199 años del Nacimiento de Juana Manso (1819-1875)- 26 de junio Homenaje en Facultad de Derecho- 19 hs.

Una voz, esa voz

por Liliana Zucotti

Juana Manso, niña aún, acostumbraba concurrir, de la mano de su padre, al café porteño La Victoria. Allí donde Juan Cruz Varela declama por primera vez su canto a Ituzaingó, la pequeña Juana recita odas patrióticas, impulsada por la atractiva recompensa de tostadas y chocolate caliente. La voz, todavía infantil, se liga simultáneamente al ámbito público y a la historia patria, una imagen en la que la futura escritora sospechará (e inscribirá), luego, un destino.

La niña comparte con su padre no sólo las charlas infantiles de la intimidad, lo acompaña, también, en sus recorridos urbanos, es testigo de sus arrebatadas discusiones políticas, comparte con él sus primeros berrinches ante las tediosas cartillas de lectura, solicita su apoyo para que le permitan leer en la escuela novelas. Crece entre el impulso rivadaviano a la educación de las mujeres y el aliento paterno hacia la actividad intelectual, el estudio de idiomas, la práctica de la traducción, la escritura, el trabajo como maestra. Su edad, su experiencia de un largo exilio, la sitúan, sin duda, junto a la “joven generación” del 37. Pero si el estudio, la confraternidad con los jóvenes escritores, el ensayo de una escritura poética, el uso de la prensa, el trabajo como maestra, colocan a Juana Manso como una supuesta interlocutora “ideal” para los escritores de esta generación, es sobre su figura donde mejor podrán leerse los límites de la prédica liberal en “la cuestión de las mujeres”.

En primer lugar, y curiosamente, no habrá figuras femeninas —ni aun secundarias— en el perfil del grupo. Estos escritores no logran siquiera seducir a un auditorio femenino, pese a la obstinada prédica sobre el lugar decisivo de las damas en la perpetuación y reforma de las costumbres, la educación de los hijos o una armónica y simétrica relación con maridos y novios. Las mujeres se transforman para ellos en una pieza crucial de la puesta en marcha de una nueva república; pero, aun como público o auditorio, resultan lejanas, como es lejano y teórico el “pueblo” al que apelan sus discursos.

Una apuesta interesante en este sentido es la de Juan Bautista Alberdi, quien, bajo el seudónimo de “Figarillo”, fustiga con su ironía a las lectoras desde el periódico La Moda, las impulsa a educarse y a compartir con los patriotas la tarea revolucionaria iniciada en mayo del diez y también se queja por la pereza de las mujeres que no desean ser educadas, que insisten en sus charlas frívolas y en la elección de pretendientes pisaverdes, que se rehúsan a seguir el índice de lectura impartido o a memorizar las nuevas tesis sobre el arte que despliega el periódico.

Es probable —la presunción roza casi la certeza— que las páginas burlescas de La Moda hayan resultado un desafío eficaz y sugestivo para la futura escritora. De algún modo, en Juana Manso se intuye a la única posible y auténtica lectora de este periódico, una lectora paradójica porque, a la vez, deviene en inoportuna e inesperada.

Juana Manso es de algún modo la única escritora que podría ser imaginada en el interior de esta generación, porque comparte con ella preocupaciones, lecturas, modelos estéticos, tesis políticas, prácticas de escritura. Es esta pertenencia, sin embargo, la que resultará intensamente sospechosa para todos sus contemporáneos.

Más que un inventario de aprendizajes y lecturas, más que el fervoroso antirrosismo o el largo exilio uruguayo y brasileño, más que los tópicos políticos liberales, Manso adoptó y mantuvo a lo largo de varias décadas algo que la reunirá definitivamente con estos escritores: el tono militante e irónico de confrontación, la audacia verbal, el ejercicio polémico.

