Día Internacional de la mujer. 1819-2019-Bicentenario del nacimiento de Juana Manso

Juana Manso nació en 1819. Creció entre la cruenta sucesión de guerras civiles de los años veinte, las polémicas ruidosas alrededor de la política rivadaviana, asesinatos políticos —el más insigne, el de Manuel Dorrego—, revoluciones, contrarrevoluciones y la paulatina emergencia del poder rosista.

Se adivina a una niña solitaria, testigo perplejo, también, de las riñas entre su madre y su padre, quienes, según testimonios orales, vivían separados, aunque resguardaban las apariencias, como solía hacerse en esos años, detrás de los viajes permanentes de don José María. Este, durante años, fue y vino entre Buenos Aires y Montevideo, en su trabajo como topógrafo o profesor de matemáticas. La niña, suponemos, porque sólo recuerda su infancia a través de la figura de su padre, esperaba con ansia esos regresos. Doña Teodora, su madre, en cambio, es un personaje oscuro, al que nunca menciona.

A los trece años Juana ve su nombre por primera vez en letras de molde, cuando su padre hace publicar su traducción de dos novelitas francesas (El egoísmo y la amistad; Mavorgenia o la heroína de Grecia), trabajo dedicado a la Sociedad de Beneficencia en una carta donde elogiaba la reciente fundación de un colegio de castas en San Miguel. Muchos años después, recordando el episodio, confesaría orgullosa a Sarmiento: Ya ve usted que debutaba por la educación y me declaraba antiesclavista y negrófila. La niña, sobre todo, lee novelas y traduce.

Hacia fines de los treinta, cuando Marcos Sastre inauguraba en su librería el célebre salón literario y Echeverría difundía con entusiasmo el romanticismo en el Río de la Plata, su familia, como tantos antiguos unitarios o como tantos jóvenes de la “nueva generación”, se exilia en Montevideo. Y es la confiscación de la casa del “salvaje unitario” Manso —amigo de Rivadavia— lo que, en una siniestra paradoja, reúne definitivamente a sus padres, al menos en una geografía en común. Ninguno de los dos regresó jamás a Buenos Aires.

En Montevideo, Manso comparte y participa de las polémicas estéticas y políticas de los exiliados. Escribe, entonces, poesías románticas que publica en los periódicos {El Nacional, por ejemplo) y en ellas exalta, a veces, el heroísmo de los soldados en las batallas, otras sueña con viajar por una Italia fabulada —la de Garibaldi—, en ocasiones practica una poesía celebratoria dedicada a personajes insignes, rememora fechas patrias u organiza necrológicas. Mantiene correspondencia con José Mármol, funda una escuela de señoritas donde la instrucción tradicional (costura, bordado, piano) se combina con la iniciación en diferentes ciencias y el estudio de idiomas. También acompaña, del modo dispuesto para las mujeres, la tarea patriótica de los emigrados antirrosistas.

Mariquita Sánchez, por ejemplo, relata en una de sus cartas la invitación que la joven Manso formula —a través de la prensa— a las damas argentinas de confeccionar una bandera destinada al ejército. El relato epistolar evoca las habladurías y murmuraciones que debió afrontar la organizadora, la recepción de un anónimo, la inmediata convocatoria a las damas a una asamblea en su casa, los acalorados debates de las mujeres respecto de quién debía recibir la bandera y de qué modo.

El episodio deja asomar una estampa menos rígida de la emigración en general; pero también esboza un perfil más complejo de estas mujeres exiliadas, quienes confrontan políticamente, tienen sus debates internos y sus enfrentamientos tumultuosos, además de practicar las labores tradicionales del bordado y participar en la elaboración de los símbolos patrios.

Hacia 1845, los conflictos entre los exiliados argentinos y el gobierno oriental empujan a los Manso hacia Río de Janeiro. Desde allí Juana envía, todavía, colaboraciones poéticas a los periódicos montevideanos, que trazan el exotismo de un país novedoso y sorprendente.

