De los Derechos de la Mujer por José Pedro Varela. Anales de la Educación Común, 1869.

Señores :

No es sin duda estralimitar la esfera marcada a los trabajos de este Club, el tratar en, ellas grandes cuestiones sociales, que envuelven en si el porvenir de la humanidad.

La composicion misma de esta reunion, formada de esa juventud, en cuyo corazon hallan siempre cabida todas las grandes aspiraciones al bien, hace que sea mas posible, tratar todas las cuestiones, sin temor de recibir por única contestacion, la risa sardónica del escepticismo o la risa estúpida de la ignorancia orgullosa.

Por mi parte, á pesar de que no soy de los que ocultan sus ideas, por avanzadas que sean, á pesar de que no me intimida el tener que estrellarme contra la roca de las preocupaciones, confieso sin embargo, que solo delante de una reunion compuesta de jóvenes, me animaría a tratar, por primera vez en mi país, la gran cuestion de los derechos políticos de la mujer.

Es necesario el valor entusiasta de la juventud para atravesar los círculos de nuestro infierno social; es necesario la fé de las almas nuevas, para marchar con planta segura sobre las aguas de ese tumultuoso oceano.

Que importa! Voy á seguir ese camino, hablando el lenguage rudo, pero exacto de la verdad. No estoy aqui en un salon de baile, en el que es necesario presentar las ideas como las mujeres vestidas en trage de gala: y sé que en medio de estudiantes, debo fijarme mas en el fondo de las cuestiones que en el oropel del lenguaje.

Sin temores y sin zozobras, voy pues, á poner el dedo sobre nuestras llagas sociales, y mas allá de la sonriente superficie que ven gozosos los espíritus poco observadores, a fijarla mirada en el fondo sombrio de nuestra organizacion.

 II

 Si hay una gran cuestion social en los tiempos modernos, es la cuestion de los derechos políticos de la mujer, porque de su solución pende el que la humanidad marche con planta segura por  la senda del progreso, ó camine lentamente y a tropezones, como beodo.

Es imposible suponer que en un todo inseparable la mitad puede caminar hacia adelante, permaneciendo quieta la otra mitad; y sin embargo es lo que los hombres pretenden hacer. Para ellos el progreso, la libertad, las irradiaciones sublimes del espíritu, el vuelo gigantesco del pensamiento, asomándose á las ven tanas del porvenir: para la mujer, el quietismo, la preocupacion y la ignorancia, vestida es cierto con el barniz de la belleza y con el oropel del lujo: para los hombres el alma, para las mujeres el cuerpo, y para ambos el desequilibrio producido por el rompimiento de las leyes naturales.

Para los unos el derecho á la ciudadanía y á la vida: para las otras el derecho á la esclavitud y a la vejetacion.

 Y ni siquiera unas mismas leyes sociales rijen á los dos sexos.

Al que roba á otro hombre algunos montones de oro, la sociedad lo condena, lo sepulta en sus prisiones, y lo hace a veces, servir de ejemplo sobre la plataforma de los cadalsos.

 Pero el que roba á una muger su honor y su felicidad, la sociedad lo venera, y lo ensalza, colocando sobre su frente una corona de prestigio y de gloria.

 Al que rompe un contrato, al que niega una obligacion contraída con otro hombre, la sociedad lo rechaza, la ley lo condena, el desprecio público lo sigue incansable.

Pero al que viola la promesa hecha á una mujer, al que profana las santas confianzas del corazon, al que empapa en hiel y vinagre los labios de la inocencia y de la esperanza, la sociedad lo acoje cariñosa y al aplaudir su sagacidad, se mofa y desprecia á la víctima.

Al que oprime á otro hombre que está bajo su dominio, al que hace alarde de su fuerza para con el débil, al que olvida el santo precepto de no ultrajar al vencido, la sociedad lo escarnece, los corazones se le cierran, la dura mano del desprecio imprime sobre sus sienes la dura marca candente de la reprobacion social.

Pero al hombre si hace gala de su fuerza con esa criatura delicada que llamamos la mujer; al que abruma con los mil elementos que el mundo ha puesto en sus manos, esas almas oprimidas y trituradas por la preocupacion; al que aja y vilipendia e infama á la mujer, la sociedad lo mira con ternura, elogia su fortaleza, y coloca sobre la frente del cobarde la corona esplenderosa de la adulacion.