Esta adopción inesperada y perturbadora resultó un desafío tácito, inaprensible quizás en sus detalles o en sus mecanismos, pero fuertemente revulsivo, tanto para los hombres como para las mujeres. Los intelectuales que codiciaban una audición respetuosa y sumisa entre el público femenino, se tornan intolerantes cuando, en lugar de un auditorio, encuentran a una interlocutora: aun en los raros momentos en que Manso se convierte en dócil eco de sus dichos, la mera irrupción de una voz femenina en el espacio público no deja de tener ribetes escandalosos. Las amonestaciones que, por otra parte, las mujeres soportan con impaciencia cuando provienen de escritores reconocidos, se tornan intolerables cuando las profiere otra mujer. Es esta apropiación de una voz, aun cuando reitere afirmaciones que escritores como Alberdi o Sarmiento no se han fatigado de repetir, la que resultará amenazante para unas y otros varias décadas más tarde, más allá de lo que sus artículos sostengan.

Ésta es una apropiación olvidadiza de los recatos de la “condición femenina” a la hora de confrontar, aunque con frecuencia la fragilidad y la condición de madre se esgriman luego, entre los estruendos más punzantes de la polémica.

La polémica —al igual que la conferencia— es, en rigor, un género reservado a los hombres. Incurrir en ella despoja a Manso de toda la moderación que se reserva, por lo menos en público, para otras escritoras.

Manso, sin embargo, queda también con frecuencia excluida de los “códigos” de la polémica y descalificada como interlocutora. Aun quienes, como Sarmiento o Nicasio Oroño, reconocen en ella a una aliada ventajosa (Oroño llega incluso a enviarle dinero a través de Gutiérrez, en “agradecimiento” por la defensa en la prensa porteña de sus iniciativas gubernamentales en la provincia de Santa Fe) no pueden ocultar su malhumor cuando esa voz se descontrola, dice lo que —en público— es inconveniente decir o da otro giro a las discusiones para iniciar una contienda propia. En medio de un debate sesudo acerca de los derechos de propiedad de la Iglesia sobre el convento de San Lorenzo, por ejemplo, Manso irrumpe en “representación” de las “mujeres pensadoras de Sudamérica” y arroja su propio eje en el debate: La Iglesia lo que ha hecho es remachar nuestras cadenas por la dirección espiritual que nos coloca entre dos dueños —el de la conciencia lo es el confesor y el del cuerpo que lo es el marido—: resultando de este estado de cosas una monstruosidad espantosa. Nadie, menos aún sus aliados políticos, quiere leer en los diarios porteños estas frases, aunque acuerden con afirmaciones análogas en los libros del historiador francés Jules Michelet. Pero todavía más irritación produce el trajín de discutir en público, nada menos que “con una mujer”, interpretaciones del derecho, la historia, la reforma religiosa, los proyectos educativos, la representatividad republicana o el candidato más calificado para ser presidente.

Con poco éxito, la escritora será llamada a silencio de diversos modos: unos le recomiendan tomar calmantes, la amenazan con amarrarla o recluirla, ajustarle la horma de sus zapatos; otros, le hacen llegar anónimos a sus conferencias públicas prometiendo acusarla ante el obispo de hereje; el mismo Sarmiento le recomienda con tono didáctico aplicar el método que, entre los niños, emplean los maestros para ser escuchados: Baje Ud., pues, la voz en sus discursos y en sus escritos.

Lo notable es que, pese a las quejas ocasionales, Manso no acata nunca este mandato de silencio: inicia juicios por calumnias e injurias, responde a los escritos con escritos, publica cartas privadas —manteniendo incluso frases que, por expreso pedido, le solicitan que no difunda—, reclama el reconocimiento de la autoría de sus ideas, exige espacios y cargos oficiales.

Organiza, y sólo por momentos, la estrategia de presentarse como un “eco” de la voz de Sarmiento, una “ejecutora” de sus teorías educativas, una apuntadora oculta que le dice a los que mandan cómo se hacen las cosas, aunque su nombre no aparezca. Pero a la vez, también reprocha a Sarmiento, a través de la prensa: Esperaré que vuelva Ud. algún día a su país. (…) Volveremos a la brecha, donde he permanecido impertérrita y sola por el espacio de cinco años. O le recuerda, sencillamente: si no lo ha olvidado en el cúmulo de sus atenciones, debe recordar que fue mía la idea de las Escuelas Políglotas. Pese a los ataques, las injurias, el ridículo, la risa, la violencia institucional instrumentada a través del traslado de alumnos de su escuela, la negación de recursos, los informes de un inspector que la acusa de inmoral porque no enseña el catecismo, Juana Manso insiste, no renuncia, no se calla. Quizás de un modo obcecado, a veces negligente o desaprensivo, sin duda soberbio, sostiene muchas ideas que, escandalosas entonces, en pocas décadas se transformarán en sentido común: la necesidad de que los niños pequeños se eduquen en los jardines de infantes, la educación mixta, la enseñanza a través de juegos, la necesidad de profesionalizar la tarea de los maestros, las clases de gimnasia, los recreos, los edificios adecuados, la obligación de secularizarlo todo hasta volvernos Estado laico; otras, como la legitimidad del divorcio, los derechos civiles de las mujeres, persistirán revulsivas durante varias décadas.

