Desembarco en Buenos Aires. Juana Manso

Hace días que una señora de nuestra amistad, vino a visitarnos: y como uno de los privilegios del periodismo sea no guardar secretos, si bien aunque se cuentan los milagros, no se nombran los santos; pondremos en conocimiento de nuestros lectores la conversación que tuvimos.

Vino esa señora a sacarnos de apuros, porque hacía media hora que revolvíamos en la mente, mil proyectos confusos de artículos; ya queríamos una cosa, ya la otra, vaya, y qué le agradará al público, y qué le diremos de bueno; esto es serio, aquello es chusco por demás; ciencias? ay! es tiempo perdido; artes? sí, pero sino las hay… modas? mal haya la colaboradora de Barracas que tan mal a propósito se enfermó! Sobre educación? vamos, sí, es tema magnífico; bueno, pero si es predicar en desierto…. y qué será, válgame Santa Rita abogada de imposibles y que tiene uno horas menguadas, y días, que tomaría pasaje en un ómnibus aerostático (si los hubiese de este género) sólo para irse a cualquier parte! . . . Con que, en ese instante entró nuestra amiga; ya se sabe, nos abrazamos, nos besamos en la mejilla, nos sentamos, se habló del tiempo, del calor y del frío y por fin la señora tomó la palabra y me dijo:

– Venía a pedirte que escribieses un artículo.

– Eh? (hice yo que me sentía tocar en la tecla.)

-Te vengo a pedir que escribas sobre este modo bárbaro de desembarcar en Buenos Aires!

– Sí señora, efectivamente ya era tiempo de pensar en ello!

– Esto es atroz, es peligroso, nunca visto, no hay país ninguno donde esto suceda! Ni en las Californias!

– Oh! por allá andan los yankees; no hay que recelar!

– Pero no te parece que tengo razón?

– Muchísima, lo sé por experiencia propia, porque el día que desembarqué hube de quebrar ambas piernas!

– Y yo no he ido a pasear a Montevideo de miedo, porque me horrorizan aquellos carretilleros medio vestidos, con su horrible lenguaje! y esos caballos que es necesario medio matar para llevarlos sujetos! Pero dime, no has oído decir nada sobre el muelle ¿no dicen que hay un proyecto?

– Sí señora, no son los proyectos los que faltan, los hay demás, pero…

– Pero qué?

– Después, veremos!

– Eso quiere decir…?

-Tradúzcalo Ud. como guste…. hay mucho que hacer…, los proyectos quedan para otra ocasión.

– Y aquello de los lotes de agua?

– No pasó de las columnas del Nacional.

– Pero con eso se ganaría mucho: yo no entiendo gran cosa, mas es de aquellas ventajas que se palpan y se ven.

– Sí, pero si no hay peor sordo que el que no quiere oír.

– Pero válgame Dios! qué apatía es esta. ¿El gobierno qué hace?

– Oh! Hace muchas cosas, hace el presupuesto y… va a las funciones de San Fernando, a Palermo, piensa, pide planos, recibe proyectos y los guarda, etc., etc.

– Ah! que no podemos desmentir nuestro origen español!

– Hijo de gato señora, dicen que caza ratón; y quien lo hereda no lo hurta como decía Sancho Panza.

– Pero vamos al caso, tú escribirás.

– Yo? sí señora y en tres, tiempos y hasta en cuatro, es decir, he escrito, escribo, escribiré y escribiría; si solo se tratase de conjugar el verbo escribir ya vería Ud. qué maravillas hacía yo; mas ahora por vida suya, dígame Ud. señora, que manía de innovaciones es esta que nos acomete y a Ud. también ? Qué necesidad tenemos nosotros de alumbrado a gas, (pobrecito R. Q. I. P.) ni de caminos de hierro, ni de colonización, ni de misiones, ni de reformar la educación (dije mal, cómo hemos de reformar lo que no existe) ni de muelles, ni de pelearnos con nuestro Río de la Plata, invadiendo sus movedizos dominios? Me parece que hasta hoy nadie quedó a bordo por falta de no poder ser acarreado a tierra (como dice el Sr. Parish) pues si esto es así, mi querida amiga, dejemos las cosas como están, demos tiempo al tiempo, lo que no se hace hoy se hace mañana, es verdad que aquel que deja para mañana lo que podía hacer hoy, pierde el tiempo, el tiempo que vuela, que pasa como la nube impelida por el viento…. que no vuelve y que nos alucina siempre con un porvenir que no llega jamás!

Como vi que la señora se iba enterneciendo con el tono sentimental de mi sermón; hice punto final para no provocar una escena trágica; y para no molerte más la paciencia lector amable o negligente lectora, pondremos también aquí punto final!

TOMO I. BUENOS-AIRES, FEBRERO 12 DE 1854. NÚM. 7. ÁLBUM DE SEÑORITAS

 

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