Los que prohiben á un niño que robe un juguete, permiten sin embargo á un hombre que robe la honra y felicidad de un ser humano; y allí donde los merodeadores que roban al náufrago, son condenados á muerte, los que roban a una mujer la única, la sola prenda que ha salvado del naufragio social, el corazon, son saludados con aplausos y cubiertos de gloria.

De estos estas contrariedades en el modo de considerar las acciones de los hombres resulta la espantosa cantidad de victimas que caen al abismo.

 Educada o, dignificada la mujer podría salvarse del precipicio, aun cuando causas diversas pugnaran por arrojarla á él. Instruida y elevada podría bastarse á si misma, vivir sola conservándose honrada y pura.

Pero en nuestro modo de ser actual, las clases menesterosas son las que dan mas victimas al vicio; de las alturas sociales, solo de vez en cuando una mujer se despeña, como un témpano, arrastrando consigo el honor, la felicidad y el reposo de la familia.

Por eso las clases elevadas de la sociedad, que son las que piensan, se preocupan poco de los infinitos males que aquejan á la mujer.

Veamos nosotros, sin embargo, si ella está condenada á ser siempre un mero instrumento de placer, ó si Dios, al arrojarla al mundo, le ha dado una misión  mas grande y mas noble.

III

La cuestion  de los derechos de la mujer es secundaria. La gran cuestion está en saber si es igual ó inferior al hombre, porque si es igual debe tener los mismos derechos y las mismas prerrogativas.  Y esta cuestión, no solamente es vieja,  sino que en mi opinion hace muchisimos años que ha sido inconcientemente resuelta por los hombres, aun cuando no se haya hablado de ella, sino en nuestros días.

 Sucede á menudo que los hombres combaten á muerte una idea y la destrozan en el terreno de los hechos, pero la conservan á su pesar en su espíritu, sin tener conciencia de lo que hacen, y sin saber que tal huesped habite su alma. Tal sucedió con el catolicismo un su guerra á muerte con los Arabes; arrojo á los mahometanos del suelo español, pero el espíritu de Mahoma, vive y palpita todavía en el alma de la España. Tal sucedio á la América del Sud en su homérica guerra de independencia; arrojó á los españoles del suelo americano, pero el oscurantismo y las preocupaciones de la España, llenan aun de sombras el espiritu de los pueblos del Nuevo Mundo. Tal sucedió en todas la épocas con la gran cuestión de la igualdad de los sexos: desconocida y rechazada en el terreno de los hechos, ha vivido y vive, en el sereno campo de las ideas y en la elevada esfera de las creencias religiosas.

El hombre no puede pasar sin la mujer, y sin la mujer su igual. La mitología griega, al lado de Júpiter tiene á Venus, el cristianismo a necesitado a la Virgen Maria para mantenerse dieciocho siglos, y los árabes no se hubieran batido ochocientos años en España, si Mahoma no hubiera puesto houries en el cielo.

En la historia profana sucede lo mismo. No se encuentra ningún gran movimiento, sin que la mujer tenga una gran parte en él. Las Espartanas y Romanas han dejado sus nombres a las generaciones venideras, la Francia defendiéndose contra la Inglaterra, tiene su Doncella de Orleans, la España contra la Francia, su Virgen de Zaragoza. Las grandezas de la Inglaterra, es necesario ir a buscarlas bajo Elizabeth, las de Austria bajo María Teresa.

El más grande, el más importante de los acontecimientos humanos no hubiera podido realizarse sin el concurso de una mujer. Parece que Dios mismo, encegueciendo a todas las cortes europeas, dirigidas por hombres y reservando á Isabel la Católica la gloria de oir y comprender a Colón, hubiera querido mostrar que es imposible la realizacion de ningun  movimiento decisivo, en el mundo sin la cooperación y el auxilio de la mujer. Parece que Dios mismo se encargara de probar esta verdad, porque á pesar del estado de ignorancia en que el hombre la tiene sumida, nunca en los grandes movimientos de los pueblos falta el entusiasmo, la simpatía y el concurso de la mujer.

