Álbum de Señoritas por Néstor Tomás Auza 

Una vocación periodística
Juana Manso pertenece a la pléyade de los emigrados y como buena parte de ellos, desde temprano sintió vocación por las letras y la labor docente. Autodidacta por necesidad, pronto subsanó, con constantes lecturas, las lagunas de su formación, sin que le faltara, para que su espíritu se afinara, la frecuentación con las personalidades más notables de las ciudades en que residió, Montevideo y Río de Janeiro. Diez y siete años duró su ausencia del país, habiendo partido en la adolescencia y regresado cuando se acentuaba su perfil de mujer madura, reflexiva y emprendedora. Ello sucedía en el año 1853 en momentos en que Buenos Aires, luego de la Revolución del 11 de septiembre se independizaba del gobierno de Urquiza. La ciudad del puerto comenzaba entonces a cambiar de fisonomía y, con el vigor que otorga el largo reposo, renacía para las inquietantes incitaciones del comercio, de la industria, de la política y del periodismo. La literatura y otras actividades artísticas no dejaban de manifestarse pero, naturalmente, con menos urgencia.

En aquel renacer de la ciudad, el periodismo se evidenciaba como uno de los medios más pujantes y vigorosos de participación en el quehacer ciudadano, y el periodista, como el personaje de mayor gravitación. Diríase que en la estructura social simplificada de aquella sociedad, el periodista y su instrumento, la letra de molde, constituían el símbolo más codiciado de consideración pública, influencia y prestigio social. Por lo demás, pocas labores podían ofrecer mejor ocasión para satisfacer la necesidad de servir a la comunidad.

No es extraño entonces que nuestra compatriota, literata por vocación, empleara el periodismo para calmar sus inquietudes. Difícil, por no decir imposible, le hubiera resultado prescindir de él, máxime cuando los secretos del oficio de periodista le eran conocidos. Pero ¿había lugar para una mujer en el periodismo político y militante de aquellos días? No era fácil, sobre todo cuando la interesada pretendía desarrollar un tipo muy especial de periodismo, dirigido a un tipo más especial de lectores. Es que Juana Manso aspiraba a escribir para la mujer porteña, no para abordar los temas de actualidad política, sino para tratar aquellos asuntos vinculados con la educación y la emancipación de la mujer.

Años antes, en Río de Janeiro, fue colaboradora en el periódico Jornal das Senhoras, de orientación feminista, y deseaba, al regresar a su patria, reproducirlo para sus compatriotas con la esperanza de alcanzar el eco que merecía el esfuerzo de escribirlo. Pensarlo y ponerse a la obra fue cosa de poco tiempo, lo suficiente para contratar la imprenta, comunicar el proyecto a los amigos y redactar las primeras páginas. Los preparativos le insumieron los últimos meses de aquel año de su llegada, proyectando la aparición del periódico para el primer día del año entrante.

Nace el Álbum de Señoritas

El 1ro.de enero de 1854 hizo su aparición en la prensa porteña el periódico de Juana Manso con el título de Álbum de Señoritas, discreto nombre que expresaba el propósito de eludir el carácter banderizo de la prensa de esa hora. El tamaño reducido de Álbum —apenas veintiocho centímetros de alto por veinte de ancho— parecía empequeñecido ante las páginas tan amplias de El Nacional o La Tribuna. La impresión tipográfica clara, a dos columnas, estaba presidida por un encabezamiento inicial en el que se leía a título de enunciación de objetivos, lo siguiente: “Periódico de Literatura, Modas, Bellas Artes y Teatro”. Para que no cupiesen dudas sobre la paternidad, y huyendo del periodismo anónimo, agregaba: “Redactora y propietaria: Juana Paula Manso de Noronha”. La escritora usaba así, junto a su nombre de soltera el apellido de su esposo, el violinista brasileño, Francisco S. Noronha. Ningún aviso en las páginas del Álbum, indicio de que sólo se costeaba con las suscripciones, procedimiento que, como se verá, estaba destinado a otorgarle una corta vida.

