Deseo y autoría en Juana Manso: el cuerpo de la escritura María Vicens UBA – Conicet

Resumen:

En las últimas décadas la figura de Juana Manso ha sido rescatada no solo por su labor pedagógica, fundamental en la promoción de la educación común, sino también por su perfil de mujer de avanzada, defensora de la emancipación femenina. En este marco, su imagen de escritora permanece asociada a sus intervenciones más polémicas y su carácter aguerrido. Este trabajo se propone sumar, a partir de algunos textos del período inicial de su trayectoria, otros matices a esa impronta más conocida donde emergen el deseo y el Cuerpo como motores de la escritura.

Sobre la autora del artículo:

María Vicens es doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Estudios Interdisciplinares de Género por la Universidad de Salamanca. Su trabajo en investigación se centra en la prensa Hispanoamericana para mujeres de finales del siglo XIX y principios del XX.
Ha publicado varios artículos relacionados con estas temáticas y participado en la edición de Veladas Literarias de Lima y Lo íntimo – Cartas a Ricardo Palma, tomos que integran la reedición de las Obras Completas de Juana Manuela Gorriti. Es profesora de Literatura Argentina del siglo XIX en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de las Artes. Correo: mavicens@gmail.com.

Pensar en la imagen de Juana Manso es pensar en una fotografía: me refiero al conocido retrato de esa mujer de cara severa que mira al más allá con ojos tristes y cruzados de ojeras, enmarcada por un atuendo igual de severo, que contrasta el delantal oscuro con la camisa blanca y cerrada por un lazo discreto, y una melena corta, tirada hacia atrás y doblegada por una horquilla. En esa imagen, cristalizada para la posteridad, Juana Manso es el símbolo del deber. Esa es su impronta oficial, la pose para el Estado: la de la educadora, la colaboradora de Sarmiento, la polemista aguerrida. Como ha señalado Liliana Zucotti en relación con esta fotografía, dedicada nada menos que a Bartolomé Mitre:

La pose congela al personaje y, en cierto modo, deviene en el documento de
la mirada de sus contemporáneos, nos obliga a observar a través de ese
pacto perverso que entablaron ellos y Juana Manso: una mujer
“monstruosa” porque, al posar como un hombre, al sostener —pese a la
melancolía— la mirada ensayada por los personajes públicos, se despoja de
sus rasgos “femeninos”. 1

Pero en ese retrato de la pionera se teje, también, otro subtexto que acompaña el rol de la “obrera del pensamiento”: la imagen de la matrona, madura y asexuada.
Este retrato es central, además, porque es el que se ha impuesto, en efecto, hasta el día de hoy en la manera en que imaginamos a Manso, ya no solo cuando pensamos en su impronta física, sino en el personaje en general. La figura de la matrona republicana se sobreimprime en todo lo escrito en relación con su vida y su obra. Esa es la impronta que retomará Luis Telmo Pintos en el homenaje a la autora a raíz de su muerte en La Ondina del Plata, cuando la recuerde como “un austero apóstol de la enseñanza” que “lloró amargamente” por las calumnias e injurias dichas en su contra, soportando un “lento martirio”. 2 Y también es la que evocará Manuel Gálvez cuando recuerde cómo la madre y los hermanos de Delfina Bunge la molestaban tras publicar sus primeros poemas, llamándola, precisamente, Juana Manso, “lo que parecía ser el colmo del ridículo”, señala Gálvez, ya que Manso “era una maestra gorda, fea y muy ‘tipa’ y sus novelas, que nadie leía, tenían fama de cursis y abominables”. 3 Es decir que, ya sea para criticarla o para respaldarla, cualquier alusión a Manso remite a esa pose estatal, el modo en que la figura de la escritora ha sido cristalizada.

Aun hoy, la figura de Manso emerge, ante todo, asociada a la de la mujer de avanzada y, en este marco, a su talento para la polémica y para impulsar iniciativas en el campo de la palabra y de la acción, como los periódicos que fundó y/o dirigió —O Jornal das Senhoras, Álbum de Señoritas, La Siempre-viva, Anales de la Educación Común— y las conferencias ofrecidas en defensa de la educación pública. Incluso en esa mirada actual, ya definitivamente instalada en el terreno de la reivindicación, hay algo de esa pose estatal que se resiste a ser desmontado para mostrar otras facetas de su impronta. La imagen aguerrida parece expulsarla del territorio del deseo, como si el cuerpo de la escritora solo pudiera operar en el plano del deber, la madurez, la virtud, la severidad.

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