Crónica de la quincena Por Juana P. Manso

 

El año de 1854 se encuentra entre nosotros con un carácter especial. El progreso rompe los diques de fierro de la fatalidad y se derrama impetuoso en nuestra sociedad empujando, todas las existen­cias, la colectiva y la individual, en su carrera vio­lenta. Hay una aspiración general al bien estar,  y un movimiento espontáneo y universal que nos impele en masa en la ancha vereda de la civiliza­ción, y del desarrollo moral, intelectual e indus­trial del siglo.

Cuánta cosa se ha hecho en tan pocos días! 

El gobierno regulariza su organización viciada por los abusos de la tiranía y por las sucesivas revoluciones que han marcado la existencia política de estos países.

Todas las grandes cuestiones, base segura del porvenir do las naciones,  se agitan hoy en nuestra sociedad y sin exageración podemos decir que estos primeros 15 días del año 54 han redimido diez años de  nuestra miseria pasada.

Con un poco de actividad, dentro de doce meses tendríamos el alumbrado a gas, dentro de dos años, con un poco de buena voluntad, el  ferro-carril principiaría a extender en nuestras desiertas cam­piñas, sus hilos angostos y modestos, entretanto al arraigarse esos surcos negruscos por la tierra, veríamos como por el arte mágico de la varita de una hada, convertirse los negros cardales en alegres aldeas, las villas en hermosas ciudades, y los bosques vírgenes en campos de labranza. Los ríos canalizados ofrecerían al comercio su inapreciable cooperación y separados de pocas toscas de tierra, veríamos disputarse los locomotores, aquel que avanzase sereno y rápido por el río, aquel que en larga serie de carros, llenos de pasajeros y de efectos, podría avanzar hasta la misma falda de la cordillera.

La creación de un telégrafo eléctrico, seguiría de cerca la inauguración del ferro carril y entonces las otras maravillas de la civilización se producirían en nuestro país.       

Adelante!   Constancia y buena voluntad.

Hemos residido dos años en un país en donde la palabra obstáculo no se conoce, ni se comprende lo que puede ser, porque en ese país han probado que la voluntad es el verdadero poder del hombre.

Las pascuas han sido alegres, porque todas las clases de la sociedad están llenas de confianza en el porvenir, y hay una necesidad vital de movimiento y de alegría, después de tan largos y dolorosos sufrimientos.

El primer domingo del año, dio así mismo un reverendo chusco a los paseantes, y casi los hizo viajar por las regiones aéreas, a guisa de globos  aerostáticos. En los teatros se ha empeñado un combate a muerte.

Si nuestros teatros fuesen, lo que son en todas partes del mundo, es decir si hubiese no dos com­pañías de canto sino una de declamación y otra lírica, seria más difícil la concurrencia de dos de un mismo género, y gozaríamos más, porque en ambas compañías hay artistas de mérito.

Los teatros pequeños no son favorables a la ópe­ra, que con raras excepciones, tienen inmenso y lujo­so aparato y que no se pueden reducir a miniatura sin perder su originalidad primitiva.

 En teatros pequeños donde el eco no encuentra espacio para derramarse, donde es dificilísimo dar­le al canto todas las graduaciones del colorido poético de la expresión y de la poesía de la ejecu­ción; también es difícil hacer una crítica juiciosa de los artistas, que a veces aparecen malos todos, o buenos por demás.

La razón es sencilla, se cifra en la proximidad con que los vemos. Con un pequeño esfuerzo la gesticulación nos parece sublime, la más ligera desentonación nos hiere los oídos, en fin, la ópera está fuera de su centro, son cuadros al óleo de pro­porciones colosales, engastados en un marco pe­queño, sólo los vemos mutilados.

La rivalidad de los teatros es causa de que se canten las mejores partituras, y que se varíe en la elección. Por eso en quince días, tiempo insufi­ciente en otras partes para ensayar los coros, he­mos oído Romeo y Julieta, Lucrecia y Linda, fue­ra de otras partituras ya conocidas.

Nosotros nos abstenemos de formular un juicio sobre los maestros que han escrito esas obras; sería esa una pretensión ridícula, porque son hombres juzgados ya de antemano en tribunales competen­tes, donde hay jueces apropósito, donde la escuela, antigua y moderna es familiar, donde se han oído las producciones de los grandes maestros todos, y donde hay más probabilidad de saber juzgar que entre nosotros, donde no tenemos ni el conoci­miento que da el estudio, ni el gusto que se de­senvuelve por la costumbre de oír los grandes ar­tistas, y de un movimiento artístico no interrumpido.

Sobre la ejecución, qué diremos? La compañía Olivieri ha cantado bien los Capuletos.

La Sra. Landa era una Julieta muy simpática, y ha tenido momentos en que su canto nos ha conmovido muy de veras. Se han cantado trozos de esa ópera con una verdadera inspiración y con un ensemble perfecto.

Lucía, cantada por la señora Ida, es el mejor elogio que pueda hacerse…. pero Edgar de Ravenswood, no estaba allí…. el aria final es otra cosa que no está en los medios del Sr. Guillermini, son secretos del arte que si fuesen conocidos todos los artistas tendrían el timbre de poetas.

Foscari -faltó el Dux! toda la austera majestad de ese noble veneciano colocado entre su amor de padre y el deber que le impone su nombre y su alta dignidad de primer magistrado de la repú­blica, los combates indecibles que lo despedazan en esa edad tan avanzada de la vida, todo eso se perdió.

El último acto es el Dux: infelizmente el Sr. Contini no era el Dux.

Lucrecia Borgia -Víctor Hugo ha protestado contra la reducción de sus grandes dramas al drama lírico.  

Todos los hombres tienen sus aberraciones.

La música es el lenguaje más sublime de la historia de las pasiones, es más elocuente que la palabra, es más grandioso, ¿por qué Víctor Hugo renegará ese idioma divino y creerá superior los pobres o insuficientes vocablos de la palabra?

En Lucrecia estrenó el Sr. Casanova: ha sido bien acogido del público.

El tenor Dordoni no es superior al Sr. Guillermini.

Linda de Chamounix, -El argumento de esta ópera es uno de los más interesantes; la propia simplicidad del drama lo hace sublime.

Quién no conoce el melodrama francés «La Gra­cia de Dios»? En todas partes donde se represen­tó los empresarios hicieron dinero; es una de esas creaciones felices que no necesitan tocar los re­sortes extraordinarios de lo imprevisto, ni del misterio, ni sorprender al espectador con escenas hor­ribles. La choza de un pobre montañés, el amor naciente de una niña, el amor siempre elocuente e intenso de una pobre y anciana madre, son los primeros elementos que explotaron los auto­res de la Gracia de Dios. Ningunos otros medios se han puesto en juego que las afecciones comunes a todos en esta vida, y todo el secreto de las situaciones del drama es ese; pero combinado y expresado de una manera tal, que ha hecho de ese drama una pieza de la Época.

La música de Linda ya la conocíamos. En Filadelfia y la Habana oímos cantar esta ópera por la compañía italiana, donde figuraba como prima donna la célebre Tedescho. Era la Sra. Vita quien cantaba Linda. En la comparación que hemos he­cho, toda la ventaja está por parte de la Sra. Ida.

ÁLBUM DE SEÑORITAS-PERIÓDICO DE LITERATURA, MODAS, BELLAS ARTES Y TEATROS.  TOMO I.    BUENOS-AIRES, ENERO 8 DE 1854. NUM. 2.

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