha que la deshonraba y que era una protesta elocuente y terrible contra la sabiduría del espíritu filosófico de sus otras instituciones tan gloriosas.

La sociedad es el hombre: él solo ha escrito las leyes de los pueblos, sus códigos; por consiguiente, ha reservado toda la supremacía para sí; el círculo que traza en derredor de la mujer es estrecho, in ultrapasable, lo que en ella clasifica crimen en él lo atribuye a debilidad humana: de manera que aislada la mujer en medio de su propia familia, de aquella de que Dios la hizo parte integrante, segregada de todas las cuestiones vitales de la humanidad por considerarse la fracción más débil, son con todo obligadas a ser ellas las fuertes y ellas en punto a tentaciones, son la fragilidad individualizada, en hombre!

En todos los inconvenientes que resultan de su falsa posición; con un tutor perpetuo que a veces es lleno de vicios y de estupidez, la mujer tiene con todo que bajar la cabeza sin murmurar, decirle a su pensamiento no pienses, a su corazón no sangres, a sus ojos no llores, y a sus labios reprimid las quejas!

Por qué? si, por qué ese largo martirio que empieza y acaba con la vida de la mujer? Por qué se condena su inteligencia a la noche densa y perpetua de la ignorancia? Por qué se ahoga en su corazón desde los más tiernos años, la conciencia de su individualismo, de su dignidad como ser, que piensa, y siente? repitiéndole: no te perteneces a ti misma, eres cosa y no mujer? Por qué reducirla al estado de la hembra cuya única misión es perpetuar la raza?….

Por qué cerrarles, las veredas de la ciencia, de las artes, de la industria, y así hasta la del trabajo, no dejándole otro pan que el de la miseria, o el otro mil veces horrible de la infamia?

Sin una emancipación perfecta de la aberración, y de la preocupación, jamás podrá la mujer elevarse a la altura de su misión y de los deberes que ella le impone. A pesar de su perspicacia natural, caerá en el absurdo. Tomará unas cosas por las otras y nunca podrá, malogrado sus mejores deseos, imprimir el impulso preciso a la educación de sus hijos; porque ella no se conoce a sí misma, y no conociéndose así misma, tampoco puede conocer el corazón ajeno, y si triunfando del barbarismo, su hermoso instinto de madre la guía, no sabe aplicar con acierto la fuerza de que dispone, porque sin el más ligero conocimiento de la verdadera enseñanza moral, cae en el absurdo o en generalidades banales, plantas parásitas, que crecen en el corazón del niño, que más tarde desarraiga la ilustración, o que se hacen estacionarias en él y más de una vez están en oposición directa con el espíritu moral de la justicia y de la razón.

Las clases altas y abastadas, con más facilidad sacuden el dominio del error, su ilustración es fácil: mas, esa clase pobre, sumida en el barbarismo o la prostitución, esa no se arrancará de ese estado sino con más trabajo y perseverancia.

En este momento tan solemne para nuestra patria, en que la reacción del progreso y de la libertad es eminente, llamamos la atención de los encargados de la educación de la clase pobre. Mejoras no existen, edificar sobre los escombros del pasado es ocioso, no llena las necesidades de lo presente y mucho menos las del porvenir.

Volveremos sobre este asunto, no ya con reflexiones y raciocinios solamente, sino que más tarde, popularizaremos ciencias y conocimientos que yacían en el dominio del misterio y cuyo solo conocimiento realizará la emancipación moral de la mujer en mi país, y que más tarde nada tendrá que envidiar a las americanas del norte.

En cuanto a las clases pobres, indicaremos los medios que no sólo juzgamos, pero de cuyo resultado respondemos, por ser la simple aplicación de lo que hemos visto en otra parte.

 

Del Álbum de Señoritas

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