“No haremos nada si las mujeres no están con nosotros” decía el celebre tribuno Danton alla en los albores de la Revolucion Francesa. Algunos días después las mujeres estaban con ellos y la jornada del cinco y seis de Octubre empujaba y precipitaba el gran movimiento. Quiero detenerme un instante en esa época de la historia de Francia, en la que desbordadas las pasiones nos muestran desnudo el corazón humano. El grande hombre de la regencia, es una mujer, Maria Antonieta: el grande hombre de la República  es también una gran mujer, Madama Roland. En esos días de carnicería y de muerte millares de victimas de ambos sexos suben al cadalso; hay muchos hombres que mueren cobardemente, no hay mas que una mujer, y esa es una cortesana, Madama Dubarry. Cuando el mundo tiembla delante de Marat, una joven de diez y ocho años, Carlota Coday  oculta un puñal bajo sus vestidos y lo asesina. Cuando todo el mundo tiembla delante de Robespierre  otra mujer joven, Teresa Cabarrus, presta valor y fé al temeroso Talien, hace estallar la revolucion de los Termidorianos, y nuevo Moises, entreabre las aguas de aquel verdadero Mar Rojo, que sepultaba la Francia bajo su oleadas.

En la América del Norte, al principio de la colonia, encuentro una mujer, Miss Huchinson reuniéndose á  Rogerio Willians, para proclamar esas grandes ideas que cien años mas tarde darán su fama á los enciclopedistas franceses. En la aurora de h Revolucion las mujeres americanas, renunciando á sus sederias  para ayudar a sus maridos en la guerra al incometax, hacen el mayor acto de heroismo que he encontrado jamás en las pájinas de la historia : la mujer condenandose á afearse para salvar a la patria. En la lucha que acaba de destrozar a la Union, las mujeres americanas han sido mas  que compañeros y amigos: han sido ángeles y mucho mas numerosa que los tiros de fusil disparados por ambas partes deben haber sido las bendiciones elevadas al cielo por tantos heridos curados,  tantos moribundos consolados, tanto amor y piedad y patriotismo, disminuyendo y dulcificando las crueldades y destrozos de la guerra.

“Las mujeres pueden gobernar lo mismo que los hombres” dice Vacquerie, en sus Migajas de la Historia; una prueba de esto es la Reina Victoria. Casi no valía la pena de decirlo, porque la historia no solo lo babia probado ya, si no que habia demostrado que la mujer es la base, el fundamento de la Sociedad. que es, por decirlo así, el alma del mundo.

IV

¿Qué hace el hombre por el adelanto y la mejor: de la mujer? ¿Qué ideas le inculca, y que sentimientos hace brotar en ella?

Con una infatigable constancia, desde la cuna al sepulcro, le repite que es un ser débil, inocente,  tierno, cuya sola mision es agradar, cuyo único objeto al venir á la tierra es conservarse siempre bella y siempre elegante, olvidando que, segun las bellas palabras de una mujer, la elegancia es inferior a la virtud.

“Para conseguir ese fin, dice Madamna Hericourt,  se organizan lazos sociales, se inventan preocupaciones; y se hace esto con tanto éxito en general, que el oprimido, ignorante de si mismo, se cree de una naturaleza inferior, se resigna á sus cadenas, y hasta se indigna contra los que son bastante enérgicos é independientes para a rechazar la esclavitud, á que la imbecilidad social lo ha condenado.”

Cada vez que una voz se levanta en favor de la educacion y de la mejora del sexo débil, una especie de cobardía intelectual, dice otra mujer, hace que muchos se retraigan de lanzarse al combate ó de bajar al menos al campo.

Y sin embargo, en la educacion de la mujer estamos todos interesa dos. Es ella la que educa á los niños, la que forma el corazon de los hombres; es ella que debiera ser el arca santa de la libertad, donde se salvan los errores, las preocupaciones, los despotismos.

Cuando los hombres pensadores, los amigos del progreso, creen haber vencido un error y haber levantado triunfante la antorcha de la verdad, una nueva generacion amamantada con las preocupaciones y el oscurantismo de la mujer, viene a aumentar las filas raleadas de los contrarios, á traer nuevos soldados al combate, a prestar fuerza y vigor al mal que iba á desaparecer.

 Solo asi puede esplicarse, cómo ha podido sostenerse durante tantos siglos, ese sombrío despotismo del pasado. Dominando las mujeres por medio de la confesion y embruteciendo las generaciones, venir á embrutecer las madres, las esposas las hermanas.