La muchacha conoce entonces a Francisco de Noronha, un violinista portugués que se presenta con resonante éxito en los teatros de la ciudad. En pocos meses, el romance signado por persecuciones y serenatas, poesías y confidencias, culmina en un misterioso matrimonio de fecha y lugar incierto. El matrimonio, menos que poner fin a ese tránsito permanente de Juana entre países y ciudades, inaugura otro tipo de itinerario. En diferentes giras, de una ciudad en otra —a veces contratados, muchas veces arrastrados por el deseo de éxito y aventura—, Manso y Noronha recorren primero las costas de Brasil, emprenden luego un largo y tortuoso viaje por los Estados Unidos, se presentan en numerosas ciudades cubanas y retornan, años más tarde, a Río de Janeiro.

La expectativa de aventuras exóticas en lejanos países, de interminables veladas entre artistas famosos o del goce de una vida consagrada a la música y la literatura se va desvaneciendo a lo largo de esos casi cinco años. La miseria los arrastra al exotismo inesperado de pensiones cada vez más lóbregas, interminables regateos con los dueños de hoteles y casas de empeño, un itinerario “humillante”, marcado por cartas de recomendación, consejos extravagantes y un aislamiento creciente. Los conciertos de Noronha despiertan interés y aplausos pero el dinero se esfuma entre los gastos de publicidad, el contrato de músicos y el pago de comisiones.

Sobre pequeños cuadernos ahora, encerrada en cuartos oscuros y opresivos, la joven esposa registra los ambiguos y dramáticos “recuerdos de viaje” que rodean su primer embarazo. Eulalia, su hija, es señalada como la destinataria de esa escritura obsesiva, que recuenta dinero, se resiente ante pequeñas estafas, promesas incumplidas y con contenida discreción comienza a esbozar su desilusión ante el maltrato de su marido. Esos apuntes sirven, luego, para trazar artículos periodísticos que se publican en diferentes diarios y revistas de Brasil y Argentina. En ellos, estos detalles íntimos se apartan; la escritora presenta a los lectores instituciones modelo (como una penitenciaría o una casa de expósitas) cuya emulación sería útil en Sudamérica. O tienta la descripción amena de los escasos atractivos turísticos que ha disfrutado durante el viaje.

Por esos años, también, comienza a escribir una novela, Los misterios del Plata, inspirada en una anécdota protagonizada por doña Antonia Alsina, que finalmente publica como folletín, primero en portugués en Brasil (1851) y, más tarde, traducida, en la Argentina (1867).

El desahogo confidente y la ficción novelesca son las dos vertientes más fuertes de la escritura de Manso en esos años. También comienza a preparar obras junto a su marido; en los Estados Unidos, por ejemplo, presenta un oratorio, Cristóbal Colón, con letra de su autoría y música de Noronha.

Cuando regresan junto a sus dos niñas a Río de Janeiro —durante el viaje nace una segunda hija, Herminia— Manso y Noronha suscriben, una tras otra, una serie de obras teatrales presentadas con éxito en distintas salas de Río de Janeiro: La familia Morel, A Saloia, A Esmeralda, Rosas… son algunos de los títulos anunciados por los periódicos.

En 1851 la escritora funda, edita y escribe el primer semanario dirigido al público femenino de Brasil, el Jornal das Senhoras. Durante varios meses casi la totalidad de los artículos son escritos por ella: número a número se van sumando colaboradoras y, cuando abandona su dirección, el periódico continúa editándose durante casi siete años, una persistencia inusual entre las efímeras publicaciones de la época. El Jornal se inspira en el modelo de La Moda de Alberdi: lujosos y elegantes figurines, crónicas sociales, poemas breves, anécdotas cómicas, partituras musicales; pero, también, series de artículos donde se argumenta a favor de la educación y la emancipación de la mujer.

En algún momento impreciso de 1851, Francisco Noronha se fuga hacia Portugal con una joven de la corte. El relato del escandaloso episodio recorre los salones de la ciudad y los chismes y comentarios asedian a la editora.