¿Qué propósitos movían a la escritora? Ella misma los expresa en el primer número. Todos mis esfuerzos —dice— serán consagrados a la ilustración de mis compatriotas y tenderán a un único propósito. Emanciparlas de las preocupaciones torpes y añejas que les prohíben hasta hoy hacer uso de su inteligencia, enajenando su libertad y hasta su conciencia a autoridades arbitrarias, en oposición a la naturaleza misma de las cosas; quiero y he de probar que la inteligencia de la mujer, lejos de ser un absurdo, o un defecto, un crimen o un desatino, es su mejor adorno, es la verdadera fuente de su virtud y de la felicidad doméstica”. Pero esto no era todo; necesitaba explicarse más para que sus lectoras la comprendieran. “Si soy tan feliz que consigo la protección de mis compatriotas, desenvolveré un plan de estudios que creo a propósito para mi objeto. Conocimientos fáciles de adquirir que estuvieron hasta hoy en el recinto del misterio y en el dominio exclusivo de los hombres y que publicados en este periódico harán más por el desenvolvimiento de la inteligencia que millares de reflexiones y de palabras”. Por último, la escritora, dando prueba de independencia, declaraba su propósito de evitar la imitación. “El elemento americano dominará exclusivamente los artículos literarios. Dejaremos la Europa y sus tradiciones seculares y cuando viajemos, será para admirar la robusta naturaleza, los gérmenes imponderables de la riqueza de nuestro continente”. Pensamiento digno y valiente si se recuerda cuántos en aquella hora miraban, buscando inspiración, a Europa y olvidaron a su tierra. La Explicación inicial terminaba así: “Ahí tenéis, pues, el primer número de Álbum de Señoritas. Leedlo, juzgadlo y si merece vuestra aprobación se considerará feliz vuestra obsecuente compatriota”.A cambio de todo ese esfuerzo, sólo pedía “un poco de simpatía”. Tendría, sin embargo, que pedir algo más: ayuda pecuniaria para subsistir.

Un programa feminista y algo más

Los objetivos anunciados explicitaban un verdadero programa feminista, no exento de originalidad para la mentalidad de su época. Una compatriota de Juana Manso, la escritora Rosa Guerra, lo había intentado con cierta timidez unos años antes, lo que le valió ser tratada por sus colegas masculinos con escasa benevolencia y abandonada por las de su propio sexo. El carácter firme de Juana Manso, su independencia de criterio y la seguridad y variedad de tonos con que expresaba su pensamiento parecían ponerla a cubierto de ese riesgo. La escritora afirmaba que “la emancipación de la mujer es un hecho consumado” y en ese sentido orientaba su prédica, señalando a cada paso la desigual situación social de la mujer. “Segregada de todas las cuestiones vitales de la humanidad por considerarse la fracción más débil”, en una sociedad donde la “sociedad es el hombre; él sólo ha escrito las leyes de los pueblos, sus códigos; por consiguiente ha reservado toda la supremacía para sí”.

En la segunda entrega del Álbum se quejaba Juana Manso de no poder llenar debidamente su sección “Crónica Semanal” y manifestaba sus razones. “El oficio de cronista tiene mil peligros, el más eminente el de hacer bostezar a las lectoras. (…) Hay otro inconveniente aún y es que del modo porque está (sic) organizada nuestra vida diurna y los usos establecidos en la sociedad y el modo porque están (sic) empedradas las calles, sin contar una multitud de pequeños incidentes, no permiten a una señora que haga en Buenos Aires lo que hace en Boston, Nueva York y Philadelfia, que toma un sombrero y su manteleta y pasa el día entero en la calle si así fuera necesario a sus intereses o quehaceres.” A cada renglón asomaba la crítica a los hábitos sociales de la época, en relación con la condición social de la mujer.

Cada entrega del Álbum contenía una sección titulada “Ilustración de la mujer”, a la que se agregaba otra de “Educación Popular”. Esta última constituía una de sus preocupaciones más visibles, manifestando una total disconformidad con el sistema educacional en vigencia, algunos de cuyos textos de enseñanza consideraba “absurdos y ajenos a su misión”. Esa posición pedagógica de la escritora derivaba de su personal ubicación filosófica y de su experiencia como pedagoga. De ahí que se manifestara inclinada a una educación de tipo industrial y mercantil. Respecto a los textos de enseñanza expresaba que “el primer libro que pondría en manos de los alumnos sería la “historia del descubrimiento, conquista y revoluciones y geografía, productos, etc., del Río de la Plata, escrito con sencillez y si posible fuese en verso”. Ese libro lo escribiría ella misma años después, con el título Compendio de la historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata desde su descubrimiento hasta la declaración de su independencia el 9 de julio de 1816.