Es tan cierto esto, que desde que la filosofía ha perfeccionado la critica, es imposible escribir la biografía de un hombre, sin remontarse á su madre, á su hermana, á la mujer que lo cuido cuando niño. 

“Cornelio Vanderbilt, dice Mister Parton, como muchos otros hombres  distinguidos, se complace en reconocer que todo cuanto ha sido y es de bueno, lo debe á los preceptos, al ejemplo y á la preciosa direccion de su madre. “ Es la eterna frase que dicen todos los biógrafos modernos, y que hasta el mismo Plutarco ha dicho a voces. ¿Como podría hablarse de Coriolano sin hablar de su madre?

Y tan cierto es que la mujer es el alma del mundo, que los pueblos se elevan o caen, segun que el nivel moral o intelectual de la mujer está mas ó menos elevado. Roma se derrumba cuando se pasa de la madre de los Gracos a la madre de Neron; de Cornelia á Agripina. La Francia moderna camina recta al abismo por que la mujer francesa está sumida en el lodazal de la prostitucion. La Inglaterra es una mezcla de riqueza y de pauperismo, de felicidad y de desgracia, por que la mujer inglesa intelijente e instruida en las alturas sociales, es estúpida. é ignorante en las masas. La España es una momia, porque la española, ignorante y embrutecida por la supersticion, está muda, sombría, lúgubre como una tumba. La América del Sud se tuerce en las convulsiones de la desesperacion y devora, como Satur no, sus propios hijos, porque la mujer sud-americana  vive aun en plena edad- media: porque todavia en el corazon de la mujer sud-americana, mantenidos por la ignorancia, sostenidos por el quietismo espiritual, viven los ódios eternos de Güelfos y Gibelinos. Los Estados Unidos en fin, son el pueblo mas grande, más libre, mas feliz dela tierra, porque la mujer norte-americana es la mejor educada, porque saben  no solo leer y escribir, sino pensar.

He ahí la causa de la grandeza ó de la decadencia delas naciones. Medid la altura de las mujeres y tendréis la altura de un pueblo.

Es, pues, necesario educarla, dignificarla, engrandecerla para salvar el porvenir. Oh mujer! Dice James Hogg, en un precioso verso, si tu eres la que nutre el alma inmortal.

Ay! de los pueblos si los encargados de nutrir su mente, se alimentan con el error, con la preocupación y la ignorancia!

V

Pero aun aceptando que el hombre y la mujer sean iguales moralmente ¿deben tener los mismos derechos y prerrogativas?

La idea de la igualdad ha progresado rápidamente en el mundo, pero siempre, como el ferro-carril, haciendo estaciones. Primero la igualdad de las castas, después la de las clases, mas tarde la de razas, queda aun por declarar la igualdad política de los sexos. La idea de la emancipación, que es hija suya, ha seguido la misma ruta: el esclavo antiguo primero, el esclavo después, el negro enseguida, el proletariado mas tarde; falta aun la emancipación de la mujer.

“Las de mi propio sexo, dice Miss Wollstonecraft, espero que me perdonen si las trato como criaturas racionales, en lugar de halagarlas por sus fascinadoras gracias y de considerarlas como si estuviesen en un estado de perfecta infancia, incapaces de mantenerse por sí mismas. Al sostener los derechos de la mujer, mi principal argumento se basa en el sencillo principio de que, si no se le prepara por la educación para ser la compañera del hombre, defender el progreso de los conocimientos; porque la verdad debe ser común a todos o será ineficaz con respecto á la práctica general. ¿Y cómo puede esperarse que la mujer ocupese al bien, si no sabe por qué debe ser virtuosa? Si la libertad no robustece su razón hasta hacerle comprender y ver de qué modo se relaciona con el verdadero bien?

Para que los niños sean educados en los verdaderos principios del patriotismo, las madres necesitan ser patriotas. Si á las mujeres no se le permite usar sus derechos lejitimos, corromperán a los hombres y á si mismas para obtener privilegios ilícitos”.

Por otra parte, el uso primordial de los derechos políticos, el voto, supone simplemente la posibilidad de pensar. El voto representa una opinión y las opiniones no tienen sexo.

Ademas, agrega con entera razón la teórica inglesa, el impuesto sin representación es tiranía. Las mujeres pagan impuesto. Por que entonces no tendrían el derecho de votar, para llevar sus representantes a la Cámara?