Dos inflexiones muy lúcidas se mantienen, aun en el fragor de estas polémicas ruidosas y agresivas. En medio de episodios realmente desoladores, la escritora se mira a veces como una mártir pero nunca como una víctima ociosa: en esos momentos, con arrogancia, pero también con una seguridad inverosímil, se enlista junto a Sócrates, a Jesús, a Galileo y anuncia con orgullo: soy de esa escuela.

Pero, sobre todo, y esto es, sin duda, excepcional, no se confunde respecto de lo que está en disputa: sabe que nunca se trató, en realidad, de una cuestión personal y sostiene hasta el final una mirada política. Un episodio, entre tantos:

Desde los Estados Unidos, a través de una carta, Sarmiento le encomienda la fundación de bibliotecas populares. Emprende la difícil labor de organizar una tarea que desconoce y en una fantasía fundacional elige recorrer el camino del oeste y entrevistar a jueces de paz y vecinos influyentes para impulsar la acción vecinal. Sin dinero ni apoyo estatal o institucional, sin que nadie la escuche, decide donar gran parte de su pequeña biblioteca, junto con los libros que ha logrado reunir luego de pedir más que un ciego. La biblioteca se inaugura en Chivilcoy, junto con la ceremonia de apertura de la estación del ferrocarril.

En tres ocasiones regresa al pueblo bonaerense con el objetivo de colaborar, a través de conferencias públicas, en la recolección de fondos y levantar el edificio de la biblioteca.

El éxito de los dos primeros viajes deviene en escándalo en el último: varias veces debe recomenzar la lectura de su pieza teatral, Rosas, porque una decena de intrusos que se escabulló sin entrada la silba; cuando echan a los revoltosos, éstos comienzan a apedrear el edificio de chapas a cascotazos y la lectura se suspende; pero la violencia se desata aun más y cuando sale le echan asa fétida sobre su traje —un traje nuevo—, se lamenta esta escritora pobre que no se da el lujo de comprar vestidos con frecuencia.

En el relato del incidente —es cierto— ejercita en parte la queja íntima: ¡si yo tuviese pedestal de oro! Pero pobre como soy y sola, es fácil… Sin embargo, con agilidad, la interpretación se expande y reflexiona en relación a los escollos opuestos a la educación popular:… se quiere un país sumido en la ignorancia para dominarlo mejor. (…) ¡Son ceros para disfrazar el escándalo de los quinientos votantes en una ciudad de veinte mil almas! Si pudiéramos obtener igual estadística de las demás provincias y de los pueblos de la campaña, más hondo se nos presentaría el abismo a que la oligarquía arrastra a este país.

Esta lucidez para no encerrarse en el lamento y organizar una perspectiva política que trascienda el incidente es reveladora. Con audacia Manso difunde la humillación por la prensa y, en lugar de replegarse, sobreimprime a ella la denuncia de una política sistemática de obstrucción por parte de un sector responsable: tras el ruido de los cascotes, Manso percibe el escándalo silencioso de un pueblo ausente.

Quizás debamos regresar a aquella fotografía y volver a observarla: entre todos los desaciertos, entre todas las torpezas, a pesar de ellas y de los gestos excesivos, soberbios, aristocráticos —incluso— de Juana Manso, hay algo todavía en aquella imagen que sigue inquietando. El ridículo es, sin duda, casi perfecto. Su mirada, sin embargo, vislumbró algo más inquietante.

Ver nota completa: Entre la pose y la palabra

Entre la Pose y la Palabra por Liliana Patricia Zucotti

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