La responsabilidad de la redacción del Álbum de Señoritas recaía exclusivamente sobre su propietaria, quien llenaba con puntualidad su cometido. La sola excepción correspondió al Viaje del Conde de Castelneau por el interior de América, que publicaba por entregas. El resto del material le pertenecía y estaba distribuido en secciones como “Educación Popular”.”Ilustración de la Mujer”, “Crónica Semanal” y en artículos ocasionales sobre temas diversos. Una buena parte de cada entrega lo destinaba a transcribir su novela de ambiente brasileño La familia del Comendador, que luego publicará en volumen.

Incomprensión y desencanto

Al lanzar la quinta entrega la propietaria del Álbum de Señoritas tiene adquirida una visión certera del ambiente espiritual que la rodea. No encuentra apoyo, ni sostén económico ni la simpatía tan esperada. En ese momento de desencanto la escritora abre su corazón al lector para expresárselo sin afectación, volviendo la mirada a Río de Janeiro, donde las “simpatías que merecí en aquella Corte, los testimonios todos de deferencia y de apoyo con que me favorecieron, me indujeron a esperar otro tanto en mi país”. Infelizmente, confiesa, sus esperanzas fueron flores pasajeras que el viento del desengaño deshojó al querer abrir. “Es el Álbum una planta exótica que se marchita rápidamente por que la tierra donde se la quiere hacer germinar es dura como la roca y no hay un rayo de sol benéfico y amigo que la abrigue y le dé vida y calor.”

La escritora necesitaba ayuda y la pidió a los suscriptores y amigos. “Sacrificaría el dinero y la gloria, como lo he hecho tantas veces en mi vida. Mi ambición no es de plata”, manifestaba. Pero no podía olvidar que “antes que escritora soy madre de familia,” y que por tanto no había entrado en sus cálculos de presupuesto mensual y de economía doméstica, gastar una fuerte suma por mes en imprimir papel, cuyo destino más próximo será ir para algunas tabernas a envolver azúcar y arroz”. La situación de la escritora no debía de ser muy sólida para esa época, a juzgar por el aviso que en las mismas columnas ofrecía “dar lecciones de los idiomas inglés, francés e italiano en casas particulares”. Con todo el Álbum prometió continuar durante otro mes. El desengaño y la nostalgia comenzaron a apoderarse de la directora del Álbum de Señoritas a partir de ese número. Habla de que escribiría un libro titulado El instructor argentino, pero a renglón seguido agrega: “Si tan acerbos desengaños no me hirieran el corazón, yo daría principio a esa obra; pero ¿para qué? ¿Para que quede guardado en un rincón? ¿Para imprimirlo a mi costa, gastar una porción de dinero y quedar con la edición entera?”

Epitafio final

La tan ansiada ayuda no llegó a lo largo de ese mes de espera y, a la vez, de lenta agonía, aunque sus estertores no se manifestaran en las apariciones semanales. La sociedad culta de Buenos Aires estaba muy atareada en darse una constitución, en proyectar el alumbrado a gas, el ferrocarril, el teatro y soñar con el telégrafo. “Hay una aspiración general —anotaba la escritora— al bienestar y un movimiento espontáneo y universal que nos impele en masa en la ancha vereda de la civilización y del desarrollo moral, intelectual e industrial del siglo.” No obstante, no encontraba apoyo para imprimir ocho páginas semanales.

La muerte debía llegar inexorablemente y ello ocurrió con la entrega número ocho, el 17 de febrero. El sabor amargo de la decepción hacíale escribir a Juana Manso estas palabras referidas al Álbum y a ella misma: “¡Labro aquí el epitafio de este querido hijo cuya muerte prematura es para su madre una decepción más en la vida, una gota más de acíbar en el cáliz, una espina más en el alma! Vivió y murió desconocido como su madre lo fue siempre en la región del Plata. (…) Ahí quedas, hijo mío, páginas de mi alma, que encierras más de un misterio de dolor: en tu fosa solitaria, ¿quién depondrá una flor? ¡Nadie!”

Con esa expresión de tristeza no exenta de amargura la escritora cerraba su aventura periodística. El Álbum de Señoritas no podía sobrevivir pues no estaba preparado el medio para ese tipo de publicaciones, quedando señalado como uno de los primeros intentos en la historia del periodismo femenino del país. Juana Manso olvidaría pronto el fracaso y se pondría a escribir como colaboradora literaria en otras publicaciones que no tardarían en aparecer, favorecidas por el inagotable impulso del idealismo. Años después, la escritora y pedagoga obtendría el reconocimiento que ambicionaba.

Néstor Tomás Auza (Del libro Periodismo y feminismo en la Argentina)

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