Esta vez el pequeño cuaderno íntimo se abre para organizar una ficción que publicará en capítulos a través de la prensa. Lo titula Mujer de artista pero, a lo largo de las páginas, la narración efectúa una corrección casi imperceptible: los héroes —un violinista y una muchacha huérfana— se irán constituyendo en dos artistas en tránsito. Es en la ficción donde el propio cuerpo y la identidad se reconfiguran pero también en ella donde la experiencia personal prueba transformarse en una reflexión más general sobre el matrimonio y la asimetría de derechos entre hombres y mujeres.
El suyo fue, sin embargo, un matrimonio singular. Antes y después de la separación, el nombre de Noronha y el de Manso aparecen contiguos a través de la prensa y el Jornalpublica, semana tras semana, las partituras del músico para que las lectoras las ejecuten en sus hogares durante las tertulias. La pareja romántica es, además, una asociación creativa y una suerte de empresa familiar.

El regreso a la patria comienza a resultar atractivo para la argentina tras la huida de su marido y la muerte de su padre. La patria remota ofrece, luego de la derrota de Rosas, la posibilidad de un nuevo comienzo para la escritora y sus dos niñas, lejos de habladurías y recuerdos.

En 1853, tras casi veinte años de ausencia, Juana Manso regresa por primera vez a Buenos Aires. Apuesta a reproducir allí el éxito del Jornal das Senhoras a través de un nuevo periódico, El Álbum de Señoritas. La experiencia resulta conflictiva: los artículos sobre la educación y emancipación moral de la mujer irritan a los lectores porteños y el pronunciamiento a favor de la tolerancia religiosa, la convivencia con el protestantismo, la libertad de culto, arrastran a la escritora a una polémica dura con otros periódicos. La publicación primero como folletín y luego como libro de su segunda novela, La familia del comendador, no atrae tampoco el reconocimiento y la estimación esperados. Este texto, ambientado en Brasil, en una finca donde la esclavitud se muestra en toda su perversidad, deja vislumbrar la lectura casi inmediata, en los Estados Unidos, de La cabaña del Tío Tom de Beecher Stowe.

Sin recursos para sostener a sus dos niñas, emprende el regreso a Río de Janeiro. En 1859, con el auspicio de Mitre, Juana Manso regresa a la Argentina para hacerse cargo de la Escuela de Ambos Sexos N° 1 en el barrio de Monserrat. Éste será el regreso definitivo. Ya no abandonará Buenos Aires.

Desde ese momento, y durante casi dos décadas, Manso ocupará de diferentes modos la escena pública: firma notas en La Tribuna, dirige su escuela, escribe un manual escolar sobre historia argentina, acompaña el proyecto educativo de Sarmiento, funda bibliotecas populares, ofrece conferencias y lecturas públicas, edita —durante más de una década— una publicación con subvención oficial, los Anales de la educación común, traduce libros de derecho, se desempeña como inspectora de escuelas.

Esta labor extensa y heterogénea tropieza con la mirada recelosa u hostil de diferentes sectores: las damas de la Sociedad de Beneficencia no le perdonan su defensa de las escuelas mixtas ni el control oficial que la maestra solicita para las escuelas de niñas; los adversarios de Sarmiento ridiculizan su fervorosa y altisonante defensa de la escuela pública; las maestras reaccionan en contra del perfil profesional que Manso quiere imprimir a la enseñanza o tachan de inmorales las clases de gimnasia que quiere incluir en el currículo; la Iglesia la ataca por sus artículos proselitistas en favor de un Estado laico.

Cada uno de estos enfrentamientos reserva anécdotas singulares. Las mujeres del siglo XIX, dirigidas en parte hacia una dulce reclusión en la esfera doméstica, reciben -—por lo menos en las clases altas— un tratamiento ceremonioso, galante y concesivo: en canje de la docilidad y la palabra recatada disfrutan de la primacía simbólica de ser damas, un privilegio del que sin duda no gozará Juana Manso. La emergencia de esta voz solitaria y singular en el espacio público del siglo XIX constituye por sí misma una historia.

Extracto de Entre la Pose y la Palabra por Liliana Patricia Zucotti

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