El derecho es la condición sine qua non, del desarrollo y manifestación del ser humano; es absoluto, general para todas la especies, por que á todos los individuos que la componen, la ley debe permitirles que se desarrollen y se manifiesten.

Sin embargo, la posesión de un derecho no quiere decir que uno siempre debe hacer uso de él. Hay millares de hombres que viven y mueren si haber hecho uso jamas del derecho de petición, del de protesta, del de emitir sus ideas por la prensa, de tantos otros.

No hay pues, una razón para negar sus derechos políticos a la mujer, sin que esto importe decir, que ellas deben hacer siempre uso de ellos.

VI

Pero observan los que no pueden menos de reconocer la igualdad del género humano, si las mujeres usan de sus derechos políticos, tendrán la necesidad de descuidar la casa. ¿Quién cuidará a los niños? Quién arreglará el hogar? La mujer. Se puede, sin duda, cuidar los niños y estudiar y pensar en la política.

No creo que ninguna mujer gaste mas tiempo en arreglar su casa, que el que gastaba Daniel Webster o Mirabeau en jugar, en beber y en divertirse; y no creo tampoco que ningún hombre político ocupe mas horas del día en estudiar y en hablar, que el que ocupan las mujeres en seguir los continuos cambios de la moda, y en entretener una sociedad que es la más de las veces banal.

Mirad la cantidad de inteligencia, de tiempo, de viveza que las mujeres gastan en las modas y convendréis en que la mujer podría ocuparse de la política, ocupándose un poco menos de hacer que sus trajes tengan la variedad incesante de los movimientos del océano.

La inmensa cantidad de novelas que hay en el mundo, prueban que la mujer lee mucho, aunque no lee bien. ¿No seria mejor que leyeran algunas novelas menos y algunos libros serios mas? No reportaria mas ventajas la sociedad si ellas leyeran en vez de veinte volúmenes de Dumas o de Dickens, diez de algunos de estos autores y otros diez de Quinet, de Michelet, de Webster ó de Bancroft?

En mi opinion el tiempo no falta á la mujer para estudiar y para aprender, sino porque ella pierde una gran parte de él. La vida nos parece corta porque no sabemos apreciar el valor de una hora. Educad á la mujer, ponedla á la altura intelectual del hombre, y doblais el capital inteligente de la sociedad. En lugar de tener que escojer un hombre entre cincuenta, tendreis que escojer una persona entre cien—la diferencia vale la pena de considerarse.

Por mi parte, si hubiera sido ciudadano frances habría dado mi voto con mas gusto á Madama Roland que a Danton; si fuera ciudadano americano, lo daría con mayor placer á Ana Dickenson que al general Butler, porque lo confieso, no me gustan los talentos que no son honrados.

Me parece que oigo decir á mas de uno sonriéndose irónicamente: «Una mujer en la Camara! Figuraos que el niño llora cuando ella está en sesion ¿que hará? No vendrá, sin duda, y he ahi que el hogar no 1 está tan cuidado como debiera estarlo.»

Seguramente no vendrá. Pero creeis que si está en un baile, las lágrimas del niño la harán venir! y si está en el teatro, en el paseo o haciendo visitas. —Estos son inconvenientes que pertenecen á la naturaleza humana. Y en mi opinion es mejor que cuando el niño llora, la madre no pueda hacerlo callar porque esté en la Cámara, que por que este en el baile.

 Educad a la mujer,  doblais el capital inteligente de la sociedad y la haceis mas dichosa: porque  para el que está acostumbrado a ellos, los placeres del espíritu son mas profundos y mas dulces, que los de la vanidad y del orgullo con que se contenta la mayor parte de los hombres y de las mujeres.

Yo sé bien, diré al terminar, que hay mujeres instruidas, que trabajando por la emancipacion de su sexo, desprestigian esta grande idea con sus estravagancias. Pero en todos los partidos hay siempre exagerados que solo viven para hacer mal a la causa que tratan de defender.

Cuando yo he visto a jueces corrompidos arrojando injustamente á los hombres en una prision, no me he quejado de la ley, sino del juez.

No riais, señores, de la teoría de los derechos de la mujer, porque las mujeres hacen necedades.

 No es la música, es el instrumento que es malo.

He dicho

José Pedro Varela    

Anales de la Educación Común Vol. VII, 1869. Ortografía original.

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