Discurso del Sr. Ministro de Culto Dr. D. Nicolás Avellaneda con motivo de la colocación de la piedra fundamental del Colegio Nacional en el Rosario. Anales, 1871.

Señoras, Señores:

0s saludo y me asocio con íntimo contento á esta fiesta y á las gratas emociones que ajitan vuestras almas. Debo tambien deciros que no puedo asistir á un acto semejante sin viva y profunda conmocion, porque colocando esta piedra, sobre la que reposará antes de un año el Colejio del Rosario, nos ponemos como nunca en presencia del porvenir.

El arado abre el surco; se deposita la semilla y antes que el trigo se levante, muchos podrán anunciar si será ó no copiosa la cosecha. Pero ¿quién puede decir lo que valdrá una casa de educacion para el desenvolvimiento futuro de un país, quién puede vaticinar lo que valdrán cien ó mil niños educados, ó lo que valdrá uno solo, si al hacerse hombre, gobierna como Washington, piensa como Newton, ó inventa como Fulton? Asi, la fundacion de un Colejio es el llamamiento mas poderoso que puede dirijirse á todos los poderes de lo desconocido, pero á los poderes del bien, de la intelijencia cultivada y de las ciencias que han producido siempre la felicidad de los pueblos.

Permitidme, Señores, que os hable familiarmente.

Cada uno de los pueblos de la República se halla hoy dotado de su Colejio ; y todos para facilitar su establecimiento han proporcionado los edificios, donde se encuentran instalados—¿No es verdad que no podia ya continuarse diciendo sin mengua, que lo que habian hecho San Luis y Jujuy, los pueblos pobres y lejanos, dejaba de hacerlo esta ciudad del Rosario, símbolo y orgullo de nuestros nacientes adelantos, y que ostenta ya todos los atavíos de las poblaciones cultas, escapando la primera á esas condiciones del crecimiento secular y lento, que ha sido hasta hoy una ley del progreso para los pueblos Sud Americanos ?

Tuve ocasion de decirlo á algunos de vosotros, al pasar por esta ciudad en el año anterior. Es necesario que el Colejio nazca, como nace hoy, íntimamente vinculado con vosotros.                     —Es necesario que os pertenezca de veras, que sea la obra de vuestras manos, el resultado de vuestros esfuerzos:—y venis hoy á darme la razon con esta fiesta á la que concurre un pueblo, y con el regocijo síncero que se expande en este momento sobre vuestras fisonomias alegres y risueñas. —Ah nada tan solitario y triste como una Escuela erijida únicamente por los decretos de una autoridad lejana—No pertenece sino por su situacion al pueblo, donde se establece; y el vecino que ha visto ahondarse con indiferencia sus cimientos, no atravesará mañana sus umbrales, para investigar su atraso ó sus progresos.

Cuantas veces hemos oido decir: el Rosario no es un pueblo, sino una agregacion casual de hombres que vienen de todas partes, para encontrarse con un objeto de comercio, porque le faltan el espíritu comun que vivifica á una ciudad, y la identidad de propósitos que auna las voluntades con vínculo solidario para los mismos designios.— En valde, el Censo le asigna una poblacion de veinte y cinco mil habitantes.—Son estraños que van y vienen; y por eso que se edifican vastos Hoteles para los dias de tránsito, y no se erije un solo edificio de aquellos que revelan el establecimiento permanente de una sociedad.—0s habeis apercibido, Señores, de la objecion: y hace algun tiempo, que principiasteis á oponerle poderosas respuestas. Esta es la concluyente y la última. La fundacion de un Colejio es el hecho que mejor designa aquellas preocupaciones que se adelantan en mucho sobre el dia presente, porque un Colegio es erijido por los adultos para los niños, y por la jeneracion actual para las jeneraciones futuras.

Era yá tiempo, Señores, que este Colejio se construyera.—Lo recuerdo todavia.—En el año pasado visitaba esta Ciudad del Rosario, y despues de haber admirado su soberbio puerto que se ofrece como un umbral hospitalario al pié del extranjero, recorria sus calles llenas de movimiento y ruido, notaba sus edificios tan nuevos y tan frescos que parecen recien salidos de las manos de los obreros, observando al mismo tiempo el número tan grande de miños que dejaban asomar por todas partes sus negras y rubias caballeras.

Buscaba al mismo tiempo con ojos anhelosos los establecimientos que estuvieran destinados á convertir estos niños por la educacion en hombres intelijentes y útiles, y cuando hube visto que ninguno de estos establecimientos existia en una ciudad tan populosa, yo me decia tristemente: ¡Cuánta imprevision! Hay muchas madres que en este momento duermen tranquilas, sin apercibirse de que está yá próximo un dia en que sentirán que se les arranca el corazon del pecho, porque su hijo se ausenta á lugares lejanos, para buscar la educacion que no puede recibir en su ciudad nativa.

Ah señoras. Un instinto os ha hecho acudir tan numerosas á la presente fiesta. Necesitais defender vuestra vida contra esta tortura. Esta historia de un niño que se ausenta, para hacer sus estudios é ilustrar tal vez su nombre en otros lugares, dejando un asiento por siempre vacio en su hogar, es una historia triste, repetida mil veces en nuestros pueblos interiores, historia que muchas madres saben y que hemos oido todos contar con lágrimas. Habeis hecho bien, Señoras, en venir, porque sois las mas inte resadas en que este Colejio se construya. Pongo la piedra fundamental que vamos á colocar bajo vuestro patriocinio.

Cuántas veces os ha sucedido, Señoras, inclinaros sobre la cuna, de vuestros hijos y levantaros en seguida con el corazon palpitante, porque habeis creido entreveer en sus frentes los signos misteriosos de un alto porvenir! ¡Cuántas veces esta alucinacion, cándida y santa, no os ha turbado dulcemente, como una vision en vuestros sueños—Ayudad á vuestros hermanos, á vuestros esposos, sostenedlos en su propósito, hasta que este Colejio se construya, porque no vereis de lo contrario convertidas en verdades las profecias de la ternura sobre las cabezas de vuestros hijos.

 Señores —0s pido que persevereis; y perseverando vereis como esta piedra que dejamos hoy colocada bajo el haz de la tierra, se levanta pronto en columnas, y se despliega en un vasto edificio, donde se agruparán antes de un año niños numerosos, para recibir en sus almas esa luz de las ciencias que enseña á pensar y á vivir.

 He dicho.

Ortografía original. Anales de la Educación Común. Vol. IX, Nº 7, 1871.

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